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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Necesitamos derribar nuestro orgullo, vanidad, soberbia y arrogancia para descubrir lo que Dios escondió a los sabios y entendidos

Homilía o153010a, predicada en 20180718, con 4 min. y 15 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo número 11 de San Mateo. Al respecto hay una historia muy ilustrativa, muy bonita, que se cuenta de un antiguo monasterio en Francia. Todos sabemos de ese temperamento intelectual, racional que tienen muchos franceses. Y resulta que a una gran abadía llegó un monje joven. Por supuesto, estaba empezando apenas su vida religiosa y era uno de estos muchachos lleno de inquietudes, lleno de preguntas, ese tipo de personalidad que lo analiza todo, lo pregunta todo. Resulta que se proclamó este Evangelio y el abad hizo una buena homilía sobre el tema de hoy: Dios ha escondido sus secretos a los sabios y entendidos y ha revelado esos mismos secretos a la gente sencilla. El abad hizo una buena homilía, pero después el joven novicio se acercó y le pidió audiencia, le pidió que lo escuchara.

Él tenía todavía, este joven tenía todavía inquietudes con respecto al Evangelio de ese día, que es el Evangelio que se ha proclamado hoy. Le preguntó el novicio al abad: Sabe, le agradezco su homilía, pero hay una cosa que no he entendido, fíjate la pregunta, hay una cosa que no ha entendido. El Evangelio dice que Dios ha escondido, utiliza esa expresión, ha escondido cosas a los sabios y entendidos. Y entonces, el muchacho pregunta: Mi inquietud es ¿dónde las escondió Dios? Porque si dice que las ha escondido, quiere decir que las guardó o las ocultó en alguna parte. Y entonces, me da curiosidad, dice el joven, me da curiosidad preguntar dónde escondió Dios todas esas cosas que sí les mostró a los sabios y entendidos. El abad se quedó mirándolo y pensó por un momento en simplemente devolverlo a la capilla y decirle: Mira, tú más bien vete a orar y no te pongas con tantas preguntas y con tantas inquietudes intelectuales, el Evangelio no es para que lo racionalices tanto.

El abad ya tenía listo el discurso en la punta de su lengua, cuando el Espíritu Santo le reveló algo distinto, de modo que, recogiéndose un instante en oración, le dio una respuesta diferente al joven que estaba haciendo esa pregunta. Sabes lo que le dijo, le dijo: Yo te voy a contar en dónde escondió Dios aquellas cosas que no pudieron encontrar ni los sabios ni los entendidos. Dios escondió todo eso detrás de la montaña de orgullo de sus almas. Si el orgullo de una persona es muy grande, jamás podrá encontrar lo que Dios escondió. Pero si esa persona disminuye ese orgullo, si esa persona derriba esa vanidad, si esa persona agrieta y destruye su soberbia y su arrogancia, entonces podrá encontrar todo lo que Dios escondió, porque Dios no lo escondió para que no fuera encontrado, Dios lo escondió para que un día, con sorpresa y con amor, aquel que antes había sido soberbio, pudiera encontrarlo.

Esta respuesta iluminó el corazón y también los ojos de aquel joven. Él se dio cuenta que era eso, exactamente lo que necesitaba, derribar su orgullo, dejar de lado su vanidad y descubrir todo lo que Dios escondió.

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