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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pasos para perdonarse a sí mismo: (1) Es estéril tratar de bloquear los recuerdos; resulta mejor idea aceptarlos serenamente y presentarlos una y otra vez a Cristo. (2) Dar testimonio consolida la certeza de un antes y un después en nuestra vida y nos convence de que aquello que sucedió no tiene la última palabra. (3) El perdón siempre implica un camino de vida nueva y por ello nuestro centro y nuestra ruta ha de ser claramente Jesucristo.
Homilía o162009a, predicada en 20200721, con 31 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Amigos queridos, hoy vamos a dirigir nuestra atención a la primera lectura que está tomada del final de la profecía de Miqueas. Es uno de estos profetas de los que uno poco oye hablar y a veces siento esa necesidad de comentar algo de un hombre como Miqueas, porque pasarán dos años, para quien asista a Misa cada día. Pasarán dos años antes de que vuelva a salir un texto de Miqueas. Por eso de vez en cuando, sin quitarle ninguna importancia por supuesto, al texto del Evangelio, nos dirigimos a la primera lectura. Y es que hay otro motivo para enfatizar en la primera lectura de hoy. Y es que nos habla del perdón y si nos habla del perdón, nos habla de algo que nos afecta a todos. Concretamente, quiero hablar sobre la dificultad que muchas personas encuentran para perdonarse a sí mismas.
Porque pienso que el texto que la liturgia de hoy nos regala es un texto magnífico para referirnos a ese perdón que todos necesitamos darnos también. Voy a plantearlo de esta manera. Cuando nosotros hablamos de perdonar, creo que se parece mucho a una persona. Vamos a decir, por ejemplo, una mujer que tenía un mantel bordado, muy costoso, de esos que ya cuesta trabajo conseguir hoy. Manteles bordados a mano con varios detalles, figuras, colores. Realmente un mantel magnífico. Pero en una comida cayó sobre ese mantel alguna salsa que arruinó el color y a pesar de todos los esfuerzos de ella misma y de todas las búsquedas que hizo en Internet, ese mantel, siempre que se extiende, muestra la sombra de aquella salsa que en fatídico día cayó sobre el mantel.
Yo pienso que muchas personas cuando miran su vida, especialmente, cuando miran aquellos errores que más les han costado o que más les han afectado, digo mejor. Tienen en su corazón y en su mente una imagen parecida a la de ese mantel que ya nunca volverá a estar en su estado original, prístino, blanquísimo, podríamos decir inmaculado. Entonces el disgusto no llega hasta el punto de destruir el mantel, por ejemplo, botarlo a la basura o quemarlo, no. Pero es un mantel que ya no se usa y las pocas veces que se saca parece que lo único que hace es renovar el dolor. Como que ya ninguna de las figuras bordadas importa, ese hermoso contraste de colores ya no importa, la forma, la calidad de la tela ya no importa. Aquella señora cada vez que pone el mantel y de hecho lo usa cada vez menos. Cuando pone el mantel, no mira ninguna de esas figuras, ni la tela, ni el bordado. Sus ojos siempre vuelven a esa mancha y durante todo el rato lo único que ve es esa mancha. Y otra vez se lamenta por haber sacado el mantel ese día. Y otra vez siente. No he debido hacerlo. Y otra vez se castiga. Incluso se dice palabras que uno nunca debe decirse. Qué tonta, qué torpe, que burra que soy. Nunca debe hablarse así a una persona humana. Ni uno debe decírselo a sí mismo. Pero ella se lo dice y le sabe mal la comida. El día que se pone ese mantel le hace daño en su digestión esa comida y luego con amargura, vuelve y dobla ese mantel y piensa ya no debería volver a sacarlo. No tengo valor para quemarlo, pero ya no debería volver a sacarlo.
Esta comparación nos ayuda a entender lo que algunas personas sienten con respecto a su pasado. Así como ese día en que se cayó esa salsa sobre el mantel, así también estas personas, quizás muchos de nosotros vuelven en su memoria a ese día, y entonces quisieran con todas sus fuerzas regresar a ese día. Impedir que cayera ese recipiente de salsa. Detenerlo para poder luego sentir que el mantel está en su estado original. Está inmaculado. Está prístino. ¡Qué hermoso haberlo conservado así! Pero esta persona no encuentra paz. Y a pesar de que todo el mundo le explique a esta señora que fue un accidente, un accidente que ella misma causó, además. Porque esa es la comparación completa, tratando de servir una elegante bandeja en una comida especialísima, va dando la vuelta y tropieza el recipiente de la salsa. Porque puedo decir que casi sería un poco más llevadero su disgusto si ella, tuviera la certeza de que la culpa fue de otra persona, por lo menos así podría desahogar a gusto su ira o ya la hubiera desahogado. Pero siendo ella misma, no puede hacer más que apretar sus dedos y decirse cosas duras como las que ya he mencionado. Que tonta, que torpe, que bruta. Pero nada de eso le devuelve su mantel como ella quisiera.
Creo que es una buena comparación sobre lo que sienten muchas personas con respecto a su pasado por un error que han cometido, por un pecado que han cometido. Y a esa señora de esta historia todos en la casa le dicen, fue un accidente, es un mantel simplemente precioso. Le han propuesto todo tipo de cosas. Por ejemplo, en una Navidad sacaron el mantel sin pedirle autorización a ella y lo que hicieron fue poner unos arreglos como unas flores, como unos floreros, de manera que literalmente no se veía la mancha. Ahí estaba, pero no se veía porque muy hábilmente pusieron unos floreros que además estaban muy agradables a la vista y que impedían que se viera la mancha. Pero ¿Qué creen ustedes que hizo la señora? Ella vio su mantel y lo primero que buscó, fue la mancha. Y como ella sabía perfectamente de memoria y al milímetro en dónde estaba la mancha, entonces ahí vio el florero, levantó el florero solamente para ver otra vez la mancha y otra vez se le dañó la comida y otra vez la mala cara. Y otra vez a insultarse y otra vez a no escuchar ninguna explicación de nadie. Porque yo soy una tonta, porque yo nunca he debido hacerlo. Ese es el tipo de sufrimiento que tiene una persona cuando no logra de ninguna manera perdonarse.
¿Qué nos dijo el texto de Miqueas? El texto de Miqueas nos habla del perdón de Dios. Pero de ahí vamos a empezar para tratar de explicar un camino de salida para quienes no logran perdonarse. El texto de Miqueas corresponde a un mensaje de esperanza y de consuelo, porque así como los profetas tenían tanto que reprocharle al pueblo, también tenían voz para darle ánimo, para consolarlo. El texto que a mí personalmente me llega más al alma es el que está en el Capítulo Cuarenta del libro de Isaías, que empieza precisamente con estas palabras que para mí son como una trompeta de día festivo. Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor. Además, no se nos debe olvidar que la palabra griega para referirse al Espíritu Santo, la palabra Parakletos. Esa palabra significa, entre otras cosas, el que consuela, el consolador. Él es el que ofrece el consuelo de Dios.
Entonces, ¿Cómo nos ayuda el texto de Miqueas? Yo voy a empezar por notar un detalle, subrayarlo. Fíjate que el texto sí habla del pecado. Es decir, lo primero para que tú te puedas perdonar es que reconozcas tu pecado. Eso es lo primero. Lo primero es reconocer uno que se equivocó. Reconocer uno que obró mal. Eso es lo primero. El texto de Miqueas dice que Dios arrancará los pecados del pueblo. O sea que sí hay pecado, y sí es arrancar el pecado, eso implica una conversión. Entonces reconocer el pecado, entrar en un proceso de conversión, eso no se debe olvidar. Otra cosa que llama la atención es lo que se hace con el pecado, es decir, lo que Dios hace con el pecado. No dice Dios va a desmaterializar el pecado. No dice Dios va a aniquilar, a desaparecer el pecado. No es exactamente eso lo que dice. Utiliza una comparación que si la estudiamos un poquito, descubrimos la sabiduría que tiene.
¿Cuál es esa comparación? Dice que Dios arrancará los pecados de su pueblo y los echará al fondo del mar. Cuando leo ese texto, viene a mi mente un documental que vi hace unos meses sobre qué sucedió con el naufragio más famoso de la historia de la humanidad. Estoy hablando, por supuesto, del barco llamado Titanic. Ese barco en su viaje inaugural, ese barco maravilla de la ingeniería, ese barco, más lujoso que un hotel pero sobre las olas, se hundió, como todos sabemos. Y cuando ese barco se hundió, pues fue a dar al fondo del mar. Que en esa parte del Océano Atlántico tiene una profundidad muy respetable. Si no me falla la memoria. Son más de dos kilómetros, más de dos mil metros, lo cual, por cierto, es una razón por la que muy pocas personas hayan propuesto sacar los fondos del Titanic. Cada vez queda menos, evidentemente, sacar los restos del Titanic del fondo del mar. Pero ahí está. Es decir, tú puedes buscar en distintos mapas o en ese documental lo mostraban. Te presentan el mapa del Océano Atlántico y te dicen en este punto están los restos del Titanic.
Bueno, esa es la imagen, tal vez es un poco infantil lo que estoy diciendo, pero esa es la imagen que viene a mi mente cuando escucho el texto de Miqueas. Yo me imagino algo parecido a unas manos gigantescas que arrancan el pecado de Israel y el pecado de Judá y lo echan al mar y más pesados que si fueran el Titanic. Esos pecados se hunden y se hunden y se hunden y llegan al fondo del mar. ¿Qué es el Titanic en el fondo del mar? Es una cicatriz. Oye, la comparación que voy a utilizar, es una cicatriz el Titanic en el fondo del mar. Es como una cicatriz ¿Por qué? Porque tú puedes pensar que los ingenieros y los diseñadores. Se habla incluso de que hubo cierta soberbia en ellos y que se dijo la expresión: ni Dios puede hundir este barco. Bueno, lamentable que se pronuncien palabras tan imprudentes. Pues para ese ingeniero que lo diseñó, para los que trabajaron especialmente en el modelo de ese barco que era una maravilla. Es una vergüenza. Es un dolor, una cicatriz lo llamo. Así como cuando uno se corta y le queda la cicatriz. Y esa cicatriz se parece mucho a la mancha del mantel en donde esta señora gran anfitriona, un día tropezó el recipiente de la salsa y se cayó la salsa. Y después no hubo poder humano de restaurar ese mantel en su condición original.
O sea que la mancha del mantel, la cicatriz en la piel y el Titanic en el fondo del mar tienen algo en común. Dios no dijo en el texto de Miqueas. No dijo que Él iba a desaparecer, a desmaterializar el pecado, como si no hubiera sucedido. Si hay una frase que jamás vas a encontrar en la Biblia, una frase que no corresponde en nada a nuestra fe cristiana es esta. Como si no hubiera sucedido, lo que sucedió, sucedió. Si hubo una violación, sucedió. Si hubo un robo, sucedió. Si hubo una profanación, sucedió. Si hubo un engaño, sucedió el engaño. Entonces lo más importante es darse cuenta que el Titanic en el fondo del mar, la cicatriz en tu piel y la mancha en el mantel son todos muy semejantes. Y entonces la persona que no puede vivir con la mancha en el mantel es la persona que tampoco podría vivir fácilmente con la cicatriz. O es el ingeniero o la ingeniera que sentiría una amargura todos los días de pensar que su creación genial está a dos mil metros bajo las aguas del Océano Atlántico. O sea que aprender a perdonarse no es esfumar, desmaterializar, aniquilar el pasado. No, no es eso. Ni el perdón a las otras personas ni el perdón a sí mismo es una especie de desmaterialización. Te lo voy a decir de esta manera.
El perdón cristiano es un perdón con cicatrices. Es algo como aprender a vivir con una cicatriz. Hasta ahí, eso suena muy triste, pero tenme paciencia. Pero es como eso. Porque es que ante todo, uno tiene que salir de la idea del mantel prístino. El Titanic llegando a Nueva York sin ningún problema. O mi piel sin ninguna cicatriz. Hay que salir de esa idea. Perdonarse es aprender a llevar una cicatriz. Cicatriz que no se va a borrar. Porque en la Biblia no existe la expresión como si no hubiera sucedido, no. Lo más parecido que existe a esa frase en toda la Biblia es lo que encontramos en la segunda mitad del libro Eclesiástico, donde se dice que hay gente que hizo nada con su vida y dice vivieron como si no hubieran vivido. La frase no tiene nada de elogioso, te das cuenta. Entonces el tema de la cicatriz es muy importante. Se los dice alguien que tiene unas cuantas cicatrices. Ese soy yo. He mostrado varias veces mi brazo y quiero contarte ¿Dónde está? Aquí, por ejemplo, no se alcanzará a ver con la resolución de la pantalla y esta distancia. Pero yo tengo aquí una cicatriz. Esa cicatriz aconteció en mi época de adolescente. Yo era muy aficionado al monopatín, se llamaba en esa época. Esa palabra casi no la oigo ahora. Tuve numerosas caídas. Mi cuerpo, a pesar de ser atlético y esbelto en aquella época, no respondía con la suficiente agilidad. Y el hecho es que tengo cicatrices. Y aquí, por ejemplo, hay una. No es tan grande, no es tan terrible, pero ahí está. Y por todo lo que yo sé, esta cicatriz me acompañará hasta el día de mi muerte. Y bueno, tengo otras. No me pidan aquí que les haga el mapa de mis cicatrices. ¿A dónde voy? A que perdonarse es un camino de reconciliación con la cicatriz. Es un camino de reconciliación con la mancha del mantel. Es un camino de reconciliación con el barco que yo diseñé y que ahora está en el fondo del mar. Ese punto es importante.
Pero ¿Por qué dice el mar? ¿Por qué el mar? ¿Por qué el texto de Miqueas menciona el mar? ¿Qué tiene de importante eso? Bueno, ya te he dicho que con la tecnología actual es casi imposible pensar. No, imposible. Pero es casi imposible pensar en sacar a flote los restos del Titanic. O sea, el fondo del mar es el fondo del mar. Y estamos hablando de dos mil metros de agua. Y estamos hablando de una estructura de cientos de miles de toneladas. De eso estamos hablando. O sea que por una parte el barco está ahí. Pero por otra parte, y esto no es menos importante, por otra parte, ese barco ahí está, pero ya no tiene poder. Ya no tiene poder. Como sucede con mi cicatriz aquí de la muñeca derecha. Esta cicatriz no tiene ningún poder sobre mí. No afecta en absoluto la movilidad. No afecta en absoluto. No produce dolor. Nada de nada. Ahí está. Si un día nos conocemos personalmente, ahí la vas a ver. Pero no afecta nada. Es decir, vamos a ponerlo en un lenguaje más formal. Está una cicatriz, pero una cicatriz sin poder. La cicatriz ya no tiene poder. Entonces el perdón de Dios lo podemos describir en tres pasos. Ya he dicho dos. Primero. Sí, hay algo que sucedió, por supuesto. Por supuesto que hay algo que sucedió. No vamos a quitarlo. Hay una cicatriz. Segundo. Esa cicatriz ya no tiene poder. La cicatriz ya no tiene poder.
Y viene el tercer paso. Hay un nuevo camino. Hay una nueva vida. Después de la caída en la que me quedó esta cicatriz de mi brazo. Mi vida ha seguido. Esto sucedió años antes de que yo ingresara a la vida religiosa y de la formación sacerdotal. Mi vida siguió. Mi vida no tiene centro en la cicatriz. La cicatriz está. Pero mi vida no tiene centro en la cicatriz. Mi vida tiene centro en Cristo. Entonces el paso ¿Cuál es? Primero hay cicatriz. Segundo, la cicatriz no tiene poder. Tercero. Hay un nuevo centro en mi vida. Estos tres pasos que he descrito son los que explican por qué en la Biblia tenemos dos cartas del apóstol San Pedro.
¿Y tú sabes lo que hizo Pedro? Claro que lo sabes. Y yo también. Negó a Cristo. Esa es su cicatriz. Pero se quedó Pedro dando vueltas infinitamente sobre, yo negué a Cristo, yo negué a Cristo, no. Hay una cicatriz en su pasado. Esa cicatriz ya no tiene poder sobre él. Y él siguió con su vida girando en torno a Cristo. Si tu vida no tiene un centro más importante que la mancha de un mantel, pregúntate ¿Por qué Cristo no ocupa el centro de tu vida? Te mencionó otra persona. El apóstol Pablo, el mismo apóstol Pablo en el Capítulo Primero de la primera carta a Timoteo, él habla de su propia cicatriz. Él dice yo fui esto. Ahí está la cicatriz. Pero esa cicatriz está como en el fondo del mar. Ya no tiene poder sobre mí. Eso es lo que significa el fondo del mar, no tiene poder sobre mí. Y tercero, mi vida ahora no gira en torno a lo que yo fui. Gira en torno a Cristo. De aquí sacamos tres pequeñas recomendaciones para ayudarse en el propio perdón.
Primero, esconder el mantel no sirve. No sirve en absoluto, eso no sirve. Si llega el recuerdo del error cometido, si llega el recuerdo de la mancha, si llega el recuerdo de, pero yo ¿Cómo pude haber hecho eso? Cada vez que vuelve ese recuerdo, yo le presentó ese recuerdo al Señor, que es el único que lo puede llevar al fondo del mar. Entonces no batallamos contra nuestros recuerdos, los presentamos a aquel que les quita el poder. Escriba esa frase si puede, porque le conviene. No batallamos contra nuestros recuerdos, los presentamos ante Dios. Pero digamos la frase completa. No batallamos contra nuestros recuerdos negativos, los presentamos una y otra vez ante Dios, que es el que les quita el poder. De hecho, fíjate que Cristo resucitado se mostró con llagas. Eso dice algo, ¿no? Ahí estaban las cicatrices. Entonces tú preséntale tus cicatrices al Cristo de las cicatrices. No pelees contra los recuerdos. No trates de arrinconar en el último espacio de tu mente ahí, yo no quiero pensar, no quiero pensar, no quiero pensar. Eso no sirve de nada. Cuando vuelve el recuerdo se lo presentas al Señor, que es el único que lo arranca y lo echa al fondo del mar para que no tenga poder sobre ti. Esa es la primera recomendación.
Segunda recomendación. Vamos llegando al final. Ya te das cuenta que era un tema muy importante. Segunda recomendación. Convierte tu mancha en un testimonio. Si una persona tiene un pasado de pecado y deja ese pasado de pecado y nunca da testimonio. Esa persona está mucho más en peligro de recaer que otra persona que da testimonio. A mí me llaman la atención predicadores muy buenos que he conocido. Voy a mencionar dos personas de fuera de mi país. Uno, el norteamericano Scott Hahn, otro Fernando Casanova y otro, una persona que aprecio y quiero mucho, colombiana ella, Lina Estela. Son personas que tienen algo en común. Se apartaron de la Iglesia Católica durante años, durante años. Y estas tres personas tienen algo en común también, y es que son personas que dan su testimonio. Tú miras a Scott Hahn hablando de la Misa y él sin problema, admite, yo me perdí de esto durante años. Y ese mismo lenguaje tiene alguien como Fernando Casanova. Y ese mismo lenguaje tiene, refiriéndose a la Eucaristía o refiriéndose a la Santísima Virgen María, la estimada amiga Lina. Entonces, dar testimonio te hace mucho bien. Si Lina o si Fernando o si Scott se quedan callados sobre su pasado. En el fondo, ese pasado sigue erosionando las raíces de su vida. Pero cuando tú das testimonio, cada vez que das testimonio de cómo el Señor te salvó, de cómo el Señor te sacó de tu pecado, el pecado que haya sido. Cuando tú das testimonio de cómo el Señor te sacó de tu pecado, que eras drogadicto, que practicaba su homosexualidad, que eras un ladrón, que fuiste infiel, eso da fuerza. Y cada vez que lo dices tiene menos poder el pecado en ti. Entonces lo primero es no batalles contra los recuerdos. Cuando vuelvan con serenidad, preséntaselos al Señor. Y recuerda el pasaje de Miqueas ¡Arranca! Tú eres el único que puede arrancar esto y echarlo al fondo del mar. Aquí están mis llagas. Le dices tú a Cristo, y Cristo te repite y aquí están las mías. Segundo, hay que dar testimonio. Hay que dar testimonio. Cuando oigo, es que ya he conocido varios casos de esas medias conversiones, ese que se convierte pero no le dice a nadie y recae y recae, lo he visto. La persona que no da testimonio. Hay que dar testimonio. Como San Pablo yo fui esto. Y el que no da testimonio recae, créemelo, porque lo he visto.
Y la tercera recomendación ¿Cuál es? Dijimos de Pedro y dijimos de Pablo girar en torno a Jesús. Hay que girar en torno a Jesús. ¿Y eso qué significa? Que tu vida no puede seguir igual. Ahora tu vida está marcada por el servicio. Ahora tu vida solo tiene un propósito. Que brillen las llagas de Él. Y te voy a decir otra frase que ojalá la escribas. Porque si en tu mente no brillan las llagas de Él, en tu mente están brillando tus llagas, tu mancha del mantel. El que brillen las llagas de Él, el que brille la piedad de Él, es lo que hace que el brillo mortecino y triste de tus llagas no tenga ningún poder. Vida nueva.
Entonces, las tres grandes recomendaciones para el perdón de sí mismo ¿Cuáles son? No huyas de los recuerdos. Preséntaselos al Señor, que es el que logra que ya no tengan poder sobre ti. Segundo, no se te olvide dar testimonio. Y tercero, tu vida tiene que dar un vuelco. Él tiene que estar en el centro y en esa nueva vida donde brilla su amor. Tú vas descubriendo que lo pasado realmente queda en el pasado, ya no tiene forma de afectarte. ¿Tú crees que este servidor que te está hablando tiene una vida inmaculada? No. Así como hay esta cicatriz, así también yo he tenido que confesarme y tengo que confesarme. Y esas que son heridas, errores. Decimos en muchos países metidas de pata. ¿Voy a dejar por eso de servir a mi Señor? Jamás. Voy a proclamar su gloria. Y cada vez que hablo de Él, y cada vez que lo proclamo a Él como Señor, más libre soy de cualquier cosa, de cualquier error, de cualquier pecado de mi pasado.

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