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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿De qué se alegra Jesucristo?
Homilía o153002a, predicada en 19980715, con 18 min. y 6 seg. 
Transcripción:
No son muchos los pasajes en los que Jesús aparezca lleno de alegría. Parece como más frecuente en su pensamiento, en su expresión, el dolor, la contradicción, el sufrimiento. Y por eso, porque hoy aparece Jesús exclamando con gozo del Espíritu, nos dice el evangelista Lucas, Mateo omite este detalle, pero aparece Jesús exclamando gozoso. Debemos estar atentos a esta alegría de Él. No son muchas sus alegrías, no son muchas sus sonrisas. Nosotros, como una novia enamorada, estamos atentos a ver qué es lo que le hace sonreír, qué es lo que sí me gusta. Parece que este esposo, este novio, Jesucristo, no es fácil de contentar. Entonces, hay que estar muy atentos para descubrir, como aquella novia, qué es lo que a él le agrada, qué le puede hacer feliz.
Y el motivo lo da Él en su oración al Padre Celestial: «Te doy gracias porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla». Da gracias por dos cosas, es una alegría doble, porque estas cosas quedaron ocultas a los sabios y entendidos y porque esas mismas cosas se han revelado a la gente sencilla. Y ¿cuáles pueden ser esas cosas? Pues, si relacionamos con el pasaje anterior que escuchábamos el día de ayer, parece que hiciera relación a entender el mensaje de las obras de Jesús, porque en el pasaje inmediatamente anterior se estaba quejando de que estas ciudades como Corozaín, como Betsaida, como Cafarnaún, no habían entendido el mensaje de los milagros y de las palabras de Jesús. Pero, por lo menos en la redacción que nos ha quedado de Mateo, después de esas recriminaciones viene esta alegre acción de gracias.
Las cosas que quedaron ocultas a unos y reveladas a otros tienen que ver con el mensaje del Reino de Dios, tienen que ver con el mensaje del Evangelio. Creo que podemos suponer que Jesús está dando gracias porque el Evangelio se manifiesta, porque aparece ante los sencillos, pero también da gracias porque queda oculto a los sabios y a los entendidos. No se trata de entender nosotros sin volvernos entendidos, porque entonces se nos ocultan las cosas. Vamos a tratar de entender este mensaje de Jesús. Uno como que comprende que Él se alegre porque las cosas fueron reveladas a la gente sencilla. En ese famoso pasaje del capítulo cuarto de Lucas donde Jesús lee un pasaje, un trozo del capítulo tal vez 61, creo, del profeta Isaías. Ahí Jesús describe su misión como evangelizar a los pobres. Es comprensible que cuando el Evangelio llega y se manifiesta a los más pobres, a los más sencillos, Jesús siente alegría, como que es en primer lugar para ellos, para los más lastimados.
Una mirada un poco más suspicaz puede dar otro paso y decir, no solo se alegra de que los más lastimados reciban el mensaje del Evangelio, sino que esos eran los que siempre quedaban excluidos. Cuando se repartían los bienes, siempre hay unos que quedan o que quedaban al margen, por eso se llaman marginados. Como quien dice, alguien podría añadir, la alegría de Cristo es también la alegría de que los que siempre habían estado excluidos ahora les tocó, ahora sí le tocó al pueblo, pueblo. Ahora sí estos que habían sido excluidos, que habían sido marginados, tienen su oportunidad. Bueno, puede sonar un poquito como revancha o algo parecido, pero es como otra interpretación que se puede dar ahí. Otra interpretación que quizá tiene también su sustento, porque dice Jesús: «Te doy gracias porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a la gente sencilla», como quien dice, se volteó la arepa. Ahora sí, los que siempre se salieron con la suya, no entendieron nada, y los que estaban excluidos, ahora sí comprendieron.
Estas expresiones tampoco son ajenas a los Evangelios, en el cántico de la Santísima Virgen decimos: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos». Es decir, parece que es como un acto de justicia, se volteó la ropa, ahora sí. Entonces, el orden de cosas que había, ha quedado cambiado. Le damos dos interpretaciones de la acción de gracias de Jesús. Primera, Jesús entonces se alegra porque estos, los más lastimados, reciben en primer lugar la medicina. Estos, los más hambrientos, reciben en primer lugar el alimento, esto es un motivo de alegría. Pero hay otro, y es, se está realizando como una especie de juicio, como una especie de justicia sobre el mundo que hace que se voltee la arepa, en el sentido de que los que siempre, los que siempre disfrutaban de todo y pedían todo, esta vez no, esta vez no, esta vez esa soberbia, esa prepotencia humana, queda humillada. Y esta vez los que habían sido humillados, pues quedan enaltecidos, en el espíritu del cántico de la Virgen.
Esas interpretaciones pueden ser aceptables, pero no resuelven un problema. Cuando Jesús dice: «Te doy gracias porque has escondido estas cosas a los sabios». ¿Cómo entender eso, por qué agradece Cristo, por qué se alegra Cristo que queden escondidas para ellos? Bueno si, alguien podría decir que es precisamente por lo de la justicia que estamos hablando. Pero ¿no sería como mayor muestra de misericordia que ese mensaje llevara al arrepentimiento, llevara a conversión también a los sabios y a los entendidos? En alguna oración lo decía Santa Catalina de Siena a Dios nuestro Padre: Perdóname a mí, pero no solo a mí. Perdona a mi pueblo, porque me parece que redundará en gloria de tu nombre que perdones a mayor número de pecadores.
O sea que podemos hacer esta pregunta: ¿En dónde queda la misericordia de Dios en esas expresiones, particularmente en esta: «Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos»? ¿En dónde está la ternura de Jesús ahí, que aquí parece como implacable con ellos? Yo creo que, sin forzar las cosas, podemos encontrar ahí también misericordia. La noticia del Evangelio es un regalo, es una gracia. Los sencillos, aquellos que no tienen pliegues, aquellos que no tienen en qué apoyarse, que están como desnudos ante Dios, descubren esa gracia, descubren ese regalo. Los sabios no encuentran ese regalo. Claro que su pecado o su problema no es ser sabios, sino creerse sabios o creerse entendidos. Los sencillos descubren al Evangelio porque lo descubren como un regalo, el Evangelio es un regalo, pero un regalo que hay que saber desempacar, que hay que saber abrir, que eso es lo que no pudieron hacer esas ciudades como Cafarnaún, Betsaida, etcétera. El Evangelio es un regalo, saber recibir un regalo no es tan fácil como se cree, saber recibir un regalo.
Cuando Dios esconde su mensaje, pone a los sabios y a los entendidos a buscar el mensaje escondido. En este camino, uno se cansa y uno descubre sus límites. Si Dios aleja a veces su regalo, por ejemplo, levantándolo o, por ejemplo, enterrándolo, escondiéndolo, a mí me parece que lo hace para que uno se canse, para que uno agote sus fuerzas. Cuando uno se ha cansado, entonces ya lo puede recibir como un regalo. Como quien dice, la interpretación propuesta es esta: El Evangelio es una gracia, es una gracia para todos. Hay unos que lo pueden recibir primero porque no tienen puesta su confianza en sus propias fuerzas. Hay otros, en cambio, que lamentablemente confían demasiado en sus fuerzas. Entonces, primero hay que acabar esas fuerzas, primero hay que llevarlos hasta su límite, primero hay que mostrarles que no es por ese lado. Cuando escarben y escarben y se agoten y se sienten cansados, entonces podrán recibir como un regalo el Evangelio.
De manera que Jesús se alegra de que el regalo ya esté listo para los sencillos, pero también se alegra de que esté escondido para los sabios. Porque si está escondido y enterrado, mientras lo buscan, se cansan, se agotan sus fuerzas, ya no se fiarán de sí mismos, se volverán sencillos y entonces, podrán recibir el regalo. Es decir, Jesús no se está alegrando aquí simplemente de que reciben consuelo, sanación, los enfermos, eso es una parte de la alegría. Tampoco se está alegrando simplemente de que se hizo justicia esta vez, eso sería todavía pequeño para el inmenso corazón de Cristo. Se alegra de que hay una sabiduría de Dios que prepara caminos del Evangelio para todos. A los que ya están listos, tenga su regalo. A los que no están listos, se les prepara para que reciban el regalo.
¿Cómo? Primero es necesario que no se fíen tanto de sus fuerzas ni de sus estudios, ni de que son entendidos, no. Mientras estén fiando solo de sus fuerzas, no van a ir muy lejos. Entonces, primero se necesita que no estén tan fiados de sus fuerzas, porque cuando el ser humano se fía de sus fuerzas, se olvida del Creador, se olvida que su propio ser es un regalo y que de aquel de quien recibió ese regalo, también recibe ese otro regalo que es la salvación por la gracia de Cristo. Entonces, a mí me parece entender en este pasaje que Jesús se alegra, se alegra con corazón limpio, transparente, luminoso, se alegra básicamente ¿por qué, cuál es la raíz de la alegría de Cristo? La inmensa felicidad de Papá Dios y la inmensa ternura de Papá Dios que busca con su providencia, que encuentra en su providencia cómo favorecer, cómo ayudar, cómo bendecir a todos, pero a todos por regalo, a todos por gracia. El sencillo, primero, ese puede recibir ya, el otro toca que primero se vuelva sencillo.
Y ¿qué hacemos para que se vuelva sencillo? Que deje de confiar tanto en sus fuerzas, porque eso precisamente es lo que no le deja percibir su vida como un don. Y para que no confíe mucho en sus fuerzas, ¿qué hay que hacer? Mostrarle que sus fuerzas no lo pueden todo. Y ¿para eso qué hay que hacer? Esconderle el Evangelio bien hondo por allá, para que mientras la persona lo busca, se da cuenta de que, con sus manos desnudas, no puede abrir esas rocas ni esos túneles. Y entonces un día dice: Ay si Dios me diera un regalo. Y Dios le dice: Pues claro, aquí está su regalo. Es una providencia, es un amor de Dios, es una sabiduría de Dios.
Yo creo que esto es tan real, que debe llevarnos a nosotros a reinterpretar nuestra manera de hablar de la justicia, por ejemplo, en torno a ese cántico de la Santa Virgen María: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes», no es la alegría infantil de que, ahora sí nos tocó a nosotros. Ah, eso sí se volteó, ahora sí, la pirámide, ahora le tocó el podio. No son alegrías demagógicas las de la Virgen, no son alegrías tipo lucha proletaria o sindicalista, con todo el respeto para los sindicatos. No son alegrías de ese género, no es la alegría de ver cómo se cae, cómo rodó eso. Se cayó, iba dando botes y rodó hasta el fondo. No es esa alegría. Yo no creo que pueda uno alegrarse de ver a ningún ser humano precipitarse en el abismo, este no puede ser motivo de alegría para nadie.
La alegría está en que ese poderoso, cuando ya no tiene trono, ese rico cuando empieza a tener hambre, está empezando, empezando el ABC, el camino de la gracia, está empezando para él la gran oportunidad de la conversión. Esto me parece más equitativo, más concorde con el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen y con el Bendito y Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

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