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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo no viene a maquillar la realidad sino a transformarla.
Homilía o145002a, predicada en 19980710, con 9 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. Cuando experimentamos el gozo del amor de Dios, sentimos algo desbordante. Uno de los jóvenes nos invitaba al comienzo de esta celebración a participar de una fiesta, porque verdaderamente, cuando el amor de Dios llega a nosotros, hay fiesta en el alma. Y hay momentos en que la alabanza, la música, las profecías, los milagros, el ambiente de amor que se siente, como que lo saca a uno de esta tierra, como que uno siente que se va para otra parte. Tal vez incluso hemos pensado a veces que esta celebración, este amor maravilloso que vivimos de algún modo es como un olvidarnos de este mundo cruel. Tantos problemas, tantos odios, tantas dificultades, tantas incomprensiones, tan poquito dinero y tanta gente? Entonces llegamos a esta fiesta del amor de Dios y celebramos con poder todo lo que Dios hace. Y sentimos que nos podemos olvidar un momento de esa realidad. Esto tiene su parte de belleza. Pero cuidado: la religión no puede ser una droga. Si nosotros habláramos con un drogadicto, ¿él qué nos diría? ?Me inyecto y se me olvida todo, hermano todo; y todo me parece increíble? ¿Y qué pasa cuando se le acaba el efecto de la droga? Viene una depresión pavorosa y tiene que enfrentar de nuevo un mundo duro, con un cuerpo más enfermo y con una billetera más vacía. La religión no es una droga; la alabanza no es un escape; y Cristo no es un narcótico. Cristo no es un doping. Para que nos sintamos increíble y nos vayamos a la luna, y luego caerse desde la luna otra vez al mundo cruel. Hay personas que a veces miran la alabanza carismática así y les pasa lo mismo que les pasa a los drogadictos, es decir, cuando vuelven a aterrizar en sus casas dicen: ?Ah, qué aburrimiento de vida!". Eso no es lo que quería Jesús. Jesús no es un idealista, un hombre fantasioso. Cuando una persona permanentemente huye de la realidad, termina volviéndose loca porque le toca negar la realidad. ¿Y qué es la locura sino eso? La imagen clásica del loco es aquel que tiene el sombrero de Napoleón Bonaparte. Siempre se asocia con Napoleón y se le pregunta a ese señor: ¿Quién es usted? Napoleón Bonaparte. ¿Ah, y qué ha hecho usted? ?Yo gané Waterloo?. Bueno, pero resulta que los libros de historia dicen otra cosa. Además, usted no se parece mucho a Napoleón, usted ni siquiera habla francés. Además... ?¡Pamplinas, mentiras, detalles secundarios! Yo soy Napoleón?. ¿Qué está haciendo ese loco? Está rechazando su realidad. Está rechazando su problema y está huyendo a un mundo imaginario. Y allá sintiéndose Napoleón, se siente bien. ¿Fue Jesús un soñador? No. ¿Fue Jesús un idealista? No. Y el evangelio que acabamos de escuchar lo prueba clarísimamente. Jesús no fue un soñador. Jesús no fue un idealista; fue un hombre que tuvo la claridad inmensa, meridiana sobre los problemas que se le iban a venir a sus discípulos, y se los describe con un detalle impactante: "No os fiéis de la gente, os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante sus gobernadores y reyes por mi causa". ¿Son esas las palabras de un idealista soñador? No; son las palabras de alguien que sabe lo que pesa el poder, lo que duele, la enfermedad, lo que se siente con hambre, la tristeza, el dolor, el abandono. Estas no son imaginaciones para Cristo. Si hay alguien que conoce la entraña del dolor humano, es Jesús. Y Jesús no vino a esta tierra a sanar la llaga, solo poniéndole encima un trapito rosadito y decir: "Ya ves, ya no está. todo está bien". Esto sería lo que hace el drogadicto y el alcohólico: Se van a otro mundo donde se sienten reyes y señores saludables, buenmozos, artistas, para luego aterrizar y darse duro contra el mundo. Cristo no es un idealista. Cristo no viene a maquillar la realidad, sino a transformarla. Y el precio; el precio es su propia sangre. Si hay alguien que le habló claro a los discípulos fue Jesús, más bien los soñadores eran ellos. Ellos sí, "No Jesús, ¿qué te va a pasar?, no que Cruz. No, no, no entendemos ese lenguaje. Ellos sí estaban dopados, soñando cosas. Jesús sabía que el camino iba hacia la cruz, pero con esa misma claridad sabía que el sufrimiento de la cruz, como todo sufrimiento que se vive en la fe, en el realismo, en el amor y en la generosidad, todo sufrimiento que así se vive, da fruto, un fruto abundante. Por eso, aunque nos habla de persecuciones, mira lo que también dice: "No os preocupéis de lo que vais a decir; daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros". Sí: la persecución que se vuelve testimonio; dolor que se vuelve sanación; soledad que se vuelve purificación. Sufrimiento que te hace fecundo para salvación y para vida de otras personas. Amigos, esta es la enseñanza para hoy: nosotros no vamos a huir. La vida es dura; en tiempos de Jesús y en tiempos nuestros, la vida es dura. Y que nadie se monte en un cohete de alabanza para huir de la dura realidad. No, la alabanza no es para huir, no es para subir hacia las nubes rosadas, sino para descender a las entrañas del corazón humano y allí encontrar la fuerza para transformar realmente el mundo: para cambiar realmente nuestras condiciones de familia, para aprender a ser generosos con nuestros hermanos, para crear lazos eficaces de solidaridad, para abrir los ojos ante el hermano pobre y para todos juntos, experimentar gozosos que este evangelio, aunque pasa por la cruz, lleva hacia la gloria. ¡Bendito sea el Señor! Amén.

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