Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo trae un nuevo amor, que es fuente de una nueva fecundidad, y un nuevo modo de ser familia.

Homilía o162004a, predicada en 20120724, con 4 min. y 45 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo doce de San Mateo. Encontramos a Jesús en medio de sus discípulos predicando y una visita inesperada, nos dice el evangelista. La madre y los hermanos de Jesús venían buscándolo. Sobre esa expresión de los hermanos de Jesús ya hemos aclarado varias veces, pero conviene repetirlo. En el idioma de la época, la palabra hermano es bastante amplia. De hecho, en la Biblia es sumamente amplia. Encontramos, por ejemplo, que Abraham le dice a Lot que era su sobrino. Le dice: hermano, no discutamos. De hecho, nosotros seguimos utilizando la palabra hermano de esa manera.

Y hay algo muy simpático en que algunos cristianos no católicos toman este texto para hablar de que María había tenido otros hijos, pero ellos mismos entre sí se dicen hermanos, el hermano Juan, la hermana Antonia, el hermano Jacinto. Es decir, ellos mismos están demostrando en su práctica que la palabra hermano se utiliza con bastante amplitud. Pero el tema central de hoy no está en el asunto de los hermanos, sino más bien en la respuesta que da Cristo cuando le informan que su madre y sus hermanos están ahí y que le buscan. La respuesta de Cristo es que hay un nuevo modo de ser familia, y ese nuevo modo de ser familia proviene de un nuevo modo de amar y de un nuevo modo de ser fecundo. En este sentido, nos ayuda el capítulo primero del Evangelio según San Juan. Allí se nos habla de cómo hay unos que no han nacido ni de la carne, ni de la sangre, ni de deseo de varón.

Dice el evangelista, sino que han nacido de Dios. Ese esos que han nacido de Dios en el evangelio de Juan, son los mismos que Mateo llama los que cumplen la voluntad del Padre Celestial. Realmente lo que trae Cristo a esta tierra no es simplemente una reforma de lo que ya había, sino la instauración de un nuevo orden de cosas. Y lo primero en ese nuevo orden, es un nuevo amor que trae una nueva fecundidad. Porque así como el amor natural que incluye el deseo entre el varón y la mujer, finalmente tiene una fecundidad en los hijos que nacen según la carne y la sangre. Este nuevo modo de amor. Este amor del Espíritu, este amor que trae Cristo, también tiene su propia fecundidad. Y se habla de fecundidad en el mismo sentido en que Pablo llama a Timoteo su hijo querido. Porque en realidad aquel que acepta a Jesucristo entra en una vida nueva, recibe una vida nueva y en ese sentido es engendrado.

Qué hermoso descubrir esta manera de fecundidad, porque nos enseña en dónde está la verdadera esperanza del cristiano. Incluso los que son papás en esta tierra, que tienen sus hijos y sus hijas pueden aprender también de este ejemplo. A mí me gusta decir a los papás que de poco vale engendrar hijos para la tierra si no han querido engendrarlos para el cielo y engendrar para el cielo es, por supuesto, convertirse en los primeros evangelizadores, en los primeros catequistas de sus hijos. Si esto vale para los papás, mucho más vale para aquellos a los que la gente comúnmente llama padre.

Como le puede suceder a este servidor de ustedes el Padre Antonio o el Padre Nelson o el Padre Juan. Realmente recibimos ese modo de paternidad, si somos fieles a la transmisión de ese mismo amor del que habla Cristo. Y por supuesto, ese amor que trae esa nueva fecundidad, hace que nosotros tengamos un nuevo modo de familia. Y esa nueva familia, esa es la Iglesia. Evidentemente, lo que es de carne y de sangre, pues termina. Pero en cambio, esta otra familia, la familia de Dios, esa ya no terminará en esta tierra. Está llamada a compartir el banquete de los cielos.

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