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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las tres características de un evangelizador son: generosidad, humildad y paciencia.

Homilía o172002a, predicada en 20020730, con 5 min. y 41 seg.

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Transcripción:

El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, ha dicho Jesucristo. Un sembrador optimista, según recordamos también por esa otra parábola que se llama así la parábola del sembrador. Un sembrador que no se deja desalentar, aunque haya otro o haya otros que siembran cizaña. Esa es la labor del evangelizador sembrar con optimismo la buena semilla, aunque sepa que hay otros que están sembrando cizaña, que están sembrando destrucción, que están sembrando muerte. Sembrar con optimismo es también sembrar con humildad, porque ¿cuándo va a aparecer esa semilla? No lo sabemos. ¿Cuándo va a dar fruto esa buena semilla? No lo sabemos.

Tengo buenos recuerdos de profesores de mi primaria. De algunos no de todos, pero no he tenido ocasión de encontrarme con ellos o no los he buscado lo suficiente para decirles gracias por lo que hizo por mí hace veinte o hace treinta años. Sembrar con optimismo es sembrar con humildad. Es saber que la semilla es buena y que dará fruto a su debido tiempo, pero sin obsesionarnos por ver el fruto, el fruto aparecerá. A nosotros nos corresponde sembrar. Se verá la cosecha en su debido momento. Sembrar con optimismo, sembrar con humildad, sembrar con paciencia, porque mientras va pasando el tiempo siguen creciendo trigo y cizaña. Solo al final se verá qué es lo que se ha sembrado y qué es lo que ha quedado. Corresponderá a los ángeles enviados por el Hijo del Hombre arrancar a los corruptores y malvados. Y corresponderá entonces a nosotros ver el fruto de esa cosecha limpia. Son tres características que debe tener un evangelizador. Generosidad, es decir optimismo, humildad y paciencia.

Tres características que brillan especialmente en Jesucristo, pero que también tienen muchos ejemplos en las vidas de los santos, especialmente de los misioneros. Uno se queda asombrado cuando piensa en lo que es realmente la vida de un misionero. El otro día me estaba acordando de una historia de Luis Bertrán con la que quiero terminar estas palabras. Luis Bertrán caminaba por la Costa Atlántica y por la región que hoy llamamos Catatumbo. Y llevaba en esos calores semejante clima, ausencia de vías, todo tipo de plagas, peligros, fieras, tribus que no entendían su lenguaje, soledad aplastante, incertidumbre del alimento. Es impresionante cuando uno hace la suma de todo lo que tuvieron que vivir aquellos heroicos misioneros en los comienzos. Y bueno, junto con toda esa carga, el hombre llevaba también su breviario.

Y se pone a rezar él en su tiendita, en su cambuche, por allá en alguna tribu donde estaba evangelizando, los indios lo espiaban a ver qué era lo que hacía él allá encerrado. Y entonces uno de ellos, asombrado, le dice a sus compañeros, a otros indígenas. El misionero le está hablando a un libro. Le está hablando a un libro. Se pone uno a pensar cuánta paciencia, cuánto amor, cuánta generosidad hay que tener para regar la semilla. En esas mismas tierras donde está indígena dijo que Luis Beltrán le estaba hablando a un libro. En esas mismas tierras se predica el Evangelio, se sigue predicando el Evangelio y hay bautismos y hay matrimonios y hay muchachos que dicen yo quiero servir a Cristo y yo quiero ser sacerdote. Siglos, siglos enteros de siembra. Y falta mucho todavía, ahí en todas partes. ¡Pero qué hermosa la labor del que siembra! No tendríamos lo que tenemos hoy si Luis Beltrán no se hubiera puesto a conversar con su libro.

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