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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La oración humilde y perseverante pone toda su esperanza en Dios. Él es Señor del tiempo y puede sanar, transformar y dar un nuevo sentido incluso a nuestro pasado.
Homilía o155011a, predicada en 20260717, con 7 min. y 42 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de la Santa Misa de hoy tiene un texto del profeta Isaías, en el capítulo treinta y ocho. Es un momento muy duro para quien era rey en Judá en aquella época. Ese rey que dejó, podríamos decir, una buena memoria, un buen recuerdo. Se llamó Ezequías. Lo que nos cuenta este pasaje es un momento muy difícil de Ezequías, un momento difícil en tres sentidos. Difícil porque él mismo estaba muy enfermo, según nos explica el mismo texto que se lee en la misa. Tenía una herida, una llaga que parecía incurable. Seguramente entendemos con la medicina de hoy: esto le producía una infección con todas las consecuencias de debilidad de fiebre. Era una herida grave la que tenía, o sea, la salud mala. Además, punto número dos, estaba siendo atacado. Recordemos que ya a la altura del capítulo treinta y ocho de Isaías, lo que había sido el Reino del Norte dentro del pueblo elegido, conocido como el Reino de Israel, lo que había sido ese Reino del Norte ya se había acabado, porque lo que estaba más al norte. Es decir, Asiria se había expandido, invadido, y aniquilado a Israel. Y por supuesto, si la amenaza venía del norte y ya habían acabado con Israel, lo que seguía era el Reino de Judá; esta era la segunda preocupación, la segunda angustia del rey Ezequías. El rey Ezequías se daba cuenta que estaba a punto de ser invadido. Entonces fíjate. Un hombre herido, enfermo y al mismo tiempo atacado externamente por la presión del imperio asirio. En cierto sentido, estos dos factores explican el tercer factor que militaba en contra de Ezequías. Resulta que este rey sentía que su fe, su capacidad de apoyarse en Dios, se iba desmoronando; sentía que estaba en su límite, que no podía más. Esa es la realidad de Ezequías. Eso es lo que él estaba viviendo. Y llega el profeta Isaías y le traen noticias no tan alentadoras. Más bien lo que le dice es: ?Te vas a morir?. Era lo peor que podía escuchar Ezequías en ese momento. Y Ezequías entonces se sumerge en la tristeza más profunda, pero también se sumerge en la oración más sincera. Y esto es lo que creo que vale la pena destacar. En primer lugar, es un hombre con una tristeza triple: su fe es débil, porque su salud es frágil, porque la violencia de sus enemigos es muy grande; está abrumado, está quebrado, está aplastado. Pero así como se sumerge en la tristeza, se sumerge también en la oración. Entra profundamente en oración y lo profundo y sincero de esa oración -una oración salida de lo más hondo de su corazón- y toca el corazón de Dios, lo cual es una gran lección también para nosotros. Si tu oración nace realmente de lo profundo de tu corazón. Puedes tener gran confianza de que esa oración también llega a lo profundo del corazón del Señor. Isaías entonces recibe una luz de Dios. Realmente Isaías era la voz del Señor. En ese tiempo Isaías recibe una luz muy grande del Señor y le habla entonces de la curación y le habla de la victoria. Es decir, esta crisis en todo sentido se va a superar. Pero ya dijimos antes que Ezequías estaba herido también en su fe. Es que no le resultaba fácil creer. Y yo creo que nosotros entendemos por qué le resultaba tan difícil. No, él no podía creer fácilmente. Y aquí viene el milagro. El milagro tan especial, tan exótico, que es el retroceder del tiempo. Había en el Palacio Real un reloj de sol y, por supuesto, el reloj de sol siempre va avanzando. Isaías le dice: "La sombra va a retroceder. Luego se han buscado explicaciones de qué pudo haber sucedido ahí. Si hay algún tipo de fenómeno atmosférico, podría ser que la sombra retrocediera. Nosotros aquí no vamos a hacer ni siquiera el ensayo, el intento de explicar el milagro, porque no es el propósito del texto sagrado.Más bien lo que debemos entender de ese milagro que viene como a sanar lo que también estaba enfermo en Ezequías, que era su fe. Lo que creo que debemos entender de ese milagro es que Dios es el Señor del Tiempo. Y cada vez que yo escucho este pasaje de Isaías treinta y ocho. Pienso en eso: en que Dios es el Señor del tiempo y que Dios, como Señor del Tiempo, puede visitar, y puede sanar, y puede transformar incluso lo que ya ha sucedido. Yo no sé si alguna vez tú has estado en una oración profunda de sanación; porque es tan hermoso cuando llegan estas oraciones de sanación. Es tan bello que Dios, en su misericordia, llega a visitar esos tiempos ya pasados. En muchas de estas oraciones de sanación se habla de lo que viviste en el seno materno, lo que viviste en tu primera infancia; y por supuesto que ninguno de nosotros puede echar el reloj de para atrás. Nosotros, por nuestras fuerzas, no podemos volver a esos momentos. Pero Dios, como nos muestra por medio del profeta, sí puede hacer retroceder el tiempo, si puede llegar a ese momento, y si puede sanar lo que necesita ser sanado en tu vida. Y eso es bellísimo y eso es grandioso y eso es poder del Señor. Quisiera que nos quedáramos con ese mensaje, o mejor, con ese doble mensaje. Primero: el poder de la oración profunda, la que sale de lo más sincero de tu corazón; allí donde con humildad y con fe depositas toda tu esperanza en Dios. Y segundo: la certeza de que Dios es Señor del Tiempo y que Él puede visitar y puede sanar y puede transformar las consecuencias de aquello que para nosotros parecía inevitable, irreversible. Ezequías lo vivió, lo experimentó. Tú y yo también podemos vivirlo. Amén.

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