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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En la vida espiritual es necesario tener vigilancia y calma.

Homilía o152001a, predicada en 19980714, con 10 min. y 41 seg.

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Transcripción:

La lectura del profeta Isaías nos presenta uno de los momentos más angustiosos y apretados que tuvo que vivir acá el sucesor de David en el trono de Judá. Potencias extranjeras de gran ferocidad y que ya habían mostrado su capacidad de victoria, se acercan a Jerusalén. Y nos dice la Escritura que el corazón del rey se agitó como se agitan los árboles del bosque con el viento. La respuesta que le da Isaías de parte del Señor al rey Acaz sirve no solo para Acaz, sino también para todos los que sentimos a veces el corazón agitado, como los árboles del bosque con el viento. Vigilancia y calma.

Esta es, en síntesis, la gran fórmula de la confianza en Dios vigilancia y calma. Pero uno no sabe tener esta combinación. A veces solo vigilamos, pero de tanto mirar los problemas nos pasa como cuando uno va por un campo y salen algunos perros y uno cuanto más mira los perros, más crecen hasta que van tomando tamaño de fieras, leones, rinocerontes, dinosaurios. La sola vigilancia, solo mirar los problemas los agranda. La sola calma, nos vuelve perezosos. Nos vuelve negligentes y en realidad hace que nos convirtamos en platos servidos, para que el pecado. Para que cualquiera de nuestros enemigos acaben con nosotros. Lo realmente difícil, pero lo verdaderamente sabio está en la palabra de Isaías Vigilancia y calma. Esto vale para la vida espiritual.

Vigilancia porque es verdad que tengo enemigos, porque es verdad que mi vocación tiene enemigos, porque sigue siendo cierto que el demonio, el mundo, la carne, pretenden destruir mi vocación, vigilancia, ¿vigilancia hasta la angustia? no ¿vigilancia hasta la desesperación y la crisis? no, pero vigilancia. Una vigilancia con calma. No una calma sin vigilancia. Y lo mismo sucede para todo aquello que ha recibido vida de Dios en la Iglesia. Pensemos, por ejemplo, en una comunidad corresponde especialmente a los superiores estar, como bien enseñaba San Gregorio Magno en su regla pastoral, estar como por encima del el conjunto atisbando ¿Aquí qué está sucediendo? ¿Esto para dónde va? ¿Aquí qué puede pasar? Vigilar, como sabemos, viene de una raíz latina que significa estar despierto. Estar despierto. Más despierto que todos.

El que es superior, Obispo, Prelado. Prior. Le corresponde estar más despierto que todos. Más en calidad que en cantidad. Desde luego. Más despierto para descubrir antes que todos el peligro. Así, por ejemplo, le decía Dios al profeta Ezequiel: Te he puesto como centinela para que estés en lo alto de la muralla de Jerusalén y veas de lejos llegar al enemigo. Debemos orar con mucho amor por nuestros superiores, porque la misión que Dios nos ha encargado es dura. Tienen que estar por encima, pero antes de estarlo por la autoridad, deben estarlo por la vigilancia para ser los primeros en darse cuenta qué puede sucederle al rebaño de Dios. Pero si el superior se congela en el miedo por los peligros que ve que se acercan a la iglesia, intentará con sus fuerzas, intentará con su poder, intentará con sus recursos dominar las situaciones.

Resulta que San Pablo nos advierte en la carta a los Efesios que nuestra lucha no es contra estos cabos de tizón humeantes, Razyn. Y el hijo de Romelia. No, esos no son nuestros grandes enemigos. Una cosa interesante es que ese hijo de Romelia se llamaba Feka. Un nombre que los hebreos detestaban. El acento que tiene esa palabra Feka va exactamente en contravía del acento usual en hebreo. En hebreo, una palabra como esta sería siempre Feka. Pero este señor se llamaba Feka, y el redactor hebreo detesta tanto el nombre de ese señor Feka que solo le dijo una vez. De ahí en adelante lo llamaba el hijo de Romelia. Tenía indudablemente esa palabra y seguramente lo que representaba ese señor. Así pues, nuestros problemas no son Feka con su nombre disonante, ni Razin el rey de Damasco.

Por encima de todos esos problemas, les dice el apóstol San Pablo en la carta a los Efesios. Nuestros enemigos son, por decirlo así, trascendentes, están más allá de eso y por lo tanto necesitamos defendernos con la coraza de la palabra, con el escudo de la fe, con el hierro de la justicia. Necesitamos revestirnos de las armas del Espíritu para responder a enemigos que no son enemigos en personas, al contrario, se desorientaría. Quien creyera que sus peores enemigos son lo que piensan los otros o el partido de no sé qué, o los de la línea de no sé quién. Eso es perderse, eso es desubicarse. Y precisamente el superior, sobre todo el superior, no debe desubicarse. Debe estar atento en la altura para descubrir estos enemigos, pero con calma. Y la calma y evitará que se llene de nervios, de aprehensión o de falta de autoridad para pretender resolver él lo que solo puede resolver Dios.

Vigilancia y calma. Una combinación difícil de tener. Yo quiero encomendar nuestro camino, nuestra vida y nuestra vocación a la Virgen María. Esta lectura es muy útil. Primero debo decir yo. Es muy oportuna para meditar sobre la Virgen María, porque, como lo han dicho muchos místicos, ella es como la Jerusalén, como la ciudad de Dios. Ciudad de Dios por su belleza. Ciudad de Dios por su fortaleza. Si es de Dios, porque está puesta en alto y sobre todo ciudad de Dios, porque presidida por el mismo Dios. En ella se cumplió perfectamente lo que no se pudo cumplir en Jerusalén. De esta tierra, es decir, la vigilancia y la calma. Hay una palabra más cortita para esa combinación de vigilancia y calma, que es la palabra prudencia en su sentido original. La prudencia no es no actuar, sino actuar cuando hay que hacerlo, no actuar cuando no hay que hacerlo y cuando hay que actuar. Actuar de la manera correcta, de la manera oportuna, justa y en el modo preciso.

Nosotros invocamos en las Letanías a la Santísima Virgen como la más prudente de las vírgenes. Virgen Prudentísima, decimos en latín. Y esta prudencia en su mirada de María. ¿Qué quiere decir? que en ella la vigilancia alcanza casi el conocimiento de Dios, en el sentido de que ya desde muy lejos puede reconocer al enemigo, reconoce al pecado y al mal antes de que le suceda. Pero calma, porque toda su fortaleza, porque toda su confianza, porque toda su gracia está en aquel que la ha creado y que la ha reunido en Dios, su Salvador. Por eso, escuchando estas palabras de Isaías, pidámosle a la Santa Virgen que ella, como Madre solícita proteja, abrace, cubre nuestra vocación, nuestra vida, y nos dé esa prudencia, vigilancia y calma. Reconocimiento del peligro y de las oportunidades de bien y firme certeza en aquel que nos ha salvado y que con su bondad, nos llevará hasta el término prometido. Amén.

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