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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo quiere que cada acto de bondad que recibimos sea no sólo algo bueno sino un triunfo del bien en nuestra vida.
Homilía o152005a, predicada en 20140715, con 23 min. y 21 seg. 
Transcripción:
A veces pueden resultar respuestas interesantes de preguntas sencillas. Tomemos, por ejemplo, esta pregunta ¿Para qué sirve un milagro? Es una pregunta que puede parecer demasiado sencilla. La persona que busca un milagro es la persona que está en un apuro, una necesidad. Quizás está padeciendo una enfermedad, quizás está en un peligro muy grande. Así que la pregunta parece obvia. ¿Para qué es un milagro? Para salir de aprietos, para salir de dificultades, para salir de la angustia, del dolor, para librarse de lo malo. Pero esa respuesta es insuficiente según lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Parece que esa es la respuesta que daría a la gente en Corozaín, Betsaida, y Cafarnaún. Tal vez la respuesta que muchos de nosotros mismos daríamos un milagro es para librarse de cosas malas. Pero Jesús tiene una respuesta que va más allá de eso. Él está insatisfecho con los frutos de su labor misionera. Está insatisfecho porque esos frutos son escasos. ¿Y de qué frutos hablamos? El evangelista lo explica en el versículo introductorio del pasaje de hoy. Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros por no haberse arrepentido. Y uno podría preguntar o podría comentar Bueno, pero es que eso no estaba en el contrato. Se supone que un milagro es para librarse de problemas. Pues no, para Jesús; El milagro no es solo para librarte de problemas, el milagro es para llevarte al arrepentimiento. Eso es lo que aparece ahí. Porque la razón de la reprensión es por no haberse arrepentido. Y lo mismo le dice a Cafarnaún, ciudad donde vivió el mismo Cristo y ciudad, que, como decía un predicador, ha tenido la mayor densidad de milagros por kilómetro cuadrado. ¿Crees que serás encumbrada hasta el cielo? No serás precipitada en el abismo. Si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti. Quizás estaría en pie hasta el día de hoy. Entonces Jesús, con sus milagros, no solamente está expresando bondad. No solamente son actos de compasión, no solamente son parches o soluciones a los problemas por los que pasamos. Los milagros son llamados a la conversión. Yo creo que cuando hice la pregunta al principio, tal vez esto no pasó por nuestra cabeza. La pregunta del principio era ¿para qué sirven los milagros? Y ahora estamos descubriendo algo interesante, los milagros sirven para llamar al arrepentimiento, para llamar a la conversión. Como esa respuesta puede parecernos extraña, y como eso no fue lo que realmente entendieron los que recibieron aquellos milagros en Corozaín, en Betsaida, en Cafarnaún. Creo que debemos concluir que la cabeza de la gente y la cabeza de Jesús trabajan de modo distinto, porque la manera como trabaja nuestra cabeza es: Yo tengo un problema, busco una solución, arreglo mi problema, sigo mi vida, resuelto. Llevo mi vida. Surge un problema. Consigo la solución. Sigo mi vida. Sigo con mi vida. Jesús ve las cosas de otro modo. En el esquema ese de: Yo llevo mi vida, tengo un problema, se arregla el problema, sigo con mi vida. En ese esquema no aparece el arrepentimiento. En ese esquema, ¿quién es Cristo? En ese esquema que es el esquema de Corozaín, de Betsaida y de Cafarnaún, en ese esquema, ¿quién es Cristo? Es un solucionador de problemas. Cristo es el que me arregla mis problemas. Cristo es el que soluciona lo que a mí me fastidia, me duele, me preocupa. Pero finalmente soy yo quien sigue al comando de la propia vida. Soy yo quien sigue manejando la vida. Sigo yo al timón. Yo creo que es interesante esta comparación, que la he utilizado en otra oportunidad, como la de un automóvil, ¡no!. Voy en el automóvil, no hay problema. Pronto una llanta desinflada. Parece que ahí hay algo que que no me deja seguir. Entonces voy a un lugar, un taller. En algunos lugares lo llaman gomería, en otros lugares llaman un taller de carros o de taller de mecánica. Aquí, como dicen una llantería. Entonces voy, me arreglan mi llanta y el mecánico se queda ahí. Yo sigo, el mecánico se queda ahí y yo sigo. Cristo en esa visión es el mecánico Cristo que me arregle mis problemas y yo sigo, pero parece que Cristo tiene una idea diferente. Parece que Cristo quiere subirse al carro. Es un mecánico que quiere subirse al carro. Espere, yo le arregló el carro, pero yo me subo al carro. Eso es conversión, literalmente conversión; lo que significa es cambiar de rumbo, cambiar de dirección. Entonces son dos modos muy distintos de ver las cosas. Para la inmensa mayoría de la gente, sanación, milagros, curación, es una cosa bonita, hermosa, donde se hace un congreso de sanación y donde viene una persona que tiene un don de sanación espectacular. Siempre hay multitudes y las fotos siempre salen espectaculares, miles y miles de personas que se agolpan para recibir los milagros. Claro, pero la pregunta es ¿Esos con qué cabeza están ahí? ¿Esos con qué esquema están ahí? Están con el esquema de voy a que me arreglen mi llanta y sigo yo o están con el esquema de Cristo voy que me arregle mi llanta a Cristo, que se suba a Cristo, que yo le deje el timón a Cristo y nos vamos para otra parte. Yo tengo la impresión, precisamente por el amor que le tengo a la Renovación Carismática y por muchos eventos de sanación. Yo tengo la impresión de que la gran mayoría de la gente que está en muchos de estos eventos son de Corozaín y son de Betsaida y son de Cafarnaún y tienen esa cabeza de yo voy, arreglo mi problema y sigo. Entonces aprendemos algo importante para Jesús la pregunta ¿de qué sirve un milagro o para qué sirve un milagro? tiene una respuesta muy distinta de lo que se imaginaban los habitantes de Betsaida o los habitantes de Cafarnaún. Cristo es un mecánico que quiere subirse a tu carro. Cristo quiere tener parte en tu ruta. No quiere simplemente arreglar un problema de tu vida. Quiere ser tu vida. Y eso es serio. Y mucha gente no está muy animada con esa idea. Ese es un primer punto. El segundo y último punto que queremos tratar es ¿por qué piensa Cristo que un milagro lo va a llevar a uno al arrepentimiento? No es una cosa tampoco obvia. Siguiendo los ejemplos de San Juan Crisóstomo y de otros predicadores, yo procuro hacer lo mismo que ellos hicieron, es decir, tratar de establecer un diálogo con la Biblia. Por eso hago preguntas. No es por molestar, es por entrar en diálogo con la Palabra de Dios. Entonces, la pregunta que ahora hago es ¿por qué supone Cristo que un milagro lo va a llevar a uno al arrepentimiento? El milagro, ya vimos que le arreglan un problema. Entonces pensemos en el caso de la persona paralítica. La persona paralítica recibe una oración de poder que viene de Jesús. La persona se levanta, siente que sus piernas se consolidan, puede andar. Lo que uno espera que suceda es alegría. Por ejemplo, lo de Hechos de los Apóstoles, Capítulo tres. Este paralítico que estaba sentado usualmente al lado de la puerta llamada hermosa del templo, ese hombre fue curado y entró dando brincos, estrenando piernas, feliz. Era paralítico de nacimiento. Parece natural esperar la alegría. Parece natural esperar también que la persona irradie esa alegría y por tanto, quiera contarle a todo el mundo, quiera decirle a todos, como el paralítico de Hechos de los Apóstoles, capítulo tres, con sus saltos, con sus gritos, con sus alabanzas, no es difícil imaginar lo bendito, bendito Dios. Todo el mundo queda inmediatamente en alerta. ¿Qué son esos gritos? Y van y se enteran del milagro. Pero parece que Cristo quisiera contradecir ese estilo, porque en muchísimos milagros les dice no se lo cuente a nadie. Es como lo contrario de lo que espontáneamente a uno le saldría. A uno lo sanan de una dolencia que tiene y si no podía mover la mano. Uno mueve la mano y dice mire: Puedo mover la mano. Puedo, puedo, puedo. Y es a contar. Es que la alegría es un movimiento del ánimo que va más allá de uno mismo. Y Jesús parece como un poco extraño, casi diría uno, reclamando algo imposible o muy difícil, porque Jesús dice: No se lo cuente a nadie. Entonces imagínese una persona que le acaban de sanar su mano. La mano estaba tiesa, se la acaban de sanar y Jesús le dice: No se lo cuente a nadie. ¿Qué tengo que hacer? Me encerraré en la habitación a ver cómo abre y cierra la mano. Porque es una maravilla que yo pueda mover mi mano. En otra oportunidad, cuando ya los fariseos. Esto aparece pronto en los textos de la liturgia, cuando ya los fariseos habían decidido matar a Cristo, de todas maneras Cristo siguió haciendo milagros, pero ahí le decía a la gente que no se entere nadie. Parece una petición absurda. Si el desenlace natural de un milagro es la alegría, si el fruto natural del milagro es la alegría y la irradiación de esa alegría a través del testimonio y de la narración, ¿qué es lo que Cristo espera? Fíjate que ya son dos cosas extrañas las que encontramos, porque Cristo espera arrepentimiento y Cristo espera como sobriedad, recogimiento. No son cosas que uno asocie fácilmente con los milagros. Como tengo muchos amigos en Facebook, varios de ellos sacerdotes y sacerdotes muy carismáticos, entonces uno ve cuando hacen esos grandes eventos y yo también he estado en grandes eventos. Grandes eventos y llega el momento de la oración y la gente experimenta la alegría de Dios, y eso es un júbilo. Y se ve en esas manos levantadas y los cantos y la felicidad. Eso es como la reacción natural, alegría y compartir. Y resulta que Jesús quiere arrepentimiento y recogerse uno. Muy raro, muy raro este Jesús. Primero es un mecánico que quiere subírsele a uno al carro, que es una cosa muy rara. Usted se imagina una persona que lleve a la llantería su automóvil, le arreglan el automóvil y dice el mecánico: bueno entonces permítame las llaves. ¿Para qué? De un permiso. Quítese del timón. ¿Cómo? La gente quedaría absolutamente en shock. ¿Usted qué pretende? Soy mecánico, pero soy el piloto. Es que yo soy su vida. No sé si me ha entendido. Yo soy su vida. Me llamo Jesucristo. Soy su vida. Usted ya no tiene vida, sino yo. Yo soy su vida. Es una cosa muy seria. Y ahora nos encontramos con que este Jesús quiere que la gente esté arrepentida y que la gente se convierta y que la gente tenga recogimiento. O sea que Jesús definitivamente veía sus milagros de otro modo, veía los milagros de otro modo. Y esa puede ser parte de la explicación de por qué si tú miras, si tú haces un cuadro del número de milagros, a medida que avanzan los capítulos de los Evangelios, tú te vas dando cuenta que en cada Evangelio, con una excepción que es San Juan, que maneja las cosas de otro modo. Pero en los tres sinópticos los milagros van disminuyendo a medida que avanza el Evangelio. Entonces, al principio de Marcos hay una explosión de milagros, pero luego va disminuyendo, disminuyendo, disminuyendo, hasta que en el capítulo catorce Jesús queda completamente solo porque hasta sus discípulos se le van. Mateo y Lucas tienen esquemas muy parecidos. Parece que Cristo hace menos y menos milagros porque cada vez le ve menos sentido. Parece que esa fuera la explicación y le ve menos sentido, porque la gente no termina de percibir lo que él percibe y quiere. Y qué será entonces lo que él quiere. Volvamos a la pregunta ¿Cómo es eso de que a mí me hacen un milagro y yo entro en arrepentimiento? A ver cómo se entiende eso Se entiende únicamente si uno descubre la bondad de Dios delante de lo que uno es, o sea el ingrediente que falta y es el ingrediente que nos separa o que nos distancia de la manera como Cristo ve las cosas. El ingrediente que falta es exactamente la pieza que le interesaba tanto a nuestra buena amiga Catalina de Siena Conocimiento de sí mismo, conocimiento de sí mismo. Cuando una persona se conoce a sí misma, entonces conoce lo que merece y lo que no merece. Cuando una persona se conoce a sí misma, entonces sabe de su propia indigencia y pequeñez y sabe de su escaso mérito y de su gran impureza. Como Isaías cuando dice: ¡Ay de mí! Hombre de labios impuros en medio de un pueblo de labios impuros. La pieza que hace falta se llama conocimiento de sí mismo. La persona que no se conoce a sí misma. Ve la enfermedad simplemente como algo externo, como un estorbo. ¡Qué pereza esta enfermedad! ¡Qué fastidio! Quítenme eso, pues ahí anda un Jesús que hace milagros. Vamos donde ese Jesús. Jesús, quíteme, quíteme ese estorbo. Jesús hace su milagro. Ya me quito el estorbo. Gracias. Sigo yo con mi vida. Es decir, la enfermedad se mira como algo externo, como un estorbo dentro de mi propio plan. No se mira como algo que tenga que ver con mi vida. No se mira como un lenguaje. Para Jesús, aquella persona que se conoce empieza a descubrir que todo dentro de su vida es un lenguaje. ¿Por qué tuve yo la familia que tuve? ¿Por qué he pasado las dificultades que he pasado? ¿Porque he tenido la salud que he tenido? ¿Porque he encontrado las personas que he encontrado? Esa clase de preguntas sólo encuentran respuesta en los niveles más profundos del conocimiento de sí mismo. Es decir, cuando la persona empieza a hilar, a tejer en profundidad cómo han sucedido las cosas. Entonces una persona en esas condiciones se da cuenta de dos detalles que son muy importantes. Se da cuenta de que la enfermedad no es algo externo a mí, sino que es parte de un lenguaje. Es parte de una conversación que Dios está llevando conmigo. Dios está conversando conmigo, Dios está haciendo una historia conmigo. Ese es un primer elemento y un segundo elemento. Esta persona se da cuenta de su indignidad, de su pequeñez, de su pecado, de su necesidad. Entonces pensemos en una persona que realmente se conoce a sí misma, una persona que llega a esos niveles profundos en los cuales va integrando las piezas de todo lo que le ha sucedido en la vida. Para una persona así es perfectamente claro que Dios ya está hablando en su vida, pero lo que es más, cuando llega el milagro, cómo lo percibe esta persona a la que se conoce a sí misma. Cuando llega el milagro, esta persona mira esa bondad, esa ternura de Dios, la mira como un regalo colosal, como una inundación de una dulzura, de una alegría muy grande. Pero por supuesto, no se queda en lo exterior. El que ve la enfermedad como algo puramente exterior y estorboso, también ve la curación como algo puramente exterior y simplemente afortunado. El que ve la enfermedad como externa ve la curación como externa. En cambio, el que ve que la enfermedad se integra dentro de ese diálogo profundo que Dios hace con nosotros, esa persona cuando recibe el milagro, también ve que todo ese alud que toda esa inundación de amor le recorre por dentro. Y por eso Jesús le dice a la persona a la que ha curado: Mira, no andes haciendo bulla, no te dediques ahora a estar por ahí exhibiéndote. ¿Por qué? Porque Jesús lo que quiere es que la persona realmente reciba esa abundancia. Jesús le ha dado. Jesús le ha dado ocho toneladas de amor y de dulzura. Le ha dado veinticinco toneladas de misericordia. Y Jesús quiere que esa misericordia penetre, penetre profundamente, que llegue hasta lo más hondo. Entonces no es tiempo para alharaca, no es tiempo para bulla, es tiempo para que tú entres en ti mismo y te darás cuenta de tu tremenda indignidad y dirás: Realmente yo soy un miserable, Yo soy un pecador, pero no un miserable en el sentido de un acomplejado, sino un miserable en el sentido de qué poco merezco y qué tanto recibo. Eso es lo que Jesús quiere. No se trata de que nosotros nos hundamos en una especie de complejo de culpa perpetuo. Yo no merezco nada, No merezco nada, no merezco nada, sino más bien se trata de no merezco nada. Y tengo un Dios que me ama tanto, pero me ama tanto, pero me ama tantísimo. Pero cómo es de grande su amor. Es decir, no es que Jesús no quiera la alegría, sino que Jesús quiere que nosotros hagamos el camino completo. Es decir, que reconociendo lo que somos verdaderamente palpemos, palpemos la misericordia en su misma fuente, y ahí lleguemos verdaderamente a la conversión. Se entiende que cuando una persona hace este camino, esa persona le cambia la vida y esa persona de inmediato dice: Permiso, permiso, yo me quito. Señor Jesucristo, siéntese usted al timón. Por favor. Tome usted el timón de mi vida. ¿Por qué? Porque es que yo siento que lo que usted ha hecho por mí ha sido como si me hubiera creado de nuevo. Eso era lo que Jesús quería. Ese es el sentido de los milagros de Cristo. Pero la gente no se la entendía, sino simplemente lo tomaron como un taller, una llantería. Llantería el Nazareno. Vamos a la llantería el Nazareno a que me arregle mi problema. Yo sigo con mi vida. Jesús. Jesús se siente tan profundamente insatisfecho de eso. Se da cuenta que no hay un verdadero clic, no hay un verdadero lenguaje, no hay una verdadera conexión. La gente no conecta. Y de hecho, como observaremos en el Evangelio a partir de este capítulo once, empiezan a cambiar las cosas en el Evangelio de Mateo, y uno de los cambios es menos milagros. Otro de los cambios es más concentrarse en los discípulos y otro de los cambios es más lenguaje de la cruz. Jesús se da cuenta que la manera de llegar a lo profundo del corazón cuando las personas no se conocen a sí mismas. Es a través de este lenguaje potentísimo del dolor, de la inmolación y de la cruz. ¿Qué nos queda para nosotros? Pues pedir a Dios la gracia de conocernos, pedir a Dios la gracia de descubrir sus huellas, su paso en todo lo que somos. Eso es lo que queda para nosotros. Y vivir en la gratitud y vivir en la profundidad que qué hermoso es Jesús que está haciendo todas estas obras físicas como curar a paralíticos ciegos. Está haciendo todas estas obras que uno diría son externas. Es la piel, los huesos, la carne, no él. En todo eso está viviendo un lenguaje profundísimo que lleva, si se lo permitimos, al Señor, que lleva la comunión perfecta con Él. Que esa obra, que ese proyecto de Jesús se haga verdad y realidad en cada uno de nosotros. Amén.

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