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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Es necesario perseverar en lo que realmente vale porque es fino, útil y porque nos lo ha dado Dios.
Homilía o171004a, predicada en 20180730, con 6 min. y 6 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo número Trece de Jeremías. Es un ejemplo clásico de lo que llamamos una profecía en acción. Estamos acostumbrados a relacionar el servicio, el ministerio de los profetas, ante todo con sus palabras. Y es verdad que sus oráculos, sus predicaciones, sus profecías, son el corazón de su mensaje y de su presencia en la historia de la salvación. Pero muchas veces Dios nos habla no sólo a través de las palabras. Por eso también dice la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano Segundo que Dios nos habla a través de palabras, pero también a través de obras. Y nos dice que a través de esas palabras se clarifica el sentido de las obras o gestos de Dios. Y a través de esas obras se confirma el valor y el sentido de las palabras, de modo que las palabras clarifican el propósito, el sentido de las obras y las obras confirman el valor y el origen de las palabras.
Son los dos verbos que conviene recordar aquí y que provienen, como he dicho, del Concilio Vaticano Segundo. Palabras que clarifican y obras que confirman. Bueno, lo que aparece en el texto de hoy de Jeremías es una de esas obras, uno de esos gestos, una de esas acciones proféticas que acompañaron la vida de Jeremías, lo mismo que la vida de otros profetas. Así, por ejemplo, Ezequiel tuvo una misteriosa enfermedad que tenía un gran significado para la enfermedad espiritual que tenía el pueblo. El mismo Ezequiel tuvo que salir a pleno día a través de la muralla y la gente se quedaba perpleja. ¿Qué está haciendo este hombre? Abrió un boquete y se fue a través de la muralla y seguramente muchos no entendieron. Muchos se hicieron preguntas. Era un gesto profético.
Posiblemente el primer propósito del gesto profético es invitarnos a pensar algo así como romper lo que nos parece normal, cuestionarnos para que podamos abrir nuestra mente y podamos así también abrirnos a lo que Dios quiere decirnos. En el caso presente, el gesto que Dios le pide a Jeremías consiste en algo aparentemente muy sencillo: un cinturón. Un simple cinturón. Pero le dice el Señor a Jeremías ¿qué es un cinturón de lino? Atención, es una tela fina, es una tela costosa y dentro de las prendas que utilizaban, en particular los varones, en aquella época. El cinturón era fundamental porque la gente andaba con una túnica y ponerse el cinturón es estar en disposición de tratar a los demás, de trabajar. La gente se quitaba el cinturón solamente para estar cómodos en la casa. Pero de resto, el cinturón es el emblema de la persona que está dispuesta para el combate, dispuesta para el trabajo y dispuesta para encontrarse con los demás. O sea que el cinturón de lino habla a la vez de algo que es útil y de algo que es fino.
Y el cinturón se echó a perder. El agua del Éufrates poco a poco lo echó a perder. Hay dos aspectos muy interesantes en esto. Primero, la corrupción del cinturón no sucede instantáneamente. Dios le dijo Mételo en la hendidura de la peña y allá se fue dañando, allá. El agua que pasaba día tras día, poco a poco lo fue dañando. Eso fue lo que le sucedió al pueblo de Israel. Eso es también lo que nos puede estar sucediendo a nosotros. Es decir, que poco a poco vamos perdiendo nuestros principios. Poco a poco vamos perdiendo nuestra coherencia. Poco a poco vamos perdiendo nuestra fidelidad al Señor.
El otro aspecto interesante es que una vez que el cinturón, el que había sido tan fino y tan útil, cinturón, ya corrompido, ya dañado por el agua, ya no sirve de nada. Y esa inutilidad, ese no servir de nada, también impacta mucho. Nos hace recordar seguramente lo que dijo Jesús en el Evangelio. Jesús dijo que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Se convierte en objeto de desprecio y en objeto de burla. Y por eso, a medida que vamos perdiendo nuestros principios, a medida que nos vamos disolviendo, a medida que nos van transformando, poco a poco, estamos volviéndonos inútiles. Estamos volviendo nuestra fe, nuestra Iglesia, nuestra presencia en el mundo, la estamos volviendo algo ridículo, algo inútil, algo despreciable.
Una advertencia severa que nos regala entonces este profeta Jeremías, para que descubramos que estamos a tiempo. Todavía se puede. Todavía se puede y se debe sacar de esas aguas del Éufrates. No se te olvide que el Éufrates es el agua de Mesopotamia, de donde vendría la invasión para los judíos. Todavía se puede sacar de ahí. Es necesario preservar lo que vale, porque es fino, porque es útil, porque Dios nos lo ha dado.

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