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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Mientras que la mentalidad pagana calcula el alto precio para negociar con la divinidad, el creyente procede por vía de sencillez y confianza.
Homilía o161004a, predicada en 20140721, con 5 min. y 50 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del profeta Miqueas. Creo que esta lectura tiene tres momentos. En primer lugar, la expresión de la grandeza de las obras de Dios. En segundo lugar, la expresión de la mezquindad y del absurdo del pecado humano. Y en tercer lugar, la sencillez de la respuesta que Dios aguarda de parte nuestra. Miremos brevemente estos tres momentos. Primero, la proclamación de la grandeza de la obra de Dios. Sintetizada básicamente en los acontecimientos del Éxodo: Yo te saqué de Egipto, dice el Señor. La liberación de la esclavitud. El despliegue del poder de Dios en favor de su pueblo, es la gran obra que debe recordar el pueblo de Israel generación tras generación. Es la grandeza de la obra de Dios. Me puse de tu parte. Te quité el yugo de servidumbre. Te llamé a la libertad y a la amistad conmigo. Eso es lo que yo he hecho por ti. Esa es la primera parte. Pero luego queda clara la insuficiencia de la respuesta del ser humano de un modo muy hermoso. El profeta Miqueas presenta la pregunta de aquel que toma verdadera conciencia de lo que Dios ha hecho. ¿Con qué le puedo pagar a Dios todo lo que ha hecho por mí? ¿Cómo me puedo acercar ante Él? Fíjate, primero está la grandeza de la obra divina. Luego viene la incapacidad del ser humano para responder en esa misma escala. Y es muy interesante ver cómo el profeta pone en palabras de esa persona, (La persona que se siente incapaz) pone en esas palabras las ideas que circulaban en aquel tiempo sobre cómo congraciarse con Dios. Resulta que en las religiones de los baales, porque en realidad no era una sola religión, sino podríamos decir una mezcla de religiones y de cultos en la tierra prometida, en la tierra de Israel. En esas religiones una de las características eran los sacrificios humanos. Y entonces se pregunta este hombre que nos representa a todos. ¿Yo con qué me puedo presentar ante Dios? O sea, tomo conciencia de la distancia infinita que me separa de Él, fundamentalmente por mi pecado. ¿Con qué me puedo presentar ante Dios? Y dice ¿Será que me presento? ¿Será que le ofrezco en sacrificio mi Hijo, el Hijo de mis entrañas? Es un modo que tiene este profeta para mostrar lo que sería la reacción de los creyentes, de los practicantes de la religión de Baal en aquel tiempo. ¿Será que me presento ante Dios ofreciéndole en sacrificio a mi Hijo? Eso es lo que hacía la gente que creía en los baales. Y ahí viene la tercera parte. Dios le dice: No es más sencillo que eso. El verdadero sacrificio que Dios quiere de ti, lo que Dios espera de ti es mucho más sencillo. No tienes que complicarlo tanto. No se trata de comprar el beneplácito de Dios. Y esto es muy importante porque es una ruptura entre las religiones que pretenden negociar con Dios y la religión de Israel, que no negocia con Dios, sino que simplemente acoge su amor y le responde con amor. Y ya sabemos lo que dice Miqueas que ames la justicia, que practiques la misericordia y que camines humildemente con tu Dios. Esas tres palabras en su sencillez, tres palabras que afectan toda nuestra vida, son la respuesta que Dios espera justicia, misericordia y humildad. Y con esas tres palabras uno puede quedarse. Justicia que por supuesto implica un amor a la verdad y una preocupación por los derechos de los otros y por los deberes propios. Misericordia. Porque no basta con que yo me quede en el orden de lo justo. Puede ser muy justo que una persona que ha tenido que gastar todo tratando de curarse de una enfermedad, pues al final no tiene nada para comer. Supuestamente eso es justo. Gastó su dinero. No tiene dinero. Pues que muera de hambre, no. Ahí entra la misericordia. Que practiques la misericordia y que camines humildemente ante Dios. Que no te quedes ensalzándome a ti mismo. Que no hagas de ti tu propia religión, que no te conviertas en un Dios, sino que reconozcas a aquel que te ha amado hasta el extremo. Estos tres principios tan sencillos, sin embargo, no son tan fáciles de practicar. Vamos a necesitar toda la gracia de Jesucristo para llegar a ser verdaderamente justos, verdaderamente compasivos y verdaderamente humildes.

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