Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Estamos frente a una decisión: ¿Quiero seguir el camino fácil o tomar el estrecho? El camino estrecho es el de comulgar con Jesús, el de seguir sus huellas y habrá consecuencias dolorosas; pero también habrá alegría, fruto y vida en abundancia.

Homilía o173006a, predicada en 20220727, con 6 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, la primera lectura de hoy ha sido tomada del profeta Jeremías y yo creo que, entre todos los profetas, Jeremías se destaca por el drama que vive precisamente por su vocación. El sufrimiento acompañó a la mayor parte de los profetas, si no digo todos. Recordemos que en alguna parte del Evangelio dice Jesús: ¿Hubo acaso algún profeta al que no persiguieran sus padres? Es decir que la dificultad, el dolor, acompañaron la vida de los profetas.

Pero el caso de Jeremías es particular y yo creo que el pasaje de hoy nos muestra con mucha claridad la intensidad de ese sufrimiento, especialmente a través de tres expresiones que utiliza. Dice Jeremías: Todos me maldicen. Dice Jeremías: Forzado por tu mano, tuve que sentarme solitario. Y dice Jeremías: Mi herida se ha vuelto incurable. Son palabras que muestran un drama interior, son palabras que, en cierto sentido, nos obligan a pensarlo con mucho detenimiento si de verdad queremos acercarnos al servicio de Dios.

Es verdad lo que dice el libro Eclesiástico, el libro eclesiástico dice: «Si estás pensando servir al Señor, prepárate para la prueba». Y yo creo que las expresiones que utiliza Jeremías en el pasaje de hoy nos hablan exactamente de eso. Y uno se pregunta ¿por qué? Y el mismo Jeremías se lo preguntó. Por ejemplo, dice en el pasaje de hoy: Yo no les he prestado ni ellos me han prestado a mí, pero me maldicen. ¿Por qué hace esa referencia a los préstamos? Pues porque un motivo de disgusto en muchas ocasiones es el tema del dinero.

Por ejemplo, si una persona pide prestado, pero no devuelve, por supuesto que va a causar indignación. Y esa indignación puede llegar hasta el punto de que lo insulten y todo lo demás. Pero Jeremías dice: No es el caso mío, yo no he pedido prestado, ni ellos me han pedido prestado, pero todos me maldicen. Y la pregunta es ¿de dónde viene esa rabia? Y la respuesta sorprendente es que esa rabia no va directamente contra el profeta, sino contra aquel que envió al profeta. Como decíamos en otro de estos mensajes hace un par de semanas, el profeta es aquel que es el amigo incondicional de Dios, es el que ha fundido, ha fusionado su destino con el querer divino.

Jeremías lo dice también en el texto de hoy, dice: Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba. Tus palabras eran mi gozo y mi alegría. Es decir, Jeremías era un hombre que vivía en comunión con Dios, que vivía el misterio de Dios en su propia vida. Bueno, yo me pongo a pensar y eso lo decía Jeremías, que por supuesto no tuvo la gracia del sacramento eucarístico, nosotros sí la tenemos. Y cuando nosotros comulgamos ¿qué estamos haciendo? Estamos asociándonos, estamos uniéndonos a la vida divina.

Le estamos diciendo a Cristo: Quiero que tu sangre circule por mi sangre, quiero que tu aliento sea mi aliento, quiero que tu carne palpite en mi carne y que tu corazón sea mío y mi corazón sea tuyo. Eso es comulgar, eso es lo que hacemos en la Misa, esa es la grandeza del sacramento eucarístico. O sea que lo que nosotros hacemos en la misa, es exactamente lo que hicieron los profetas, lo que nos dice Jeremías, nos comemos a Dios, nos comemos a Dios. Jeremías se comía las palabras de Dios. Pues nosotros nos comemos las palabras y nos comemos su carne divina, su sangre preciosa.

Y por eso, tiene que cumplirse en nosotros lo que Cristo dijo a sus apóstoles: Me han detestado a mí, los van a detestar a ustedes, me han perseguido a mí, los van a perseguir a ustedes. Es una realidad de la que no puede escapar el cristiano, porque todo cristiano está llamado a vivir este espíritu profético. Por supuesto, eso trae consecuencias y trae dolor. Para Jeremías fue me insultan, me maldicen y por eso Jeremías también se siente solo muchas veces. Dice: Ellos se divertían, pero forzado por tu mano, yo tenía que sentarme solitario.

Y sin que nosotros seamos santos, yo creo que muchos hemos vivido eso, hemos vivido ese drama, ese drama terrible de ver que uno no puede participar de muchas alegrías porque son alegrías que están selladas por el pecado y uno no puede participar de eso. Pero entonces, uno se vuelve el raro, uno se vuelve el aquel con el que no se puede contar. No, eso no se puede contar con él, no se puede contar. Uno se vuelve el extraño, dice un salmo: Incluso mi hermano, mi amigo, de quien yo me fiaba, es el primero en traicionarme. O sea que esta lectura, en el fondo, nos pone frente a una decisión.

¿Quiero seguir el camino fácil, la vía ancha que llamaba Cristo, o quiero tomar el camino estrecho? El camino estrecho es el de comulgar con Él, el camino estrecho es el de seguir sus huellas. Y habrá consecuencias que serán dolorosas, pero también habrá alegría, tranquilo que también habrá alegría y también habrá fruto y también habrá vida y vida en abundancia. Si lo crees, te invito a que reafirmes hoy tu vocación de servicio y de unión con Cristo a quien sea la gloria por los siglos.

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