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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La meditación según la Biblia no es apuesta por la nada del silencio sino por la fecundidad de la Palabra.
Homilía o165004a, predicada en 20120727, con 6 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Hermanos, el evangelio de hoy nos puede ayudar a recuperar el sentido de la palabra meditación. Digo recuperar porque la palabra meditación en este momento, está prácticamente secuestrada por el pensamiento budista, o si digo mejor, secuestrada por esa especie de budismo light que se cultiva en Occidente. En países como Nepal, el budismo es un asunto muy serio, tanto que en ciertas circunstancias un monje budista puede encontrar que es su deber quemarse vivo. Como hemos visto en noticias recientes, el budismo que se practica en Occidente, sin embargo, es un budismo light, un momento suave y relajado dentro de la agenda frenética del típico ejecutivo occidental. Y en ese budismo light, la palabra meditación significa entrar en una especie de sosiego de la mente, una especie de vacío interior, un silenciamiento que indudablemente trae descanso. Lo mismo que un motor descansa cuando se le apaga y no tiene que seguir en la marcha frenética que traía. Pero dentro de nuestra espiritualidad y dentro de nuestra fe, la meditación es algo distinto. Jesús dice: "El que escucha la Palabra y la entiende. También encontramos en un texto de la Carta de Santiago: "el que se concentra en el estudio de la ley perfecta". Dice Santiago. Esta manera de hablar indica, que la palabra no da lo más sustancioso y lo más sabroso de su contenido al primer encuentro. Esto lo sabían muy bien, lo entendían y lo practicaban los monjes cuando comparaban la meditación con una especie de masticar o de rumiar la Palabra. Algo así como se hace con un chicle que se mastica y se mastica hasta que pierde su sabor o hasta que se desecha. Pues, es como la misma idea. El cristiano, el monje, el predicador se forma en ese proceso de conservar la Palabra, de darle vueltas, de ponerla a recorrer las distintas estancias de su mente y de su corazón. Esa palabra tiene que hacer toda una peregrinación dentro de mi vida. Tiene que conectarse con otras palabras. Hay que relacionar unas cosas con otras. ¿Hay que ver cómo se puede aplicar? Hay que ampliar su sentido. Tengo que meterme en el texto. Todas estas acciones, todo este actuar, es precisamente el meditar cristiano. Entonces la meditación cristiana no es ese oasis, no es ese vacío, no es ese silencio que sirve de magro consuelo para un ejecutivo que interrumpe su agenda. La meditación nuestra es algo mucho más vital; algunos autores la han comparado con la lucha que Jacob tuvo con el ángel. Es algo activo, es casi una pelea con el sentido; es una búsqueda que puede llegar incluso a ser angustiosa o agónica. Pero esa clase de búsqueda finalmente da fruto. Y el fruto que da es lo que San Pablo decía en su carta a los Gálatas: "la revelación de Cristo en nosotros". Es un Cristo que de alguna manera ha crecido en nuestro corazón. Es una experiencia vital, intransferible, gozosa, ciertisima. Y es ese tipo de convicción el que hace que cuando el misionero, el catequista, el predicador hable, su palabra tenga la robustez y al mismo tiempo la alegría de un Cristo que está vivo. No es un mensaje aprendido de última hora, no es una lección bien recitada, no es un papel que se representa como el actor en el teatro. Es el fruto de todo un camino que Cristo ha hecho conmigo, un camino en el cual se le puede decir lo que dijo Jeremías: ?Me ha seducido?. Es una seducción del amor de Dios. Es una seducción de la verdad divina que se apodera de nosotros y, que luego nosotros queremos que se apodere de nuestros oyentes y que se apodere del mundo entero. Mis hermanos, ha llegado la hora de recuperar la palabra meditación. No caigamos en el error que lamentablemente se propaga en algunos ambientes católicos: creer que se puede comparar la meditación que hace un cristiano de la Palabra del Señor con la otra. Si yo miro, por ejemplo, a una hermana contemplativa, una monja, quizás en un Carmelo al estilo de Teresa; y la veo en un gran sosiego, entregada completamente al amor de Dios, y a su lado veo a un monje que está en silencio y con una cara beatífica, yo no puedo, ni debo suponer que esa actitud exterior común representa una misma realidad interior, comprendiendo la gran diferencia que hay en uno y en otro caso. Pidamos al Señor que podamos ser testigos de una verdadera meditación, porque en ella, la Palabra de Dios da su abundante fruto, como lo prometió el Señor.

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