Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los cinco grados del auténtico arrepentimiento: (1) El arrepentimiento del borracho; (2) el arrepentimiento del nostálgico; (3) el arrepentimiento del hijo pródigo; (4) el arrepentimiento del humilde creyente; (5) el arrepentimiento del verdadero adorador.

Homilía o172006a, predicada en 20200728, con 34 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Hermanos. Una frase que le escuché una vez a alguien que predicaba sobre Santa Teresa de Jesús viene a mi memoria en este día. La frase de la Santa habla de la fuerza que tiene el arrepentimiento. El verdadero arrepentimiento. Lo que viene a decir Teresa, hasta donde alcanzo a recordar. Ojalá alguien que lo recuerde mejor pueda ponernos la cita en los comentarios a esta transmisión. Lo que viene a decir esta Santa Doctora de la Iglesia es que un rato, algo así como decir unos minutos de verdadero arrepentimiento, aprovechan más al alma que mucho más tiempo en la gratitud o en la paz del alma. Es una cita un poco extraña, porque el arrepentimiento tiene que ver con nuestros males, con nuestros errores, mientras que la gratitud, la alabanza, tienen que ver con las obras de Dios. Y uno podría pensar que la gratitud, la alabanza, ayudan muchísimo en el progreso del corazón creyente. Y así es, ayudan, por supuesto que ayudan y ayudan mucho. Cultivar el agradecimiento y la alabanza es algo extraordinario. Pero, pero Teresa nos está diciendo del valor que tiene el arrepentimiento y lo pone como un campeón en esto de adelantar en la vida espiritual. El campeón en el adelantar, en el progresar en la vida espiritual, parece estar en la contrición. Pero no cualquier contrición. Y de eso es de lo que vamos a hablar apoyándonos en la primera lectura de hoy.

Ante todo, aclaremos las palabras Arrepentimiento quiere decir el dolor que siento al reconocer que he obrado mal. Cuando ese dolor es profundo, es sincero y se realiza en razón de Dios. Luego vamos a explicar eso. Cuando es un arrepentimiento realmente profundo, sincero y se hace en razón de Dios, entonces toma otro nombre. Se llama contrición. Literalmente, la contrición significa la ruptura en fragmentos. Un corazón contrito es como un corazón triturado para que no se nos olvide el significado. Entonces la contrición es un arrepentimiento muy profundo, muy sincero y que se realiza en razón de Dios. Cuando eso sucede, hablamos de contrición. Bueno, preguntémonos ¿por qué puede tener tanto valor la contrición? Tanto como para que una mujer tan llena de sabiduría como Teresa de Jesús le ponga ese énfasis a la contrición. La mejor manera de entenderlo, me parece a mí, es darnos cuenta de que hay varias clases de arrepentimiento. Hay unos arrepentimientos que son superficiales, que son puramente externos.

Eso, por supuesto, es simplemente una manera de guardar las apariencias, de salvar la fachada. Eso no es verdadero arrepentimiento. Como muchas veces sucede cuando una persona se ve obligada por las circunstancias a pedir unas disculpas que no quiere pedir y entonces dice cualquier cosa. El ejemplo más típico y a veces el más simpático dentro de lo que cabe, lo chistoso en esto es el de la persona que dice mira, si te he ofendido en algo, perdona si te he ofendido en algo y resulta que ha masacrado al otro. Entonces ese es un ejemplo de un arrepentimiento que realmente es falso, un arrepentimiento que no tiene mayor valor. Pero luego en el arrepentimiento verdadero también hay grados. Hay por lo menos cinco grados en el arrepentimiento verdadero. Y eso es lo que vamos a mencionar ahora, porque el texto que escuchamos del profeta Jeremías nos habla precisamente de un acto comunitario o así quería Jeremías un acto de arrepentimiento. Un acto de verdadero dolor por los pecados que el pueblo ha cometido. Entonces vamos a aprender sobre el arrepentimiento, porque si aprendemos y con la gracia de Dios practicamos el verdadero arrepentimiento, eso sí que va a cambiar nuestra vida. Y fíjate que esto tiene mucho sentido.

Piensa, por ejemplo, en una relación de pareja, en una relación de familia, cuando hay problemas en una pareja, las disculpas falsas, las disculpas superficiales o solo de palabras se quedan cortas y la relación a largo plazo se va erosionando. ¿Qué es lo que espera una persona que ha sido ofendida por cualquier razón dentro de una relación de pareja? ¿Qué es lo que espera esa persona? Esa persona espera un arrepentimiento sincero, algo que sea profundo. Algo que sea real. Todavía te digo más. Algo que marque un cambio. Eso es lo que se quiere. Que haya un cambio realmente. Que haya una transformación. Entonces vamos mirando, orientados un poco por esta lectura de Jeremías, vamos mirando cuáles son estos cinco grados del arrepentimiento, porque los grados más altos son los que corresponden precisamente a la verdadera contrición, esa que realmente nos empuja, nos mueve hacia adelante, nos saca de nuestra mediocridad. Muchos hemos sido grandes mediocres, terribles mediocres en nuestra vida cristiana.

Hemos vivido de cualquier manera, hemos hecho poca oración, hemos tenido oídos sordos a la Palabra del Señor, hemos tomado decisiones por nuestra cuenta sin siquiera pedirle una luz a Dios. En fin, hemos fallado muchísimo. Así que cuando se camina en el arrepentimiento, se camina por la senda correcta. Tú imagina como una escalera con cinco escalones y vamos a hablar de cada uno de ellos. El primer escalón en el arrepentimiento es la conciencia de que si he hecho daño a otros y me he hecho daño yo mismo. Ese es el primer arrepentimiento. Ese es el arrepentimiento que a veces en caricatura se llama el arrepentimiento del borracho. Con ese nombre así popular, ¿por qué se le llama arrepentimiento del borracho? Porque cuando la persona está en medio de su terrible resaca, eso que se siente después del exceso de licor en algunos países a eso lo llaman cruda. En un país que se llama Colombia, a eso se le llama guayabo. Cuando la persona está en medio de su terrible dolor de cabeza, malestar y entonces dice: Ay, no vuelvo a tomar. ¿Por qué? Porque la persona está experimentando las consecuencias de su borrachera. Se da cuenta de que ha obrado mal, siente vergüenza, siente vergüenza ante los demás, Siente vergüenza ante sí mismo. Ese es el arrepentimiento del borracho. No es perfecto, pero bueno, ya es un comienzo que la persona deje de decirse mentiras, que la persona deje de llamar bien al mal y mal al bien, que la persona admita de verdad me equivoqué. No he debido cometer eso. No he debido meterme con esa persona. No he debido quedarme con esa plata. No he debido decir ese insulto. Realmente hice daño y realmente me hice daño, yo también. Esta claridad sobre que todo pecado lo daña a uno es muy importante porque es la claridad que también le lleva a uno.

Como diría otra doctora de la Iglesia. Ya he mencionado a Teresa, otra doctora es Catalina de Siena, la cual dice que el camino de la conversión nos lleva al correcto amor a nosotros mismos. Entonces uno tiene que darse cuenta. Así como el borracho en un momento de lucidez se da cuenta ¡Hombre, estoy destruyendo mi salud, estoy destruyendo mi familia, estoy destruyendo mi economía! ¿Qué es esto? Eso la persona lo percibe, se da cuenta de que se está haciendo daño y está haciendo daño afuera. Ese es apenas el primer escalón del arrepentimiento. Lo podríamos llamar el arrepentimiento del borracho. No es gran cosa, pero es un buen comienzo. Y la verdad es que muchos de nosotros en nuestros respectivos pecados. Porque no todos cometemos los mismos pecados, pero en nuestros respectivos pecados, muchos de nosotros hemos pasado por ahí. Es decir, simplemente nos damos cuenta. He obrado mal, hice daño y me hice daño. Ahí empieza esta historia.

Pasemos al segundo escalón, que ya es un poco mejor. No es solamente que yo he hecho daño, no es solamente que yo me he hecho daño, es que me he perdido de muchas cosas buenas. Hace poco hablábamos aquí en mi convento, de la historia de algunos religiosos que pertenecieron a nuestra comunidad. Nosotros somos los dominicos, personas frailes que pertenecieron a la comunidad y que en un momento de desorientación, de confusión, de orgullo o de enamoramiento, dejaron la comunidad. Una de las historias que más me conmovió fue la de un padre ya mayor que contaba de un compañero suyo, compañero suyo en la formación dentro de la Orden Dominicana. Y este compañero suyo se retiró de la comunidad. Años después se vuelven a encontrar. Y este hombre, que no se había vuelto ningún criminal tampoco. No me lo tomes por ese lado, pero este hombre empieza a llorar y empieza a llorar porque siente de todo lo que se ha perdido. Quizás en un tiempo de pasión, de obsesión, de enamoramiento, de orgullo. Se salió. Pero luego él descubre. Descubre profundamente en su corazón. He perdido muchos bienes. He perdido muchas cosas buenas. Entonces el primer grado de arrepentimiento es el arrepentimiento del borracho.

El segundo grado lo llamamos el arrepentimiento del nostálgico. Este arrepentimiento a veces puede hundir a la persona si no se cuida, si no recibe auxilio de Dios y una buena consejería. La persona se puede hundir demasiado en la tristeza porque la persona siente de cuántos bienes me he perdido. El caso más dramático es el de la persona que ha ayudado en un aborto o que ha provocado uno o más abortos. Es un dolor terrible porque, por supuesto, no se puede reparar. Y porque, por supuesto, la persona siente que el bien del que se ha perdido es también el bien que le ha arrebatado a otro ser humano. El bien de la vida, de la vida misma. Es el arrepentimiento de la persona que dice en este momento mi hijo tendría tantos años. Es ese arrepentimiento. Es algo importante, pero repito, se necesita que brille el amor de Dios sobre ese corazón. Y muchas veces se necesita consejería, incluso acompañamiento psicológico, porque nosotros, cristianos, no queremos que nadie se hunda en una depresión profunda y autodestructiva. En todo caso, es un segundo grado en el arrepentimiento. ¿Qué agrega este segundo grado? Está agregando que la persona, cuando hace ese acto se da cuenta de que había un plan bueno de Dios para su vida. Dios tenía un buen plan para mi vida, y eso es muy importante, porque esa certeza de que Dios tenía un buen plan para mi vida me habla de la bondad de Dios y por lo tanto prepara mi corazón para otros bienes que pueden venir después a pesar de los errores que yo he cometido.

Observemos que estos dos primeros grados de arrepentimiento, que son importantes y que son válidos, se quedan dentro del ámbito de la misma persona. Es la persona, diríamos, de algún modo encerrada en sí misma. Mira el mal que hice, mira el bien del que me perdí. Es la persona que está pensando fundamentalmente en ella misma. A partir del tercer grado de arrepentimiento se rompe un poco ese cascarón que en realidad es una prisión y la persona empieza a mirar hacia Dios y esto es absolutamente maravilloso. La persona se da cuenta, diríamos, en continuidad con la reflexión que acaba de hacer: Me he perdido de muchos bienes. Eso significa Dios tenía un plan bueno para mí, y eso significa yo he sido ingrato con Dios. Yo he rechazado a Dios. Ese es el tercer grado de arrepentimiento. Observemos lo que está en aquel salmo famoso del arrepentimiento. El Salmo cincuenta y uno, empieza diciendo: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión. Borra mi culpa. Lava del todo mi delito. Limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa. Tengo siempre presente mi pecado contra ti. Contra ti solo pequé. Observa esas frases que acabo de decir de memoria del Salmo cincuenta y uno. Este hombre. En ese caso el rey David. Pero cada uno de nosotros puede decir también ese salmo reconoce su pecado. Pues yo reconozco mi culpa. Tengo siempre presente mi pecado contra ti. Contra ti solo pequé. Es decir, es el descubrimiento de que el pecado no es solamente un daño que yo me he hecho.

No es solamente un bien del que yo me he privado, sino que el pecado significa ante todo un ataque, ataque estéril pero verdadero ataque contra Dios, contra ti, contra ti solo pequé. Después de esas palabras iniciales de humildad, donde el rey David reconoce su culpa, vuelve su mirada hacia Dios y dice: Contra ti solo pequé. Entonces el tercer grado del arrepentimiento es cuando la persona se da cuenta, y esto es absolutamente fundamental, hasta el punto de que sin esto no hay verdadero arrepentimiento en términos cristianos. Contra ti pequé porque los dos primeros grados de arrepentimiento, los que hemos llamado arrepentimiento del borracho y arrepentimiento del nostálgico. Esos dos primeros grados los puede tener perfectamente una persona atea, una persona, un ateo que haya sido infiel a su mujer y que por eso finalmente acabó en divorcio. Puede darse cuenta de que obró mal y puede darse cuenta de que se perdió, de una mujer extraordinaria y de un hogar bellísimo. O sea que hasta ahí todavía no entra el elemento fundamental en toda esta historia, que es la relación con Dios. Entonces, en el tercer grado de arrepentimiento, la persona se da cuenta de que ha ofendido a Dios. Dios ha sido ofendido. Podríamos decir que es el momento en el que la persona descubre que su pecado no solamente es un daño que internamente se ha hecho, sino que es rebeldía contra Dios y por consiguiente, esta persona toma la actitud del hijo pródigo. ¿Cuál fue la actitud del hijo pródigo? Esa actitud fue cuando el hijo pródigo dijo: Volveré a la casa de mi padre. Hasta entonces se había alejado. Ahora dice: Volveré. Por eso llamamos a este tercer grado de arrepentimiento. El arrepentimiento del hijo pródigo. Es el momento en el que me doy cuenta que la razón profunda de las equivocaciones, los pecados y las culpas que yo he cometido. La razón profunda es porque yo he sido un rebelde. Y finalmente mi rebeldía se ha ido contra los santos mandamientos de Dios. Porque si yo hubiera sido obediente a Él, jamás hubiera caído en el pecado.

Entonces empieza el camino de retorno. Lo llamamos el arrepentimiento del hijo pródigo. Es algo maravilloso. La persona ya se dio cuenta de su rebeldía y la persona ya hace un propósito de regresar hacia Dios. Si se llega a este tercer escalón, si se llega a este tercer nivel ya estamos listos para el sacramento de la Confesión. Lo mínimo que pide la Iglesia. El dolor mínimo que pide la Iglesia para una buena confesión es el dolor del tercer escalón. Darme cuenta que no solo he obrado mal, que no solo he hecho daño, que no solo me he perdido de algunos bienes, quizás muchos bienes, sino que además he ofendido, realmente he ofendido a Dios, me he rebelado contra Dios. Este es un elemento absolutamente fundamental. Cuando ya se llega a este tercer nivel, ya puede hablarse de la atrición. No se me confunda con las palabras. Arrepentimiento se llama todo el camino, todo el camino. Pero cuando ya se llega al tercer escalón, ya se puede hablar de atrición. Cuando lleguemos a los niveles cuarto y quinto ya se podrá hablar propiamente de contrición, sobre todo en el quinto nivel. Atrición empieza en el tercero. Contrición, empieza en el cuarto y se perfecciona en el quinto.

Ese es el camino del arrepentimiento. Ese es el camino para realmente dejar la mala vida que muchas veces llevamos a cuestas. Entonces llevamos tres arrepentimientos: arrepentimiento del borracho, arrepentimiento del nostálgico, arrepentimiento del hijo pródigo. Recordemos ahora las palabras que dice Jeremías. Esas palabras son claves, porque dice Jeremías: ¿Quién puede dar la lluvia? Ningún ídolo nos va a dar la lluvia, Ningún ídolo nos va a reconstruir. Ningún ídolo nos va a salvar. ¿Esto qué quiere decir? Esto quiere decir que hay una proclamación de la sabiduría y sobre todo de la majestad de Dios. Jeremías hablando o por lo menos queriendo hablar a nombre de todo el pueblo, Jeremías muestra con sus palabras, por una parte, que duele el pecado que hemos cometido, pero por otra parte, que solo Dios es Dios, es decir, su arrepentimiento en este momento tiene la humildad singular de aquel que dice: A ti te ofendí y no tengo otro lugar a donde ir. Es decir, es el retorno pleno a la Casa del Padre. Es la proclamación clara de la Majestad Divina.

Entonces el cuarto nivel de arrepentimiento está en el rechazo a cualquier otra alternativa que no sea regresar a Dios. Es el rechazo de la idolatría. Es el rechazo de cualquier otra posibilidad. Solo Dios es Dios en mi vida y por consiguiente, en este acto es donde se da la verdadera humildad. Te lo puedo hacer. Te puedo hacer una comparación. Imagínate un hombre que le pide prestado dinero a su amigo. Le pidió prestado dinero. Pongamos una cifra en dólares que usualmente entendemos en los diversos países. Este amigo le pide a su amigo, le pide, préstame unos mil quinientos dólares. Espero pagártelos el mes entrante, la situación está muy dura, préstame ese dinero. Y el otro se lo presta. Y resulta que pasa un mes, pasan dos meses, pasan seis meses. Y este hombre no supo usar el dinero. De hecho, desperdició una parte de ese dinero. Y entonces ¿ahora qué hace? Pues, por una parte, quiere presentarle sus disculpas y su arrepentimiento al amigo. Mira, perdona que no te pagué antes, pero es que hay un problema. Y es que se le ha presentado una necesidad en su casa y ahora necesita seis meses después. Y cuando no ha pagado la primera deuda, aunque ya ha reunido para pagar. Le tiene que volver a pedir más dinero incluso. Vamos a suponer cinco mil dólares. Por supuesto, humanamente hablando. Pero es para que nos entendamos. Humanamente hablando, no hay nada más vergonzoso que tener que decirle. Mira, yo he podido reunir este dinero para pagarte, pero el problema es que tengo que pedirte otro préstamo porque no tengo a nadie más. Estaremos de acuerdo que cuando una persona llega a esa situación tan desesperada, realmente le toca hacer un acto de muchísima pero muchísima humildad. Ese es el momento donde el ego realmente se destruye. Es el momento donde nuestra soberbia queda hecha trizas por el suelo. Ese es el momento de la verdadera humildad.

Entonces, ¿cuál es el cuarto punto del arrepentimiento? El cuarto escalón. El cuarto escalón es el arrepentimiento del humilde y se caracteriza por decirle a Dios: Yo sé que yo podría volver a fallar. Yo sé que hice muy mal. Yo sé que te ofendí a ti, pero es que tampoco tengo a dónde más ir. Quieres ver un ejemplo de ese arrepentimiento. Lo tienes en las profesiones de amor que el apóstol San Pedro hace a Cristo ya resucitado. Tú recuerdas que Pedro negó tres veces a Cristo, pero el problema de Pedro es que no tiene a dónde ir. El camino de Judas fue camino de infierno. Bueno, Dios haya tenido piedad de él, pero el camino de Judas Iscariote fue camino de infierno. Pedro no tiene a dónde más ir. Y le pregunta Jesús a Pedro ¿Pedro, me amas? Y Pedro, que delante de los demás apóstoles había prometido y no cumplido, le responde a Cristo Sí, Señor, tú sabes que te amo. Y Jesús le vuelve a preguntar ¿Pedro, me amas? Y Pedro tiene que volver a decir: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Y le pregunta una tercera vez ¿me amas? Y Pedro le toca la completa humillación. Es el momento en el que ya no se apoya en sí mismo. El ego de Pedro ha quedado por el suelo. Está triturado por el suelo ese ego. Pedro, incluso ya no se apoya en sí mismo. Y entonces le dice a Jesús: Jesús, tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Ese es el arrepentimiento de cuarto nivel. Ese arrepentimiento de cuarto nivel lo llamamos el arrepentimiento del humilde, para recordar que es el momento en el que la persona ya no se apoya en sí misma.

Es como Señor, te fallé a ti, pero tengo que seguirte pidiendo favores a ti, porque no hay otro Dios. Todos los demás, todos los demás, son demonios disfrazados de ídolos para hacerme más daño. ¿A dónde voy a ir? Otra comparación posible para este cuarto arrepentimiento es ver lo que sucede con el hijo pródigo entre el momento en el que él dice por allá en su país lejano: volveré a la casa de mi padre, y cuando ya está ante el papá y tiene que decirle al papá porque no tiene otro lugar a donde ir: No merezco llamarme hijo tuyo. Es el arrepentimiento del humilde arrepentimiento del humilde. Y ese arrepentimiento es fundamental, porque ahí es donde empieza la verdadera contrición. Entonces llevamos cuatro escalones: arrepentimiento del borracho, arrepentimiento del nostálgico, arrepentimiento del hijo pródigo, luego arrepentimiento del humilde. El humilde que reconoce que sólo Dios es Dios. El arrepentimiento del que sabe que no tiene a dónde más ir. Bueno, y ¿cuál será entonces el último nivel? Si este era el cuarto. Pero fíjate que ya este cuarto nivel ya tiene, ya tiene contrición, ya aquí aparece la semilla de la contrición, porque hasta donde le es posible a ese pecador arrepentido, hasta donde le es posible, ya él, ya él no quiere otra cosa sino manifestar su dolor y aferrarse a Dios. El último nivel ¿cuál es? Es el arrepentimiento de aquél que se entrega sin reservas al servicio de Dios. Haz de mí lo que quieras. Haz de mí lo que quieras. Ese arrepentimiento último es el del que dice: Tuve una vida y no supe manejarla. Ahora no quiero tener más vida que la vida que tú dispongas para mí. Ese es el arrepentimiento de los grandes santos.

Ese es el arrepentimiento de un Ignacio de Loyola. Qué conversión impresionante la de ese hombre. Cómo él descubre. Ya no quiero más vida. Ese es el arrepentimiento de San Francisco de Borja. No serviré a Señor que se me muera. Es decir, mi vida quedó atrás. Yo no supe vivir mi vida. Yo perdí la vida que había vivido. Ahora no quiero tener más vida que tu vida a ese a ese arrepentimiento, ¿qué nombre le daremos? Ese es el arrepentido que entrega absolutamente todo. No busca simplemente que la relación se restablezca. No es simplemente bueno, listo. Quedamos de amigos entonces usted y yo. Me disculpa, hermano. Le fallé. No he debido hacerlo. Pero bueno, así son las cosas. Bueno, pero seguimos. No, no, esto no es esto. Esto no funciona así. Este es el arrepentimiento del que se entrega sin reservas. Y la única expresión que se me ocurre es el arrepentimiento del adorador. El arrepentimiento del que entrega su vida en adoración. No es el adorador simplemente porque tenga palabras bonitas de alabanza, que las podemos tener, quizás muchos. No, no, no, no, no. Es el arrepentimiento del adorador que se entrega a sí mismo en sacrificio de adoración a Dios. Ahora soy tuyo y soy tuyo para siempre. Soy tuyo para siempre. Ese es el último grado de arrepentimiento. Es el arrepentimiento del adorador que se entrega a sí mismo como acto de adoración a Dios. Bueno, hemos terminado con la guía de Jeremías. Hemos terminado nuestra pequeña exposición sobre los cinco grados del arrepentimiento. Repito solamente los títulos arrepentimiento del borracho, arrepentimiento del nostálgico arrepentimiento del hijo pródigo. Ya cuando llega el arrepentimiento del hijo pródigo, ya hay atrición. Pero es necesario llegar a ese otro arrepentimiento que es el que reconoce solo Dios es Dios, es el arrepentimiento del creyente, es el arrepentimiento del hijo pródigo cuando ya llega donde su papá. Y finalmente el arrepentimiento del adorador, arrepentimiento del adorador.

Pidamos al Señor que nuestras vidas sigan este camino. Mira, este ha sido el camino de los santos. Ya mencioné antes a un Ignacio de Loyola, un Francisco de Asís, un Agustín de Hipona. Son los que llegan a decir, como nosotros decimos, terminando esta reflexión Señor, tú y yo somos y tuyos queremos ser.

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