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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El don de ciencia, de entre los dones del Espíritu Santo, nos ayuda particularmente a comprender cómo Dios va adelantando su plan en medio de las acciones propias de voluntades libres, y en tantas ocasiones caprichosas o torcidas, como son las voluntades humanas.
Homilía o153009a, predicada en 20160713, con 8 min. y 41 seg. 
Transcripción:
La primera lectura nos invita a reconocer los distintos niveles de las intenciones. Una cosa es lo que quiere el rey de Asiria y otra cosa es lo que quiere Dios, a través de lo que quiere el rey de Asiria. Se parece al refrán aquél, Dios escribe derecho en renglones torcidos. El que tuerce los renglones es el rey de Asiria en este caso, y el que sigue escribiendo derecho y limpio es Dios. Reconocer esos niveles de intención es realmente un rompecabezas para nuestro entendimiento, porque el rey de Asiria es libre y libremente quiere despojar, atacar, hacerse con lo suyo. Él no está pensando en Dios, él está pensando en su codicia y en lo que va a ganar. Y es lo que aparece en el lenguaje poético de este texto de Isaías. Él, el rey de Asiria, está pensando en lo suyo, mira por lo suyo y obra libremente dentro de lo suyo. Y, sin embargo, a través de ese acto libre y sin que deje de ser un acto libre, es Dios el que está haciendo un plan, está realizando y llevando adelante su propio plan.
¿Cómo puede Dios libremente obrar a través de una libertad que no es exactamente la suya? Este es un misterio que nos trasciende. Pero un principio de explicación es que el rey de Asiria, aunque quiere libremente, pues también tiene dentro de su voluntad el afán de un cierto bien. Nuestro amigo Santo Tomás de Aquino, al referirse a la voluntad humana, dice: La voluntad humana puede querer libremente muchas cosas, pero hay algo que no puede dejar de querer y es algún género de bien. Lo que quiere, lo quiere por algún género de bien. O sea que, sigue explicando Tomás, no todas las obras de la voluntad son libres. No todo lo que hace la voluntad es completamente libre, porque hay un primer, hay un protoacto de la voluntad, un primer querer de la voluntad que está dentro de nuestro propio ser, que está incorporado en nosotros y que es el que sirve de criterio para lo que luego uno quiere. Luego lo que quiere ya depende de muchas cosas. Depende de su idea del mundo, depende de su idea de sí mismo, depende de la cultura, Depende del afán de buscar la verdad o no, pero ese primer acto, ese primer querer, proviene de nuestro propio ser.
No entremos, sin embargo, por ese camino, sino más bien admiremos lo que está aquí de fondo, que se llama la Providencia divina. Y bueno, cuando uno está por fuera de la escena, pues uno ve a un codicioso, arrogante y agresivo que es el rey de Asiria, que va, como se dice en este país: A por lo suyo, le interesa lo suyo, él está metido en su mundo y cuando uno está por fuera, pues uno padece al rey de Asiria, como tantas cosas que hay que padecer en esta vida, tantos egoísmos y tantas ambiciones y tantas venganzas y tantas mentiras. Entonces, cuando uno está por fuera, porque uno no es el rey de Asiria y por supuesto que uno tampoco es Dios, entonces ¿qué hace cuando ve que la codicia triunfa, que la arrogancia se impone, que la venganza es ley? Ah, ahí hay un auxilio, esa luz particular que Dios le da a uno por su misericordia, esa luz para ver más allá del querer de este o de aquel, ¿cómo está sucediendo el querer de Dios? Cómo sucede el querer de Dios a través de los quereres humanos y de los egoísmos humanos y de las violencias humanas, y también de la bondad humana porque no todo está podrido, claro que no.
Ese poder ver a través de un querer, el Querer Divino, eso es uno de los frutos más preciosos de uno de los siete dones del Espíritu Santo, al cual le estoy haciendo bastante propaganda últimamente, se llama el don de ciencia. Hay que pedir el don de ciencia. Lo propio del don de ciencia es eso, reconocer el plan y la gloria de Dios en las ciencias humanas, en el conocimiento humano, pero también en la historia humana y también en mi propia historia y también en los signos de los tiempos. O sea que la primera lectura de Isaías nos lanza inmediatamente a suplicar el don de ciencia, porque el don de ciencia es el que viene a resultar como un requisito para no perder la esperanza, especialmente en los tiempos en que la iniquidad se levanta por encima, en el que leyes repugnantes y contrarias a la familia o a la vida humana se imponen, en momentos en que las ambiciones más oscuras y las mentiras más descaradas campean, en esos momentos, si uno no tiene esta gracia del Espíritu, uno se siente tan radicalmente abandonado y uno siente que hay un retroceso tan brutal del cristianismo, que puede llegar a una cierta desesperanza o, incluso la desesperación.
Así que, en tiempos del rey de Asiria, quien no tuviera el don del Espíritu Santo, lo que sentía era llegó, llegó el triunfo del mal, aquí no hay nada más que hacer. Pero con esa luz que Dios le da a uno, uno logra entrever en medio del actuar humano, con toda su libertad, uno logra entrever que hay un plan de Dios que se está escribiendo. Y ese descubrimiento es la fuente viva de una esperanza que no es ilusión, no es un simple deseo, no es un simple, pues yo niego esto que estoy viendo y hago de cuenta que, no, no es fantasía, no es ilusión, tiene asidero claro en la realidad. Y desde ese asidero es el descubrimiento de cómo Dios escribe, cómo Dios va haciendo su obra.
Cuánto necesitamos de ese auxilio que Dios nos conceda, sobre todo porque las obras que vienen, por lo menos las obras inmediatas que vienen en nuestro país y en nuestra cultura y en esta Europa, no van a ser fáciles. No es fácil lo que viene, pero si tenemos el don del Espíritu, si lo clamamos y si llega a nosotros ese don de ciencia, pues vamos a ser gente de esperanza, que es lo que se requiere aquí, no gente de ilusiones y que y que niegue las barbaridades que están pasando y las que vienen encima. No se trata de negar la realidad, se trata de penetrar con una luz potentísima esa realidad para ver unas semillas que nadie más ve, pero que son tan reales y más reales que lo que alcanzan a ver los ojos de todos, así nos lo conceda el Señor. Pero hay que orar, hay que orar para que podamos ser faros de esa esperanza basados en ese precioso don de ciencia.

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