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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Desde siempre el plan de Dios se llama Alianza y desde el comienzo el plan del demonio se llama división; pero Dios está dispuesto a arrancar de nosotros la soberbia, que nos hace discípulos de las tinieblas, para darnos a cualquier costo la verdadera libertad.
Homilía o171006a, predicada en 20200728, con 22 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Hermanos, si miramos la Biblia encontramos que el plan de Dios siempre ha sido el mismo. Se sintetiza en una frase que aparece muchas veces tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Ese plan se puede entonces mirar como una especie de acuerdo. Pero digamos una palabra más fuerte, compromiso. Digamos otra palabra todavía más fuerte Alianza. Eso es lo que Dios ha querido Alianza. Ustedes serán mi pueblo, Yo seré su Dios.
Por cierto, la palabra Alianza es una manera de traducir el término griego Diatheke. Y si uno mira de dónde viene la palabra testamento. Testamento es un modo de traducir Diatheke. De modo que en la Biblia misma está esta idea en las grandes partes de la Biblia Antiguo y Nuevo Testamento. Es como si se dijera Antiguo Diatheke, Nuevo Diatheke. Es decir, Antigua Alianza, Nueva Alianza. Pero la palabra que está por todas partes en la Biblia es Alianza, Diatheke, que queda traducida sin gran alegría de mi parte por testamento. Es una palabra que no expresa realmente lo que está en el texto original. Dios lo que ha querido es Alianza.
Esa Alianza se puede describir de muy diversas maneras. Por ejemplo, se puede describir esa Alianza como la unión que se da entre un hombre y una mujer. Al fin y al cabo, en eso consiste la alianza matrimonial. Y pensando en las cosas de esta tierra, esa unión entre el hombre y la mujer que es fecunda, que produce hijos y que es célula fundamental de la sociedad, es la mejor comparación, humanamente hablando, para la unión, para describir la unión que Dios quiere tener con su pueblo, que somos nosotros. En ese caso, el pueblo es como aquella novia que ha sido conquistada por los gestos y palabras de amor del enamorado. Y ese enamorado es Dios. De hecho, el libro del Apocalipsis describe el triunfo final de Dios como una boda en la cual Cristo, Cristo Dios es el novio, el esposo y la Iglesia, el pueblo de Dios. La nueva Jerusalén es la novia, es la esposa. Siempre el plan ha sido el mismo, unión. Unión entre Dios y su pueblo. Alianza, boda. Es la misma idea.
Todavía voy a mencionar otras dos imágenes que aparecen en la Biblia. Una imagen es yo habitaré en medio de ellos. El Dios que habita con nosotros, el Dios con nosotros. Esa preciosa imagen está indicando también la cercanía, la familiaridad. ¿Cómo quiere Dios ser con cada uno de nosotros? Como uno de tú casa, así quiere ser Él contigo, más cercano incluso. Según nos dice el Evangelio más cercano incluso que el papá, la mamá o los hijos. Habitaré en medio de ti. Y todavía otra comparación es la que aparece con ese precioso término, muy propio de los escritos de San Juan, tanto el Evangelio como las cartas, esa palabra bellísima en griego se dice Koinonía. Y Koinonía se puede traducir por la comunión. Esta es nuestra comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Dice, por ejemplo, el prólogo de la primera Carta de San Juan Comunión, esa sensación deliciosa de estar a gusto con aquellos que amamos y que nos aman, aquellos de los que no tenemos nada que temer. Piensa, por ejemplo, cómo te sientes en el círculo de tus amigos o amigas, realmente las más cercanas. Esa sensación cómoda, grata, feliz, descansada. Eso que se siente cuando se está en ese grupo. Eso te da una idea de lo que es comunión. Por eso también dice como una especie de anticipación el libro del Deuteronomio, refiriéndose a la liturgia, dice: Y te alegrarás en el Señor y te alegrarás en presencia del Señor. Así como cuando tú pasas un buen rato con parientes y amigos, pero que sean cercanos, que sea gente con la que te gusta estar. Eso es lo que Dios quiere hacer con nosotros.
Entonces, fíjate comunión, habitación, alianza, matrimonio. Todas estas expresiones están indicando lo que Dios ha querido desde siempre. Esa unión, esa unión con nosotros. En el Evangelio de Juan casi parece que Dios lo estuviera pidiendo. Permaneced en mi amor. Permaneced, esa es la unión. Unión permanente, no accidental ni transitoria, sino firme y permanente. Eso es lo que Dios quiere. Y, por supuesto, lo que el pecado ha hecho es siempre atacar ese plan de Dios. Entonces lo que ha hecho es separarnos de Dios de muchas maneras. El modo más usual es a través de lo que hemos llamado en otras predicaciones la gran mentira y que aparece desde el primero hasta el último libro de la Biblia. La gran mentira, recordémoslo, consiste en meternos en la cabeza que tenemos que escoger entre ser obedientes o ser felices, obedientes a Dios o felices nosotros solos. Esa es la gran mentira. Ese es el dardo, el chuzo, ese es el puñal con el que el demonio quiere destruir el corazón creyente. La gran mentira. El propósito siempre es separar.
Por cierto, como hemos comentado también en otras ocasiones, la palabra diablo, que en griego se dice diabolos. Significa el que mete separación. Así que el plan de Dios siempre es unión con Él. Esta unión con Él ha de manifestarse en todo, en las personas, en las parejas. Por eso, cuando una pareja se une, pero no quiere el sacramento del matrimonio. Le está dando una patada de salida a Dios. Le está diciendo: Nosotros queremos disfrutarnos el uno al otro. Seguramente en su cuerpo, en su sexo, pero también en sus emociones, en su conversación, en sus planes. Nosotros. Ella y yo. Ella y yo queremos gozar pero tú no cabes aquí. Ese es el sentido de lo que la gente llama unión libre. Y siempre que oigo esa expresión unión libre, que se utiliza por lo menos aquí en Colombia, me doy cuenta que la libertad que la gente quiere es queremos estar libres de Dios. Pero luego resulta que también con mucha frecuencia quieren estar libres el uno del otro. Entonces, ese es un ejemplo de un lugar donde no se quiere que esté Dios.
En las leyes de muchos países no se quiere que esté Dios, no se quiere que esté la religión. Así, por ejemplo, en Colombia, mi país, hay toda una crítica y toda una pelea legal, porque el Presidente de la República no puede mencionar a la Virgen María en su cuenta de Twitter. Es decir, tiene que ser oficialmente atea la cuenta. Si no se puede mencionar a Dios, si no se puede mencionar la religión ¿Eso cómo se llama? Entonces date cuenta que vamos sacando a Dios. Eso claramente es plan diabólico. Claramente, la exclusión de Dios de las leyes, de las escuelas, de la sexualidad, del matrimonio, de la educación. Esas leyes terribles, por ejemplo, en Francia. Cualquiera diría que Francia, un país tan adelantado, no. Leyes terribles. No hay lugar para un crucifijo. No hay lugar para un crucifijo en la escuela. Si la escuela es pública, no puede haber lugar. ¡Ahí no cabe, no cabe, fuera! ¡Fuera Dios! Entonces qué nos queda claro hasta ahora. Que hay un plan que siempre, esencialmente, ha sido el mismo. Ese plan es el plan de la Alianza, la unión, la comunión, la boda de Dios con la humanidad. Siempre ha sido el mismo plan y el ataque siempre ha sido el mismo. Separar, dividir. Siempre ha sido el mismo. Queremos una civilización sin Dios. Queremos una filosofía sin Dios. Queremos una ciencia sin Dios. Queremos gozar nuestros cuerpos sin Dios. Siempre el ataque del enemigo ha sido el mismo. Todo esto que he dicho tiene relación con la primera lectura que fue tomada del profeta Jeremías. Una imagen que utiliza Dios con el profeta para hablar de lo que es su plan. Y repito, su plan siempre ha sido el mismo. Una imagen que utiliza Dios es la del cinturón, el cinturón, este cinturón que va pegado al cuerpo y le dice Dios a Jeremías Así he querido yo ceñirlos a ustedes. Por cierto, hay una expresión en castellano que es ajustar un cinturón que queda ajustado, un cinturón que queda justo. Es ese también el sentido. Sirva la propaganda. Ese es el sentido de la palabra justicia en la Biblia. Justicia es la cualidad del que se ajusta, del que se ciñe al querer de Dios, al ser de Dios, y que, por consiguiente, hace realidad en su vida el plan de Dios, que siempre es el mismo. Te lo dije, te lo dije y te lo repito, siempre es el mismo. Entonces el cinturón consiste en eso. El cinturón consiste en apretarse, en ceñirse. Y le dice Dios a Jeremías Así quise yo ceñirlos a ustedes. Pero luego ese cinturón que estaba hecho de una de las telas más finas que se conocían en la antigüedad, el lino, ese cinturón que debía ser fino, se echó a perder. ¿Y por qué se echó a perder ese cinturón? El cinturón se echó a perder porque se metió con el río Éufrates, porque se metió en las grietas del río Éufrates.
Aquí hay un dato muy importante que hay que contar. ¿Por qué Dios le dice a Jeremías que vaya hasta el río Éufrates? Ese es un viaje larguísimo. Este es un viaje pesadísimo. ¿Por qué Dios lo manda hasta el río Éufrates? Seguramente recordamos que hay dos ríos en esa parte del mundo. Esa parte se llama Mesopotamia. Potamos en griego quiere decir río. Mesopotamia quiere decir entre los ríos, porque hay dos ríos que caracterizan a Mesopotamia. Es decir, en la tierra del actual Irak, esos dos ríos son el río Tigris y el río Éufrates. Y Dios le dice a Jeremías que lleve su cinturón finísimo de lino, que harto le había costado, que lleve ese cinturón al río Éufrates. ¿Y por qué no le dijo que lo llevará al Jordán, por ejemplo, un río que estaba mucho más cerca. Por qué no dijo que lo llevará al Torrente Cedrón, que estaba ahí nomás? ¿Por qué tenía que irse hasta el río Éufrates? Porque el río Éufrates es el río que baña la región de Mesopotamia. ¿Y eso por qué es importante? Porque en tiempos de Jeremías había una civilización que se había adueñado de esa zona, es decir, de Mesopotamia. Esa civilización era el imperio caldeo y la capital del imperio Caldeo, precisamente beneficiándose del río Éufrates era Babilonia. Entonces, el gesto de meter el cinturón finísimo y costosísimo entre las piedras del río Éufrates. Ese gesto está indicando el papel que van a tener los caldeos en el destino del reino de Judá.
Efectivamente, en vida de Jeremías, el imperio caldeo bajo el mando de un general despiadado, idólatra y cruel llamado Nabucodonosor, cayó sobre el Reino de Judá y unos dos años después, otro general caldeo nuevamente bajo órdenes de Nabucodonosor, un general llamado Nabuzardam, cayó sobre Jerusalén y la sitió. La llevó hasta el extremo del hambre. Luego se tomó la ciudad, la incendió y se llevó a los judíos cautivos a Babilonia. Es decir, que el pueblo judío, finísimo por haber recibido promesas que ningún otro pueblo escuchó. Finísimo por haber recibido una ley que ningún otro pueblo conoció. Una ley sapientísima de la ley de Moisés. El pueblo de Judá, un pueblo finísimo y también costosísimo, porque le costó a Dios tanto. Y el costo final se nota en la cruz de Cristo, ese pueblo que Dios había querido ceñirse. Como se ciñe el cinturón, ese pueblo se echó a perder y ese pueblo se echó a perder por los caldeos, los del río Éufrates. Entiendes ahora el significado tan bello y tan profundo de ese cinturón entre las piedras del río. Por eso tenía que ser el río Éufrates.
Pero terminemos esta reflexión subrayando un detalle. Si nosotros miramos el texto, aquí lo tengo. Si nosotros miramos el texto de Jeremías. Mira lo que dice. Así dice el Señor, de este modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Es decir, que el pueblo macilento, muerto de hambre, maltratado, se parece mucho a ese cinturón inservible. Un cinturón fino pero echado a perder. Un pueblo fino pero echado a perder. Sí, sí, es verdad. Pero hay algo muy hermoso. Hay un detalle que no debemos dejar pasar. No es que Dios quiera destruir al pueblo. Quiere destruir la soberbia del pueblo. Y por eso, como el pueblo estaba abrazado a su soberbia al destruir la soberbia, el pueblo ha sufrido. Pero no es que Dios haya dejado de amar al pueblo, es que Dios necesita arrancar del pueblo la soberbia y para arrancar del pueblo la soberbia. Como el pueblo, el pueblo de Judá no quiere soltar esa soberbia, pues obviamente el pueblo ha recibido daño, pero el propósito de Dios no es dañar, incluso cuando Dios castiga.
Y claro que es un castigo lo que ellos vivieron. Cuando Dios castiga, su propósito no es desquitarse. Su propósito no es destruir. Por eso dice el libro de la Sabiduría Tú amas todo lo que hiciste. Nadie te obligó a hacerlo. Si no lo hubieras amado, no lo hubieras hecho. Entonces el propósito de Dios no es destruir. El propósito de Dios es quitar la soberbia del pueblo. Pero si el pueblo está aferrado a su soberbia, es como una persona que no quisiera quitarse, por ejemplo una chaqueta y la tiene ahí y resulta que esa chaqueta le hace daño por la razón que sea. Vamos a decir que es una chaqueta llena de kriptonita. Es la explicación más tonta que se me ocurre en este momento. Y hay que quitarle la chaqueta, pero no se quiere dejar quitar la chaqueta. Y aquí, y entonces ¿qué le toca hacer? ¿Qué le toca hacer a Dios? Pues para quitar la chaqueta a alguien que no quiere dejársela quitar, sabiéndose que es una chaqueta que le hace daño porque está repleta de kriptonita, pues seguramente esa persona va a quedar golpeada y va a quedar herida porque no se quiere dejar quitar eso.
Y aquí está la lección, tal vez más profunda. Si tú renuncias, si tú voluntariamente renuncias a tu soberbia y a toda forma de idolatría, indudablemente tu vida es mucho más suave. Pero si tú te apegas a tus pecados, si tú te apegas a tu soberbia, sobre todo a tu soberbia, y te apegas y te apegas a tu soberbia. Dios hará lo imposible por quitarte esa soberbia y por quitarte esa soberbia vas a resultar muy malherido, muy golpeado y quizás casi echado a perder como aquel cinturón.
Resumen Mis hermanos, Dios nos ama, nos ama mucho, su plan siempre es el mismo que estemos unidos a Él, ese es su plan. Pero si nosotros nos apegamos a nuestros pecados y sobre todo a nuestra soberbia, pues algunas veces por puro amor, Dios tiene que utilizar caminos tan duros como el que usó con su pueblo, su pueblo judío. Y esos caminos implican a veces heridas, heridas muy fuertes. No hay que seguir ese camino. Sin embargo, si somos sensatos, si somos gente sensata, le diremos a Dios hoy renuncio a mi pecado. Me cuesta trabajo. No es fácil, pero hoy renuncio a mi pecado. Y Dios nos escucha y Dios nos lleva por su senda. Quiere decir que no tendremos ningún sufrimiento. Claro que sí. Pero dijo Jesús Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Habrá yugo y habrá carga, pero será ligera. ¿Por qué? Porque Él es el primero en llevarla.

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