Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La prepotencia del demonio le hace presentarse siempre como si fuera invencible y aplastante pero, para que el que permanece unido por la fe y la oración a la vida de la comunidad, todo ese engaño se desvanece en humo y la victoria de Cristo prevalece.

Homilía o152010a, predicada en 20200714, con 23 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos. El libro del profeta Isaías fue descrito por San Jerónimo como una especie de compendio de toda la Biblia. Es uno de los elogios más grandes que se han hecho de este libro. Precisamente San Jerónimo escribió un comentario al libro del profeta Isaías, de donde se tomó la primera lectura de hoy. Y en el prólogo de ese comentario dijo San Jerónimo aquella frase tan profunda y tan bella que hemos citado muchas veces. Desconocer las Escrituras es desconocer a Jesucristo. Esto nos habla de la importancia del libro de Isaías que hemos empezado a leer por fragmentos, claro está, en la Santa Misa, en la primera lectura.

Realmente el pasaje de hoy nos da una enseñanza vital, literalmente una enseñanza de vida o muerte. Describamos brevemente el contexto de lo que estaba sucediendo para darnos cuenta por qué las palabras de Isaías son palabras de vida o muerte. ¿Cuál es el contexto que encontramos? Es un ataque, para que nos ubiquemos geográficamente, tenemos un reino, el Reino llamado del Sur, el Reino de Judá, y tenemos otro reino, el Reino llamado del Norte, también llamado Reino de Israel. Estos dos reinos son el fruto de una lamentable división en el pueblo de Dios. De las doce tribus, diez se agruparon y conformaron el Reino del norte. Dos la tribu de Judá y la tribu de Benjamín, muy pequeña, conformaron el Reino del Sur. Entonces tenemos al sur, el Reino de Judá, al norte el reino de Israel con capital Samaria, más al norte, se encuentra en esta época, el poder de Siria.

Siria, que estaba en proceso de expansión, quiere utilizar al rey del Reino del Norte para que unan fuerzas y caigan sobre Judá. Y esa es la situación dura. Esa es la situación, podríamos llamarla desesperada, en que se encuentra aquel rey de Judá. Esta es la terrible encrucijada en que se sitúa el pasaje de la primera lectura. El rey de Judá, viéndose atacado por esa doble fuerza, es decir, por el Reino de Israel que queda al norte y por el imperio de Siria, que queda más al norte. Viéndose atacado por ese doble ariete siente que sus fuerzas se extinguen y ya se ve derrotado. Es ahí donde se alza la voz del profeta. Y es el profeta Isaías. Isaías llama a estos dos enemigos el rey de Asiria y el rey de Israel los llama cabos de tizón humeantes. Una expresión muy escogida para indicar la diferencia entre la apariencia y la realidad. Un tizón con fuego echa humo. Pero un tizón que se acaba de apagar también echa humo, pero ya no tiene el mismo poder. Es puro humo, podríamos decir. Y la expresión de Isaías cuando le dice al rey de Judá no tengas miedo de esos que vienen desde el norte a atacarte. Usa esta imagen, son como cabos de tizón humeantes. Es decir, no hay verdadero fuego en ellos. Pero eso sí, mucho humo.

Aquí viene una primera enseñanza para nosotros. Los ataques del enemigo siempre van acompañados de ruido y espectáculo. Hemos visto seguramente en algunos documentales científicos, como muchos animales, cuando llega el momento de una batalla, procuran ensanchar, agrandar su apariencia. Es un modo de desanimar al oponente. Así, por ejemplo, algunos animales toman esta postura ensanchando su caja toráxica. Hay varias especies de sapos que inflan su cuello tratando de adquirir una expresión mucho más fiera. Otros animales rugen con fuerza como el león. Tal vez los más interesantes son los hipopótamos. Según lo que veía hace unos meses en un especial de ciencia natural. El hipopótamo a veces no es todas las veces, pero a veces antes de atacar, en vez de ponerse de frente, se pone de lado. Un hipopótamo puede tener varios metros de longitud y al ponerse de lado y mostrar su longitud, es como si le estuviera diciendo al oponente mira con quién te vas a meter.

Esa actitud o ese comportamiento, digo mejor, ese comportamiento de los animales que tratan de mostrar su fuerza, que tratan de asustar o desanimar al enemigo. Ese comportamiento es también el de la tentación y es el comportamiento del enemigo por excelencia, del enemigo malo cuando nos ataca. Se intenta engrandecer. Intenta agrandarse porque sabe que cuanto más grande y poderoso se presente, mayor posibilidad tiene de que nosotros nos achiquemos, nos asustemos, nos desanimemos. Y bien sabe el demonio que cuando estamos achicados, desanimados, cuando perdemos la confianza, somos presa mucho más fácil para él. De eso es de lo que se trata. Porque la persona que se asusta, la persona que se achica frente al problema, frente a la tentación, frente al ataque del demonio, es como si se desconectara del único que puede darle la fuente de poder. Es decir, Dios.

Así como nuestros electrodomésticos necesitan conectarse a la red eléctrica, enchufarse para tener fuerza, así también nuestros corazones necesitan estar conectados a la red de poder. Y esa conexión es la que se logra con la fe y la oración. Y esa conexión es la primera que ataca el enemigo. Lo primero que quiere el enemigo es que te desconectes, es decir, que cortes la oración, que decaigas en la fe para que te entregues a la derrota, la tristeza. Desconectado de la oración y de la fe. Desconectado del poder que Dios te puede dar y solo Él estás perdido. Entonces, cada vez ves más grande al enemigo y cada vez te ves más pequeño y finalmente sucumbes. Así que el primer sentido de esta conexión es la oración y la fe. Y por eso nos dijo Isaías, si no crees, no subsistirás. Si no creéis, no subsistiréis. Es necesario mantenerse en la oración y en la fe.

Una persona que vivió esto con mucha fuerza fue San Antonio Abad. Para que nos hagamos idea de la grandeza de la santidad de Antonio Abad, permítanme recordar este pequeño dato. Grandes santos, posteriores por supuesto a él, como Tomás de Aquino o como Ignacio de Loyola, cuando tenían que redactar sus propias explicaciones sobre cuál es el poder del enemigo, las estrategias del demonio, lo que quiere y lo que puede hacer en nosotros, se basaron en lo que se conoce de San Antonio Abad. Porque una de las características de este gran santo fue que tuvo que enfrentarse, podríamos decir, de lleno y con frecuencia al ataque del demonio. Y por eso la sabiduría de San Antonio Abad, transmitida especialmente a través de San Atanasio. Hay que ver la vida de San Antonio escrita por San Atanasio. Esa sabiduría de San Antonio sirvió de base para conocimiento, discernimiento espiritual, sabiduría de grandes santos de nuestra Iglesia, como Tomás de Aquino y como Ignacio de Loyola.

Este último, San Ignacio, es conocido por un don excelso de discernimiento espiritual y por una particular eficacia en la lucha contra el demonio. Una parte de esa sabiduría viene de la época de San Antonio que vivió en el Siglo Tercero. Y San Antonio dando instrucciones a sus monjes sobre estos temas tan delicados, tan difíciles de los ataques del demonio. San Antonio les enseñaba en el tono y en la línea que yo estoy tratando de seguir en esta homilía. Es decir, que lo primero es no tener miedo, que lo segundo es jamás desprenderse de la oración y de la fe, y lo tercero es ver cómo toda esa gritería y todo ese espectáculo que trata de hacer el demonio es simplemente una fachada detrás de la cual se esconde el miedo. El miedo que él le tiene a aquel que lo ha derrotado desde siempre y que se llama Dios. Y por eso el terror del demonio. Pero un terror que sabe disfrazarse presentándose como si fuera superpoderoso. Por eso el demonio trata de desconectarnos de la oración y de la fe.

Otra persona que conoció muy de frente esta clase de ataques fue la doctora de Siena, Santa Catalina. Cuando ella iba avanzando en su camino de oración, de penitencia, en su etapa eremítica en soledad, muchas veces el demonio martillaba sobre su mente diciéndole estás perdiendo el tiempo, no vale nada de lo que haces en esa oración, siempre estás distraída, no lograrás nada. Y en ese golpe, como un taladro, pretendía vencerla. Gracias a Dios esta bendita mujer no se separó de la oración y de la fe. Y si nosotros nos mantenemos proclamando a Jesús como Señor el demonio se ve derrotado.

Recordemos aquí lo que dijo el apóstol Santiago, Santiago el menor, y que está en la carta que lleva su nombre en la Biblia, la carta de Santiago. Resistid al diablo y huirá de vosotros. Porque cada vez que proclamamos a Jesús como Señor, esa proclamación hace que no pueda atacarnos, que no pueda lastimarnos todavía. Por un rato sigue rugiendo y echando humo, como esos cabos de tizón de los que habló el profeta Isaías. Sigue por un rato gritando, pero nosotros volvemos a proclamar Jesús es mi Señor, Jesús es el Señor, Jesús es mi Señor. Y a medida que vamos repitiendo esta proclamación, cada vez que lo decimos, es como si los dardos del poderoso de Israel cayeran sobre el enemigo, y finalmente derrotado, humillado y lleno de dolor. Porque lo que más le duele es su soberbia. El demonio huye. Ese es el poder de Dios en acción.

Pero hay otra interpretación que no me puedo callar sobre lo que significa esto de estar conectados a la red de poder. Por algo he utilizado la expresión red, porque en el Credo nosotros decimos Creo en la comunión de los santos. Y la comunión de los santos es precisamente la unión que hay entre nosotros los creyentes. Unión entre nosotros a través de los vínculos de una sola fe, de un solo bautismo. Pero sobre todo, en este caso, de un mismo amor. Esa unión, esa comunión que hay entre nosotros, esa también es red de poder. O sea que tú no estás batallando solo en tus oraciones. Yo por lo menos, amigos queridos, lo confieso abiertamente, sé que mis oraciones son reales, pero son pobres y jamás presumiré de otra cosa, sino del amor que Dios me ha tenido, que es muy grande.

Yo no me voy a fiar solamente de mis oraciones, aunque las hago por supuesto, sino yo sé que muchas personas están orando por mí, así como yo oro por otros. Esa es comunión de los santos. Y porque tenemos esa unión, porque tenemos esa red bendita de poder que nos une, estamos seguros que aunque caigamos en las mayores dificultades, aunque incluso resbalemos y caigamos en pecado, la Iglesia sigue siendo Iglesia, la Iglesia sigue siendo madre, la Iglesia sigue siendo hospital, como la describió una vez el Papa Francisco. Sí, mis hermanos, la Iglesia está llamada a ser hogar, hospital y escuela. Y el hijo pródigo pudo volver a su casa, que todavía era hogar. Y en el corazón de Jesús y en el corazón de la Iglesia tenemos nuestro hospital. Y en las enseñanzas de quienes saben predicarnos tenemos nuestra escuela. Y yo no puedo desconectarme, no debo desconectarme de esa pertenencia a la Iglesia.

En alguna de las clases que recibí hace muchos años, muchos años, en el tiempo de mi formación sacerdotal, te estoy hablando de hace treinta años. Uno de mis profesores de historia de la Iglesia decía un hereje es una persona brillante que se apartó de la Iglesia. No basta con que tú tengas brillo, brillo por la virtud, brillo por la inteligencia, brillo por los dones que Dios te ha dado. Fíjate lo que nos muestra el Evangelio de hoy. Cristo dice No basta que hayas visto muchos milagros, no basta que hayas presenciado cosas espectaculares. No te fíes de tu sola y propia virtud. Entonces, ¿Qué fue lo que falló en el hereje? Seguramente era una persona virtuosa. Seguramente era una persona inteligente. Seguramente era una persona brillante. Pero al apartarse de la lumbre de la iglesia, al apartarse de la luz de la iglesia, su brillo le ha enceguecido. El destello de su brillo ha sido para perdición suya.

Por eso nosotros hemos de permanecer conectados a la oración, conectados a la fe y conectados a la Iglesia. Iglesia que se hace real, que se hace concreta en la comunidad. Yo sé que puedo resultar fatigoso con el número de veces que insisto en esto comunidad, comunidad, comunidad. Porque separados de la comunidad somos débiles. Porque separados de la comunidad somos presa fácil para el enemigo. Pero aunque hayamos caído y creo que todos hemos caído de una forma o de otra, aunque hayamos caído, la iglesia sigue siendo hogar, hospital y escuela, y hay que volver a la comunidad y hay que estar en la comunidad. Eso es no desconectarse de la red.

Demos gracias a Dios por estas preciosas enseñanzas de Isaías. Demos gracias a Dios por la esperanza que nos traen estas palabras. Efectivamente, la predicción que Isaías hizo y que escuchamos en la primera lectura se cumplió. Ese Reino del Norte, ese reino de Israel, no subsistió. Toda esa fuerza de una alianza mentirosa para atacar al Reino de Judá no logró nada. De hecho, el tizón que ya estaba humeante, se terminó de apagar, y el Reino de Israel cayó, mientras que el Reino de Judá subsistió.

Sigamos esta celebración, mis hermanos. Sabemos que vendrán ataques. Sabemos que el enemigo hará ruido, hará rugido. Buscará con su prepotencia desanimarnos. No le daremos ese gusto. Proclamaremos una y otra vez. Jesús es el Señor. ¿Y si me he caído? ¿Y si he faltado a mis buenos propósitos? ¿Y si he faltado a los mandamientos? ¿Y si no he sido dócil? Ahí tirado en el piso, volveré a repetir, Jesús es mi Señor, Jesús es el Señor. Jesús es mi Señor, Jesús es el Señor. Y Él, que es grande y compasivo, pero que también es poderoso, sabrá apartar de nosotros nuestros enemigos y sabrá levantarnos y darnos de lo que Él tiene, Resurrección y Nueva vida.

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