Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tu pecado ya lo venció Dios, no te hundas rebuscándolo, volviendo a lo que Nuestro Señor ya te quitó.

Homilía o162011a, predicada en 20240723, con 8 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Esta parte del año litúrgico estamos escuchando testimonios, oráculos, fragmentos de los libros de los profetas. Si ustedes hacen memoria, recientemente hemos escuchado textos de Amós, de Oseas, de Ezequiel, de Isaías. Y en estos últimos días tenemos algunos textos del profeta Miqueas. Hoy, por ejemplo, aparece una promesa maravillosa que podríamos titular el triunfo de la misericordia de Dios. Yo no voy a perder esta oportunidad, no la voy a perder. Para enfatizar algo que me gusta que se sepa y que nos quede bien grabado en la mente y es todo el caudal de misericordia que ya está presente en el Antiguo Testamento.

Insisto en esto porque resulta que siempre se vuelve a ciertos tópicos. Y uno de esos temas muy repetidos es que en el Antiguo Testamento era el Dios castigador, era el Dios terrible que siempre estaba enojado. Como decía una vez un predicador laico era el Dios del ceño fruncido que siempre está así y siempre vigilando donde acusar. Mientras que según esa misma idea, el Dios del Nuevo Testamento sería el Dios de la sonrisa amplia, la palmadita en la espalda, el Dios que muchos incluso predican de Él como si fuera un abuelito bonachón que solamente se sonríe. ¡Ay, pero qué calamidad! ¡Pero qué cosas en las que caen estos niños! Bueno, bueno, ya pasó, ya pasó. Son caricaturas. El Dios del ceño fruncido que se supone que sería el del Antiguo Testamento, o el Dios de la sonrisa bonachona que se supone que sería el del Nuevo Testamento. Son puras caricaturas. Eso no es Dios. Eso no es Dios.

Y una de las maneras de desarmar ese tipo de mentira es precisamente acercándose a los libros de la Biblia. Y en los libros de la Biblia encontramos textos tan preciosos que nos muestran una compasión tan grande como la que tenemos hoy del profeta Miqueas. Ese Dios que vence sobre el mal, ese Dios que triunfa por encima del pecado de los hombres, ese Dios que, para decirlo incluso explícitamente, toma nuestros pecados y los arroja al fondo del mar. Esto me hace recordar una bella y muy sencilla canción carismática que está destinada precisamente a hacernos memorizar, hacernos recordar lo que Cristo hace en nosotros. Cristo tomó mi carga y la envolvió en el mar, y la envolvió en el mar, y la envolvió en el mar. Cristo tomó mi carga y la envolvió en el mar para nunca más retornar. Bueno, cantos que recuerdo en mi juventud. Gracias por tener la paciencia de escucharme.

Ese canto no fue simplemente que se le ocurrió a alguien. Está en la escritura. Es la primera lectura de la Misa de hoy. Es la primera lectura. Este Dios poderoso que sabemos que finalmente ha completado la victoria sobre el pecado en virtud de los méritos de Cristo. Este Dios poderoso que arroja los pecados al fondo del mar. ¿Y por qué es tan elocuente esa imagen del fondo del mar? Hay dos razones que creo que vale la pena recordarlas. Primera, que puede sonar un poco infantil. Pues porque en aquella época no había buzos, de tal manera que lo que caía al fondo del mar estaba irremisiblemente perdido. Piensa tú que haya unos cuantos decenas o centenares de metros de profundidad lo que cae y se hunde al fondo del mar está definitivamente perdido. Nunca lo podrás recuperar. Y eso es lo que intenta decirnos Miqueas.

Tu pecado ya se hundió. Ya no tiene manera de flotar. Ya no tiene manera de salir. Ni se te ocurra. Óyeme este mensaje. Ni se te ocurra ir a buscarlo. A quién se le ocurriría en aquella época, cuando no había buzos. ¿A quién se le ocurriría ir a buscar lo que está allá? Tu pecado ya lo venció Dios. No te hundas buscándolo. No te hundas rebuscando tu pecado. Volviendo a lo que ya Dios te quitó. No vuelvas ahí. Ese es un mensaje muy fuerte.

El otro mensaje con el que desearía terminar tiene que ver con la manera como los hebreos miraban el agua. Esto lo hemos comentado otras veces. El agua para los hebreos era una muestra de lo caótico, de lo impredecible, de aquello en donde realmente solo Dios puede tener poder. Oye eso, solo Dios puede tener poder. Desde las primeras páginas de la Biblia, es Dios el único que puede separar las aguas superiores de las inferiores. Desde las primeras páginas de la Biblia, es Dios el único que le pone un límite a los mares y produce esa maravilla que se llama la tierra firme. Desde las primeras páginas de la Biblia nosotros encontramos que el agua está bajo el gobierno de Dios, por ejemplo, con aquella escena del diluvio universal. Entonces Dios es el único que es capaz de domeñar, domeñar la arrogancia de las aguas, como lo dice expresamente el libro de Job.

Y bueno, hay algo importante que destacar aquí, y es que si Dios es el único que puede realmente dominar la arrogancia de las aguas, y si las aguas son algo así como el reino del caos, mira esta imagen tan bonita. ¿Qué es lo caótico en tu vida? Cierto que es el pecado. Eso es lo caótico que hay en tu vida. Quita de tu vida el pecado y el caos desaparece. El desorden en los matrimonios, el desorden en la afectividad, el desorden en la economía de un país, el desorden en el poder político. Dime de dónde surge. Todo surge, todo caos surge básicamente del pecado en la vida moral, quiero decir.

Entonces este mensaje de Miqueas es como si dijera tú caos que se hunda en el caos. Que tu caos que es tu pecado, se hunda en el caos, el caos de las aguas. Y de esa manera las aguas se convierten como en una especie de mensaje que nos habla de la victoria de Dios, que nos habla de cómo Dios triunfa. Que nos habla de cómo el único lugar del caos es el caos. Y también nos está diciendo que si nosotros no nos desprendemos de nuestro caos, pues ya se sabe a qué clase de caos vamos caminando. Ese caos definitivo donde no hay orden alguno, donde no hay lógica alguna, donde todo es absurdo y cruel, no es otra cosa que el infierno.

O sea que hay tanta profundidad, hay tanta belleza en las palabras de Miqueas. Que Dios el Señor nos dé un profundo amor a la Sagrada Escritura y una profunda comprensión de estos textos que al principio parecen tan sencillos, pero que tienen tanto, pero tanto para darnos. Que Dios te bendiga.

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