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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La absoluta unicidad de Jesucristo es la señal para que todos la vean.
Homilía o161001a, predicada en 20000724, con 10 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Los hombres de aquel tiempo le piden una señal a Jesucristo. Resulta que el mismo Cristo es la señal. Le piden a Cristo una señal en los cielos. Porque grandes profetas, como por ejemplo Elías o Isaías, habían hecho señales con la luz del día, lo mismo que Josué y algunos otros. Piden señales, quieren convencerse. Vence nuestras razones. Convencemos. Cristo se niega a dar esa señal. ¿Por qué? Por qué hay señales que sirven y hay señales que no sirven. Porque hay señales que ayudan a creer. Y hay señales que no ayudan para la fe. Porque hay algunas señales con las que nosotros queremos tener a Dios en nuestras manos. Y hay otras señales que nos ponen en las manos de Dios. Las primeras con las que nosotros queremos dominar, por así decirlo, a Dios. Saber cuáles son las condiciones y obligarlo a que nos responda a nuestros términos, esas señales con las que queremos tener a Dios en nuestras manos. Esas son las que niega Cristo. Aquí le pedían un milagro. Aparentemente no era pedir mucho para un hombre que hizo tantos milagros. Pero es que no se trata ni del número ni de la intensidad. Se trata de la actitud. ¿Qué quieres tú? ¿Que Dios responda a tus pretensiones y que quede en tus manos? ¿O quieres tú responder al querer de Dios y ponerte en sus manos? Esta es la profunda diferencia que existe entre la magia y la fe. ¿En qué se parecen? Pues que tanto en la magia como en la fe se ven cosas extraordinarias, se ven cosas muy raras. ¿En qué se diferencian? En que la magia es lo extraordinario puesto en mis manos. Y la fe es lo extraordinario en las manos de Dios según el querer de Dios y por lo tanto, según la medida de Dios, según la voluntad de Dios, según la manera de Dios, según el tiempo de Dios. La magia consiste en tratar de manipular a Dios según mi voluntad. La fe consiste en ponerme en Dios para que Él cumpla su voluntad. Por eso Cristo se niega a dar esta señal. Yo no soy el que está en manos de ustedes, sino que se trata es de que ustedes estén en las manos de Dios. No son ustedes los que ponen los términos a Dios y las condiciones ¿Para que crea en ti? Haz esto. Es Dios el que da señales. Y si ustedes acogen esas señales, la mayor de las cuales es el mismo Cristo. Llegan a la fe y a la salvación. Sin embargo, hay una señal que Dios da a todos. Esa señal no es otra sino la muerte y la resurrección de Jesucristo, a la cual alude precisamente nuestro Señor con la imagen aquella de Jonás. Me llama la atención eso que dice Cristo, que esa es una señal que va a dar a esta generación perversa y adúltera, no se le dará más señal que la del profeta Jonás. ¿Es esa una señal para todos?. Yo me atrevo a afirmar que sí. Porque por más que repasemos todos los libros de filosofía, de religión, de espiritualidad, de cualquier clase y de cualquier cultura y de cualquier país, resulta que aunque ha habido tantos locos y tantos magos y tantos cultos por todas las partes de la tierra y en todos los siglos, solo de este hombre, solo de Jesús de Nazaret, existe una multitud que somos nosotros, una multitud que predica, que se murió y que resucitó. y que vive y que la muerte no tiene poder sobre él. Es decir, que en medio de todos los hombres, todas las culturas y todas las religiones, hay una señal que se levanta, la señal de la cruz, la señal de la muerte, la señal de la Pascua. Porque por más locos desorbitados que hayan sido los que han iniciado cualquier género de cultos y religiones, nadie ha dicho voy a morir y voy a resucitar. Y de nadie se dice murió y resucitó. Eso solo se dice de Cristo. Esta es la maravillosa particularidad, esta es la unicidad. Esto es lo que hace absolutamente único el mensaje que nosotros predicamos de Cristo. Este es el que se mete con la muerte y la vence. Eso no se predica de nadie más. Ni se predica de nadie más. Lo que se sigue de ese sacrificio Pascual. Es decir, no se predica de nadie más que sea Dios, de nadie más. Se dice eso. Eso de afirmar que alguien es tan hombre como nosotros y tan Dios como ese Dios que estuvo alejado pero que ahora se volvió a nosotros. Decir de alguien que es hombre y Dios con toda verdad, hombre con toda verdad Dios. Eso de nadie más se dice. Es algo que hemos descubierto a través del sacrificio pascual. No empezó a hacer en la cruz, pero nosotros lo descubrimos sólo a través del sacrificio de la Cruz y la Eucaristía. Por más locos desorbitados que inventen cualquier género de religiones, no existe un culto que diga que nosotros nos alimentamos de Dios, que Él está verdadera, real y sustancialmente presente. Y que así es alimento para nosotros en una cena de hermanos, que es al mismo tiempo memoria de ese mismo sacrificio. Es decir, que por más cultos, religiones, prácticas y filosofías que haya, de todos modos Jesucristo se levanta como el único, el único, el único del que se dice que murió y resucitó, el único del que se dice que es Dios y hombre, el único del que se dice que alimenta con su propio cuerpo y su propia sangre a su pueblo. De nadie más se dice eso. Y esa absoluta unicidad de Jesucristo se levanta en medio de la humanidad y es una señal para que todos la vean, para que todos la reconozcan. Jesucristo es señal absoluta, única, de algo que no ha acontecido y que no acontece y que no va a acontecer en ninguna otra parte. Tenemos así las dos enseñanzas que quería compartir con ustedes en este día. La primera. ¿Qué señales me llevan a Dios? Las señales que me ponen en las manos de Dios, cuando yo pretendo hacer valer mis condiciones, eso se llama ponerle leyes al Espíritu Santo. Y Dios por ese camino no nos lleva. Es más, resulta peligroso pretender obligar a Dios a que dé ciertas señales, porque entonces el enemigo, el remedador de Dios, el imitador, el que caricaturiza todo lo de Dios que es Satanás, entonces puede entrar ahí. Pero de pronto, antes de que entre el enemigo, ya nuestra psicología intenta forzarse, ya nuestra mente intenta forzarse para tratar de que se repita lo mismo. No, la Dios es libre en dar sus señales y las da donde quiere y como quiere y a través de quien quiere. Y pretender obligarles a entrar en los terrenos pavorosos, los terrenos resbaladizos, los terrenos diabólicos de la magia. Las señales son las señales que Dios me dé. Y la gran señal es Jesucristo. Y esa señal es única, incluso comparada con cualquier otra religión, porque sólo de Cristo se predica esa muerte, esa resurrección, la verdad de su divinidad y su presencia eucarística. Dios en su amor nos confirme en esta fe y con esa cosa sepamos lo que tenemos para anunciarle al mundo. Revistámonos de este gozo, revistámonos de esta verdad, y salgamos con esa certeza a contar y a cantar lo que Dios nos ha concedido creer. Porque eso, eso que creemos es realmente único.

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