Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La persecución: (1) Es real, aunque no ocurra en nuestro aquí y ahora; (2) Ya sucede como presión social impía; (3) Se da en nosotros como resistencia al Evangelio.

Homilía o145006a, predicada en 20120713, con 29 min. y 23 seg.

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Transcripción:

Si uno mira el capítulo décimo da la impresión de que fuera como un solo discurso, porque está Cristo hablando desde el principio hasta el final. Pero si uno lo examina mejor se da cuenta, y eso también lo explican los estudiosos. Y también viene, por ejemplo, en notas como las de la Biblia de Jerusalén. Uno ve que es una colección de dichos a la manera del Sermón de la Montaña. Realmente los discursos de Cristo que aparecen en el evangelio de Mateo son más bien colecciones de palabras de Cristo, colecciones de palabras en torno a un tema. Por ejemplo, en el Sermón de la Montaña es como la novedad de la ley evangélica y todo gira en torno a esa novedad que trae Cristo.

En este discurso apostólico, pues, todo tiene que ver con recomendaciones que Cristo da a sus apóstoles. Como son colecciones de dichos, no hay que suponer que Cristo las dijo exactamente en este mismo orden y que las dijo en una sola secuencia. Por ejemplo, las palabras de hoy parecen un poco extrañas. Cristo habla de que los van a azotar en las sinagogas, los van a llevar ante gobernadores y reyes. Y luego habla de que los van a enjuiciar. Estas recomendaciones parecen, por decir algo, prematuras en el momento en el que nos encontramos en el evangelio de Mateo.

Pero sin duda lo que debe haber sucedido es que hay el recuerdo en la comunidad de Mateo. Algunos llamarían comunidad mateana. Hay el recuerdo de muchas palabras de Cristo que tienen que ver con la misión y con el envío a la misión. Y lo que ha hecho Mateo es coleccionar esas palabras, ponerlas juntas. Y eso es lo que constituye lo que nosotros llamamos el discurso apostólico. Por eso algunas de las palabras del comienzo de ese capítulo décimo, tal vez corresponden a lo que sucedió en los comienzos de la misión de Cristo en su ministerio público. Pero probablemente estas palabras que hemos oído hoy no corresponden ya a esos comienzos, sino tal vez al final del ministerio de Cristo.

De todos modos, son palabras que para nosotros tienen un valor permanente, porque nosotros somos discípulos enviados por el amor del Señor. Es el amor de Él el que nos empuja. Es el amor de Él, el que nos impele, dice el apóstol San Pablo: "En algún lugar la caridad de Cristo nos urge". Es el amor el que nos urge, el que nos envía y es muy importante para nosotros en el ejercicio de nuestra vida apostólica: recordar, renovar y sentir una y otra vez ese dulce empujón del amor de Cristo que nos está lanzando. El mismo Santo Domingo experimentó ese empuje. Parece insaciable en su deseo de propagar el evangelio cuando apenas tiene ese puñado de frailes.

Entonces, en el famoso Pentecostés, los envía a los rincones de Europa: unos entonces para París, otros para Bolonia, otros para España. Y los manda para todas partes. Y eran apenas un puñado de frailes. Prueba de que Domingo se sentía empujado por ese amor.

¿Qué podemos aplicar nosotros de estas palabras que parecen tan preocupantes? Traiciones, crueldades, persecuciones. Podemos leer estas palabras en tres niveles distintos. En primer lugar, hay gente que está viviendo esto hoy. El hecho de que no suceda aquí, en esta ciudad, en este país, no quiere decir que esto no esté sucediendo. En países como Pakistán, en países como Irán, en países como Kenia y sobre todo como Nigeria, hoy está sucediendo esto, hoy está sucediendo que se busca derramar la sangre de cristianos y eliminarlos. En uno de estos últimos ataques, hubo noventa cristianos muertos. Ataques terroristas. Entonces es bueno que estas palabras se proclamen para que recordemos que esto está sucediendo. No podemos ser tan egoístas, tan insensibles de quedarnos únicamente con que si no pasa entre nosotros, no nos interesa. Este es el pan de cada día para algunas comunidades cristianas.

Y hay católicos, particularmente en la Nigeria de hoy. Hay católicos que no saben el domingo si ir o no ir a la misa y si se resuelven a ir no saben si van a volver a su casa. El evangelio de hoy. Y lo de los tribunales se cumple tal cual. Tenemos un caso dramático por el que hay que orar es que hay que ensanchar el corazón. Uno no puede quedarse únicamente con lo que vive uno en su rincón. Figúrese usted que en China existe lo que se llama la Iglesia Patriótica, que es una dependencia del gobierno chino. Muchos de los que están en esa Iglesia cristiana católica pero patriótica, se llaman ellos mismos así. Muchos de los que están ahí, sostienen y enseñan exactamente lo mismo que creemos ustedes y yo. Pero la mayoría de esos obispos han sido ordenados sin permiso de Roma y por lo tanto, en rebeldía, en insulto a la autoridad del Sumo Pontífice.

Porque allí hay una pugna entre el gigantesco poder de un país que tiene más de mil millones de habitantes. Y que quiere tener la religión en el bolsillo, quiere manejarla. Entre ese país y el minúsculo estado del Vaticano. Entonces, la Iglesia Patriótica se supone que es cristiana, pero bajo el dominio del gobierno, bajo su control, bajo la autoridad del gobierno chino. Hay una oficina especial en el gobierno chino que maneja estos asuntos de la iglesia Patriótica. Hay otros cristianos que son los cristianos de la iglesia subterránea. Es la iglesia de las catacumbas, hay cristianos ocultos, hay sacerdotes ocultos, hay obispos ocultos.

Figúrense lo que pasó no hace mucho. Quizás algunos lo sepan por las noticias. Se hizo la ordenación de un obispo chino para la Iglesia Patriótica, una ordenación perfectamente válida. O sea, él quedó verdaderamente ordenado como obispo, pero en sus palabras de agradecimiento, el día mismo de su ordenación como obispo, dijo que él no se iba a someter a la oficina del gobierno. De inmediato lo desaparecieron, de inmediato al tribunal. De modo que somos miles, ojalá millones, los que estamos rezando por este obispo. Gracias a Dios, los medios de comunicación hoy despiertan mayor solidaridad y en ese sentido pueden ser un freno a la arbitrariedad de los tiranos.

Pero es para decirte que esto pasa. Este evangelio sucede hoy, sucede aquí. Dijo Cristo: "cuando los enjuicien. No se preocupen por lo que van a decir". Y antes dijo: "Los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa". Ahí está. Entonces, lo primero que uno tiene que leer en estos textos es esto: si, está sucediendo, la Palabra de Cristo se cumple y tenemos que orar por esas personas. Tenemos que orar por esos papás en Nigeria que no saben si ir o no ir a misa. Tenemos que orar por esos sacerdotes que cuando se dirigen al altar no saben si van a poder terminar el sacrificio o ellos mismos van a ser el sacrificio ese día. Esto se cumple. Ese es el primer nivel. Ese es el primer tipo de lectura que podemos hacer.

Hay un segundo modo de lectura y es el que tiene que ver con las otras formas de persecución. En una predicación que me impactó mucho durante su visita al Reino Unido. El Papa Benedicto hablaba a los jóvenes y les decía: "Hoy hay nuevas formas de persecución y una de las nuevas formas es el ridículo".

Resulta que muchos de los jóvenes, -y eso incluye muchas de las niñas que ustedes tienen en sus colegios y de los jóvenes que ustedes tratan- tienen como primer referente afectivo a sus amigos. Y para un joven, ser rechazado por sus amigos es tal vez lo más duro. El ser ridiculizado por sus amigos Es tan duro que se están presentando casos de suicidio en distintas partes del mundo por el llamado matoneo o bullying. Yo espero que quienes están en educación estén al tanto de ese tema. Es un tema gravísimo. La gente se está suicidando. No soportan la presión. "Bullying" es una expresión en inglés que quiere decir "presión", la burla, la agresividad, el ataque que sucede en personas más o menos de la misma edad. Por ejemplo, en el mismo curso. Y resulta que algunos son precisamente matoneados, despreciados, atacados por su convicción religiosa o por sus principios morales. Esa es otra persecución.

Yo estuve en una misión en Los Ángeles hace unos años, -que pueden ser dos o tres-. Parte de la misión: escuchar confesiones. Entonces, se acerca una jovencita, -esto lo he contado en otros sitios- y me dice: "Padre, yo no sé si yo soy normal". Y la veía muy angustiada, muy confundida. Le pregunto: ¿Por qué dices eso? Y ella dice: Porque todas mis compañeras ya han tenido novia, novio, novia en femenino y yo no. Entonces resulta que casi todas las compañeras son bisexuales o son lesbianas. Y ella no siente ganas de enamorarse ni de que le guste ninguna mujer. Entonces ella se siente la rara. Eso es presión. Ese es otro tipo de persecución.

Cuando una muchacha entra a un ?college?, esa primera fase de la universidad en Estados Unidos o en Canadá, tiene una probabilidad de uno en tres de abortar en los próximos dos o tres años. Hay una enorme presión por tener relaciones sexuales y una presión impresionante si queda embarazada, para que aborte. Eso también es persecución.

En Holanda, el terror de las personas mayores es que las lleven al hospital. Mire, oiga, la frase: El terror de las personas mayores en Holanda es que las lleven a un hospital", porque resulta que hay una presión enorme en los hospitales para que la gente acepte la eutanasia y firme su propia sentencia de muerte. Y entonces les hacen toda una presión psicológica. En Inglaterra están acelerando la muerte de los pacientes mayores o de los pacientes terminales. Empiezan a disminuirle la nutrición para que el organismo se debilite y colapse pronto. Y la razón es puramente económica. Eso también es persecución.

Una amiga mía colombiana, se casó con un irlandés. Se establecieron en Inglaterra. Ella quedó embarazada de su tercer hijo cuando quedó embarazada. Tenía cuarenta y uno años o algo parecido. Cuando le hacen una prueba. Una prueba rutinaria, le dice el doctor: Hay una probabilidad en tres de que el niño venga con síndrome de Down. ¿Quiere usted terminar este embarazo? Ella dice No, yo no quiero terminar el embarazo, yo quiero tener mi hijo. Unas dos o tres semanas después viene otro control y le repiten la misma historia. Su hijo puede venir con síndrome de Down, el Estado le paga el aborto, no le paga el parto, le paga el aborto, el Estado le paga el aborto. ¿Usted quiere terminar este embarazo? Por segunda vez ella se niega. Tercera vez, -es para que se note que sí hay presión-. Tercera vez le dice el médico: ¿Le parece si terminamos este embarazo de una vez? y ella dice: "Que no, así viniera con síndrome de Down yo quiero tener a mi hijo." Y le responde el doctor: "entonces firme este papel porque yo no me quiero ganar una demanda", porque resulta que si el médico no le propone aborto a la mujer y el niño nace mongólico. La mujer puede demandar al médico porque no le avisó para que ella abortara. Así está el mundo.

Hubo un médico que no diagnosticó una malformación genética. Y entonces los papás lo demandaron. ¿Y sabe a qué condenó el Estado a ese médico? Lo condenó a sostener a ese niño hasta los veintiuno años de edad, porque usted, como médico, ha debido advertir para que se matara a ese niño. Eso es presión, persecución que hace casi imposible el don de la familia. Cuando uno empieza a mirar estos detalles, se da cuenta de que hay una cantidad de presiones sociales contrarias al Evangelio.

Una pareja de amigos míos se estableció en Canadá. En este momento tienen seis hijos. Cuando ellos van por la calle o cuando van a un centro comercial con sus hijos, algunas personas los miran con simpatía porque es gracioso ver a esa tropa de muchachitos, pero muchas otras personas los miran sin ocultar su disgusto. Los miran como si fueran criminales. ¿Por qué recargan el planeta? ¿Por qué recargan la economía de esa manera? Como resultado de eso, una gran cantidad de ecuatorianas, una gran cantidad de peruanas, un número muy alto de bolivianas, de argentinas, de panameñas, de costarricenses, tienen una cosa clara: si voy a tener hijos, tendré máximo dos. Eso es presión.

Y yo digo que si esa política hubiera estado en vigor en mil novecientos sesenta y cinco, yo no hubiera nacido. Yo soy el hijo número tres. O sea que cada vez que las mujeres dicen No, no, no, no, no, yo por ahí. Máximo, máximo dos. Yo digo: Uy, yo nunca hubiera sido hijo tuyo. Y es tan absurda la vida. Resulta que los sistemas pensionales y los planes de retiro están colapsando precisamente por falta de jóvenes. ¿Por qué, qué significa tener pocos hijos? Significa apoyar un peso cada vez más grande en una base cada vez más pequeña. ¿De dónde van a salir los recursos para todos esos adultos? De los pocos niños que nazcan. Entonces esta persecución existe.

Llevamos dos niveles. La persecución real, como el caso de Nigeria o el del obispo chino, y la persecución sutil que se va entrando en los modos, en la moral, en las costumbres y que va llevando a las personas a cosas muy serias. Con respecto a este tema gay y a este tema del lesbianismo y eso, me dicen que hay regiones aquí en Ecuador donde ya hay una gran presión entre los jóvenes para que experimenten de todo y para que vivan todo esto, para que no se crea que es un asunto únicamente de las sociedades que a veces consideramos más avanzadas o más corruptas, o las dos cosas.

O sea que cuando uno habla de Nigeria, uno dice que Nigeria está muy lejos. Cuando uno habla de China, uno dice que China está muy lejos. Pero cuando se miran los parques donde los muchachitos y las muchachitas juegan a ver si hay, soy hombre y mañana soy mujer o lo contrario. Y eso está pasando en Colombia, en Ecuador, en Perú, en Bolivia, en Brasil, sobre todo. Entonces uno dice: ah, entonces la persecución también está en casa.

Un tercer modo de lectura de esta palabra que nos dice Cristo es: es si la aplicamos también a cada uno de nosotros. Nada más. Hagámonos esta pregunta: ¿Qué es lo que frena la generosidad de nuestro amor? Tal vez la única pregunta importante en un retiro espiritual es: ¿por qué a estas alturas yo no soy santo? Tal vez la pregunta más interesante y la más difícil de responder en un retiro espiritual es: ¿De qué me han servido los ochenta o noventa retiros espirituales que ya he hecho?

Muchos de nosotros hacemos uno o dos retiros espirituales al año, más largos o más cortos, retiros mensuales, retiros de semana, retiros de fin de semana, retiros con la diócesis, retiros con la provincia. Muy fácilmente de los que estamos aquí, una buena parte. Hemos tenido más de cien retiros espirituales en nuestra vida. ¿Qué está frenando el avance del amor en mi vida? ¿Qué es? ¿Cuál es el enemigo que me mantiene atado en la pereza, que me mantiene atado en la mediocridad o en el resentimiento, o en la envidia, o en la murmuración, o quién sabe cuál será mi pecado? ¿Qué es lo que está asfixiando la obra de Cristo en mi vida?

No es solamente Nigeria. No es solamente California o Inglaterra. Dentro de mí ya puedo declarar: "Soy tierra de Cristo toda entera". Y seguramente tengo que reconocer que no, porque mi amor es tibio, porque me falta. Me falta mucho por dar, por recorrer y sobre todo por algo muy grave. Y uno no cree que sea grave y es porque a uno le falta celo. A muchos, yo no digo todos. Aquí debe haber santos también, pero a muchos nos falta celo, celo por la casa de Dios.

Mire una Rosa de Lima que decía: "La razón por la que yo quisiera ser hombre es para ser sacerdote y salir a evangelizar por estas calles y campos por todas partes. A predicar y a confesar". Miremos a Catalina de Siena, que dice: "Yo quisiera tener mil lenguas para cantar en todas la gloria de Dios y para contar a todos lo que Él hace". Y haciendo un paralelo con las palabras de San Pablo en los capítulos nueve, diez y once de la Carta a los Romanos, dice Santa Catalina: ¿Por qué será que Dios no me convierte en tapa del infierno? "Ahí quisiera ponerme yo y no dejar que nadie entrara".

Esas frases son comunes en los santos. ¿Por qué son tan extrañas en nosotros? Por qué nosotros estamos tan metidos en nuestra tarea haciendo nuestro deber: Hago A, luego B, luego C, luego D, luego E mañana A y luego B, luego C, luego D y luego E. ¿Y dónde está? Que se te vea que te estás muriendo por la causa de Cristo. ¿Dónde está eso? ¿Dónde está? ¿Que te duela el dolor de tantos otros? Dónde están esos ratos largos, largos de oración, esos ratos largos que no vienen de un mandato de constituciones, ni de estatutos, ni de ninguna carta de la provincial, sino que vienen de la carta de Cristo en tu corazón. ¿Qué te tiene frenada? ¿Qué es lo que hace que tu amor no florezca con esa intensidad, con esa fuerza?

Eso tiene que preguntárselo uno. Se dice de Martin Luther King que una vez afirmó: "Al mundo no le causa tanto daño la maldad de los malos como la indiferencia de los buenos". Y yo creo que nosotros somos de esos indiferentes. Mientras nosotros estamos aquí meditando, así, con calma, la palabra de Dios. Quizás en cierto momento. Y yo lo entiendo porque me ha pasado. Uno siente que el momento y el cansancio de la tarde o del día va ganando. Mientras nosotros estamos en esas. Los cristianos en Siria no tienen ni idea de qué les va a pasar porque están viviendo un infierno. Pero resulta que si cae este gobierno lo que se promete es esa fraternidad musulmana que les va a hacer la vida peor.

Y el obispo de Irak. ¿Qué hace el pobre obispo de Irak? Y qué hace el obispo en Egipto, que daba declaraciones esta semana y decía: "Pero ¿a dónde nos vamos a ir? Si nosotros somos egipcios" ¿A dónde nos vamos a ir? ¿Qué pasa con nosotros, que no nos duelen esas vidas? ¿Qué pasa con nosotros, que tampoco lloramos por ellos? Yo creo que si ellos pudieran salir en una pantalla, tal vez si los viéramos y escucháramos sus gemidos, tal vez nos volveríamos más sensibles a eso que están viviendo.

En una misión, en un curso que estuve dando en Hong Kong, hablaba un padre filipino que estuvo misionando en China para esta iglesia, la iglesia subterránea, y él contaba cómo se forman esos seminaristas allá. Básicamente se hacen pasar por obreros, muchos de ellos por campesinos, por cultivadores. Y tienen su granja y la granja funciona todo el día como granja. Y produce, compra, vende y todo. Cuando termina el día, sellan cuidadosamente las ventanas, encienden las luces de la casa y empiezan a estudiar su filosofía y su teología, sabiendo que uno solo de ellos, que los traicione, los manda a todos a la cárcel.

Cuando yo miro lo que vivimos, las comodidades en las que estamos, la seguridad de la que gozamos y yo pienso en uno de esos muchachos. Por supuesto, no hay recursos para esas vocaciones. El filipino este finalmente no aguantó más, aún viendo todo ese heroísmo, no resistió. Y no le reprocho, porque creo que yo menos alcanzaría: días y días de comer arroz simple, hacer fiesta cuando hay alguna verdura y no creérselo. Sí acaso, una vez al año hay un pedazo de carne. Así se forman esos sacerdotes, pensando todos los días: "Si me traicionan, me pudro en una cárcel y nadie vuelve a saber de mí".

¿Porque qué derechos humanos hay en ese país? Qué crees tú que sienten esos seminaristas cuando abren el Evangelio y escuchan una lectura que dice: "Estoy seguro que uno de ustedes me va a traicionar?. Y ellos se miran unos a otros y saben que cualquiera que traicione les hará un daño infinito. En resumen, pidamos al Señor el don del Espíritu. Yo creo que sí necesitamos conversión, ¿sabe? Yo creo que nosotros no somos gente perversa, pero creo que casi duele llamarnos gente buena. Yo creo que duele llamarnos gente buena, porque yo creo que un corazón bueno tendría que estar como en una conexión permanente con todos los que sufren.

Yo creo que así era Santo Domingo. En la predicación de la entrada nos decían eso. Como Santo Domingo estaba en ese sufrimiento. Yo creo que nosotros tenemos que estar en esa conexión, tenemos que estar pegados del Cristo que sigue sangrando en nuestro tiempo y tenemos que pedirle al Señor que aparte de nosotros todo obstáculo interior para que podamos verdaderamente ser testigos suyos, podamos ser esos ejemplos, ejemplos luminosos y alegres de santidad, como espera la Iglesia de nosotros. Que el Señor traiga esta conversión a nuestras vidas y que nosotros podamos contagiar a otros para que también se sientan felices, muy felices de ser de Jesús y de entregarse a Jesús.

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