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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jeremías es imagen del auténtico profeta: en comunión con Dios; custodio de la Alianza; dispuesto a arriesgarlo todo por la gloria de Dios; sincero al denunciar toda forma de pecado, sin preferencias; anunciador de esperanza y de la victoria de Dios; intercesor generoso por el bien mayor del pueblo.
Homilía o172008a, predicada en 20240730, con 22 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Durante estas semanas del Tiempo Ordinario. En la primera lectura hemos escuchado algunos textos de los profetas. Por ejemplo, por estos días estamos oyendo algunos pasajes del libro del profeta Jeremías. Y creo que hoy es un buen momento para preguntarnos cómo es el perfil de un verdadero profeta. El apóstol San Pablo tenía una gran estima del don de profecía. Así, por ejemplo, en la primera carta a los Corintios, en el Capítulo Catorce, él hace una comparación entre un don muy espiritual, muy místico, muy sobrenatural, como es el Don de Lenguas, lo compara con el Don de Profecía.
Y básicamente lo que viene a decir Pablo es que es mucho más importante, es mucho más necesario, es mucho más fructuoso el Don de Profecía. Él no elimina el don de Lenguas, no lo cancela, no lo desprecia. De hecho, dice yo mismo, refiriéndose a él, yo mismo oró en lenguas más que cualquiera. Era una experiencia muy frecuente de Pablo en su oración personal. Pero él dice, el Don de Profecía es muy, muy necesario en la iglesia. ¿Y por qué? Porque el Don de Profecía lo entiende San Pablo como el primero de los dones que ayuda a edificar a la comunidad desde su base.
¿En qué consiste entonces el Don de Profecía? Evidentemente, no se trata simplemente de vaticinar el futuro. El profeta es aquel que tiene su corazón cerca del corazón de Dios. El profeta es aquel que ha aprendido a ver las cosas cada vez más con la mirada de Dios. El profeta es aquel que se convierte en la boca de Dios para expresar la lectura que Dios hace de los acontecimientos y por consiguiente, cual es la ruta que debe seguir el pueblo de Dios. Por eso el Don de Profecía es un torrente de claridad que es siempre muy necesario a la Iglesia. El Don de Profecía no reemplaza la misión que tienen los legítimos pastores. Más bien podríamos decir que lo que hace el Don de Profecía es aumentar la luz. Finalmente, corresponde a los pastores darle la ruta, tomar las directrices, hacer la labor que les corresponde de regir el rebaño de Cristo. El Don de Profecía no debe reemplazar al don jerárquico, el don propio de los pastores. Pero la profecía si aumenta la luz tanto en el corazón de los mismos pastores como en el corazón del pueblo de Dios.
Esto lo digo para subrayar que todo tiempo en la Iglesia necesita de profetas, y por eso mismo tenemos que preguntarnos ¿Cuáles son las características de un verdadero profeta? Tenemos que preguntarnos ¿En qué consiste ser verdaderamente profeta? Porque creo que ahora menos. Pero cuando yo estaba recibiendo mi formación inicial dominicana y mi formación para el sacerdocio, lo cual aconteció el siglo pasado, se hablaba mucho de la profecía y de una iglesia profética. Y se decía, tal teólogo, tal pastor, tal sacerdote es un profeta. Necesitamos un gran discernimiento, porque a veces se puede confundir la libertad propia del profeta con la rebeldía o simplemente con la propuesta de novedades. Y puede parecer que aquel que propone muchas cosas novedosas está trayendo la novedad de Dios y resulta que está trayendo simplemente el espíritu de la época, el espíritu mundano o lo que a él le parece.
Repasemos a la luz del gran ejemplo de Jeremías. Repasemos las características, lo que podríamos llamar el perfil de un verdadero profeta. Porque claro, cada profeta es un don de Dios para su pueblo. Pero hay cosas en Jeremías que son tan notorias y que lo destacan tanto que realmente vale la pena que lo consideremos como un gran ejemplo en lo que es la profecía. Fíjate cómo en el libro del profeta Daniel, hay una visión en la que aparece Jeremías. Eso toca buscarlo en los ratos de ocio, no dormirse hasta encontrar ese pasaje. Y allá en el profeta Daniel se menciona que hay una visión en la que aparece Jeremías y ahí es donde está esa famosa frase. Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo. Y se presenta a Jeremías como un ejemplo de lo que es un verdadero intercesor. O sea que la Biblia misma reconoce un lugar especial para Jeremías. Pero además, Jeremías es muy importante porque Jeremías es un profeta que vive en soledad. Es un caso único, un profeta célibe. Sabemos que el celibato no era realmente lo común en el Antiguo Testamento. Pero Jeremías es un profeta célibe. Claro, hay que distinguir entre el celibato de Jeremías y el celibato, por ejemplo, de Jesús o de San Pablo. Pero el hecho de que Jeremías haya carecido de ese apoyo humano que era tan natural y que era la norma en el Antiguo Testamento. Es algo que ya nos habla, es algo que de alguna manera conecta a Jeremías con nuestro Señor Jesucristo. Una conexión más intensa la encontramos en la manera como Jeremías fue perseguido, fue rechazado.
Hay una expresión que aparece varias veces en el profeta Jeremías. Una expresión muy suya que se suele traducir por esta frase o por esta manera de hablar. Terror en torno. Esa expresión denota cómo Jeremías no solamente carecía de esposa y de hogar, sino que se veía rodeado por todas partes como carente por completo de amigos y en cambio asediado por sus enemigos que le odiaban con odio cruel y que varias veces quisieron matarlo. En uno de esos atentados, llamémoslo así, lo descuelgan en un pozo que no tenía agua para que básicamente se muriera de hambre y de sed en ese pozo. Y Jeremías fue descolgado y llegó allá, y sus pies se hundieron en el barro. O sea, él vivió la sentencia de muerte y él se sintió morir. Pero luego, de una manera casi milagrosa, algunos le hablan al rey. Y entonces el rey dice está bien, saquémoslo y sacan a Jeremías. Pero esa soledad, esa persecución, ese estar rodeado de enemigos y carente de aliados, hace que Jeremías esté muy, pero muy próximo a la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.
Podríamos mencionar otros paralelos, pero para no extendernos mucho, simplemente señalemos los rasgos fundamentales de este perfil del profeta. Lo más importante del verdadero profeta es que ha unido su corazón a los intereses de Dios. Es la unión con Dios. Es la comunión con Dios. Es su manera de vivir que no tiene otra prioridad sino Dios. Eso es lo primero y fundamental en el profeta. Antes que ser un líder o un jefe o una voz en medio de la gente es fundamentalmente un contemplativo. Es un hombre en profunda comunión con Dios.
Observemos que esto aparece ya desde Moisés en el libro del Deuteronomio Moisés anuncia, el Señor les va a dar otro profeta como yo. Es decir, que Moisés reconoce el don profético en él mismo. Uno no piensa en Moisés usualmente como un profeta. Pero es que originalmente la palabra profeta lo que quiere decir es el que habla delante, el vocero, el que habla de parte de Dios. Y ciertamente Moisés era así. Pero Moisés, ¿qué clase de vida llevó? la vida de un contemplativo antes de hablar al pueblo sobre Dios, Él habló con Dios. Se parece tanto a nuestro lema dominicano hablar con Dios o de Dios. Moisés, en esos largos ayunos, en esas prolongadísima oraciones, en esa soledad de la montaña, Moisés está empapándose de Dios. Moisés está llenándose de Dios. Moisés está siendo penetrado completamente en cada rincón de su ser, de su pensamiento. Pablo tiene aquella expresión que todos conocemos. Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Eso lo vive el profeta. Es decir, es como si la vida misma de Dios entrara dentro del profeta.
Segundo rasgo el profeta es el gran custodio de la Alianza. Lo que le interesa fundamentalmente es que el amor generoso, el amor gratuito de Dios, el amor irreversible de Dios, llegue a todos los corazones, que se realice la Alianza. Y esto hace que por su unión con Dios y por su amor a la Alianza, viene el tercer rasgo. El profeta pone, pospone digo mejor, sus propios intereses hasta el punto de arriesgar su propia vida. Pero ¿por qué lo hace? por los intereses de Dios, por la validez de la Alianza.
Comentábamos en una de las predicaciones de estos días el caso de Natán. Cuando Natán se acerca a David para denunciarle su pecado, Natán está arriesgando su vida porque ya sabemos quién era David. David era dueño de vidas y haciendas. David hacía lo que quería. Que muchas cosas hizo bien y unas cuantas las hizo pésimamente mal. Pero David era el que disponía de la gente. Ya vimos lo que le hizo a Urías. Y después de lo que David le hizo, Urías, que era un soldado absolutamente fiel a David, va a Natán donde David a denunciarle su pecado. Perfectamente la historia hubiera podido terminar como terminó la vida de tantos profetas. Tú recuerdas que Cristo dice en alguna oportunidad, dirigiéndose a los fariseos y a los escribas, les hace esta pregunta que es muy importante. ¿Hay algún profeta al que sus padres no hayan perseguido? O sea que el destino normal del profeta, lo usual en los profetas, era eso. Y cuando Natán va donde David está poniendo en juego todo, incluyendo su propia vida. Pero eso es propio del profeta.
Los profetas entonces denuncian en primer lugar el pecado que hay en justicia sociales. Las denuncian, las denuncian porque son pecado. Y por eso el profeta, que se me entienda bien esta frase por favor. El profeta no tiene pecados favoritos. No hay pecados especiales para el profeta. Qué quiero decir con esto. Qué sucede en nuestro tiempo que hay gente que es supremamente sensible con los temas provida. Bien, bien, eso. Son muy sensibles para el tema provida, pero para lo que tiene que ver con justicia social, nada. Para lo que tiene que ver con el descuido en el culto a Dios, eso no les importa. Hay otros, en cambio, que son súper sensibles con la liturgia. Supersensibles. La liturgia tiene que ser inmaculada, pulcra. De la liturgia viene todo. La liturgia debe ser perfecta. El amor a la liturgia está muy bien. Además, no se nos olvide que el principal torrente de la gracia nos llega a través de los sacramentos, a través de la liturgia. Pero lo que uno no entiende es cómo una persona puede estar tan obsesionada con la perfección de la liturgia y tan descuidada, por ejemplo, de la comunión fraterna o de otros pecados. Hay personas que están obsesionadas con el tema sexual, prácticamente todas sus homilías, todas sus reflexiones en contra de las perversiones, la ideología de género. Está bien que eso se denuncie. Pero ese no es el único pecado.
El profeta no tiene pecados favoritos ni tiene pecados con corona. Hoy, y esto se notaba incluso más en mi tiempo de formación. Había una obsesión con el tema de los pobres, los pobres y los pobres. Y está bien que nos preocupemos, pero un momento. Y la espalda que se le está dando a Dios buscando su gloria ¿eso no importa? Y los desórdenes en la familia y en la sexualidad ¿no importan? Entonces el verdadero profeta, como tiene su interés puesto en Dios, también tiene claro que cualquier cosa que ofenda a Dios le duele, y cualquier cosa que ofenda a Dios la denuncia, cualquier cosa. Entonces, si hay ofensa a Dios en el tema de confusión de género y todas esas cosas, lo denuncia. Pero hay ofensa a Dios también en el salario injusto y la explotación a los pobres, lo denuncia. Pero hay ofensa a Dios también en la liturgia convertida en una parodia y en un ridículo, lo denuncia. Pero hay ofensa a Dios también en la mediocridad, la indiferencia, la tibieza con la que muchos católicos hemos vivido nuestra vida, lo denuncia. Por eso dijo el profeta no tiene pecados favoritos. ¿Por qué? Porque en realidad lo que le duele es todo pecado. ¿Y por qué le duele todo pecado? Porque cualquier pecado es negación de la gloria divina. Es negación del amor de Dios. Eso es ser profeta.
Otra característica, el profeta no se limita a la denuncia, como ya se ha dicho, que es como una especie de lema. El profeta denuncia y anuncia. Por eso el profeta también anuncia esperanza. Por eso el profeta también manifiesta incluso con más énfasis de la gravedad del pecado, la profundidad de la misericordia. El profeta que está solamente denunciando pecados y hablando de la acción del demonio y de la maldad de la humanidad. Encontrarás siempre oyentes. Y yo a veces creo que hay como una especie de interés morboso en algunas personas por oír cosas malas. Quizás porque cuando oímos y oímos y seguimos oyendo y volvemos a oír del pecado del mundo, implícitamente y casi inconscientemente, empezamos a creernos de los buenos, porque el resto del mundo está tan podrido. Habéis visto, hermanas, que podrido está el mundo, el mundo está podrido, el mundo todo hiede. Cuando hablamos así, sin darnos cuenta, casi se nos va metiendo el pensamiento de que nosotros no pertenecemos a ese mundo que está tan corrompido y que nosotros somos de los buenos. El verdadero profeta anuncia, anuncia esperanza, anuncia misericordia. El verdadero profeta nunca pierde de vista que somos portadores de la Buena Nueva y por eso el verdadero profeta, aún en medio de sus denuncias, no pierde ni la serenidad ni la alegría. Alegría como la que debe tener el que sabe de parte de quien está la victoria.
Y un último punto que hay que mencionar sobre los profetas, que es lo que aparece claramente en el libro de Daniel refiriéndose a Jeremías. Es que el profeta es un intercesor. ¿Qué significa esto? Que no cuenta únicamente, no cuenta únicamente con la voluntad humana. No cuenta únicamente con la capacidad de auto reforma o de auto superación del ser humano. El auténtico profeta sabe que hay que exhortar y hay que corregir. Y hay que denunciar al ser humano su pecado. Pero tiene perfectamente clara otra cosa, y es que la auténtica reforma del ser humano está más allá de nuestras fuerzas. Por eso mira, mira estas palabras que son de un profeta, esto es del texto de hoy de Jeremías. Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti. No nos rechaces por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso, recuerda, y no rompas tu alianza con nosotros.
Entonces, siempre se ha dicho desde hace unas cuantas décadas el profeta denuncia y anuncia. No solo eso, añádele otra palabra. El profeta denuncia, anuncia e intercede. Como Moisés en el libro de los Números. Como Elías rogando por el pueblo. Como Jeremías en las palabras que hemos escuchado hoy. Pidamos al Señor que se renueve el don profético entre nosotros y particularmente en la Orden de Predicadores. Esa expresión, esa palabra que sintetiza nuestro carisma de alguna manera, esa palabra verdad, esa palabra veritas. Necesitamos que se haga realidad en nosotros, porque finalmente el profeta es como una transparencia de la verdad divina para el hoy de la Iglesia, que se renueve ese don profético. Que nosotros sepamos vivirlo, que sepamos practicarlo y no solo, no solo nosotros mismos. No solo eso, sino que sepamos apreciar cómo Dios nos sigue hablando a través de los hermanos. Ese hermano que me corrige, ese hermano que me hace ver mi error, ese hermano que me dice le has fallado a la comunidad en esto, te has equivocado, esto lo hiciste mal. Tenemos que ser gente receptiva. Atención a eso.
Perdón que me extienda un momento, pero es que no puedes amar el don profético solamente diciendo he aquí que yo soy un enviado de Dios para todos ustedes. Seguramente Dios obra también a través de nosotros. Pero amar el Don Profético no es solamente decir yo sé decir cosas, sino amar. El Don Profético es escuchar también lo que me dicen. Porque Dios, dice San Agustín, que está en medio de nosotros, obra también en medio de nosotros y a través de nosotros. Entonces hay que tener ese oído. Cuando me corrigen, cuando me dicen te equivocaste en esto, cuando me dicen ahí no obraste correctamente. Eso no fue sincero. Ahí se te fueron las luces. Ahí te equivocaste. Eso es un exceso de poder. Ahí callaste de manera cobarde.
Tenemos que aprender a ser comunidades, donde la verdad reside con tanta intensidad que es posible llegar a esa especie de milagro colectivo que se llama corrección fraterna. Es uno de los puntos que vamos a tratar hacia el final de nuestro retiro. Sigamos la Celebración Eucarística. Démonos cuenta que Cristo no se mide cuando se da a nosotros. Cristo se da en plenitud. El sacramento de la Eucaristía es el sacramento de la plenitud, de la entrega total, de la entrega absoluta. Que nuestra respuesta a Él, que nuestra respuesta a su propuesta, también sea total, generosa, absoluta. Amén.

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