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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dos características de la oración cristiana: la humildad y la confianza.

Homilía o172001a, predicada en 20020730, con 6 min. y 29 seg.

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Transcripción:

Hermanos, podemos aprender de esta súplica de Jeremías. ¿Qué significa acudir a Dios? ¿Qué significa pedir perdón? Porque en este texto, que es relativamente breve, encontramos bien representados dos sentimientos que son muy, muy propios de la oración cristiana. Son ellos la humildad y la confianza. Humildad que en el caso de la oración de Jeremías surge por la conciencia del propio pecado. La oración se vuelve humilde, particularmente cuando reconoce que ha fallado ante Dios. Y eso es lo que nosotros encontramos cuando Él dice: Reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres porque pecamos contra ti. No hay camino más firme, más seguro para buscar la humildad que el reconocimiento de los propios errores.

Pero del propio error se pueden sacar muchas cosas. Se puede sacar el cinismo. Soy malo y qué me va bien. Qué importa. Del error se puede sacar la desesperación. Todo está perdido. Dañé la única oportunidad que tenía. Que se muera todo y yo me muera también. Esta es desesperación. Del error se puede sacar el escepticismo, la desconfianza. Como esa sensación de que no hay. No hay nadie en quien creer, no hay nadie en quien confiar, no hay nada que se pueda hacer. Una especie de letargo, una especie de ausencia que es como una muerte en vida. Nosotros, los cristianos, lo mismo que los demás seres humanos, descubrimos tarde o temprano el mal, la fuerza del mal, el daño que provoca el mal. Esto lo descubrimos, esto lo conocemos. Pero la gran diferencia está en qué hacemos nosotros con la noticia del mal. El mal nos vuelve cínicos, el mal nos lleva a la desesperación, el mal nos vuelve escépticos y cómodamente egoístas. La respuesta cristiana no es esa.

Para nosotros el mal nos vuelve humildes. La humildad es el bien a que puede llevarnos el mal. Y si del mal sacamos la humildad, le habremos hecho una gran jugada, habremos metido un gran gol al mal. Y hay autores de vida espiritual que dicen que Dios permite que resbalemos y que caigamos en algunos males por el bien de la humildad. De manera que Dios sabe sacar el bien de la humildad de muchos males, especialmente de aquellos que más nos enfrentan con nuestra incoherencia o que más nos degradan. Aquellos males que tienen que ver con la falta de templanza en asuntos del alimento, la comodidad o el placer. Ese tipo de pecados, esas graves incoherencias que nos degradan, que nos muestran nuestra propia fragilidad cuando son reconocidos, traen un corazón humilde.

No fue ese el caso de David que pudo decir un corazón contrito y humillado Tú no lo desprecias. ¿Y de dónde le salió esa sensación de humildad y de humillación? Pues de su pecado, de su pecado, de adulterio. De ahí le salió la humildad. Es característica de la oración cristiana y la humildad es la gran respuesta que nosotros le damos al mal. No respondemos al mal con cinismo, ni con desesperación, ni tampoco con un escepticismo cómodo y egoísta. Para nosotros, el verdadero papel del mal es conducirnos a la humildad, Pero junto con la humildad va otra virtud que es pariente cercana y es la confianza. Existe entre los ídolos de los gentiles quien de la lluvia y después de saber Jeremías que hemos ofendido a Dios, se atreve a decirle: No eres, Señor, Dios nuestro, nuestra esperanza. ¿No eres tú nuestra esperanza? Te hemos ofendido a ti, pero ¿no eres tú nuestra esperanza? Esta es la audacia que viene a complementar a la humildad. La humildad no es simple abatimiento.

La humildad tiene su propia audacia y la audacia de la humildad se llama confianza. Y la confianza que nace de la humildad es la confianza que surge de esa frase que cierra la primera lectura de hoy: Tú lo hiciste todo. Tú eres nuestra esperanza, Tú lo hiciste todo. A ti acudimos porque tú lo hiciste todo, porque tú lo puedes todo, porque tú eres todo para nosotros, así te hayamos ofendido a ti.

Que Dios el Señor inspire en nosotros sentimientos de verdadera humildad como respuesta al mal del mundo y sentimientos de verdadera confianza, como puerta que nos abre al bien inmenso de Dios.

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