Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En medio de la incertidumbre, escuchar la voz de Dios.

Homilía o173001a, predicada en 20020731, con 8 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Hermanos, una de las particularidades del profeta Jeremías, podemos decir entre todos los profetas del Antiguo Testamento, son esos fragmentos que algunos estudiosos de la Biblia llaman las confesiones de Jeremías. Fue tan tormentosa, fue tan dura la vida de Jeremías, fue tan duro su ministerio que, de alguna manera, este hombre se vio obligado a entrar en sí mismo, hacer una especie de análisis, llamaríamos, de su propio corazón y de su propia situación.

Y nos han quedado fragmentos preciosos de esas introspecciones, de esa lectura que Jeremías hace de su propia situación, de su propio dolor. Las introspecciones de Jeremías son tanto más intensas cuanto mayor es la soledad del profeta. Y como él sintió que Dios le decía: No busques mujer, no hagas un hogar. Y esa también era una señal profética por el final que se venía para la casa de Judá con el destierro. Como Jeremías vivía esa soledad privado incluso de su propio hogar, ¿qué significa eso? Que este hombre no tiene más descanso, no tiene en quién descansar sino en su Dios.

Pero es este el Dios que al mismo tiempo lo llama, lo lanza, lo envía en ese ministerio terrible de anunciar la infidelidad y de proclamar la sola fidelidad de Dios. Y por eso, se da una relación compleja entre Dios y Jeremías, porque Dios es al mismo tiempo el que le envía al dolor y el que le envía el consuelo. Si no fuera por Dios, Jeremías no tendría que sufrir tanto. Pero si no fuera por Dios, Jeremías no tendría a dónde descansar. Y por eso, la relación entre el Señor Dios y Jeremías es una relación que podemos llamar compleja, no es una relación simple, sino se parece a esos misterios que tiene el amor humano cuando, al mismo tiempo, atrae pero hace sufrir.

Y Jeremías consciente de esta analogía, de esta comparación, habla así de su relación con Dios. Y por eso dice Jeremías: Yo intentaba acallar, yo intentaba frenar la palabra. Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón. Ahí parece el disfrute de una amada con su amado. Pero luego dice más adelante: No me senté a disfrutar con los que se divertían. Forzado por tu mano, me senté solitario. Es como el amor que atrae, que envuelve y que, sin embargo, hace sufrir. No es una experiencia que tanta gente tiene. Si yo no me enamorara, no sufriría, oye uno decir a la gente.

¿Para qué amo yo a ese hombre, para qué amo yo a esa mujer? Para sufrir, para que me haga sufrir. Pero es un sufrimiento, es un sufrimiento que tiene como su propia dulzura, es un sufrimiento que abre el corazón a una realidad diferente, un sufrimiento que lleva a la persona más allá de sí misma. El amor y el dolor van muy unidos, esto lo saben todos los enamorados. Pero, ese dolor se hace soportable por la fecundidad del amor y ese amor se hace fuerte con la victoria sobre el dolor. Jeremías, en su experiencia de profeta, lo vive con fuego.

Y se queja ante Dios y le dice: ¿por qué se ha vuelto crónica mi llaga y mi herida enconada e incurable? Y se queja más: Te me has vuelto arroyo engañoso de aguas inconstantes. ¿Por qué le habla así a Dios? Porque Dios es el Dios de las sorpresas, porque no podemos meterlo dentro de nuestros esquemas, porque no podemos predecirlo. Porque, como el verdadero amor, el Señor Dios nos lleva por caminos inesperados, nos da sorpresas y regalos maravillosos, o nos envía por terrenos y parajes oscuros donde nos visitan el sufrimiento y, por qué no decirlo, la traición.

Así, Jeremías se queja ante Dios y recibe una respuesta: Si vuelves, te haré volver a mi, estarás en mi presencia. Dios no se disculpa con Jeremías, sino que lo invita a un amor más grande, a una adhesión más plena. Para que yo no sea un extraño para ti, pégate más a mí, únete más, fúndete más conmigo y comprenderás el misterio, comprenderás lo que está sucediendo, descubrirás la fuerza de mi amor y la sabiduría de mi designio. Estas palabras son también para nosotros, también para nosotros es esta búsqueda, esa sensación de desconcierto, esas aguas inconstantes, ese no saber a qué atenerse.

Todas estas son experiencias que muchas veces encontramos en nuestra vida. Pero el Señor tiene por toda respuesta: Pégate a mí. Separa la basura de lo precioso y tú serás como mi boca. Hermanos, que en medio de las incertidumbres que tiene toda vocación cristiana vivida a fondo, y esto lo sabemos por las vidas de los santos, por los desconciertos que tuvieron que pasar, por los desiertos que atravesaron, que en medio de esos desconciertos se haga fuerte en nosotros la voz del Espíritu diciéndonos: Pégate más a mí y comprenderás la grandeza de mi amor, y comprenderás la sabiduría de mi designio.

Que venga el Espíritu a nosotros, que se apodere de nosotros y que nos haga capaces de discernir el querer Divino en medio de las incertidumbres, las tentaciones y los desconciertos. Amén.

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