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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Miqueas, el profeta-teólogo del tiempo anterior al exilio a Babilonia, es testimonio de comprensión de cómo se enlazan los caminos de la justicia y de la misericordia.
Homilía o162005a, predicada en 20120724, con 8 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Amigos, quiero referirme al texto de la primera lectura de hoy. Está tomada de uno de los profetas llamados menores en la Biblia, el profeta Miqueas. Sabemos que este adjetivo menor no quiere decir que carezcan de importancia, sino más bien que sus escritos en longitud son menores si se les compara con los escritos mucho más largos de Isaías, de Jeremías, de Ezequiel y de Daniel, que son llamados los profetas mayores. El profeta Miqueas vivió en el Siglo Octavo antes de Cristo. Este siglo interesa muchísimo en la historia del pueblo elegido, porque es el siglo en el que suceden dos tragedias y no se sabe cuál es peor.
La primera es la guerra entre el Reino del Norte, llamado Israel y el Reino del Sur, llamado Judá. Podemos decir que es un caso de guerra civil. Guerra dentro del pueblo de Dios. La agresión del norte causa un daño extraordinario en el Reino del Sur, cosa que no es extraña porque esa enemistad venía de tiempo atrás. Ya desde la época del rompimiento entre el norte y el sur, cosa que sucedió en el Siglo Décimo, es decir, unos doscientos años antes de estos acontecimientos, ya había la sensación de que Jerusalén era una capital y una ciudad que quería todos los privilegios, y eso había originado una sensación de mucho malestar en los del norte. Así que esta es una de las dos tragedias que suceden en ese Siglo Octavo. Esa tragedia aparece registrada en el segundo libro de las Crónicas.
Pero la otra tragedia es todavía peor. Resulta que todavía más al norte, los de Asiria deciden invadir al Reino del Norte, haciendo en realidad desaparecer de la faz de la tierra a diez de las doce tribus de Israel. En algunas publicaciones de tipo esotérico y en algunas publicaciones en las que salen historias de ovnis, historias de fantasmas y cosas parecidas, se habla de dónde están o dónde pueden estar estas diez tribus de Israel y de vez en cuando aparecen personajes exóticos que dicen que son descendientes de las tribus desaparecidas, porque efectivamente solo quedaron las dos tribus del sur, la de Judá y la de Benjamín. Pero como en la práctica la de Benjamín se había asimilado a la tribu de Judá, de todo el pueblo elegido, sólo quedó la tribu de Judá y por eso hablamos nosotros de judaísmo.
El Reino del Norte entonces fue invadido por los asirios. Y en esa deportación y destrucción desaparecieron esas tribus. ¿Quiénes fueron testigos de todos estos hechos? Pues no faltó un buen número de profetas. El Siglo Octavo es el siglo de profetas como Isaías, Amós, Oseas y este profeta Miqueas, que suele relacionarse con el profeta Isaías por la limpieza de su estilo, por la calidad de su lenguaje y por otros factores, que los que sepan mejor de la Biblia nos podrán explicar mejor. Miqueas entonces, se encuentra en una época de transición, está terminando algo, hay algo que está muriendo, pero al mismo tiempo hay una realidad nueva que está naciendo. Es una época de coyuntura y de transición, y por lo pronto es notable que Dios haya enviado tantísimos profetas de esa talla mayor en ese mismo siglo.
Así que quizás la primera enseñanza que podemos tomar hoy es que Dios no abandona a su pueblo, sino que en los momentos de tribulación y en los momentos de más espesa oscuridad, Dios siempre envía personas. Dios siempre da su luz a algunos. Dios siempre sabe levantar su voz. Falta ver si nosotros queremos oír esa voz. Falta ver si nosotros queremos obedecer al Señor. Pero, que Dios habla, ciertamente habla. Lo otro que se puede decir es que cuando se llega al final de una etapa es como cuando termina un año fiscal. Es la época de hacer los balances. Y Miqueas es buenísimo para hacer esos balances. Recomiendo vivamente la lectura de este profeta porque se puede decir que es el hombre que antes del destierro, el destierro sucederá en el Siglo Sexto antes de Cristo, antes del destierro Miqueas es el hombre que nos presenta lo que podríamos llamar una síntesis teológica de lo que significaba la alianza, me atrevería yo a llamarlo el profeta teólogo en la época anterior al destierro.
De Miqueas proviene esa frase famosa que tenemos en la liturgia de las horas. Se te ha mostrado, ¿Qué es lo que el Señor espera de ti? ¿Qué es lo que quiere? Que camines con justicia, que practiques la misericordia y que andes humildemente con tu Dios. Ese poder decir tantas cosas en pocas palabras, es parte del talento de Miqueas. Ese mismo talento aparece en la lectura de hoy. Por una parte, el pueblo elegido sabe que su Dios es un Dios que hace justicia, que Dios no puede mantenerse unido al pecado, que el pecado es contrario a Dios. Según la proverbial comparación del agua y del aceite, no hay manera de que el pecado entre en Dios. No hay manera de que Dios acepte el pecado. Pero por otro lado, también se sabe que este Dios es un Dios que se compadece. Es un Dios misericordioso. De ahí surgen las expresiones que hemos oído en el día de hoy. Cómo se presenta a este Dios que perdona el pecado, que absuelve la culpa.
Y hay una expresión tremendamente poética esa de enviar al fondo del mar los pecados. Volverá a compadecerse, extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar nuestros delitos. Que la misericordia de Dios extingue las culpas. Es una maravillosa expresión, porque está mostrando cómo Dios no convive con la culpa. La extingue, pero al extinguirla en nosotros ya puede manifestar su compasión hacia nosotros. Es decir, Miqueas está mostrando cómo se juntan la fidelidad y la justicia por un lado, la compasión, la misericordia por otro lado.
Y lo que dice del hondo del mar es supremamente elocuente para la mentalidad hebrea, porque como ustedes saben, los hebreos miraban el mar, miraban a las aguas como el lugar del caos. Por eso en el Génesis también se nos habla del Espíritu que aletea sobre las aguas. Las aguas son el reino del caos. Y cuando se dice aquí que el pecado es arrojado al fondo del mar, es algo así como que todas las estrategias contrarias a la creación finalmente fracasan sobre sí mismas. Esa misma idea aparece con otras palabras en el Apocalipsis cuando se dice que el lago de fuego y azufre finalmente va a absorber a la muerte. Como quien dice, el mal se doblega, se dobla sobre sí mismo y todas sus estrategias pierden y solo triunfa el bien de Dios.
Este profeta teólogo, este hombre de síntesis, nos invita a tener una mirada, al mismo tiempo crítica y compasiva sobre nuestra propia realidad. Me parece que a veces pecamos de una cosa o de la otra. El exceso de compasión puede volvernos permisivos y mediocres, pero el exceso de crítica puede volvernos amargos e incluso injustos con el bien que otros quieren construir. Que este profeta, que su ejemplo y que el ejemplo de tantos justos y compasivos llegue a nosotros para que podamos ser hombres de bien, que saben reconocer lo bueno allí donde está y que saben construir a base de compasión y de misericordia un bien nuevo allí donde se ha perdido.

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