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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios dirige nuestra existencia para construir, a partir de cosas pequeñas, nuestra vida, la cual hace parte de toda la obra de Su creación.
Homilía o153004a, predicada en 20100714, con 15 min. y 52 seg. 
Transcripción:
Qué regalo tan amable tener la presencia de todos ustedes aquí. Y estoy pensando, sobre todo, en que la visita del dolor no ha faltado en las vidas de muchos de ustedes. ¿Por qué digo esto? Porque el dolor va creando espacios de escucha, canales de comunicación y como un lenguaje que hace que con una sola mirada podamos entendernos. Una mirada, pero la mirada humana, según nos cuentan las lecturas de hoy, parece adaptada tanto en lo físico como en lo espiritual, solo a una cierta proporción. Con la ayuda del Espíritu Santo que pueda explicarme, estos ojos que Dios nos dio y que llevamos en nuestra cabeza, pueden ver las cosas dentro de un cierto margen de tamaño. Estos ojos no pueden ver lo microscópico, para eso necesitamos unos aparatos especiales que así se llaman, microscopios. Y estos ojos tampoco pueden ver muchas otras cosas, las más grandes del universo, necesitamos telescopios para ver esas otras cosas.
Ayer estaba escuchando un programa que decía que este gigantesco telescopio Hubble es capaz de ver galaxias a doce mil millones de años luz de distancia, galaxias que eran jóvenes cuando lanzaron esa luz que ahora nos llega a nosotros. Pero necesitamos un aparato para ver esas maravillas. O sea que a nosotros se nos escapa lo muy grande y se nos escapa lo muy pequeño. Apenas vemos en un pequeño rango, ese rango es el que nos resulta más útil para desenvolvernos en muchas cosas, pero se nos sigue escapando lo muy grande y lo muy pequeño.
Y las lecturas de hoy nos hablan de lo muy grande y lo muy pequeño. Lo muy grande aparece en la primera lectura y lo muy pequeño aparece en el Evangelio. En la primera lectura encontramos un oráculo del profeta Isaías en donde lo que hace es contarle a un rey, al rey de Asiria que lo que él está haciendo es parte de un plan mucho más grande, pero el mismo rey no lo sabe. Nosotros, cada uno de nosotros, somos parte de algo mucho más grande, pero eso tan grande, que lo podemos llamar el plan de Dios, muchas veces escapa de nuestra vista. No nos damos cuenta que nuestras acciones van más allá del espacio limitado de nuestra vida. No nos damos cuenta que ese rango pequeño de nuestra existencia está desbordado y a la vez está penetrado por algo gigantesco que es el querer de Dios. Y nosotros somos parte de ese largo poema, podemos decir, que es el poema de su creación.
La creación no hay que entenderla como algo que Dios hizo hace mucho tiempo y después se fue a hacer otras cosas. La creación es el acontecer permanente de un Dios poderoso, sabio y compasivo. De modo que se puede decir, nosotros somos como perpetuamente creados, o diría Santo Tomás, sostenidos en la creación. Entonces nosotros, así, perpetuamente creados, somos parte de ese plan que nos desborda. Y por eso, se puede decir que toda esa historia maravillosa en la que brilla la majestad, la ternura de Dios, toda esa historia gigantesca, nos contiene a nosotros, nosotros somos una liniecita, somos una palabra, una sílaba de ese poema, pero no lo sabemos. Nuestros ojos no alcanzan a ver todo eso. Para nuestros ojos, como dice el Salmo, 70 ya son bastante y el más robusto hasta 80. Mi madre casi llegó a ese límite, dejó esta tierra con 78, eso es bastante vivir de acuerdo con el salmo.
Pero en ese espacio, en esos setenta u ochenta años, no alcanzamos, no alcanzamos a ver muchas cosas, no alcanzamos a comprender por qué suceden o por qué dejan de suceder otras. Y por eso vienen esas comparaciones. La comparación de un poema muy largo, del cual nosotros somos una línea, o un cuadro muy grande del cual nosotros somos una pincelada, o un tapiz gigantesco del cual nosotros somos una puntada. Un poco del orgullo tal vez nuestro quiere que cada vida sea perfectamente comprensible en sí misma y desde sí misma. Pero estas lecturas, como la de hoy del profeta, nos ayudan a entender que no es necesario entenderlo todo y sí es necesario aceptarlo todo. Porque cuando uno quiere entenderlo todo es como si uno quisiera ser una de esas mónadas de las que habló el filósofo Leibniz, como un pequeño universo autocontenido y ninguno de nosotros lo es. Son demasiados los hilos que nos conectan con el misterio, los hilos que nos conectan con lo incomprensible, por lo menos incomprensible desde nuestra escala.
Pero el Evangelio utiliza una escala diferente, si la primera lectura nos dice que somos parte de algo muy, muy grande que no alcanzamos a abarcar, el Evangelio nos dice que tal vez se nos está escapando también lo más pequeño, lo más sencillo. Jesús parece que sí tenía unos ojos que merecían llamarse perfectos. En el Antiguo Testamento, en el libro de los Números está ese hombre llamado Balaam, que parece que estaba muy contento de sí mismo y de sus ojos, y decía que él era el hombre de los ojos perfectos, el que tiene la perfecta claridad de todas las cosas. Luego, las lecturas del Nuevo Testamento descalifican a Balaam y lo tratan sobre todo como un hechicero. Donde se ve que, tal vez, había demasiada arrogancia en esa manera de pensar sobre sí mismo.
Quizás el que sí tenía los ojos perfectos era Jesús. Y Jesús parece que podía ver mucho más que nosotros. Y eso es lo que aparece en el Evangelio de hoy: «Te doy gracias, Señor, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños, a la gente sencilla». Mucho de lo que Dios hace parece que se nos escapa también, porque es demasiado sencillo, es demasiado simple, es demasiado pequeño. Y entonces, también ahí parece que cierto orgullo, cierta arrogancia que está en la naturaleza humana herida por el pecado, hace que nosotros no podamos percibirlo. Dicho de otra forma, quizás la vida es mucho más simple, es mucho más sencilla y uno muchas veces se encuentra que las personas así también, pequeñas y sencillas, comprenden, aceptan, aceptan y viven de un modo más natural muchos de estos misterios, quizás porque están en la capacidad de ver cosas que nosotros no estamos.
Yo voy a dar un par de ejemplos que me han parecido fascinantes sobre esto de lo que ven los niños y lo que vemos nosotros, lo que oyen los niños y lo que nosotros oímos. Resulta que los niños oyen más cosas que nosotros. Los niños, por ejemplo, pueden oír un rango de frecuencia mucho más amplio que nosotros. A medida que uno va creciendo, va perdiendo oído literalmente, incluso venden unos tonos para teléfono celular que los pueden escuchar únicamente los adolescentes, son tonos que están en el orden de los quince mil hercios y en ese rango ninguno de nosotros oye nada. Pero un adolescente sí oye, aquí, por ejemplo, tenemos a María José. Si ponemos un pito de esos, ella si lo oye y ninguno de nosotros, los demás, creo, salvo Milagros, de última hora, ninguno de nosotros escucharía. Los niños literalmente oyen más que nosotros.
Pero no solo eso, en una investigación muy interesante se descubrió que para producir todos los lenguajes del mundo se necesitan entre seiscientos y ochocientos sonidos distintos, sonidos que luego quedan drásticamente reducidos, cuando uno empieza a aprender un determinado idioma, que será la lengua natural de uno. Eso significa que un bebé de menos de un año puede reconocer más sonidos que nosotros, podemos decir que ese bebé está en una situación como de tabula rasa y es capaz de percibir una cantidad de sonidos que son los que sirven para construir el chino, el japonés, el sánscrito, el árabe. Pero a medida que uno se va especializando en una sola lengua, en nuestro caso, el español, a medida que uno se va especializando, uno pierde la capacidad de oír esos sonidos. Y esto es lo que hace especialmente difícil aprender lenguas como el polaco o como el chino cantonés o todos estos, porque uno ha perdido la capacidad de reconocer esos sonidos.
Los pequeños ven lo que nosotros no vemos, oyen lo que nosotros no oímos y hacen las preguntas que nosotros no nos atrevemos a hacer. Por eso se ha dicho que un buen filósofo es aquella persona que no ha perdido la capacidad de preguntar que tenía cuando niño. Es decir, las preguntas son también las ventanas a nuevas luces, a nuevos conocimientos, y las respuestas que llegan a esas preguntas son muchas veces luces elementales. Jesús, en sus parábolas, utiliza siempre cosas de las más sencillas, que la levadura hace grande el pan, pues ¿quién no se ha dado cuenta de eso? Pero de ahí Jesús saca una maravilla. Que la semilla cae en distintos lugares y una crece y otra no, ay, todo el mundo sabe eso, pero de ahí Jesús saca una maravilla. Que el grano de mostaza produce tales o cuales plantas de tal tamaño. Todo el mundo lo había observado, o tal vez nadie lo había observado. Eso es tener ojos para lo sencillo, para lo simple.
Y en esa simplicidad se juegan muchas cosas, porque imaginémonos que uno recuperara la capacidad de reconocer matices de los colores. Entonces, cada atardecer sería completamente único, sería la tarde que Dios me dio. Imaginémonos que uno pudiera recuperar la capacidad de sentir en el paladar o en el olfato, entonces no diría uno: ¿Por qué en este monasterio repiten otra vez el mismo almuerzo? No, sino uno diría ¡qué delicia de banquete! Porque uno podría percibir la sutil diferencia que tiene cada día, que tiene cada alimento, que tiene cada sonrisa. ¡Cuánto hemos empobrecido nuestros ojos! Para nosotros muchas veces todas las sonrisas son iguales, para los niños, mucho más, incluso para las niñas, las sonrisas son distintas, son distintas todas y los mínimos matices de una sonrisa crean todo un lenguaje que, a veces, incluso las mismas mujeres pierden, otras veces lo conservan. Esa capacidad de reconocer la infinita sutileza de una lágrima, de una sonrisa, de lo que una persona está tratando de decir, pero no se atreve, de lo que se atrevió a decir, pero no quería. Nuestro mundo es infinitamente pobre, creo yo, si hemos perdido la capacidad de ver todas esas cosas elementales.
Pero más allá de lo que alcanzan a ver nuestros sentidos, está también lo que podría percibir nuestra mente en todo eso. Si es verdad que tendríamos que regocijarnos, como solía alegrarse mi mamá con cada flor que saliera en el jardín, cada una, cada una le traía una sonrisa diferente a mi mamá. Ella no perdió en 78 años, no perdió esa capacidad, Dios la bendiga. Si eso ya es maravilloso, imagínate qué clase de fiesta tendríamos que conservar en el corazón, si tuviéramos la capacidad de percibir lo que está sucediendo en los corazones de las personas. Si nosotros tuviéramos ojos como los que tenía Jesús, para ver el momento glorioso en el que alguien abre su alma a la Palabra, ese momento vale más que todo el universo creado, decía Santo Tomás, que nosotros pudiéramos ver ese momento y celebrarlo. Qué tal que, en este instante, por ejemplo, alguno, especialmente de los que están despiertos, pudiera descubrir que ahí Dios le está hablando, que Dios está aconteciendo y que nosotros pudiéramos darnos cuenta de eso. Tendríamos que sentir un júbilo, tendríamos que sentir fiesta, tendríamos que sentir que la vida está llena de significado.
Y cuando uno descubre que la vida está llena de significado, de algún modo se abre a ese universo, el universo de aquello que, porque es demasiado pequeño, demasiado simple, uno nunca lo ve. Demos gracias al Señor por esa riqueza del lenguaje que utiliza con nosotros y pidamos que podamos mejorar nuestros ojos para, por una parte, tener algún barrunto del plan de Dios, alguna señal de su grandeza. Eso es lo que Jesús llamaba ver los signos de los tiempos, es eso, poder percibir, por aquí está pasando un pincel gigantesco que va más allá de mí, eso es maravilloso. Y al mismo tiempo tener la sutileza para descubrir en lo más simple también la visita del Altísimo. De nuevo, gracias por estar aquí y que el bien infinito de esta Eucaristía alcance nuestros corazones más allá de lo que alcanzamos a ver o a pensar. Amén.

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