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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Decirle "sí" a la voluntad de Dios es más grande que todo lo que existe en la Creación.
Homilía o162001a, predicada en 19960723, con 9 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Nuestra admiración se despierta en primer lugar por las cosas grandes y las cosas fuertes. Lo poderoso impresiona. El tamaño de una montaña, la inmensidad de un desierto, la fuerza de una catarata, el esplendor de un atardecer, la inmensidad del océano, la infinitud del cielo. Despiertan en el corazón humano la admiración. Admiramos porque no podríamos hacer ninguna de estas cosas. Al mirar, por ejemplo, la montaña, decimos: Yo jamás podría mover una mole tan grande. ¿Quién ha puesto esto en su sitio? ¿Qué fuerzas colosales han acomodado cada cosa en esta tierra donde se halla? Cuando se piensa, por ejemplo, en los abismos casi insondables del océano, las increíbles presiones que acumula el agua a decenas, de miles de metros de profundidad, entonces decimos cómo es de grande, como es de insondable, como es de maravilloso el universo. Y también en las otras personas admiramos la fuerza. Por ejemplo, el que no tiene mucho recurso admira al que es rico y se puede dar la gran vida puede hacer lo que lo provoca, mientras que el pobre tiene que pasar su recurso y tiene que estarse midiendo. El rico puede despilfarrar. Puede, el verbo es poder, es poderoso y porque puede, hace lo que quiere. Bueno, esta introducción es para decir que la lectura del profeta Miqueas que hemos escuchado en cierto modo nos cambia el esquema. Lo más grande de Dios, siendo grande toda su obra, lo más grande de Dios no son esos espacios infinitos, no son esas soledades inmensas, no son esas temibles moles, no son esos fuegos inextinguibles. Porque uno se pone a pensar, por ejemplo, que en las estrellas, incluido nuestro sol, aseguran los científicos que se suceden procesos de fisión nuclear en los cuales temperaturas de millares de grados centígrados se acumulan en una formidable explosión y en una formidable implosión que produce toda esa radiación capaz de sostener la vida a ciento cincuenta millones de kilómetros de ella. Todavía no se ha podido en la Tierra lograr eso mismo. Es decir, no hay científico, no hay institución que todavía haya podido domeñar la fuerza de la fisión nuclear. Eso no se ha podido hacer. Hemos podido utilizar la fisión nuclear en reactores, llamados así reactores nucleares. Pero estos reactores nucleares han resultado tan peligrosos, por otra parte que incluso en los países donde han estado en boga o en uso hay desconfianza y casi fastidio frente a esta fuente de energía porque se la ve como insegura. Sería mucho más seguro utilizar la fisión nuclear, que es una hoguera mucho más poderosa y es la hoguera que alimenta, por ejemplo, al sol, tener como una especie de sol aquí en la Tierra, dándonos energía. Pero eso no se ha logrado todavía, ni en pequeña. No tenemos idea del tamaño de las obras del universo que Dios ha creado. Pues bien, no hemos terminado de espantarnos frente a esa grandeza, y ya el profeta nos está diciendo que hay otras grandezas mayores en Dios, que hay fuerzas todavía más grandes. Y uno dice: Pero ¿puede haber una fuerza más grande que mover los millones y millones de toneladas de Júpiter por los espacios siderales? ¿Puede haber una fuerza más grande que la que concentra la materia en un agujero negro, según nos hablan los astrónomos? ¿Puede haber fuerzas mayores? Pues sí las hay. Fueron las fuerzas que Dios puso en juego el día de la Redención. Una fuerza más grande y una maravilla más grande y, por consiguiente, una admiración más grande. Ahí, en el perdón que Dios otorga, Dios revela más su grandeza perdonando a uno cualquiera de nosotros que somos unos pecadores. Dios revela más su grandeza perdonándolo a usted o a mí. Ahí se muestra más grande que moviendo al más grande y al más impresionante de los astros que en el cielo podamos imaginar. Esa es una grandeza mayor. Y explica un un ungido predicador, explica este este misterio o esta paradoja con estas palabras Ninguna de esas moles, ninguno de esos astros, se puede resistir a la voluntad de Dios. Pero cualquiera de nosotros, pequeñitos y débiles, y frágiles y contingentes y breves como somos, cualquiera de nosotros, si es capaz de decirle a Dios no. Júpiter, el Sol, la Vía Láctea, los cometas jamás te lo ponen a una orden de Dios. Pero el ser humano, el ser humano, sí es capaz de decirle a Dios ¿sabe qué? No me interesa su plan, no me interesa su palabra. Voy a hacer lo que a mí me parezca. Y por eso cuando a base de lazos de amor, cuando con las correas de la gracia vivíamos parodiando al profeta Oseas, cuando con las correas y los lazos del amor Dios trae a un corazón, y ese corazón finalmente le dice: Sí, sí, tú eres misericordia. Sí Señor, yo quiero obedecer tu voluntad. En ese momento sucede algo más grande que lo que ha sucedido en la creación del mundo. Un solo corazón que acepte a Dios, una sola persona que le diga con toda la fuerza y la fe de su alma: Sí, te acepto, eso vale más que cualquier cosa. Y es la misma enseñanza que nos tiene el Evangelio. Ella es tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. Bueno, habrá que repetir que cuando aquí en los Evangelios se dice hermanos, es porque tanto en griego como en hebreo, esta palabra se utiliza en general para parientes. Ahí no se está hablando de hermanos en el sentido de hijos de la Virgen María. Tu madre y tus hermanos están fuera, tus parientes están fuera. Jesús dice: El que quiera ser pariente, que crea, que acepte, que medite, que cumpla la voluntad de Dios, que cumpla la voluntad de Dios. Lo único que quiere Jesús y por eso vino a la tierra y por eso hizo milagros y por eso predicó, por eso murió en la cruz y por eso resucitó y por eso envió el Espíritu Santo. Todo lo hizo Cristo, solo por este pasaje que hemos escuchado hoy. Para que la voluntad de Dios se realice en el corazón humano, porque esto es una maravilla, más grande que todo lo que puedan descubrir las astronomía, la biología, la informática o cualquier conocimiento del presente o del futuro en la humanidad. Hermanos. Cristo Jesús es el gran sí de Dios. Cristo Jesús es el Sí, porque por Él fueron creadas todas las cosas, pero sobre todo por él han sido restauradas y en él el corazón humano le puede decir también sí a Dios. Vamos a recibir en esta Eucaristía ese sí del Señor. Vamos a acogerlo y vamos nosotros hoy a hacer un milagro más grande que el de la creación. Vamos nosotros, no por nuestras fuerzas, sino movidos por el Espíritu. Vamos a pronunciar ese sí que fíjate que en el fondo es el mismo, sí de María vamos a pronunciar ese sí, vamos a decirle sí, acepto con todas sus consecuencias tu palabra de salvación. Señor, yo quiero ser tu hermano, tu hermana y tu madre. Envíe Dios, su Espíritu Santo, que nos mueva, porque es mayor maravilla movernos. No era un solo cristiano, no era un solo hombre, una sola mujer. Moverlo a amor, a conversión, a contribución a santidad. Esa es una maravilla, más grande que todo lo que nos pueda contar la ciencia. Bendito sea Dios, que nos permite saberlo. Amén.

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