Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las severas palabras de Cristo sobre el lugar que Él debe ocupar en nuestra vida constituyen en realidad una escuela de amor porque el amor cae con facilidad en uno de tres errores: idolatría, sensualidad y complicidad.

Homilía o151008a, predicada en 20200713, con 30 min. y 7 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Mis queridos hermanos, hay muchas formas de acercarnos a este texto del Evangelio de hoy, tomado del capítulo décimo de San Mateo. Está al final del discurso misionero, es decir, aquel conjunto de palabras que Cristo dice a sus apóstoles cuando los envía a una de sus primeras misiones. El enfoque que vamos a tomar en esta ocasión es lo que podríamos llamar una escuela de amor o una escuela en el amor. Cuando descubrimos lo importante que es el amor en la vida humana y el lugar absolutamente central que ocupa en la Sagrada Escritura, es inevitable hacernos una pregunta ¿En dónde o cómo se puede aprender a amar? Yo pido que no demos el amor por descontado. Yo pido que no pensemos que cualquier sentimiento más o menos positivo, más o menos emocionante, más o menos agradable, ya se llama amor.

Precisamente uno de los desastres culturales de nuestra época es que a muchas cosas, a demasiadas cosas, se les llama amor. En distintas lenguas, creo que el caso más típico es en inglés. La palabra amor se utiliza en un rango tan amplio de cosas que una persona puede decir que ama una comida, o que ama un lugar, o que ama a Dios, o que ama a su patria, o que ama las matemáticas, o que ama a dormir hasta tarde. Por eso, cuando manoseamos demasiado, cuando gastamos demasiado una palabra indudablemente pierde su valor. Pero no es solo un tema de palabras, es que necesitamos también aprender a amar, aprender a amar, en lo cual estriba el centro mismo de la vida cristiana. Porque todos sabemos que Cristo resumió la vida cristiana en el amor a Dios y en el amor al prójimo.

¿Cuáles son los errores que cometemos al amar? Se pueden sintetizar finalmente en tres. A pesar de tantas diversidad de experiencias de amor. Ahora ya vamos a hablar solo de amor a Dios y al prójimo. Los errores que cometemos se pueden sintetizar en tres. Un error que cometemos es el amor de idolatría. Cuando una persona ocupa el lugar de Dios en nuestro corazón, no le vamos a dar la honra a Dios, que por supuesto es la principal ofensa. No le hacemos bien a nuestro corazón, que está hecho para el infinito de Dios y no para ninguna criatura. Y además tampoco le vamos a hacer bien a esa persona que supuestamente amamos y que en realidad es un ídolo. De esto precisamente es de lo que habla Cristo aquí cuando dice que el que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Te estás equivocando, dice Cristo. El que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. ¿Cuál es el problema con el amor de idolatría? El problema con el amor de idolatría es que no purifica esa zona del corazón en la cual nosotros tenemos una esperanza de retribución.

Dicho en otro lenguaje que también hemos utilizado en estas predicaciones. El amor de idolatría no nos cura de la lógica de la transacción. Llámase, lógica de la transacción la manera de trato que usualmente tenemos en tantos espacios según la cual uno calcula dar en la medida en que recibe y recibir en la medida que da. Eso se llama lógica de la transacción. Pues bien, el amor de idolatría no sana, no cura esa enfermedad que es el uso universal de la lógica de la transacción. La lógica de la transacción tiene cierto espacio en la vida humana. Yo no puedo llegar, por ejemplo, a un supermercado y esperar que por mi bonita cara todo me va a resultar gratis. Es necesario que haya una transacción. Tendré que pagar un dinero para recibir unos bienes. La lógica de la transacción tiene un espacio en la vida humana.

Pero el grave error que cometemos es que si extendemos esa lógica de la transacción a otros espacios, hay un momento en el que nos hacemos terrible daño y eso se nota muchísimo en el amor de idolatría. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, cuando un papá dice a un hijo es que yo perdí mi carrera, perdí mi salud, perdí mi dinero, perdí todo por usted. ¿Qué le está diciendo? En realidad lo que le está diciendo es, págueme. Ese es el amor de idolatría. Esa es la cara oscura del amor de idolatría. El amor de idolatría a veces tiene expresiones que son un poco cómicas, en medio de todo. Me sucedió a mí una vez y lo he contado de una persona, una mujer relativamente joven, ya no tan joven, que contaba sus tristezas y en la historia de sus desgracias decía yo a ese hombre le entregué todo sin esperar nada a cambio. Y le pregunto yo ¿y qué recibió? Y me dijo: Nada. ¿Te das cuenta la ironía? Ella en su cabeza dice: Entregué todo sin esperar nada. ¡Mentira! ¡Mentira! Sí, estaba esperando y era normal que esperara. Porque hay una lógica de transacción que tiene un espacio limitado pero importante en una relación de pareja, sobre todo en la construcción de la relación de pareja.

Por eso tiene que haber una reciprocidad. Por eso, en una relación sana de pareja yo te amo y espero que tú me ames, yo soy fiel a ti. Espero que tú seas fiel a mí. Por eso digo hay un espacio para la transacción. Pero la gente se engaña con el amor de idolatría. La gente se engaña y la gente cree que realmente está dando sin esperar. Falso, falso de toda falsedad. Es absolutamente falso. Por eso, cuando yo veo esos papás que entregan todo por sus hijos, están esperando algo, esas mamás que entregan todo por sus hijos, están esperando algo. Entonces el amor de idolatría no le hace bien a la propia persona porque la prepara para situaciones irreversibles de decepción. Efectivamente, en el amor de idolatría, como siempre hay una esperanza. Como siempre hay algo que se está esperando. Pues va a venir una decepción, porque tú con ese tipo de amor le estás imponiendo a la otra persona que tiene que pagarte y ese pago es demasiado alto. Y ese pago tal vez la otra persona no lo va a hacer y entonces tú dices pero es que yo le di todo a mi hija, yo le di todo a ese esposo, yo le di todo a ese amigo, yo le di todo a ese hombre. ¿Y eso qué quiere decir? Que en el fondo estabas esperando también un pago de parte de la persona.

Hermanos, esto no funciona. Entonces el amor de idolatría es una terrible falla, y esa es la dirección principal de las palabras de Cristo. No idolatres a nadie. A nadie. Bueno, pero por ejemplo, una esposa que ama con todo su corazón. Decimos así, una esposa que ama muchísimo a ese esposo, ¿cómo puede amarlo muchísimo sin idolatrarlo? Bueno, es ahí donde entra lo que nos dice Cristo Amo al esposo, pero amo a Dios más que a mi esposo. Amo a Dios más que a mi esposa. Amo a Dios más que a mi hijo, más que a mi hija, más que a mi amigo, más que a mi suegra, más que a mi nuera. Amo a Dios primero. Ese es el primer remedio. Y por supuesto, aquí viene la otra conclusión: Si yo amo a Dios más que a esa esposa, esposo o lo que sea, si yo amo a Dios en primer lugar. Al primero al que quiero complacer es a Dios, no al esposo, ni a la esposa, ni al hijo, ni a la hija, ni a la mamá, ni al papá. Al primero que quiero complacer es a Dios. Por eso, cuando Cristo llega como Señor a nuestra vida. Entonces, entonces, mis queridos hermanos, ahí es donde empieza a tener orden el afecto, porque se acaba ese amor de idolatría.

Efectivamente, en primer lugar, si yo amo a Dios sobre todas las cosas, pues eso pone unos límites. En segundo lugar, si yo amo a Dios sobre todas las cosas, entiendo que yo no puedo manejar con lógica de transacción la relación, ni con el esposo, la esposa, el papá, la mamá, el hijo o la hija. Y en tercer lugar, si yo amo a Dios sobre todas las cosas. Entiendo también que yo tengo responsabilidades y deberes ante Dios. Entonces, por ejemplo, esas ideas que a veces se presentan sobre todo en las parejas, eso de que como no me aman, entonces me mato, me voy a matar. Ideaciones suicidas. Dime, ¿qué sentido tiene eso? A ver si Dios, si Dios es el primero en mi vida, yo tengo un deber ante Dios antes que tener deber con el esposo, la esposa, el papá, la mamá, el hijo, la hija, el amigo. Tengo un deber ante Dios. Yo soy de Él antes que ser de nadie, Yo soy de Él.

Entonces mi vida es de él. Entonces, ¿qué son esas tonterías? Ese lenguaje de matarse. ¿Qué tiene que ver eso? Pero hay gente que no solo lo dice. No solo lo piensa. Llega a hacerlo. Todos estos males provienen del amor de idolatría. Y por eso cuando Cristo nos habla con esta claridad y dice: No Señor, ni su papá, ni su mamá, ni su hijo, ni su hija, ni su esposo, ni su esposa, nadie puede estar delante de mí. Esas palabras de Cristo son remedio, son salud, son bendición para nosotros. Otro amor. Porque hemos dicho que hay varios amores, varias enfermedades típicas del amor. Otro amor que es muy fácil de descartar y que nos va a tomar mucho menos tiempo. Es el amor que se queda en lo sensual. Es el amor que se queda en los sentidos. Y es un error gravísimo porque una vez más, el amor sensual, según enseña Santo Tomás de Aquino, es el que más oscurece la mente. ¡Qué impresión! Dice Santo Tomás que lo que más oscurece la capacidad de juicio es el amor sensual. Y lo hemos visto en la experiencia de los años muchísimas veces. Cómo hay personas que destruyen su hogar o destruyen su salud o destruyen su fama. Todo lo que destruyen es como entregarle víctimas a la diosa Lujuria, a la diosa Sensualidad.

He visto, he visto cerca de mí. Y por supuesto, soy también un ser humano y conozco la tentación. Pero me refiero a que he visto cerca de mí personas con una gran convicción cristiana y católica, gente de oración. Y en un momento, en un momento de pasión, en un momento de fuego, arruinar su vida. Claro, no vamos a dudar de la misericordia de Dios, no vamos a dudar del poder de Dios. Y no vamos a decir que porque una persona haya tenido un error, haya tenido una caída ya, entonces no hay remedio. Existe un Dios que es misericordioso y que es poderoso, pero no cabe duda de que los daños también existen y las cosas también suceden. Eso no se puede dudar. Por eso, mis hermanos, esta parte de la sensualidad es muy grave. Pero no son solo esos errores que se cometen o esas infidelidades. Hay un peligro muy sutil aquí que mucha gente no se da cuenta. ¿Y cuál es? Y es que a ver si puedo explicarme, con la ayuda del Espíritu Santo, en el amor de sensualidad, realmente no se está amando a la persona, no se está amando a la persona. ¿Por qué lo digo? Porque si se están amando solamente características de su cuerpo o de su belleza, del deseo que produces, si eso es lo que se está amando en la persona.

Todos sabemos que esos bienes puramente corporales, exteriores, sensoriales, se marchitan. Entonces una mujer, por ejemplo, que es un caso muy típico en esto, puede sentirse halagada de todo lo que la desean, y puede sentir que la fuerza de ese deseo es algo equivalente a la fuerza de un amor muy grande. Pero si esa mujer tiene un poquito de cerebro en su cabeza y tiene un poquito de fe y de luz de gracia en su corazón, muy pronto va a ser el siguiente análisis lo que produce ese volumen de deseo en tal o cual hombre, lo que produce ese deseo se va a marchitar. Sucede que el cuerpo humano, queridos amigos, el cuerpo humano tiene lo que a veces se llama un timer, un temporizador. Y así como hay un momento hermoso en la vida en que las personas florecen con su belleza y qué hermoso es ver ese florecer en los jóvenes, muy especialmente, por supuesto, en la mujer. Así como hay un tiempo de florecimiento, ese tiempo pasa pronto.

Y sí, yo sé que hay rutinas de belleza y hay tratamientos de belleza y la gente se inyecta cosas en la cara, se hacen masajes, se echan cremas, duermen las horas necesarias, se echan luego otro tratamiento, se hacen otra mascarilla, luego se operan, luego se tiemplan, luego se retiemblan, luego se recontra tiemblan, pero eso tiene un límite. Y muchas veces la mujer que empieza tratando de embellecerse luego está tratando de que de no verse tan fea, al principio intentan verse bonitas y después no verse tan feas. Pero los ojos no engañan, ni los ojos de ellas, ni los ojos de las otras mujeres, ni los ojos de quienes podrían desearlas. Y cuando el amor está únicamente sobre la base de la sensualidad, pues indudablemente es un amor que se va a perder. Es un amor que va a desaparecer y entonces vendrá un sentimiento terrible de traición, porque la belleza entregada ya no vuelve. Esta idea de la belleza entregada es muy importante para la conclusión que vamos a sacar en un minuto. Esa belleza ya no vuelve.

Entonces, el amor que está apoyado únicamente en la sensualidad, está destinado al fracaso y está destinado a terrible decepción. Porque si eso es lo único que hay, eso desaparece muy pronto. ¿Cómo nos ayuda a Cristo para educarnos en ese aspecto? Pues Él nos dice primero. Primero Dios primero Dios. Dicho aquí entre paréntesis, no es el tema principal de esta homilía. Observemos que este texto de Cristo muestra la divinidad de Cristo. Porque Cristo aquí está diciendo que merece ser amado por encima de todas las criaturas. Y según todo lo que dice el Antiguo Testamento, ¿quién es el único que merece amor por encima de toda criatura? Dios. Este es un texto que muestra la divinidad de Cristo. Cierro el paréntesis entonces. Cristo, Cristo nuestro Señor, Cristo nuestro Bendito y Santísimo Salvador. Cristo Dios merece ser amado. y en ese amor que está por encima de todas las cosas, deben encontrar su fuente, los demás amores.

Eso quiere decir que el cristiano aprende a amar en Cristo y aprende a amar junto a Cristo, y aprende a amar a través de Cristo. Eso quiere decir que Cristo te va dando unos lentes, Cristo te da unos lentes para que tú mires en las personas mucho más que la simple realidad corporal, mucho más que la tersura de un rostro, mucho más que las medidas de una cadera, de un busto, de un torso. Mucho más que eso. Cristo te enseña a ver una realidad. No es que esté mal, obviamente que no, que haya un gusto. Me refiero a la relación de pareja. No está mal, lo que está mal es que eso sea lo único que sustente la relación. Eso es lo que está mal. Entonces, mis hermanos, se ve el error tan grave que se comete en el amor de pura sensualidad. Es un amor destinado al fracaso y de nuevo el remedio. El remedio está en nuestro Señor Jesucristo. Y ese remedio en Cristo es realmente eficaz. ¿Por qué? Porque lo que Cristo me permite ver y reconocer de la otra persona es algo que no se destruye, es algo que no acaba.

Por eso he contado muchas veces el testimonio bendito que me dieron mis papás. Como he contado en otras oportunidades, ya mi madre ha cumplido diez años de fallecimiento, los cumplió este mes y yo pude ver la fidelidad, la ternura, la delicadeza, la cercanía en el sentido de la palabra, la devoción de mi padre cuidando de esa madre. Mi madre, esposa de él, que en sus últimos días se encontraba en una condición tan limitada en todo sentido. Y ahí estaba mi papá, porque mi papá había aprendido a ver con unos ojos diferentes. Obviamente, en el momento en que era, en que era así, lo conveniente y necesario, hubo ese gusto. Por supuesto que sí. Ella le gustaba a él, él le gustaba a ella. Eso está en el plan de Dios también. Lo grave es creer que eso es todo. Eso es lo grave.

En la tercera gran falla que se comete en el amor, y es la última que vamos a mencionar hoy, es confundir amor con complicidad. En estos últimos años, amados hermanos, se ha producido un fenómeno y es el fenómeno de ir cada vez presentando de un modo más positivo la palabra complicidad. Se presenta la palabra cómplice como algo positivo. Decir mi cómplice es como decir la persona que me quiere y me apoya incondicionalmente. Persona con la que hemos tenido momentos memorables, quizás algunas aventuras. Y en esos momentos he aprendido qué calidad de amigo o de amiga, o esposo, o esposa o lo que sea, es esa persona para mí. Entonces estamos ante un fenómeno que a mí personalmente no me atrae mucho. No me llama mucho la atención ese fenómeno. Es una especie de blanqueamiento, de purificación, de reivindicación de la palabra complicidad. No me gusta esa palabra, no me gusta, el sentido original de la palabra cómplice es aquel que se asocia con otro en algo que no es conveniente, en algo que no es correcto. Puede ser incluso un crimen.

Pero entonces, ¿qué sucede? Que con este malentendido semántico sobre la palabra cómplice y sobre el sustantivo abstracto complicidad, ha sucedido una cosa, mis queridos amigos, y es que se toma como ideal de amor y como ideal de amistad lo que la gente llama complicidad. Y ya dije que no me gusta la palabra, pero es que hay algo grave con esa palabra. Y es que el cómplice es la persona que me apoya simplemente porque le gusta lo mismo mío, o le caigo bien o lo que sea, pero su apoyo es un apoyo sin condiciones. Estoy seguro que usted en este momento abre los ojos y está diciendo ¿Y cuál es el problema? Precisamente eso es lo que uno quiere, que lo apoyen sin condiciones. Pues te voy a decir una frase que tal vez suena antipática El apoyo sin condiciones no es bueno. El apoyo tiene que tener condiciones. Yo por lo menos yo no quiero que me apoyen incondicionalmente. ¿Se ha vuelto loco este cura? No. Te repito y lo repito en mi sano juicio yo no quiero un apoyo sin condiciones. Y lo peor que tiene la palabra complicidad es que tiene implícita la idea de un apoyo sin condiciones. No es buena idea el apoyo sin condiciones. Sabes ¿por qué no es buena idea? Porque a este que te está hablando. No todo lo que se le ocurre es bueno. Entonces, si yo, por ejemplo, digo: Pues hoy me levanté como con ganas de robar un banco, sabes. Ese supuesto amigo, ponle unas comillas bien grandotas. Ese amigo que es el apoyo incondicional. Entonces dice Listo, ¿qué hacemos? Yo necesito en mi vida una persona que me apoye sin condiciones cuando voy a hacer un desastre.

Supongamos que soy un hombre casado y entonces yo le digo a mi amigo ¿Sabes qué? Las cosas con mi esposa van mal. Yo creo que voy a dejar a mi esposa. Más bien me voy con la secretaria. Y mi amigo me apoya sin condiciones. Pues hombre, si eso es lo que tú quieres, yo te llevo a comprar un nuevo anillo de compromiso. ¿Para que? Y te presto el dinero para que le des tu anillo de compromiso a la que va a ser tu nueva esposa. Ese es un amigo. Eso es amar. Ese amor de complicidad. Ese es verdadero amor. Verdadero amigo es el que me dice: Así no es, ese no es el camino. Verdadero, amigo es el que me dice Nelson precisamente porque somos muy amigos, te tengo que decir esto. No estoy de acuerdo contigo, por ahí no es. Ese es el verdadero amigo. Entonces el lenguaje ese que me fastidia tanto, el lenguaje de la complicidad, nos ha ido metiendo en la cabeza que el verdadero amor es amor sin condiciones. Falso. El amor no es sin condiciones. El amor tiene que tener condiciones. ¿Cuáles condiciones? Ah, sobre esto hay unas palabras bellísimas del Papa Benedicto, del Papa Juan Pablo Segundo también. ¿Cuál es la condición que debe tener el amor? El amor tiene dos condiciones la verdad y el bien. ¿Tú crees que porque somos amigos yo te voy a tapar tu adulterio? No, no te lo voy a tapar. Voy a buscar que salgas de esa situación. Hombre, Pero yo pensé que éramos amigos. Yo pensé que tú eras un amigo incondicional. No, yo no soy amigo incondicional. Yo tengo dos condiciones, la verdad y el bien. Y si veo que algo no es realmente bueno para ti, yo no te voy a apoyar en eso. Por eso una desfiguración del amor es el amor de complicidad.

Y el remedio nuevamente se llama Jesucristo. Jesucristo. Ese es el verdadero amor. ¿Por qué? Porque Jesucristo, especialmente desde la cruz, me está mostrando con claridad, con absoluta claridad la verdad y el bien. Por eso hay que tener cuidado también cuando hoy se utiliza el lenguaje de que Cristo amigo que nunca falla. A ver, a ver. Por supuesto que amigo, como él no hay. Pero eso no significa que él sea amigo en el sentido que hoy tiene la palabra amigo para mucha gente, porque la gente se le metió en la cabeza que amigo significa, amigo incondicional. Y amigo incondicional, es el que nunca me critica, es el que en todo me apoya. Y si yo voy a abandonar a mis hijos para irme con la secretaria, a mi amigo incondicional, me apoya y si voy a empezar un negocio de tráfico de drogas, mi amigo incondicional me apoya. Esos amigos incondicionales no sirven y te lo puedo decir como sacerdote. Amigas incondicionales han llevado a sus supuestas amigas a los abortuarios para que maten a sus hijos. Por eso cuando uno escucha y muchas veces yo me conmuevo y se me salen lágrimas, soy humano. Cuando uno escucha el relato de esas mujeres que han abortado y cuando ellas cuentan eso que es como una pesadilla que no se borra de sus mentes. Pues yo sí fui allá. Una amiga me llevó a mi hija ya más amiga, a esa mujer ya más amiga, esa que te ayudó a despedazar un bebé inocente y que destruyó tu corazón y tu vida para siempre. Esa es una amiga, porque era amiga incondicional. No, no, mis hermanos.

Entonces hay que destruir tres ideas muy equivocadas sobre el amor. El amor de idolatría. Ese amor no es. Ese amor no es, porque siempre estarás esperando algo. Y el que está esperando termina exigiendo, y el que termina exigiendo termina violentando. Amor de idolatría no, así no es. Hay que evitar ese amor de idolatría. Amor de sensualidad tampoco es. Es un amor que engaña, es un amor que oscurece la capacidad de juicio del entendimiento, nos dice Santo Tomás. Y es un amor que prepara desastre. Y amor de complicidad tampoco ese, tampoco es. Y no me vengas con el amor incondicional. A mí, por lo menos la gente que me quiera querer, que debe haber por ahí alguien que quiera quererme. Los que quieran quererme, quieran me siempre con condiciones, por favor. Siempre con condiciones. Y las condiciones nos las han enseñado grandes papas, como Benedicto y como Juan Pablo Segundo. Las condiciones son la verdad y el bien. Remedio para todo esto. Cristo, Cristo en tu vida. Cristo en mi vida. Cristo en la vida del mundo. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM