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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios nos invita a que la vida misma sea una ofrenda para El a través de tres virtudes que valen mas que un sacrificio: Justicia (que regula las relaciones entre unos y otros), misericordia (entender de qué barro está hecho el ser humano para extender la mano al que lo necesita) y humildes (para preservarnos de la soberbia).
Homilía o161002a, predicada en 20100719, con 8 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Hermanos, hagamos como en cosecha. Espiguemos algunos frutos enseñanzas para nuestro corazón. Tomadas de las lecturas del día de hoy. Personalmente me gusta muchísimo la primera lectura del profeta Miqueas. Este es un profeta menos conocido que otros. Tal vez a uno le suena más el nombre de Isaías, o Jeremías o Ezequiel. Miqueas, sin embargo, tuvo un ministerio profético tan ungido por el Señor como el de estos otros grandes profetas. Y de cada uno de ellos dice el Credo que: El Espíritu Santo habló por los profetas. O sea que esta consigna que nos da Miqueas hemos de tomarla no únicamente como salida de sus labios, sino como venida del Espíritu Santo. Y a qué me refiero en concreto. Me refiero a esa pregunta que se hace el profeta ¿con qué me acercaré al Señor? Y hace una lista de lo que era la religión en aquella época. Es decir, holocaustos, ofrendas de animales, dar parte de las cosechas. Incluso hace referencia a los sacrificios humanos, cosas singularmente cruel que practicaron otros pueblos contemporáneos de Israel. Tenían sacrificios, incluso de sus propios hijos. Era costumbre en aquellas naciones cuando había que hacer una petición muy, llamémoslo así, muy entrañable o de algo muy difícil. Era costumbre de ellos pensar que al Dios respectivo había que comprarlo o había que negociarlo con algo de gran precio, porque aquellos pueblos miraban la religión fundamentalmente como un negocio con la divinidad. Entonces, si quiero algo realmente grande, tengo que dar algo realmente costoso. ¿Y qué es lo más costoso? Bueno, saquemos el mejor novillo del rebaño, no. Es algo más grande todavía. ¡Carambas! ¿Qué le puedo ofrecer a este Dios? Y llegaban al punto de decir. Voy a sacrificar a mi propio hijo. Voy a sacrificar a mi primogénito. Pero fíjate lo que había detrás de esa manera tan cruel, tan terrible de hablar. Lo que había detrás era este pensamiento que ofrecer un sacrificio es como hacer un negocio. Y entonces, según eso, aquellos dioses se alimentaban de sangre humana y había que darles mucha sangre si uno quería obtener algo realmente difícil, realmente valioso. Así que Miqueas hace esa lista de ofrendas y sacrificios y holocaustos que la gente de aquel tiempo, tanto judíos como no judíos, solían ofrecer. Pero después de esa lista, viene su propia conclusión, y esta es la que creo que debe quedar grabada en nuestro corazón. Se encuentra en el capítulo sexto del libro del profeta Miqueas. Él lo presenta como un oráculo que Dios le regala. ¿Te han explicado, oh hombre, él bien, lo que Dios desea de ti? Este es un punto culminante en la Escritura, porque quiere decir que estos versículos, los versículos del seis al ocho del capítulo seis de Miqueas son como un sumario. Son como un resumen de la voluntad de Dios. ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? Y la respuesta es simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que seas humilde con tu Dios. En tres virtudes se sintetiza de modo admirable la ley y se nos da todo un plan de vida. Porque en este lenguaje es la vida misma nuestra la que tiene que convertirse en holocausto. Más que pensar en cosas muy costosas, más que pensar en que nosotros podemos comprar el querer de Dios, o podemos sobornarlo para que piense como nosotros. Lo realmente importante es que nuestra vida sea ofrenda. Y las tres virtudes que sintetizan esa ofrenda son la justicia, la misericordia y la humildad. En esas tres virtudes está la aspiración y está el deseo de Dios para con el ser humano, que seamos justos, que seamos compasivos y que seamos humildes. Mire, uno casi podría cerrar la Biblia y quedarse con eso, solo que seamos justos, que seamos humildes, que seamos compasivos. Fíjate cómo la justicia de algún modo viene a regular las relaciones que tenemos con el prójimo. Fíjate cómo la misericordia es esa experiencia del amor en nuestro corazón y experiencia de amor hacia el prójimo. Y fíjate cómo esa humildad viene a preservarnos del peligro más grande que es la soberbia. Con ese mensaje que nos quedemos hoy, vamos a grabarlo bien en la mente. Justicia; tratar con justicia a todos. Buscar lo que es recto, practicar el derecho, no dejarse uno. Desviar ni a derecha ni a izquierda. Nos dice el libro del Deuteronomio Misericordia; entender de qué barro está hecho el ser humano y no convertirnos en jueces implacables, sino más bien en manos que se extienden. Y luego la humildad; si logramos que no es fácil ser personas rectas y además de eso logramos ser personas generosas y compasivas. Que no perdamos esos méritos por soberbia, porque la soberbia es como una fiera que acecha para destruir el mérito de las buenas obras. Si logramos ser justos y si logramos practicar la misericordia, que también seamos humildes ante Dios y le demos gloria a su nombre. Y ahí tienes a un santo. Esa es la santidad, ese es el cumplimiento de la voluntad de Dios. De donde he tomado estas reflexiones. Profeta Miqueas capítulo seis, versículos del seis al ocho. Es un texto precioso. Es la perla que nuestra Iglesia nos regala el día de hoy. En esa primera lectura no la dejaremos perder. Al salir de esta iglesia nos llevamos esas tres palabras. La justicia, la misericordia y la humildad. Amén.

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