Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Señor es justo y al mismo tiempo es compasivo y poderoso, y con esa magnificencia tiene victoria plena sobre el pecado y sus consecuencias.

Homilía o162007a, predicada en 20180724, con 4 min. y 41 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo Séptimo del profeta Miqueas. Es un hermosísimo canto a la misericordia divina. Comentábamos en el día de ayer que cuando de verdad nos ponemos ante Dios, descubrimos por una parte nuestra suciedad y por otra parte, nuestra incapacidad, nuestra pequeñez. Pero sabernos insuficientes y sabernos pecadores. No es una puerta para la desesperanza ni para el cinismo. Lo propio nuestro. Eso es lo que nos enseña Miqueas.

Lo propio nuestro es reconocer que la fidelidad de Dios tiene exactamente el mismo tamaño de su misericordia. El Dios que es perfecto en sus leyes, el Dios que es perfecto en sus decretos, el Dios que es perfecto en su santidad, también es perfecto en su misericordia. Y esa perfectísima misericordia de Dios es exactamente nuestra esperanza. Por favor, grabemos estas palabras tan necesarias para llevarnos al arrepentimiento, pero sobre todo a la confianza. Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa.

Entonces recuerda el Dios que es perfectamente justo, también es perfectamente compasivo. El problema está en que si yo niego la necesidad de la justicia, niego también la necesidad de la misericordia, me explico. Si yo pretendo declararme justo por mis propios medios, entonces apartándome del Dios que es justo, me estoy apartando también del Dios que es misericordioso, porque no son dos dioses. Es solamente un Dios. Entonces, cuando me aparto de su justicia, me aparto de su misericordia. Por el contrario, cuando me acerco a su justicia, reconociendo que en efecto, soy un inicuo pecador y reconociendo que en efecto, soy pequeño e insuficiente. En ese momento también me acerco a su misericordia, que es perfecta. Aquella expresión tan bella, Él arrojará nuestros pecados al fondo del mar. Está indicando lo que podríamos llamar la victoria plena del amor.

Recordemos que para los israelitas el mar no era simplemente una acumulación de agua. El mar era la expresión de lo que podríamos llamar un caos sin forma. No es que el agua no exista, por supuesto que el agua existe, sino que para ellos esa acumulación indómita, impredecible, caprichosa y en circunstancias extremas, homicida. Esa acumulación de agua es como un símbolo, óyeme bien, como un símbolo del caos y de la nada. Por eso en el Génesis encontramos la expresión el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Y la expresión hebrea cuando se habla de la creación es Tohu wa bohu. Que quiere decir como un caos sin forma. Entonces eso que es caos sin forma. Eso que es imposible de ser nombrado y de ser pensado. Eso que es anterior a todo el ser y que nosotros usualmente llamamos la nada. Eso es lo que aparece simbolizado en el caos de forma impredecible, caprichosa, amenazante, en el mar. Y por eso para los israelitas el mar es como el símbolo de eso, que es caos sin forma.

Y cuando se dice que Él arroja nuestros pecados al mar, lo que se quiere decir es que Él es capaz de extinguir el mal y todas sus consecuencias. De modo que así como es justo, así es compasivo, y así como es compasivo, del mismo tamaño es su poder. Y por eso, con ese poder, por eso, con esa magnificencia, tiene victoria plena sobre el pecado. Alabemos al Señor que así nos invita a convertirnos. Y demos gracias por esta Palabra que nos trae una esperanza tan dulce y tan firme.

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