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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Es arduo divisar la voluntad de Dios cuando la arrogancia se impone y triunfa. Pero una mirada sapiencial, como la de María, ve siempre más allá.
Homilía o153006a, predicada en 20120718, con 12 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Siguiendo la narración de la primera lectura del profeta Isaías, podemos encontrar una respuesta interesante a la pregunta ¿dónde actúa Dios? Cuando una persona hace oración, tiene una petición y las cosas salen según lo que pidió, pues seguramente percibe, ahí Dios estuvo presente. El caso más notable es el de la persona que está muy enferma y ora por su curación y se cura. Entonces dice, Dios obró, ahí se vio la acción de Dios. El desempleado que encuentra inesperadamente un buen trabajo, siente lo mismo, incluso la persona que creía que ya no había ninguna esperanza y le resulta esposo, dice: Bueno, este me lo mandó mi Dios, o sea que ahí se ve donde actúa Dios. Ese es el caso fácil.
Pero hay otros casos que son difíciles. Por ejemplo, hay veces que pedimos algo que nos parece que es razonable, que es sensato y no se logra, ahí es más difícil encontrar cómo actúa Dios. A veces tiene uno que esperar mucho tiempo para darse cuenta que Dios tenía, por así decirlo, buenas razones para negar lo que nos, lo que a nosotros nos parecía tan razonable. Mi papá, al fin y al cabo, papá, algo sabe de eso, de peticiones de hijos y dándonos una instrucción en la fe alguna vez nos decía: Hay gente que reza y no se da cuenta que la respuesta puede ser no, porque a veces creemos que siempre que rezamos la respuesta tiene que ser sí. Y resulta que a veces la respuesta tiene que ser no, como le pasa a un papá con el hijo.
El hijo dice: Papá, quiero otro caramelo, quiero otro caramelo. Y él le dice al papá, y el papá tal vez responde: Pues no, no es lo que usted necesita. Usted lo que necesita es palta o cualquier otro alimento que tal vez no es tan atrayente para el niño. Entonces, la respuesta puede ser no, pero recibir un no es más difícil y saber que Dios está actuando en un no, es difícil. Y luego, llegar uno a entender que hasta fue mejor que resultara el no, es todavía más difícil, pero ahí también se llega. Entonces, a veces uno pide algo y las cosas resultan al revés y uno queda así como resentido y la fe queda como agrietada y la esperanza se acaba, pero uno al cabo del tiempo dice: Me estuvo bien el sufrir, como el cuento del salmo. Ahí también se puede descubrir actuando a Dios, normalmente se necesita más humildad, más oración y más tiempo, pero también se descubre la mano de Dios.
Más difícil es cuando se ve que el pecado triunfa, que los malvados triunfan, que la arrogancia gana, gana terreno. Y ese es el caso que nos presenta la primera lectura. El imperio asirio va ganando fuerza y va ganando prepotencia, arrogancia, con una actitud llena de soberbia, los jefes asirios, empezando por su rey, pues, utilizan ese lenguaje que oímos aquí citado. Dice: «Con el poder de mi mano lo hice con mi sabiduría, porque soy inteligente, he borrado las fronteras de los pueblos, he saqueado sus tesoros, como un gigante derribado sus jefes». Cuando se ve que la arrogancia campea, cuando se ve que la soberbia gana, cuando se ve que el pecado se impone, ahí es todavía más difícil responder a la pregunta ¿dónde está Dios y cómo está actuando Dios? Pero llega a tal punto la luz que puede dar el Espíritu Santo, que este profeta, estamos en el capítulo décimo de Isaías, llega a descubrir que aún detrás de esa arrogancia y por encima de toda esa presunción y de toda esa violencia, y a través de esa voluntad perversa de los hombres, se está realizando la voluntad perfecta de Dios. Y ese es el posgrado, ese es el posgrado en la mirada que descubre el actuar divino.
O sea que estamos hablando de que hay como tres niveles en la mirada. Hay un nivel que es el más sencillo, fácil descubrir a Dios cuando las cosas salen bien. Fácil mirar un hermoso paisaje que puede ser un hermoso paisaje cuencano y decir uno ¡qué hermosura! Dios sí que ha hecho cosas bellas, eso es fácil. Más difícil cuando yo pido algo que creo que es necesario, no me llega, no me llega y no llego. Y yo pensé que se iba a curar y no se curó mi sobrino. Y yo pensé que a mi mamá no la tenían que operar y sí la tuvieron que operar. Y yo le pedí a Dios que saliera bien la operación y no salió bien la operación. Ahí es más difícil, ese es un poquito más arduo. Pero el posgrado, el nivel más alto en eso de reconocer el actuar divino, es lo que aparece aquí, que es cuando se ve ganar, se ve al pecado en victoria con toda su arrogancia.
Eso que aparece acá, que es la Cruz del Señor, es el caso más dramático. ¿Funcionó la traición de Judas Iscariote? Sí, funcionó. ¿Funcionó el plan diseñado por Anás, realizado por Caifás y sus secuaces? Sí, funcionó, todo como ellos lo tenían planeado: Vamos a hacer esto. Luego hacemos esto, luego nos ganamos al procurador, o sea, Poncio Pilato, vamos a hacer esto. Luego lo torturamos, luego lo crucificamos, luego lo matamos y se acabó el problema. Oiga y todo funcionó, una cosa tras otra, tras otra. Y ver cómo el mal se convierte en una especie de inundación que lo llena todo, esa sí que es la prueba grande. Esa fue la prueba que tuvo, por supuesto, María Santísima, esa es la prueba que ella soportó. Porque entonces, ¿cómo está actuando Dios aquí? ¿Dónde está Dios?
Hay una anécdota dramática de la Segunda Guerra Mundial. Resulta que, en uno de esos campos de concentración, parece que alguno se había fugado y como de costumbre, los nazis tenían que aplicarle castigo a los demás prisioneros porque nadie confesaba. Entonces, escogían al azar y los torturaban y los mataban delante de los demás prisioneros. Y en una de esas entonces, en uno de esos juicios, entre comillas, de los nazis, entonces agarraron a un muchachito, un jovencito, y ya lo iban a torturar y a matar, ahí delante de los demás, porque nadie confesaba cómo se había logrado esa fuga. Y estos prisioneros miran con ira, con impotencia, con frustración infinita, cómo se va a cometer ese crimen ahí, delante de sus ojos. Y entonces uno de ellos pregunta: Y ¿dónde está Dios? Y otro respondió: Pues ahí está, lo van a matar.
Entonces, esa es la prueba de fuego, pero Isaías nos pone en la ruta de la respuesta. Esto es lo que se llama una mirada sapiencial, la mirada sapiencial se caracteriza porque es capaz de encontrar cómo las tinieblas finalmente están al servicio de un plan superior, que es el plan de Dios. Ver que, incluso la arrogancia de un pagano, la crueldad de un enemigo de Dios, puede estar al servicio de Dios. Eso se parece mucho a los exorcismos, una pregunta que se hace en teología de la vida espiritual es por qué Dios permite que se dé una posesión diabólica. Y entonces, la respuesta propia de nuestra teología es porque, a pesar de los inmensos males que implica una posesión diabólica, finalmente Dios a través de eso manifiesta su gloria, por ejemplo, en la expulsión misma de ese demonio. O, por ejemplo, en la cantidad de personas que se convierten en torno a un fenómeno de esos, entonces la clave está ahí.
Y toda esta historia es para decirles que hoy sí que necesitamos esa mirada sapiencial, esa mirada sapiencial es la mirada que penetra en la densa y apestosa niebla del mal y logra ver que Dios está obrando a través de todo eso. Y esa es la mirada de los verdaderos sabios, esa es la mirada de María Santísima, esa, la mirada que logra penetrar todo eso. Fíjense la perfecta actitud, que bella que es María, la perfecta actitud de ella sin desesperación, sin rebeldía, sin complicidad, con una penetración en esa mirada, como si ella pudiera ver lo que nadie estaba viendo, esa es la mirada que necesitamos hoy. Entonces, hay personas que ven que el mundo, que están pasando muchas cosas en el mundo, el mundo está grave y pasando, esto está trágico, esto está terrible. Y entonces se nos puede entrar una cosa, una angustia, una exaltación. No es así, la mirada que necesitamos no es una mirada desesperada, no es una mirada en pánico. El pánico fue lo que le sucedió a Judas Iscariote, por eso fue y se ahorcó. La desesperación es lo propio del suicida.
Lo nuestro no es desesperación, lo nuestro no es complicidad, lo nuestro no es incredulidad ni rebeldía contra Dios. Lo nuestro es el camino de María y por eso necesitamos esa mirada sapiencial. Necesitamos pedirle a Dios que nos dé esa mirada para que, más allá de los nubarrones que a veces nos acechan a nuestra propia persona, o a nuestra familia o a nuestra congregación, en medio de todos esos nubarrones, nosotros como la bendita y hermosa Virgen María, penetrando en esa espesa y apestosa niebla del pecado, del pecado propio y del pecado ajeno, nosotros podamos penetrar toda esa niebla y decir: Aquí también está actuando Dios. Eso fue lo que le pasó a Isaías, entonces, mire lo que se atreve a decir Isaías: «El Señor dice: Acaso presume el hacha frente al que corta con ella, como si la vara pudiera mover al que la levanta, y el bastón pudiera levantar a quien no es de madera». Qué cosa tan hermosa la de Isaías. Isaías lo que está diciendo al gran imperio asirio, que es lo más arrogante que ha podido existir en ese Oriente Medio, lo que le está diciendo Isaías es: Mire Asiria, usted que se cree gran cosa, usted está al servicio de un plan superior que usted ni se alcanza a imaginar, ni se alcanza a imaginar. Es Dios, Dios el que se está glorificando. Y usted cree que se está saliendo con la suya. Isaías tenía mirada sapiencial.
En medio de las contradicciones, la última predicación hablábamos de incertidumbres, cuestionamientos, en medio de los cuestionamientos, las incertidumbres personales y comunitarias, en medio de esa esas dudas que nos acechan, esas tentaciones, ese decir pero aquí qué va a pasar para, en medio de todo eso, la mirada de María, la mirada de Isaías, la mirada que penetra en el misterio y que dice: Aquí también está Dios, pero no lo dice de memoria, no lo recita, sino que alcanza a percibir en esa niebla los destellos suficientes que dibujan el perfil del Hijo de Dios. Y por eso dice: Aquí está la victoria del Señor.

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