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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o153003a, predicada en 20020717, con 27 min. y 20 seg. 
Transcripción:
Podemos aprender muchas cosas de la primera lectura, desde luego también del santo Evangelio. Pero vamos a fijar nuestra atención, especialmente en la primera lectura, la que fue tomada del profeta Isaías. Ubiquémonos en la geografía, los hebreos llegaron a Palestina, la parte Sur se llama Judá y la parte Norte se llama Israel, eran los dos Reinos. Al final quedó solamente el Reino de Judá y por eso solo quedaron los judíos, los de Judá. Al Sur Judá, al Norte Israel. Más al Norte, ya dando con la costa del Mediterráneo y más todavía al Norte quedaba el Reino de Asiria. Esa es la Asur que nos mencionaban en la primera lectura: «Asur, vara de mi ira, bastón de mi furor». De manera que el orden es Judá, Israel, Asiria.
En este mapa interactivo ustedes pueden ver también, que hacía esta parte, es decir, el noreste, el nororiente se encuentra el Gran Reino o se encontró después el gran Reino de Babilonia. De manera que Asur, Asiria invadió a Israel y se acabó Israel. Pero luego los persas, los del Reino de Babilonia, vencieron a los asirios y se adueñaron no solo de lo que era Israel, sino, incluso de Judá. Esos acontecimientos tienen fecha en la historia, sucedieron y sabemos la fecha en la que sucedieron. Por ejemplo, la caída del Reino de Judá fue hacia el año 587 antes de Cristo. La caída del Reino de Israel fue anterior en el seiscientos algo, no recuerdo la cifra precisa. Asiria atacó al Reino del Norte que se llamaba Israel. Babilonia atacó al Reino del Sur que se llamaba Judá, con una diferencia, que el Reino del Norte desapareció completamente, de ahí no quedó nada. En cambio, el Reino del Sur, después de unos años de humillación salvaje en Babilonia, logró resistir, logró permanecer y ese fue el pequeño resto, por lo menos ahí estaban los rescoldos, entre los cuales quedaron José, María y muchos otros. Y ahí fue donde nació nuestro Señor Jesucristo, en ese pequeño resto. Estamos más o menos ubicados en la geografía y en la historia.
Ahora vamos al oráculo de Isaías. Qué es lo que le dice Isaías a este pueblo de Asiria, al que llama con su nombre epónimo Asur: «Asur, vara de mi ira, bastón de mi furor». Lo más interesante, lo primero que quiero destacar ahí es la diferencia en la escala, la diferencia entre lo que están mirando los asirios y lo que está mirando Dios, porque estamos asistiendo con este oráculo de Isaías, estamos asistiendo al nacimiento de lo que se llama la teología de la historia o la visión teológica de la historia. La visión teológica de la historia es el empezar, el asomarse a los acontecimientos tratando de encontrar qué es lo que Dios quería, no qué es lo que quería Asiria, lo que quería Persia, lo que quería Israel o lo que quería Judá, qué es lo que Dios quería con eso.
Los grandes amigos de Dios en el Antiguo Testamento son los profetas. Los profetas son los íntimos de Dios. Le decía Dios al profeta Amós: Yo no hago nada sin contárselo a ustedes. Qué elogio tan lindo para los profetas: Yo no voy a hacer nada sin contárselo a ustedes, son los íntimos de Dios. Y por eso un profeta, en este caso Isaías, está tan cerca de Dios que tiene, de alguna manera, la mirada para darse cuenta la diferencia entre lo que quiere el hombre y lo que quiere Dios. Y así nace la teología de la historia.
Cuando los tiempos se vuelven todavía más complicados, cuando la tormenta es peor porque se los llevan al destierro, porque se quedan sin templo, se quedan sin territorio, se quedan sin culto, cuando están despojados de todo, la pregunta por la historia se hace aguda hasta la exasperación, y entonces va a surgir un nuevo tipo de literatura que es la que se llama la literatura apocalíptica, «apokálypsis» en griego significa una revelación. Cuando los tiempos hacen una crisis total, es decir, más grave que lo que hemos visto en esta breve lectura de hoy, nace la apocalíptica. Pero la apocalíptica es hija de la visión teológica de la historia que aparece en este pasaje. O sea que este pasaje es muy interesante, es muy interesante. Y la clave está en la diferencia entre lo que ve el hombre y lo que ve Dios, entre lo que quiere el hombre y lo que quiere Dios.
Es muy hermoso recordar en este momento que el Espíritu Santo, que inspiró estos textos, es el mismo Espíritu Santo que nosotros hemos recibido en el bautismo que hemos recibido en la Confirmación. Es el mismo Espíritu Santo que obra en nosotros, que ora en nosotros, que consagra la Eucaristía, que es el alma de la Iglesia. Es decir, que estos dones no se quedan reservados para el siglo VIII, el siglo VII, en el que vivieron estos profetas, sino que estos dones están también para nosotros. Es decir, si nosotros pedimos la sabiduría, Dios no nos la niega. Nos dice Santiago: «El que esté escaso de sabiduría, que la pida a Dios, que la concede, que la concede sin mezquindad». Y nosotros, ¿para qué queremos esa sabiduría, para saber qué va a hacer Estados Unidos en Afganistán, necesitamos de esa sabiduría para entender si hay o no hay peligro en que Rusia entre a OTAN? Pues también para eso, ahí tiene, también para eso. Pero para lo que más necesitamos nosotros este don de sabiduría es para distinguir las intenciones, las patrañas, las pasiones, las intrigas de los hombres y por encima de eso, la majestad de Dios.
Y el primer texto, tal vez el primer texto en el que eso aparece es precisamente el texto que hemos oído hoy. Es el capítulo décimo del profeta Isaías. Un texto entonces muy importante me parece a mí, porque es que se necesita una gracia de Dios para levantarse por encima de la tormenta. Normalmente uno ¿qué hace? Uno toma partido. Normalmente uno dice: los buenos son estos, los malos son estos. Y uno se pone del lado de los que uno llama buenos. Eso es lo que uno hace normalmente. Pero, la Biblia nos va a enseñar que las cosas nunca son tan sencillas, que no hay buenos, tan buenos, con algunas pocas excepciones como el Santísimo Señor Jesucristo, y que no todo es malo en los malos, porque fíjate que los israelitas, los del Reino de Israel, veían que los de Asiria eran unos demonios. Obviamente los invadieron, los acabaron, los desterraron y, de hecho, desaparecieron esas tribus, 10 tribus que se llamaban bajo el nombre genérico de Israel, desaparecieron de la historia humana.
Pero, eso que parece tan pavoroso, eso que parece tan demoníaco, tenía un propósito. Fíjate cómo empezó la lectura: «Asur, vara de mi ira». Asiria parecía un bastón de castigo, un palo para regañar, para corregir. Pero hay que ver quién maneja ese palo, el palo no lo maneja Asiria, el palo no se maneja solo, el bastón no se maneja solo. Y esa es la grandeza de este texto, esa es la grandeza de este texto. Isaías fue profeta en el Reino del Sur, en el Reino de Judá, al cual le llegaría su turno también. Entonces Isaías, desde el Reino del Sur, ve lo que ha sucedido en el Reino del Norte. Y entonces ¿qué hace? Descubre la diferencia entre las patrañas, intrigas, pasiones, la guerra de intereses y el querer de Dios.
Si nosotros le preguntamos a los israelitas, ¿aquí quién es el bueno y quién es el malo? Ellos dicen: Nosotros somos los buenos, somos víctimas. Y esos asirios son unos demonios desatados, ellos son los malos. Y si le preguntamos a los asirios, ellos dirán pues nosotros lo único que estamos haciendo es extender nuestro imperio, extender nuestra tierra, porque queremos tener comercio con Egipto. Ese era el propósito de Asiria, tener un corredor, tener un corredor para realizar su comercio con Egipto, porque obviamente como, por esa situación que tiene la tierra de Palestina, pues todo el mundo la codicia, porque es un corredor para el comercio entre África y Asia y bueno, es un lugar único. Isaías se levanta por encima de los intereses humanos, Isaías se levanta por encima de las pasiones humanas. Y a mí esto me parece grandioso, mis hermanos, grandioso, porque uno casi siempre se queda en las discusiones, uno se queda en lo que uno, alguno quiere o el otro no quiere. Tener la capacidad de levantarse para preguntar qué es lo que Dios quiere, es un don muy alto. Y ese don tiene aplicaciones en todas las áreas de la vida humana.
Pensemos en una pareja, una pareja se parece a Asur e Israel, lo mismo, las peleas son así: Usted es un malo desgraciado degenerado que nunca me ha querido. Usted es una vieja histérica, celosa, loca. Usted no me puede decir nada, pero usted tampoco me dice. Y ¿qué es lo que hace un buen consejero matrimonial? Dejar que la gente suelte primero su babaza, cuando ya acabaron trata de que cada uno, de que cada uno pueda como comprender el punto de vista del otro. Lo que intenta es, mientras tú te quedes aquí abajo y tú te quedes aquí abajo, no van a lograr nada. Levántense los dos, encuentren un interés común, un interés más alto, y entonces se darán cuenta. Esto tiene una importancia tan grande.
Por ejemplo, pensemos en el mapa político, hablemos de la actualidad política. ¿Cuál es la actitud de la mayor parte de la gente? Esos guerrilleros son unos desgraciados, enemigos de Dios, son los malos. Nosotros somos la sociedad de los buenos. Y no es cierto y no es cierto. Eso no significa, entonces usted dice que ellos son los buenos. Fíjate cómo el temperamento apasionado no sabe sino convertirse en un interruptor, ¿no? O yo tengo razón y usted se condena, o usted tiene razón y yo me condeno. Isaías nos enseña, ni Israel, ni Asiria, ni Israel, ni Asiria, hay que levantarse por encima de eso. Lo mismo pasó en Estados Unidos: Nos atacaron, derribaron las Torres Gemelas. ¿Cómo así? ¿Por qué pasó esto? El mundo entero está o con nosotros o contra nosotros, porque nosotros fuimos agredidos en nuestra inocencia.
De todo lo que yo he leído, proveniente de autores norteamericanos, solo he leído un tipo sensato. Y debería saberme el nombre, pero no me acuerdo ahora, es un señor sumamente crítico. Vidal eh. Bueno, Gore Vidal creo que se llama, Gore Vidal es primo segundo del que fue candidato a la presidencia, por cierto. Gore Vidal es un tipo supremamente crítico. Miren, bueno, es crítico, pero también es grosero y también es exagerado con su propio país. Yo tampoco estoy de acuerdo con él, pero me encanta que por lo menos da un punto de vista alternativo. Entonces él dice: Miren, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, con las dos bombas que los Estados Unidos le arrojaron al Japón, dice, hemos tenido 300 intervenciones militares en países de todo el mundo, desde Iraq hasta Corea, desde Chile hasta no sé dónde, hasta El Salvador, nosotros nos hemos metido con todo el mundo. Nos ha resultado muy sencillo y la estrategia siempre es la misma.
Entren a la página, alguien dirá que soy marxista, por esto que estoy comentando, entren a la página de la Internacional Socialista. Tampoco estoy de acuerdo con todos los artículos de la Internacional Socialista, pero tienen unas cosas tan buenas. Por ejemplo, criticando esta postura de los Estados Unidos, dicen ellos, es que Estados Unidos siempre ha hecho lo mismo, siempre, siempre hace lo mismo, tenemos unos intereses, se va a desestabilizar la región, hay un grupo rebelde, apoyamos al grupo rebelde para tumbar al gobierno, siempre ha sido la misma estrategia.
Entonces decía el señor Gore Vidal, me parece que es él, decía él: Llevamos 300 intervenciones militares en el planeta Tierra, alguna vez tenía que tocarnos a nosotros. Eso no significa que tenían que morir esos inocentes que estaban allá en el piso 105, no. Obviamente, toda muerte inocente es execrable ante los ojos de Dios, pero es distinta la postura del que se sitúa infantilmente diciendo: Nosotros somos los inocentes. Y nos atacaron a nosotros. ¿Cómo así? Al que dice: Oiga, nosotros no somos inocentes. Inocentes eran los que murieron, pero nosotros como cultura y como país, no somos inocentes.
Por eso, podemos decir que en el capítulo décimo del profeta Isaías asoma una madurez, una madurez que adquiere proporciones cósmicas. Igual se puede aplicar a la inseguridad. Quienes hemos padecido atracos, robos, violencia y hemos sentido ira contra las personas que nos hacen eso, también hemos tenido que reconocer que es que las historias son muy distintas, muy distintas. Normalmente un criminal se cocina en un caldo de injusticia, en un caldo de anonimato. Normalmente el crimen tiene sus orígenes allí donde la sociedad ha dado la espalda. Y yo pienso, por ejemplo, con esto de la guerrilla, yo pienso lo torpemente que obramos. Le doy solo dos ejemplos.
Primero, la gente trata la guerrilla como si fueran mosquitos, ¿en qué sentido? Qué gente tan cansona, qué gente tan aburrida, deberían irse, deberían desaparecerse y ya quedamos tranquilos. Por qué nadie, dije mal, ¿por qué tan poquita gente se hace la pregunta que hay que hacerse? Supongamos que mañana, mañana todos los insurgentes entregan las armas, les dan salvoconductos, desaparecen del país, se acabaron los atentados. Eso arregló ¿qué? Arregló, pues muchas cosas, hay mucha gente inocente que no va a morir, van a dejar de reclutar menores de edad, etcétera. Pero los niveles de corrupción administrativa, los niveles de corrupción gubernamental, los niveles de robo que hay en Colombia, el tipo de presión que se realiza, la cantidad de gente que ha sido sacada a patadas de la historia de Colombia es una cosa que clama al cielo. Eso no significa que los guerrilleros hayan defendido a esos, a los más pobres, no los han defendido, pero es para decir que no se puede tratar a la guerrilla como un problema de mosquitos.
Allá en los Llanos Orientales, donde estoy viviendo, allá hay una cantidad de injusticias que tienen nombre propio de presidentes y de expresidentes que a través de la asignación de contratos y de carreteras mandaron a la miseria a cantidad de personas, gente que tuvo que salir desplazada, gente que tuvo que caer, pues hasta los estratos más bajos de la sociedad, porque sus tierras quedaron valiendo nada, porque las que tenían que valer eran las del presidente o las del ministro, o las del señor amigo del amigo de no sé quién. Esos crímenes no van a salir en la primera página tan fácilmente, como el estallido de una granada en una venta de hamburguesas. Pero, son crímenes también.
Entonces la Biblia, a través de este tipo de enseñanzas, la Biblia nos invita a lo que podríamos llamar madurar nuestro juicio. Nadie es tan inocente como parece, excepto el niño no nacido. Por eso yo no creeré que hay civilización en Gran Bretaña, mientras me están diciendo que veintisiete mil parejas acuden a la fecundación in vitro, lo cual significa multiplicando por cinco o por ocho ensayos, eso significa más de doscientos mil seres humanos que son creados, doscientos mil embriones, de los cuales unos son implantados. Redondeemos cifras, ciento cincuenta mil seres humanos condenados a ser experimento de laboratorio, paté de embrión para solucionarle el Parkinson a un viejito gringo o a un viejito, a un viejito británico, que va a sanearse su Alzheimer con el embrión de no sé quién. Eso no puede ser civilización.
Entonces, levantarse, mis hermanos, levantarse sobre los lugares comunes. Saber que el mundo no es tan inocente, que nadie es tan inocente, es lo que nos enseña Isaías. Y es muy interesante ver cómo Dios utiliza las mismas pasiones humanas para introducir no su justicia, porque eso todavía no lo podemos llamar su justicia, pero sí una señal de su justicia. Dios introduce una señal de su justicia. Por eso le dice, le dice a Asur: «Contra una nación impía lo envié. Lo mandé contra el pueblo de mi cólera». ¿Cuál era el pueblo de su cólera? Israel, que se había vuelto idólatra hasta unos extremos absurdos, como lo que pasó en tiempos del rey Ajab, persiguiendo a los profetas de Yahvé, produciendo unos centros de culto con sacerdotisas, prostitutas, todo tipo de barbaridades, quemando niños, había papás que quemaban a los hijos como parte de los sacrificios a los ídolos. Es que no era, pues, cualquier crimen el que se estaba cometiendo. «Contra una nación impía lo envié», pero eso no significa que Asiria fuera mejor. Entonces, ahí sí, ahí sí, como dice el Salmo 102 tal vez: «El que sea sabio que recoja estos hechos». Ahí sí, como dice el salmo, hay que recoger estos hechos, mis hermanos.
Mira, Dios toma un pueblo violento para castigar a un pueblo injusto. Eso es sabiduría. Claro, uno tarda un poco de tiempo, me parece, en disfrutar que eso suceda. Pero ese es el tipo de contemplación que le da a uno paz en medio de los acontecimientos de la historia. Uno conserva una gran paz, uno conserva una profunda paz, no porque no le duelan las víctimas del terrorismo, lo mismo que millones de seres humanos, lloré viendo la tragedia de las Torres Gemelas. Desde luego, a uno le duele eso, uno no es de piedra, pero al mismo tiempo uno está viendo que hay una señal, hay un resplandor, hay un destello de justicia de Dios en eso. Pero ¿está diciendo entonces, que estuvo bien hecho? No, ni estuvo bien hecho que Asiria invadiera a Israel. Lo que quiero decir es que, en esa maraña de cosas mal hechas hay un bien que Dios está haciendo, en esa maraña de acciones egoístas, violentas, vulgares, blasfemas, ahí Dios va haciendo su obra. De vez en cuando uno alcanza a ver que resplandece la justicia de Dios.
Por ejemplo, esta, uno de los temas de los que a los que hay que aludir con frecuencia, las sociedades llamadas avanzadas en Occidente, llamadas avanzadas en Occidente, son sociedades donde el desorden sexual se va imponiendo. Se considera, por ejemplo, que es un gran avance homosexualismo a la lata. Las sociedades llamadas primitivas, como las sociedades africanas tienen unos conceptos mucho más rudos, parecen menos civilizados. Entrevistaban a un presidente de una república africana y decía: En mi país un homosexual es menos que un cerdo. Claro, nuestra civilización occidental se frunce y dice: Pero por favor, pero ¿qué es esa manera de tratar a los homosexuales? Yo no estoy diciendo que haya que tratarlos así. No estoy de acuerdo con el señor africano, de ninguna manera. Pero lo que quiero decir es, no estoy de acuerdo con las sociedades que aprueban el homosexualismo, ni estoy de acuerdo con los africanos de esa nación que dicen que son menos que cerdos. Pero hay una cosa interesante, mientras que esos africanos que no aprueban el homosexualismo se multiplican y se multiplican y se multiplican porque no creen en el homosexualismo, la sociedad es que sí predican el homosexualismo se extinguen y se extinguen y se extinguen porque están dedicadas al homosexualismo.
Entonces, es una cosa muy simpática la que va haciendo Dios, porque entonces las sociedades que parecen tan avanzadas, pero tan degeneradas, se van achicando y tienen que empezar a recibir inmigrantes, inmigrantes, inmigrantes, inmigrantes y así empieza a cambiar la balanza moral dentro de esos mismos países. Esta es la razón por la que, por ejemplo, en Estados Unidos, país de inmigrantes, hay una cantidad de cosas morales que no funcionan. No es porque sea un gran país, no, sino porque la marea de inmigrantes mantiene una cantidad de principios que vienen de los países de abajo. Países como los nuestros, en los cuales las cosas funcionan a otro precio.
Por eso, decía que esto de la teología de la historia es una cosa maravillosa, maravillosa. Si ustedes quieren saber más sobre la teología de la historia, hay muchísimas cosas que leer. Una de ellas es, acérquense a los escritos de San Agustín. Una de las últimas obras de San Agustín fue La Ciudad de Dios, que es una gran meditación donde Agustín, precisamente, reflexiona sobre cómo los imperios de este mundo se van fracturando y se van cayendo. Agustín murió, si no me falla la memoria, hacia el año 430, estamos a principios del siglo V, y en esa época el Imperio Romano estaba colapsándose. El Imperio Romano tenía colonias sumamente prósperas en África, Agustín estaba en África. Por eso es Agustín de Hipona, estaba en África.
Pues bien, resulta que la presencia del Imperio Romano en África estaba sucumbiendo más o menos lo mismo que pasó con los homosexuales, lo mismo, porque además esos romanos eran degenerados hasta que ya, lo mismo, se degeneraron, se dedicaron a embriagarse, se dedicaron a podrirse, se dedicaron al vicio. Y mientras tanto, las tribus romanas, recordando los tiempos de Cartago y los tiempos de Aníbal y los tiempos antiguos, dijeron con este clavo no nos quedamos. Y empezaron a presionar en las fronteras del que había sido gran Imperio Romano. Cuando Agustín estaba muriendo, si no me falla la memoria, estaba por caer o acababa de caer Hipona, ciudad próspera del Imperio Romano. Agustín no escribió en ninguna lengua africana, escribió en latín porque él era romano, él era romano de corazón y él tuvo que ver cómo se derrumbaba ante sus ojos. La civilización romana todavía duraría mucho más en caer del todo el Imperio romano de Occidente, pero ya las grietas se veían hasta los mismos cimientos.
Agustín, en ese contexto de destrucción, de colapso de una civilización y al mismo tiempo de llegada del caos, pero un caos que también trae sangre nueva, eso también es cierto, en ese contexto escribe La ciudad de Dios. Qué bueno que Isaías, Agustín y todos los santos que en el mundo han sido, nos ayuden a descubrir un poquito de la mirada de Dios, les aseguro que vamos a vivir más tranquilos y también más felices.

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