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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los perversos suelen ufanarse de sus triunfos pero Dios sigue siendo Dios y el que es fiel verá la victoria del Señor. Cuida tu corazón, sé fiel y lo demás déjaselo a Dios.
Homilía o153012a, predicada en 20200715, con 26 min. y 38 seg. 
Transcripción:
Hermanos, en esta ocasión vamos a referirnos a la primera lectura que fue tomada del libro del profeta Isaías. ¿Qué es lo que se nos narra ahí? Que una nación fuerte, grande, poderosa, antecesora de la actual Siria, esa nación se conoció como Asur y sus habitantes eran los asirios, de ahí viene la actual Siria. Pero los acontecimientos que aquí se cuentan, tienen unos 2800 años de antigüedad. Esta nación, en todo caso, extiende su poder hasta el punto de derribar al reino de Israel.
Y como suele suceder en estos casos, la arrogancia hace su presencia. Ese reino de Azur, reino de Asiria, a medida que se expande, también ensancha su orgullo, su prepotencia. Y el profeta Isaías le habla a esa nación orgullosa para decirle: No te creas tanto. Tú eres solamente un instrumento dentro del plan de Dios, eres solo un instrumento. Por eso le dice: «El hacha no se ensoberbece frente a aquel que la maneja». Por supuesto, en esa comparación el hacha es Azur, aquel reino tan poderoso en ese momento. Y entonces la pregunta obvia es ¿y quién es el que maneja esa hacha? Es el Señor. Es decir, la enseñanza que nos está dando este texto es que detrás de los acontecimientos que ven nuestros ojos, hay un tejido, hay un plan.
Y ese plan que se realiza no solo a través o a pesar de la voluntad humana, se realiza en la misma voluntad humana y ese plan es el plan de Dios. Realmente es algo fascinante lo que plantea este texto de Isaías. El rey de Asur, rey poderoso, ha decidido invadir al reino de Israel y lo ha conseguido, ese es el destierro del reino del norte, sucedido en el siglo VIII antes de Cristo. No confundirlo con el destierro del Reino del Sur, donde está la ciudad de Jerusalén, que fue realizado en el siglo VI antes de Cristo. Son dos acontecimientos diferentes, con dos resultados también muy diferentes. Pero, por ahora sigamos con nuestra historia.
Tenemos a un imperio, el imperio Asirio, un imperio implacable, cruel, arrogante, que se lanza sobre el pequeño reino de Israel y prácticamente lo extingue. Quedaron huellas de ese reino de Israel, pequeños sobrevivientes aquí y allá. Por algo, en el Evangelio según San Lucas se nos habla de una mujer que era descendiente de ese reino de Israel. Esa mujer se llamaba Ana, y esta Ana alcanzó a tener en sus brazos a Jesús, al niño Jesús. El evangelista Lucas nos dice que Ana era hija de un tal Fanuel y ese Fanuel era de la tribu de Aser, que se escribe sin H y con S, por cierto. La tribu de Aser era una de las tribus que pertenecía al Reino del Norte, el reino que aparece aplastado ante nuestros ojos en la primera lectura de hoy. O sea que algo pudo haber quedado, algo mínimo realmente, algo mínimo.
Bueno, pero ¿qué nos enseña esta situación? Está toda la arrogancia de los asirios que simplemente con codicia y con enorme prepotencia han saqueado al reino de Israel, lo han saqueado. Ya ves las comparaciones que aparecieron en la primera lectura: «Como el que encuentra un nido de huevos abandonados y no hubo quien batiera las alas, ni quien abriera el pico», como quien dice el imperio Asirio se enorgullece de su victoria y dice: No tuve rival, hice lo que se me dio la gana. Desde el punto de vista humano, histórico, político, eso fue lo que sucedió. Efectivamente, siglo VIII antes de Cristo, imperio asirio en expansión, caída del pequeño reino de Israel, todo eso es real, incluso la descripción de que no hubo rival es real.
Pero Isaías, este bendito profeta, nos da una mirada profunda a ese acontecimiento. Por eso te digo, los acontecimientos tienen una especie de superficie o de costra, pero hay personas como este profeta Isaías, que tienen la cualidad de ver más profundamente, de no quedarse en la superficie, en la costra, sino ver qué es lo que está sucediendo debajo de esos acontecimientos. Y ahí es donde está la comparación del hacha y aquél que utiliza esa hacha, el leñador y su hacha. Y lo que Isaías está diciendo es: Aunque tú no te des cuenta, imperio Asirio, Imperio de Asur, aunque tú no te des cuenta, tú estás al servicio de un plan que es anterior a ti, que es posterior a ti y que es más grande que tú. Esa es la enseñanza de Isaías en este texto. Aunque tú crees que has podido obrar con tu inteligencia, con tu fuerza, con tu astucia, con tu ejército, tú estás al servicio de un plan y ese plan es anterior a ti y es posterior a ti y está por encima de ti, eso es lo que le está diciendo Isaías.
Estas afirmaciones de Isaías parecen quedarse en la bruma de la historia, en el pasado. Una vez que entendemos cuál es el mensaje del profeta, nos preguntamos ¿eso qué tiene que ver conmigo? ¿Eso qué tiene para decirme a mí? Hay dos pasajes del Nuevo Testamento, ambos de San Pablo, que nos ayudan a recoger esta verdad que nos enseña Isaías, recogerla y seguramente aplicarla a nuestra vida. Un pasaje está en el capítulo octavo de la Carta a los Romanos, y otro pasaje está en el capítulo sexto de la Carta a los Efesios. Son dos textos de San Pablo, textos que uno predica con cierta frecuencia.
En el capítulo octavo de la Carta a los Romanos, San Pablo tiene esta expresión: «Todo concurre para el bien de aquellos a quienes Dios ama». Todo, es decir, que más allá de las intenciones, quizás egoístas, quizás perversas. de los distintos actores, más allá de esas intenciones de ellos, Dios, por decirlo en un lenguaje sencillo, se sale con la suya y utiliza para bendición de los que ama, aquello incluso que fue hecho para perdición o para daño de los amados de Dios. O sea que Pablo en ese pasaje, repito capítulo octavo de la Carta a los Romanos, lo que nos está diciendo es: por encima de, por encima de, por encima de los planes del malvado, por encima de los planes del perverso, por encima de lo que tú mismo entiendes o no entiendes, por encima de todo ello está el plan de Dios. Y el plan bendito de Dios habrá de cumplirse. Muy parecido a lo que nos dijo Isaías en el pasaje de hoy: Tú haces lo que tú quieres, o tú crees que haces lo que tú quieres Asur, pero has de saber que tú estás al servicio de un plan que es anterior a ti, que es posterior a ti y que está por encima de ti. Entonces, ahí vemos un paralelo entre este texto de Isaías y el texto de San Pablo en la carta a los Romanos.
El otro pasaje es el que está en el capítulo sexto de la Carta a los Efesios, y es tal vez el que tiene una aplicación más directa a nuestra propia vida, en ese otro pasaje dice San Pablo: «Nuestra lucha no es contra la gente». El problema no es la gente. «Nuestra lucha es contra el pecado, contra el demonio». Esa es nuestra lucha, no se equivoque de adversario, no caiga en la trampa de llenarse de odio hacia las personas humanas. No caiga en esa trampa porque con esa trampa usted le está dando tributo al demonio, tributo al enemigo, que es el que juega con esos odios y resentimientos suyos. Las palabras de San Pablo siguen el estilo del lenguaje bíblico, son más o menos así: Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra aquellos espíritus que batallan en los aires». Entonces, yo puedo sentirme atacado por alguna persona, puedo sentir que alguna persona me hace la vida imposible. Y Pablo me está invitando a que yo no caiga en la trampa de odiar a esa persona, sino más bien sepa que por encima de esa persona está el ataque del enemigo. Y esa es mi verdadera batalla.
El primero que practicó a perfección esta enseñanza fue el mismo Cristo. Efectivamente, Cristo en su Pasión estaba siendo agredido brutalmente, atacado cruelísimamente por sus enemigos. ¿Cuáles eran sus enemigos? Pues los sumos sacerdotes, los escribas, los fariseos. Y ya en un terreno muy cercano al dolor de nuestro Señor, aquellos soldados romanos que lo azotaron o aquellos verdugos que le crucificaron. Y tú recuerdas cómo Cristo, por encima de la agresión que está recibiendo, por encima de la crueldad que está sufriendo, Cristo se da cuenta que el ataque es otro. Cristo se da cuenta que, por encima de ese ataque de las personas humanas, está el ataque del enemigo, y por eso ruega por sus verdugos, pidiendo que sean perdonados, es decir, que el demonio no gane en ellos, a pesar del pecado absolutamente colosal que están cometiendo, que el demonio no gane en ellos, eso es lo que quiere Cristo. Por supuesto, el demonio nada puede ganar en el mismo Cristo.
Entonces, fíjate que estos pasajes, el de Isaías, el de la carta a los Romanos, el de la carta a los Efesios, la Pasión misma de Cristo, nos están llevando a algo muy importante, nos están llevando a descubrir cuál es el verdadero enemigo, cuál es la verdadera batalla y en dónde está la verdadera victoria. Esas son las enseñanzas, que estimo yo, más profundas de este texto de Isaías, que repito, es bueno leerlo en conjunto con estos otros pasajes de la Biblia, la Pasión de Cristo, por ejemplo, particularmente según San Lucas, el Evangelio, bueno, ya dije el Evangelio, la carta a los Romanos, capítulo 8, Efesios capítulo 6. ¿A qué nos llevan estos pasajes? Vistos así en conjunto Isaías, Lucas, Romanos, Efesios ¿a qué nos llevan? Nos llevan a que descubramos cuál es el verdadero adversario para no equivocarse. Cuál es la verdadera batalla para no distraerse. Y cuál es la verdadera victoria para no perder la confianza que nos salva y que nos levanta.
Y ¿cuales son las respuestas cortas a esas tres preguntas, cuál es la verdadera batalla? El pecado y detrás del pecado la instigación del demonio ¿cuál es? Esa es la verdadera, el verdadero adversario, el pecado, y detrás de él, el demonio. Y entonces mi batalla ¿cuál es? Mi batalla es: suceda lo que suceda dentro de mí o afuera de mí, el pecado no puede tener cabida en mi corazón. Lo dijo, con tantísima sencillez, aquel adolescente que pertenece a la familia Salesiana y pertenece a toda la Iglesia, por supuesto, Domingo Savio, no confundirlo con el fundador de mi comunidad, Domingo de Guzmán. Lema de Santo Domingo Savio: Primero morir antes que pecar. Entonces, si el verdadero adversario es el pecado, la verdadera batalla es la batalla contra el pecado. No importa lo que suceda afuera, no importa lo que suceda afuera.
En otra de estas celebraciones de la Eucaristía, recordaba el caso de aquel gran hombre, Tomás Moro, patrono de los abogados. El día que iban a ejecutar a Santo Tomás Moro, por supuesto, no lo confundimos ni con Santo Tomás Apóstol, ni con Santo Tomás de Aquino, ni Santo Tomás de Villanueva, hay muchos tomases que son santos. El día que iban a ejecutar a Santo Tomás Moro era un día frío, de esos días donde es fácil pescar un resfriado. Y cuando lo iban a ejecutar, Tomás Moro se puso una bufanda. Y parece una cosa ridícula, parece una burla o un chiste, en minutos estarás muerto y te pones una bufanda. Yo no soy culpable de la muerte que me van a infligir, yo no soy culpable de esa muerte, pero si me enfermo, si no me cuido yo, yo si soy culpable. O sea, tú te das cuenta de la elegancia, la finura de pensamiento y el mensaje que nos da Tomás Moro. Qué cosa tan espantosa, qué crueldad absurda llevar a la muerte a un hombre inocente simplemente porque no se plegó a los deseos impúdicos con los que Enrique VIII quería legalizar su situación. O sea, ¡qué tragedia! Lo van a matar. Esos son ellos, yo me sigo cuidando. Yo en cuanto puedo, yo me cuido, esa es la actitud del cristiano, saber guardar el corazón. Y ahí es donde está nuestra verdadera victoria, en guardar el corazón.
De manera que, si quisiera sintetizar todo lo que estamos tratando de decir con Isaías, con san Lucas, con Romanos, con Efesios, todo se reduce a: cuida tu corazón, Dios verá por el resto. Tú encárgate de guardar tu corazón, que en tu corazón no haya pecado. Espérate y si llegan ofensas y si llegan injusticias, ¿todo lo tengo que aguantar? Yo no estoy diciendo eso, por supuesto, hay que luchar contra la injusticia. Tomás Moro no dijo que era justa su muerte, él mostró la injusticia de la muerte a la que iba a ser sometido. Hay que dar la pelea, pero hay que dar la pelea cuidando el corazón.
Entonces, la gran enseñanza es esa, cuida tu corazón, cuida tu corazón de manera que no entre el odio, que a ti te odien no te hace pecador, que tú odies te hace pecador. Que a ti te odien, no puede quitarte la corona de mérito que Dios prepara para ti. Que tú odies hace que tú pierdas todo. Que tú vivas en un ambiente de impureza y que el mundo está corrupto y que por todas partes pulula la lujuria y la vanidad, y el hedonismo y el vicio. Que eso esté afuera de ti, eso no te quita mérito a ti, dice Jesús: Eso no hace impuro al hombre. Que tú consientas el pecado, que tú desees esa impureza, que tú aproveches esa circunstancia para disimular tu culpa y tu suciedad, eso sí te daña a ti. Entonces, distingue muy bien entre el afuera y el adentro, que vivimos en tiempos de injusticia, en tiempos de vanidad, en tiempos de materialismo, en tiempos de lujuria, pues sí, ese es el mundo en el que vivimos y eso no nos destruye, a menos que de nosotros, de nuestro corazón, venga un sí a esa suciedad, hay que cuidar entonces el corazón.
Y esto también vale por extensión, para cuidar tu relación de pareja. Que todas las parejas que ahora llaman pareja, cualquier cosa, cualquiera se junta con cualquiera, hombre con hombre, mujer con mujer, lo que sea y a eso llaman pareja. Esos son ellos, tú cuida tu relación de pareja, cuídala limpia, cuídala bella, cuídala sana, cuídala santa. Que hoy la familia no sirve para nada, que todo se destruye. Esos son ellos, tú mira cómo puedes servir al mundo, pero, en primer lugar, tú cuida a tu familia, tú cuida tu comunidad, tú cuida tu relación de pareja y, sobre todo, tú cuida tu corazón. La verdadera batalla está ahí. Que Asur venga y nos invada, Dios verá cómo eso encaja en sus planes. Supera a mi inteligencia, supera a toda inteligencia creada, el plan de Dios. Yo, el plan de Dios, tal vez no lo entiendo, no lo entiendo ni tengo porqué entenderlo. Hay muchas cosas que yo no entiendo. Cuando tienen que hacerte una operación y te duermen con la anestesia, me vas a decir que tú entiendes perfectamente todo lo que te hacen y qué medicamento te ponen y por qué hacen esto y no lo otro. Tal vez un médico que sea operado puede entender exactamente qué es lo que le van a hacer, la mayor parte de nosotros simplemente nos ponemos en manos del que más sabe.
Pues esa es la situación, mis amados hermanos, esa es la tarea. Hay que distinguir entre el afuera y el adentro. Nosotros damos la pelea por nuestros derechos, claro. Nosotros no somos pasivos ante la injusticia, claro, ya lo dije y lo repito. Nosotros procuramos hacer el bien a nuestro prójimo, perfecto. Pero, el resultado final de lo que suceda afuera, eso lo sabrá Dios. Lo que yo sí tengo que cuidar es lo que sucede en mi corazón y en lo que depende directamente de mi corazón. Por eso, el que tiene una bella relación de pareja, cuídela. El que tiene una familia, cuídela, llámela, cultívela. El que tiene una comunidad cristiana, cuídela, cuidémonos unos a otros. San Agustín decía: Dios, que habita en medio de ustedes, los va a cuidar por medio de ustedes. Y no dejes que tu corazón se llene de odios ni de especulaciones perversas y oscuras con respecto a seres humanos, Dios sabrá. Uno, claro, defiende lo que tiene que defender de sus derechos, y uno hace lo que uno tiene que hacer y puede hacer.
Pero ¿cuál es el destino final de esa persona que me ha hecho daño? Dios sabrá, Dios sabrá. Eso le toca a Dios, eso no me toca a mí, yo no soy quien tiene que disponer eso. Lo que yo tengo que hacer es cuidar mi corazón y lo que depende de mi corazón directamente, Y lo demás, sorprendentemente Dios en su infinita sabiduría va llevando las cosas y en más de una oportunidad, cuando uno permanece así, fiel al Señor, uno se va dando cuenta y dice: Ah, ahora sí entendí, ahora entendí por qué pasó esto. Vea, claro lo que pasó, mire lo que sucedió, ahora sí entendí. A veces uno entiende, quizás habrá cosas que nos morimos y no entendemos. Pero te repito, lo más importante no es entender, lo más importante es que Dios sea mi Dios, mi Señor, Rey de mi corazón, de mi vida y de todo lo que de mí depende en cada momento. Eso dilo tú, eso vívelo tú, verás los frutos.

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