Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El corazón humano responde al llamado de lo realmente grande porque está hecho para el Dios grande, ¡el Dios infinito!

Homilía o151005a, predicada en 20140714, con 25 min. y 3 seg.

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Transcripción:

Hay una cosa que me sucede hace unos cuantos años y es que cada vez que llega este pasaje yo pienso en la promoción vocacional. Pienso en la manera como se suele ofrecer el camino de la vida religiosa o el camino del sacerdocio. Y tengo la sensación de que nuestra promoción vocacional. Hablamos muy poco de las dificultades y presentamos con bastante énfasis los elementos positivos, agradables, hermosos, incluso románticos, en un buen sentido de la palabra. ¿Qué había realmente en el corazón de Cristo cuando habló con tanta dureza como lo acabamos de escuchar? Parece que hablara a propósito para que nadie se quedara con él. Dice que va a traer problemas a las familias. Dice que hay que preferirlo a él por encima de todos los demás afectos. Dice que además hay que abrazar la cruz y que el que quiera mucho su vida la va a perder. Es decir, es una serie tan dura de frases que realmente uno tiene que preguntarse ¿por qué Cristo habla así? O sea que ya son dos preguntas las que tenemos en este momento. La pregunta por la promoción vocacional y la pregunta también por el motivo que lleva a Cristo a hablar de esta manera.

Antes de intentar una respuesta a esas preguntas, hay un hecho social, un hecho estadístico que no podemos ocultar. Y es que en el mundo el panorama vocacional es muy distinto en distintas partes. Y dentro de la Iglesia el panorama vocacional es muy distinto en distintas partes, con distintas comunidades. Realmente las cifras son consistentes desde hace bastantes años, en el sentido de que aquellas comunidades que presentan una vida más exigente son las comunidades que tienen más vocaciones. En cambio, aquellas comunidades que presentan una vida menos exigente o que parecen pedir un cambio menor en la vida de los candidatos y candidatas, esos son los que reciben menos. O sea que quizás sí es buena estrategia vocacional presentar por delante las dificultades. Hubo, por ejemplo, entre los dominicos en la provincia del Rosario, es decir, la provincia misionera por excelencia en la orden. La provincia de Filipinas y de Japón y Corea y todo este mundo de Oriente.

Hubo una época vocacional bastante fuerte que podríamos llamar una época dorada, y mucha gente ha tratado de explicar un poco por qué se presentó eso. Incluso se dice que fue simplemente el periodo de la posguerra civil y que la gente sencillamente estaba buscando en donde asegurar, donde asegurar su vida, no. Pero hay una cosa que es muy cierta, y es que muchos de esos niños. Porque en esa época la promoción vocacional sucedía para adolescentes y jóvenes casi más que para adultos. Muchos de esos niños y adolescentes, las historias que oían del trabajo en otros lugares eran historias de esfuerzo y de dificultad. Eran enormes desafíos. Es decir, parece que en el corazón humano hay algo muy extraño. Hay como un interruptor, Hay un switch o interruptor esto que utilizamos para la luz aquí, ¿como lo llaman? Switch. Interruptor. Hay un interruptor que se enciende o se apaga de acuerdo con la dificultad. Y parece que solo los grandes desafíos logran encender el deseo de entregarse, de darlo todo. Parece que el amor más grande solo surge ante las dificultades más grandes.

Muy interesante conversar esto, por ejemplo, con gente de promoción vocacional. Mire, yo me acuerdo que no he sabido porque obviamente la edad no me alcanza para eso, pero es sabido lo que sucedía en esta provincia y en otras, los relatos que se contaban a a los muchachos que estaban en las escuelas apostólicas, es decir, los seminarios menores de la época. Los relatos siempre eran relatos difíciles y se les estaba recordando las historias de los mártires, porque la Orden Dominicana, singularmente esta provincia del Rosario, ha tenido mártires en Vietnam, en Corea, en Japón, en todo ese extremo Oriente. Qué tienen las historias de los mártires, que definitivamente son historias de cruz, historias de heroísmo, historias de renuncia. ¿Qué tienen esas historias de los mártires? ¿Qué será lo que producen en el corazón que hacen que se logre mover ese interruptor? En cambio, cuando las cosas se presentan muy sencillas, cuando el paso que hay que dar es pequeño, no se da.

Quizás eso tenga que ver con otra frase que utiliza Jesucristo. Él dice: Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo poco que tiene. Parece que cuando se pide poco no se recibe nada y cuando se pide mucho se recibe bastante. Parece que hay que pedir mucho. Parece que el corazón humano está hecho para los grandes desafíos y está hecho para que se le pida mucho. Y cuando el corazón humano no se le pide mucho, entonces no da nada. Si se le pide poco da nada. Si se le pide mucho, da mucho. Es raro el corazón humano. Y eso es lo que hace Cristo aquí. Cristo, Cristo pide muchísimo, pide tanto que pide la vida entera. Y dice: Mire por encima de su papá, por encima de su mamá, por encima de sus hijos, por encima de todo tiene que estar el Evangelio. Tengo que estar yo, tiene que estar el amor de Dios. Ese lenguaje, uno piensa que tendría que asustar y tendría que hacer retroceder. Pero resulta que las épocas de mayor persecución. Son las épocas de mayor crecimiento en la Iglesia. Eso no falla.

Entonces uno se pregunta por qué Cristo habla así. Y uno se pregunta por qué la promoción vocacional a veces evita estos temas, que son los temas más duros, más difíciles. Parece que la respuesta la podemos empezar a encontrar en un dato que viene del gran San Agustín. Y ese dato tiene mucho que ver con la manera como funciona el corazón humano. No, por supuesto el órgano, sino la manera como funciona nuestro ser interior. Nuestro corazón, como bien dice San Agustín, está hecho para el infinito. Nos hiciste Señor, para ti, y el corazón está hecho para el infinito. Nuestro corazón está hecho para el infinito. Entonces, cuando le presentan algo pequeño, cuando se le presenta algo mediano, mediocre, accesible, fácil. Es como si uno tuviera una especie de olfato. Uno siente ahí no, eso no huele a Dios, eso huele a otra cosa. Eso no huele a Dios. En cambio, cuando llegan estas exigencias, cuando llega este llamado, ese llamado que parece incluso bordear lo imposible, hay algo grande, hay algo, hay algo dentro del corazón humano que siente esto si huele a Dios por aquí, sí es.

Yo estuve en el capítulo general de nuestra Orden Dominicana en el año dos mil uno, que se celebró en la ciudad de Providence. Y sucedió una cosa muy interesante y es que en ese capítulo pues asistían o estaban cerca o ayudaban en distintas cosas comunidades religiosas, comunidades de dominicas y recuerdo muy bien dos comunidades, pero no sus nombres específicos o de unos sí del otro no, así que mejor no digo nombres y una comunidad era muy, digamos, muy normal. Unas hermanas muy amables. O sea, yo no me aparto de eso. Amables, generosas. De hecho, tengo muy buen recuerdo de una de ellas que me prestó un favor bastante grande porque yo necesitaba que me transportaran bastantes kilómetros y ella muy generosamente, muy amigable. Esta comunidad vamos a llamarla La Comunidad A, es una comunidad muy humana, muy, digamos una vida muy normal, muy normal. De hecho, estas hermanas viven, viven poco en comunidades, es un hecho, más bien el estilo de vida de ellas es, como casi personas seglares, se podría decir. Cada una de ellas tiene su automóvil, tiene su apostolado en un lugar específico. Llevan una vida bastante independiente. Esa es la realidad. Y uno diría que entrar a esa comunidad tendría que ser algo muy fácil, por ejemplo para una chica norteamericana, porque es el estilo de vida que suelen llevar las muchachas allá. No supone demasiado cambio, tener un pequeño apartaestudio que llaman o un apartamento adecuado, un automóvil, un trabajo, un servicio, unas oraciones. Todo parece muy normal.

Pero digamos que el cambio que pide esa comunidad entre la vida puramente laical y entrar a la comunidad es un cambio pequeño. Dentro de la cultura norteamericana es relativamente poco el cambio. La otra comunidad, en cambio, es una comunidad de bastante fortaleza y bastante exigencia en la vida comunitaria, muy exigente en el tema litúrgico. Es decir, una liturgia muy cuidada, con mucho ensayo. Eso que no nos suele gustar. Eso de que lo estén reuniendo a uno y espere, no dio el tono mejor ensayo otra vez esas cosas que que sobre todo cuando uno va teniendo ciertos años, uno se vuelve perezoso, porque así nos volvemos perezosos, mediocres y por eso la liturgia empieza a repetirse. Menos mal que en este, en este retiro no han empezado ni vayan a empezar hoy, por ejemplo, con con con eso de ponerle a uno cantos en una grabadora, si lo tenían pensado, cancélenlo de una vez por el resto de este retiro. Porque el día que a mí me vayan a poner cantos en una grabadora, yo como tengo cinco mil homilías grabadas, yo les traigo aquí la homilía grabada. También a mí ustedes me hacen el favor y cantan y yo les hago el favor de predicar y ustedes oran con sus corazones reales. No me pongan ahí gente, porque si no, entonces pongamos ahí los monjes de la Abadía de Silos a que nos hagan los salmos bonitos. Y entonces yo aquí paso mi grabación y ustedes pasan la grabación y cada uno va pasando las grabaciones y quedo hecha la misa psicodélica. No, señor. Tenemos que acostumbrarnos a que en la misa.

Y eso, por ejemplo, lo hacían estas hermanas en la misa, pues se canta. Y si uno está cantando mal, ensaya. Uno ensaya y le sale mejor la voz. Pero hay que dejar la pereza, hay que dejar la televisión, hay que dejar el chateo y hay que pararse y hay que ensayar y se mejora la liturgia. Claro, eso es mucho más exigente. Y como esas cosas de liturgia, muchas otras, y son muy insistentes en su hábito y todas esas cosas que a veces chocan para la libertad que suelen tener las mujeres, especialmente en Estados Unidos. Ustedes saben cuál es el prototipo de la mujer norteamericana. Pues resulta que para esta comunidad B la comunidad así estricta, la cantidad de vocaciones y conventos. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Y dónde metemos las novicias? En cambio, la otra, que pide poquito, que casi no pide ningún cambio, hace años que no aparece nadie por allá. Ya después de tener desocupado el noviciado, no sé cuánto tiempo, entonces lo convirtieron en residencia para muchachas universitarias o no sé en qué paró eso.

Entonces, ¿donde parece que está el secreto? ¿Por qué el corazón humano requiere exigencia? ¿Por qué las vocaciones requieren exigencia? ¿Por qué? Porque nos dice San Agustín que el ser humano tiene un chip que yo lo llamo el olfato divino. Uno tiene olfato y uno siente dónde está Dios. Y cuando la exigencia es poquita, eso es puro esfuerzo humano. Ahí no está el Señor. En cambio, cuando la exigencia es alta, cuando nos empiezan a llamar al heroísmo, cuando nos empiezan a llamar a lo que está como más allá, en ese momento uno dice solo Cristo tiene esta potestad. Yo conocí en el vecino país del Perú, conocí un hogar de estos que tiene la Madre Teresa de Calcuta, Los que fundaron las Misioneras de la Caridad. Esa es una renuncia terrible de la gente que pide renuncias en la vida. Es eso. A veces a mí me parece que se les va la mano, porque eso es una cosa terrible. Por ejemplo, ese hecho de que como no utilizan sillas así de estas que nosotros conocemos. Entonces ese es un problema.

Una persona como yo en una comunidad como esas viviría con bastante incomodidad el rato de oración. Pero bueno, tienen sus vocaciones. Estuve allá, me encontré, por ejemplo, con una muchacha británica. Ella estaba adelantando un estudio de especialización en no sé qué universidad, cuando supo esto de la Madre Teresa y empezó a interesarse y resulta que su interés llegó a que yo tengo que conocer eso y bueno, pues voy a ver si entro y entro y entro. Y ahí estaba en Perú, sirviendo a niños con discapacidad severa de aprendizaje, una muchacha británica con su licencia no sé qué. Allá estaba funcionando en las afueras de Lima, en un hogar para niños con discapacidad severa de aprendizaje. Entonces, la gran lección que esto sale, la gran lección que sale de este texto, quiero decir, es que el corazón humano necesita grandeza. El corazón humano necesita desafío. El corazón humano necesita infinito. Y eso tiene un nombre en la teología católica. ¿Sabe cómo se llama eso? Santidad.

Entonces, ¿cuál era el gran mecanismo de formación en los años antiguos para esos años que todavía algunos recordamos? Yo me acuerdo que el lenguaje que se utilizaba en Prenoviciado o Postulantado y en el noviciado siempre era el lenguaje de la santidad. ¿Por qué? Porque en la medida en que uno tiene claro un horizonte de santidad, uno tiene claro un horizonte de infinito. Y cuando se pierde el lenguaje de la santidad es lo que sucede. Como cuando usted estaba mirando hacia lo alto de los cielos y usted deja de mirar, y la otra también, y la otra, y la otra. Entonces ¿qué pasa? Que nos empezamos a mirar los unos a los otros y empezamos a hacer las preguntas que el demonio quiere que nos hagamos. ¿Usted como de qué corriente es usted? ¿Cómo de qué tendencia es usted? ¿Como de qué partido es usted? ¿Es de Pablo? ¿Usted es de Pedro? ¿Usted es de Apolo? ¿Usted de cuál es? Empezamos a dividirnos y a formar partidos. Cuando perdemos la referencia infinito, empezamos a mirarnos unos a otros.

Y entonces empiezan las preguntas que el demonio quiere que nos hagamos. Usted, que es todo lo que me mira a ver qué pasó. Se le perdió uno igual. Empezamos a hacernos las preguntas tontas y empezamos a mirar nuestras conveniencias inmediatas. Cuál es el superior que yo necesito para vivir como yo quiero. Y entonces, de inmediato, todo nuestro sistema de vida que es tan hermoso porque es un don del Espíritu Santo. La vida religiosa es un don del Espíritu Santo. Todo nuestro sistema de vida se desquicia, se sale de su juicio, se sale de su eje, y entonces todas las instituciones que nosotros tenemos se pierden. Por eso tengan miedo ustedes a un capítulo provincial, a un capítulo general donde no aparezca con claridad el horizonte de infinito, la búsqueda de la perfección, la cruz donde eso no aparece claro, su olfato divino, su olfato espiritual, tiene que decirle aquí hay algo grave, esto se va a volver pura política. De inmediato.

Apenas desaparece el horizonte de la cruz, apenas desaparece el horizonte de la santidad, apenas desaparece el horizonte de la grandeza que nos queda, empezar a mirarnos con esa mirada. Yo la conozco, yo también la conozco y está que no la conoceré yo. Y empezamos a utilizar. Como no usamos el olfato divino, empezamos a utilizar el olfato puramente humano y el olfato puramente humano se llama la carne y la sangre. Ese es el nombre que eso tiene en la teología de San Pablo y la carne y la sangre traducido al lenguaje, nuestro siglo veintiuno, qué quiere decir: Lo que a mí me convenga, lo que a mí me sirve, lo que a mí no me talle, lo que a mí me guste, lo que a mí me convenga, lo que a mí me talle. Y esto es muy grave porque entonces las comunidades empiezan a buscar como superiores, empiezan a buscar como provinciales, empiezan a buscar como delegados a los capítulos quiénes, no las personas que van a ser testigos en primer lugar de la autenticidad de nuestra vocación.

No, sino se va a buscar es las personas que nos dejen tranquilos. ¿No ve que eso lo he oído yo? Eso lo han oído mis oídos. Ahí lo he escuchado claramente. Bueno, hay que elegir prioridad. ¿Ahora qué hacemos? Hay uno que no moleste tanto, que no canse. ¿Y cuál es el que no cansa? ¿Cuál es el que no talla? ¿Cuál es el que no importuna? El que sea un gran mediocre. El que no interrumpa nuestra vida cómoda, individualista, nuestra vida infiel a nuestra propia vocación. Entonces es muy importante percibir esta dimensión de infinito que trae Cristo. Y es muy importante porque en esto se juega el futuro de las vocaciones. Y le voy a decir como conclusión el futuro también de la Iglesia, porque ahora hay tendencias también a rebajar el matrimonio. Es decir, como ya tenemos bastantes religiosos mediocres, que somos muchos de los aquí presentes, empezando por mí, como ya tenemos bastantes sacerdotes mediocres, entonces ahora queremos tener bastantes matrimonios mediocres.

Entonces hay una cierta tendencia, una cierta tendencia ahora, que es que los matrimonios sean desechables, entonces sí se divorciaron, si están en segundo matrimonio, tercer matrimonio, la iglesia debería dejarlos comulgar. ¿Para qué? Para que termine de perder todo significado. El sacramento del matrimonio. Entonces fíjate esa tendencia en la que estamos, que es una tendencia de enorme relajación, una tendencia de enorme mediocridad. Y eso es lo que se quiere, religiosos mediocres, sacerdotes mediocres que bendigan a parejas mediocres para que tengan hijos mediocres. Pero esa mediocridad tiene un precio espantoso. Y es que esa mediocridad significa una perpetua infidelidad al plan de Dios.

Y esa infidelidad trae consecuencias y las consecuencias siempre son duras para los más pequeños, para los más desvalidos. El que quiere que comulguen sin ningún problema. Los que se han casado dos y tres veces jamás piensa en el trauma que viven unos hijos. Es que eso es lo que hay que pensar. Nos pretenden hablar de una supuesta misericordia. Misericordia para con el papito. Misericordia para con la mamita. Sigue hablando misericordia para con los hijos, misericordia para con la ex-esposa. Es que pongas este cuadro nomás se casa Pedro con Rebeca. Pedro se separó de Rebeca, la deja tirada con dos hijos. Pedro se une a Josefa. Como la Iglesia es misericordiosa entre comillas, entonces hay que permitir que Pedro y Josefa vivan sin ningún problema y para que su conciencia no les estorbe, que sigan comulgando, tranquilos. Entonces Pedro va con Josefa muy de la mano a comulgar, felices van a comulgar. ¿Y la abandonada? ¿Y la Rebeca abandonada? ¿Qué siente de esa misericordia? Y los hijos que tienen que ver que el papá que tenía que educarlos y que tenía que cuidarlos y que tenía que servir de ejemplo, está por allá revolcándose con otra señora y teniendo hijos con otra. Esos también van a sentir misericordia de Cristo.

Entonces date cuenta de dónde estamos llegando, a dónde estamos llegando. ¿Por qué? Porque le damos la espalda al mandato de Dios. Entonces la mediocridad termina teniendo un precio. Si es muy cómodo ser todos mediocres, mediocres, mediocres. Pero esa mediocridad termina trayendo sus consecuencias durísimas para los inocentes, para los pequeñitos, para los desvalidos, para los que no pueden alegar. Entonces ya salió un obispo anglicano. Que esos son los desastres que tienen los anglicanos, porque poco a poco la verdad tiene que salir y el anglicanismo es una herejía. Ponlo del color que tú quieras, es una herejía. Entonces ya salió un obispo anglicano a decir que si la Iglesia debe apoyar el suicidio asistido, Oiga, un arzobispo, un arzobispo anglicano diciendo que la Iglesia apoye el suicidio asistido. Y ya salieron la cámara, no se quede. Los anglicanos diciendo Sí, sí, que haya mujeres obispas y que eso no tiene ningún problema. Ya, ya. Eso sucedió. Ya, ya está consumado. Ahora falta la votación de no sé qué. Esa es la mediocridad. Entonces, ¿qué es lo que nos está diciendo Cristo aquí? No pierdas.

Y con eso terminamos, porque hay que terminar en algún momento. No pierdas ese chip. No pierdas ese interruptor. No pierdas esa referencia. Y por favor, por favor las hermanas, cuando se reúnan en asamblea, cuando se reúnan en capítulo, utilicen su olfato. Si no aparece la generosidad, la santidad, la cruz, el don, la entrega hasta las últimas consecuencias. Por favor, enciendan las alarmas. Eso no es de Dios. Si no aparece el lenguaje de la redención, la entrega, el heroísmo, heroísmo no basado en puras fuerzas humanas, sino basado en ese potente Espíritu Santo que es el que renueva la faz de la tierra. Si eso no aparece, no se llamen a engaño, hermanas. Por ese camino no se va a ninguna parte. Que venga entonces el Espíritu Santo, y especialmente a nuestra gente joven que renueve el Espíritu Santo, nuestras vocaciones más jóvenes, especialmente para que sea desde la coherencia, desde la fidelidad, desde la entrega y donación total a Cristo, como le demos gloria a su nombre. Amén.

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