Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestros pecados son un instrumento que Dios emplea para salvarnos.

Homilía o153001a, predicada en 19960717, con 6 min. y 18 seg.

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Transcripción:

El libro de Isaías contiene oráculos de muy diversas épocas. Esto, por ejemplo, que acabamos de escuchar sobre los ataques de Asur, es indudablemente anterior a, por ejemplo, los oráculos de consolación de los capítulos 40 al 55, que a su vez son anteriores, según parece, a los de los últimos capítulos del libro hasta el sesenta y tantos. Dicen los estudiosos que Isaías, más que un profeta como tal, es una escuela de profecía. Indudablemente hay, en primer lugar, un hombre que lleva ese nombre, un hombre muy instruido, culto, cultivado. Pero después de él hay, como toda una corriente profética, toda una escuela que finalmente es la que viene a responder por este libro de Isaías. Comento esto para situar apropiadamente en su lugar histórico el oráculo que hemos oído.

La situación es que Asur, o sea lo que corresponde a Asiria, al norte de Palestina, amenaza, amenaza al reino de Judá, Asiria ha ido ganando terreno, ha vencido a Israel, ha desterrado y aniquilado a Israel. Sabemos que después de Salomón se dividió el reino, Judá e Israel, y el reino de Israel fue llevado al destierro por Asiria. Siglo y pico después, el reino del sur, Judá, fue llevado también al destierro a Babilonia, pero con la diferencia de que Judá volvió del destierro. Israel ya nunca volvió del destierro, el reino del norte se acabó con ese ataque de Azur, del que se nos ha hablado en la lectura, se acabó.

¿Qué es lo que dice el profeta? Dice el profeta: Pues tú te imaginas que se debe a tu inteligencia y te imaginas que se debe a tu fuerza. Asiria era pagana, desde luego. Pues Dios dice: Tú tienes tus intenciones y yo tengo las mías. Las mías son las que se van a cumplir en la historia. Humanamente hablando, lo que tenemos es el odio, la envidia, la venganza, la codicia de Asiria, eso es lo que se ve humanamente y le da palo a los reinos que quieren y siente que puede cambiar las fronteras y que puede robar los tesoros y que puede saquear en todas partes. Pues Dios le dice: Pues tienes que saber que tus saqueos, tus murmuraciones, tus ataques, tu codicia, tu envidia. Lo tuyo, que es tan malo para mí, es un instrumento de mi plan. Y por eso dice: Ay de Asur, bastón de mi cólera. Y le dice: Se envanece el bastón con el que lo maneja, contra el que lo maneja.

Es decir, la enseñanza es que a Dios, estos ataques, estas codicias, estos odios, no se le salen de las manos. Dios no se asusta cuando aparece el odio, nosotros sí, y por eso el rey de Judá estaba asustadísimo y por eso Isaías le tuvo que decir este oráculo. Nosotros sí, cuando sentimos que crece el odio, la injusticia, el ataque o se nos viene el destierro, nosotros sí sentimos miedo, pero a Dios no se le escapa nada. Dios, ese odio lo toma y lo pone a su servicio como un bastón o como una vara. Este mensaje, sin embargo, solo puede ser comprendido desde un corazón sencillo, desde un corazón de niño. El niño quisiera, por ejemplo, al mirar un partido de fútbol, el niño quisiera que ganara su equipo. Solo el papá llega a entender que no siempre debe ganar el equipo del niño. Y si el niño se obstina en el partido no saca sino, además de la derrota, dolor. Pero si el niño se fía del papá y dice: Bueno, mi papá sabe más de fútbol y sabe por qué en esta ocasión me convenía esto. Si el niño se sabe fiar del papá, encuentra la luz y un día será un gran campeón.

He aquí el chiste, saber uno en el momento apropiado, sin quitarle nada a la derrota del partido y sin quitarle nada a la fiereza de Azur, sin quitarle nada a eso, saber uno volver a la mano del Padre y saber uno que no lo sabe todo y ver uno que no lo ve todo y escuchar el corazón que no lo ha oído todo. Queda un misterio para nuestra meditación, un misterio que lo dejo para la oración y adoración de ustedes, un misterio grande y hermoso.

Jesús dice que estas cosas nadie las conoce, dice: «Al Hijo, nadie lo conoce, sino al Padre y al Padre nadie lo conoce, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Esto quiere decir que al Padre, a Papá Dios lo podemos conocer gracias a Jesucristo. Pero esa frase de que al Hijo nadie lo conoce sino el Padre, el misterio de ser Hijo, el misterio de ser el Hijo parece que eso como que no terminamos de conocerlo, como que es un abismo en el que nunca terminamos de sumergirnos, como que es una luz demasiado enceguecedora. Ahí dejo para su consideración y contemplación que Dios nos enseña a ser hijos y que nos enseña a bendecir su plan y su momento en toda circunstancia.

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