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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Por qué el Evangelio puede llegar a ser fuente de conflictos tan fuertes y tan profundos como nos advierte Cristo? ¿Y qué quedará de la alegría de la Buena Nueva en aquellos misioneros que se verán enfrentados a burla, indiferencia y persecución?

Homilía o151009a, predicada en 20220711, con 7 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Hermanas. Este texto del Evangelio es la conclusión del discurso misionero que está en el capítulo décimo de San Mateo. Cristo envía a sus discípulos por primera vez en este capítulo décimo de Mateo, y les da instrucciones que hemos oído en otro momento aquello de que no lleven más de una túnica, que no acumulen dinero, no saluden a la gente por el camino y por otra parte, que sanen a los enfermos, expulsen a los demonios y anuncien la llegada del Reino de Dios. En ese mismo contexto, Jesucristo dice las duras palabras que hemos encontrado en este evangelio sobre todo eso de que vendrá el conflicto incluso con la gente de la propia familia. El anuncio del conflicto y el anuncio de la cruz.

Hay que tomar la cruz, hay que enfrentar situaciones de conflicto y ahí tenemos que hacernos dos preguntas ¿Por qué es tan conflictivo el Evangelio? Y segundo, ¿Cómo es posible anunciar una buena noticia en medio de lo que Cristo nos describe? Persecución, cargar la cruz, encontrar oposición. ¿Qué va a pasar con nuestra alegría? ¿Qué va a pasar con nuestra buena noticia? Sí, muchas veces tenemos que enfrentar persecuciones y malas noticias. Con la ayuda del Espíritu Santo, abordemos brevemente estas dos preguntas ¿Por qué el Evangelio despierta ese conflicto, esa animosidad en su contra? Tal vez la manera más sencilla de describirlo es porque el Evangelio daña muchos negocios. Y esto se nota particularmente donde la corrupción y el vicio han tomado fuerza. Porque el vicio reporta beneficios a algunos a costa de dañar las vidas de otros, de muchos más.

Por consiguiente, allí donde se predica el Evangelio y allí donde el Evangelio echa raíces, el vicio, la corrupción, las malas costumbres que reportaban beneficios algunos empiezan a retroceder. Y esto es lo que despierta oposición. No se puede proclamar la grandeza del Reino de Dios sin echar abajo otros reinos, los reinos de la mentira, los reinos del pecado, los reinos de la idolatría. Y ahí viene la oposición. Si el pecado no presentara alguna clase de ventaja, nadie pecaría. Pero como el pecado trae su propia porción de ventajas, y esas ventajas se acaban con la predicación del evangelio, entonces habrá oposición. Esa es la situación. Y qué va a pasar con nuestra alegría cuando vienen esas dificultades, persecuciones, cuando incluso en la propia familia a veces se encuentra resistencia. ¿Qué va a pasar con nuestra alegría? Pues nosotros estamos llamados a descubrir cada vez más la fuente alta de la alegría, no la fuente baja o superficial, sino la fuente profunda de la alegría.

El misionero, el servidor del evangelio, tiene él mismo que purificarse. Y esa purificación le lleva a descubrir poco a poco fuentes más profundas, mucho más profundas. Decía el apóstol San Pedro: No busquen sórdida ganancia. No busquen la recompensa fácil. La recompensa fácil es, por ejemplo, el dinero, la popularidad del aplauso, la fama, el poder. Algunas veces la predicación del Evangelio nos atrae cariño y fama y buen nombre. Dios sabe cómo distribuye en su providencia esos consuelos. Pero Dios, que trabaja a través de nosotros, sigue trabajando en nosotros. Esa es la clave. Él trabaja a través de nosotros, a pesar de las limitaciones que tenemos, pero sigue trabajando en nosotros. Y en la parte de lo que Dios tiene que trabajar en nosotros, tiene que purificar nuestra alegría, llevándonos a un encuentro cada vez más íntimo con Él, llevándonos a una convicción real de lo que dice el mismo Evangelio: No acumuléis tesoros en el cielo.

Entonces hay un punto en el que uno empieza a sentir que cada ingratitud o indiferencia en realidad es un depósito que se nos hace en la cuenta del cielo y la certeza de ese depósito que nadie nos puede quitar, trae un gozo que nadie nos puede destruir. Por eso tenemos las expresiones de San Pablo, por ejemplo, en segunda Corintios, cuando él describe todo lo que ha sufrido y dice: Estamos derribados, pero no estamos aplastados. De manera que se da un fenómeno psicológico absolutamente maravilloso que es la resistencia y la resiliencia. Pero más que eso, la alegría en medio de la prueba, en medio de la dificultad, Es grande lo que hace Dios en nosotros. Y por supuesto, a medida que experimentamos más su obra en nosotros, nos volvemos más capaces de predicar un evangelio realista, creíble para los hermanos.

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