Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios puede bendecirnos de muy diversas formas y por ello es importante estar despiertos para que la pobreza no nos lleve a desesperación y la riqueza no nos vuelva arrogantes, desagradecidos o duros de corazón.

Homilía o143009a, predicada en 20200708, con 25 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, hoy vamos a hacer una pequeña reflexión sobre la relación que tienen la riqueza y la prosperidad, con la fe. Porque la primera lectura de hoy, tomada del capítulo octavo del profeta Oseas, plantea exactamente ese tema. Lo que muestra el texto de Oseas es algo que sucedió en el reino de Israel, algo terrible, terrible porque es contradictorio. Y es que el pueblo de Israel, cuando estaba mejor, se volvía peor. Cuantas más cosas, riqueza, seguridad y prosperidad tenía, más se apartaba de Dios y más se apegaba a sus ídolos. Este descubrimiento denunciado por Oseas, este hecho denunciado por Oseas, tiene que iluminar nuestra propia relación con los bienes materiales y, en general, con la prosperidad.

Muchas personas consideran que la fe debería darles solución a sus problemas y la verdad que este tema no es sencillo porque muchos, efectivamente, hemos experimentado al acercarnos a Dios, que Dios nos ayuda, nos bendice con la salud, con un buen trabajo, un buen lugar para vivir. Entonces, uno dice: ¿al fin cómo es la cosa? Estando cerca de Dios he encontrado estabilidad económica, un buen lugar para vivir, un buen trabajo, dinero para tener tranquilidad hacia mi futuro. Entonces, ¿qué es lo que quiere Dios? O es que Dios quiere que yo esté pasando necesidad, que esté en la precariedad, que viva en la pobreza, ¿eso es lo que Dios quiere? Pero, por otro lado, la riqueza también puede apartar el corazón de Dios. Por eso digo que este no es un tema fácil, es un tema que nos implica a todos y es un tema que solo con la ayuda de Dios podemos esclarecer un poco.

Mientras dirijo estas palabras, tú en tu corazón, pídele al Señor gracia del Espíritu Santo para tus oídos y para mi voz, que yo también estoy pidiendo lo mismo. Lo que podemos decir es que a veces una circunstancia difícil nos acerca a Dios, otras veces una circunstancia difícil nos hace dudar de Dios. Concretamente, la pobreza en cuanto carencia, puede ayudar o puede obstaculizar el encuentro con Dios, y la riqueza puede ayudar o puede obstaculizar. Pero vamos a ver en qué condiciones, porque no hay una fórmula automática que diga, el cristiano tiene que ganar tanto dinero como mínimo. Pero tampoco hay otra fórmula que diga, el cristiano tiene que ganar tanto dinero como máximo, porque si gana más dinero que eso, ya tendrá que ser un corrupto.

Más bien lo que uno puede hacer, y es lo que vamos a intentar aquí, es darse cuenta de cuáles son los riesgos que corre nuestra fe y nuestra unión con Dios cuando pasamos por tiempos de escasez. Aquí nos vamos a referir sobre todo a la escasez material, o sea, la pobreza. Pero también, lo que vamos a decir se puede aplicar a otras condiciones, a otras circunstancias de la vida humana. Por ejemplo, cuando decimos que una persona tiene mala salud, uno puede decir, su salud ha sido pobre, o uno puede decir, es una persona que es muy pobre en su ánimo, en su espíritu, en su impulso. Una persona como pobre de ganas. Pero repito, aquí nos vamos a referir en primer lugar a los bienes materiales.

Entonces, tratemos de examinar con la guía de la Palabra de Dios, cuáles son esas posibles ventajas y posibles desventajas tanto de la pobreza como de la riqueza. ¿Cuáles son las posibles ventajas que tenga la pobreza? Bueno, no hace mucho, en este mismo espacio hacíamos una predicación a la cual los remito amablemente, una predicación sobre el desierto. Y recordábamos cómo en los tiempos de desierto, el pueblo de Israel fue más fiel a Dios. ¿Por qué? Porque el tiempo de desierto hace que los ídolos queden atrás, hace que yo conozca más mi propia necesidad y hace que más fácilmente me apegue al Señor.

He escuchado historias muy interesantes en las ocasiones en que he podido prestar algún servicio misionero, en países que reciben migrantes, a veces legales, a veces por caminos llamados ilegales. Esto de la legalidad o de la ilegalidad es muy difícil de establecer, porque cuando una persona está huyendo de la guerra, cuando una persona está huyendo del hambre, el hecho de que cruce una frontera sin tener sus papeles en orden ¿lo hace ya un criminal? Esa es una pregunta que hay que hacerse, pero por ahora no entremos en ese tema que lo dejo solamente planteado. Y más bien, comento lo que ha sucedido en algunos casos de familias centroamericanas, sudamericanas y, sobre todo, mexicanas que han cruzado la frontera hacia Estados Unidos.

Muchas de estas personas, que se vieron empujadas por la necesidad para emprender semejante viaje, lleno de incertidumbre, lleno de carencias, sufriendo literalmente angustia, sed, hambre. Muchas de estas personas, al hacer ese recorrido ¿de quién podían fiarse? Si incluso las personas que les guían en ese camino, personas a las que popularmente se les llama coyotes, algunas veces esas personas, casos se han conocido, en que se quedan con el dinero y abandonan en el más espantoso desierto a los pobres que les han dado su platica. Y por eso, a veces la guardia fronteriza de Estados Unidos o la de México ha encontrado personas muertas de sed y de hambre, han fallecido porque fueron abandonados por aquellos que se quedaron con el dinero y nunca los llevaron al destino que les habían prometido.

Entonces, hermanos, ¿qué aprendemos de esto? Aprendemos que estas personas, cuando hacen ese recorrido, sienten que no pueden confiar en ninguna autoridad, ni las autoridades oficiales, porque no aprobarían ese viaje, ni tampoco la autoridad de los coyotes, los guías que los están llevando por el desierto. No pueden confiar en ellos, pero tampoco pueden quedarse solos. Entonces, ¿qué hacen? ¿A quién acudir? Yo recuerdo los ojos llenos de lágrimas de un hombre que hizo ese recorrido. Y ese hombre decía: Solo mi Dios, solo mi Dios me trajo hasta aquí, solo mi Virgencita de Guadalupe. Ahí te das cuenta que en tiempos de gran necesidad que pueden ser de pobreza, de enfermedad o de otra causa, muy fácilmente uno se apega, se aferra a Dios. Muchas de estas personas se han establecido, como digo en principio ilegalmente, con lo que pueda significar la palabra ilegal ahí, se han establecido en el nuevo país, por ejemplo, Estados Unidos. Y ahí han tenido sus hijos.

Sus hijos ya no tuvieron que cruzar el desierto, sus hijos ya crecieron en circunstancias muy buenas, incluso cómodas. Sus hijos ya supieron lo que era comer en restaurantes y a medida que mejoraba la situación económica de los papás, muchas veces llegaron a ser restaurantes de cierto lujo y ropas de ciertas marcas. Y yo me he encontrado con varios de esos papás y mamás que dicen: Yo jamás, jamás podré olvidarme lo que hizo la Virgencita, cómo me salvó la vida y cómo me trajo aquí. Pero tengo una tristeza, Padre. Mis hijos ya dicen que no creen en Dios, fueron a la escuela, hablan inglés perfectamente, han tenido trabajos y ya consiguieron su dinero. Ellos no tienen problemas de papeles, ellos han llevado una vida mucho más cómoda, ellos han llevado una vida llena de seguridad y ahora niegan a Dios. Yo un día le tuve que decir a mi hija: Cállate, Cállate que tú no sabes. Cállate. Tú no sabes lo que es estar en medio del frío de la noche y del desierto sin certeza de si te van a violar, te van a robar, te vas a morir, te van a encarcelar. Tú no sabes lo que es eso. Y mi hija se quedó callada, Padre, se quedó callada, pero ella sigue diciendo que es atea. Ahí está, ahí está el punto.

¿Quiere decir que uno tiene que pasar por esas necesidades extremas? Uno no tiene que nada, uno no tiene que nada. Hay gente que ha pasado por eso y ha reafirmado su fe en Dios. Hay otras personas que no han pasado por eso y tienen una fe viva en Dios. No se pueden dar normas generales, pero sí se pueden dar advertencias. Y una advertencia es que a veces los tiempos de necesidad, de necesidad económica, de necesidad afectiva, de necesidad de guía existencial, a veces esos tiempos duros, son los tiempos para encontrarse con Dios.

Yo conocí, particularmente, en California el testimonio impresionante de algunas personas que decían: Mi vida era drogarme y robar para drogarme. Salir de la cárcel para robar, robar para drogarme y después drogado que me agarrara otra vez la policía. Entré 12, 15, una vez un muchacho decía: Entré más de 20 veces a prisión, dando su testimonio en un congreso católico carismático en California, entré más de 20 veces a prisión, pero el Señor, a través de esa miseria que yo estaba viviendo, me salió al encuentro y llegué a creer en Él. Entonces, cuál es la ventaja que pueden tener los tiempos de escasez sin que haya recetas, sin que haya normas absolutas. Pero a veces, y eso te puede pasar a ti, a veces esos tiempos difíciles son los tiempos que nos sacuden, son los tiempos que hacen caer los ídolos, como ya decíamos en la otra predicación y, por consiguiente, son los tiempos en los que uno puede encontrarse con Dios.

¿Cuál es el problema? El problema está en que a veces las personas caen en desesperación. A veces las personas, con los oídos enrojecidos por el fuego de la boca de Satanás, con los oídos enrojecidos, hoy en día y noche el mismo estribillo, y el mismo estribillo ¿cual es? El mismo estribillo es: Dios se olvidó de ti. Si Dios existiera, no te pasaría esto. Mira todo lo que rezas y mira la miseria en la que estás. Y aquí está, aquí al lado del oído de ellos, está la garganta asquerosa de Satanás repitiéndoles esos lemas. Y la persona se desespera y la persona entonces dice: Qué cuentos de estar rezando ni qué nada, yo me voy por el camino del crimen, yo me voy por el camino de las pandillas, yo me voy por el camino de las maras. Eso también puede pasar, por eso digo, en esto no hay recetas, pero sí hay advertencias. ¿Ya te aprendiste esa frase? No hay recetas, pero hay advertencias. Y lo que uno tiene que pensar es, si hay escasez ¿qué puedo hacer para que este momento no me aparte de Dios?

Ahora pasemos a hablar un momento de la prosperidad. El peligro de la prosperidad creo que queda muy claro, la persona que abunda en bienes muy fácilmente se vuelve autosuficiente muy fácilmente, no es forzoso. Otra vez lo repito no hay recetas, no hay recetas, pero sí que existe la triste posibilidad, claro que existe la triste posibilidad de que la persona se llene de arrogancia, se llene de pereza, se llene de dureza y a medida que se afianza en su comodidad y en su palacete, en la medida en que se afianza en su mundo cómodo, empieza a cambiar su mente y empieza a mirar al que pasa necesidad, como si fuera un fracasado, como si fuera un perezoso, como si fuera culpable de su pobreza. Y entonces, no solo se llena de soberbia, sino que se llena también de indiferencia hacia los demás, estos peligros son evidentes y son muy claros y muy frecuentes. Por eso, alguien decía hay que tenerle más miedo a la abundancia que a la escasez, cuando se trata de la vida cristiana.

Y hay una anécdota muy bella, algo que le sucedió a nuestra amiga Catalina de Siena. En alguna oportunidad se le apareció el Señor y le ofreció dos coronas. Una corona era corona de espinas, semejante a la que el mismo Señor tuvo que llevar en su cabeza. La otra era una corona perfumada, donde había rosas sin espinas. Y poniendo las dos coronas ante los ojos de ella, le dijo Jesús: ¿Cuál de las dos quieres? Se parece mucho al tema que estamos comentando hoy. Y la respuesta de Catalina de Siena quedó grabada en mi memoria, casi literalmente sus palabras fueron éstas: Sea en todo servida tu Santísima Voluntad. Pero si me das a escoger a mí, me parece más segura la de espinas. No dijo que fuera más suave, ni que fuera más agradable, ni que le diera mayor gusto. Dijo: Es la más segura, es la más segura.

Y hay varias frases del Evangelio que van en esa dirección, varias frases. Así, por ejemplo, Jesús dice: «Qué angosto es el camino que lleva a la salvación y pocos dan con él, que ancha es la vía que lleva a la perdición, y muchos van por ella». Y cuando Jesús nos habló de tomar la Cruz para seguirle, indudablemente no estaba pensando en una vida llena de comodidades, donde todos los problemas están resueltos. Entonces, es evidente que la abundancia, es evidente que la prosperidad, sobre todo, cuando empieza a crecer, entraña un riesgo, entraña un riesgo para toda persona, eso nos incluye a los sacerdotes, eso incluye a los religiosos. Una de las primeras predicaciones, no se me olvida, una de las primeras predicaciones del Papa Francisco, dirigida a nosotros los religiosos, fue: Dense cuenta que los tiempos de gloria, los mejores tiempos para las comunidades religiosas, fueron siempre los tiempos en que vivieron su voto de pobreza. En cambio, cuando llega la abundancia. En cambio, cuando nadan en la prosperidad, muy fácilmente empiezan a romper sus votos. Entonces, esto vale, esto vale para todo cristiano, religioso o no religioso, laico, sacerdote, vale para todos.

Cuidado, pero ¿en qué sentido los bienes de este mundo nos pueden hacer bien? Los bienes de este mundo nos pueden hacer bien si nosotros los recibimos con agradecimiento, si mantenemos un criterio de sobriedad y si los empleamos para hacer bien a otras personas, es decir, para que las cosas de este mundo no se adueñen de ti hasta el punto de hacerte daño, es necesario bautizarlas con este triple bautismo, bautizarlas digo entre comillas, claro está. Hay que darles un bautismo a las cosas que recibimos. Ese bautismo, que así llamo yo, consiste en tres cosas. Primero hay que recibirlas con agradecimiento. Agradecer a Dios, que es el que nos permite todo lo bueno que tengamos y algunas cosas buenas indudablemente tenemos. Tienes talentos, agradéceselo a Dios. Belleza física que te hace agradable, agradécele a Dios, porque si no le agradeces a Dios, fácilmente va a estar al servicio del demonio tu inteligencia o tu belleza o tu dinero. Agradecer a Dios y poner en su presencia lo que tenemos en términos de salud, talentos, dones, carismas, riqueza, agradecer es lo primero, porque al agradecer a Dios le estamos proclamando Señor de nuestras cosas.

Segundo, para que las cosas de este mundo no se adueñen de nuestro corazón, es necesario practicar una virtud que de nuevo el Papa Francisco la ha practicado desde siempre, se puede decir, y que además la predica, esa virtud se llama la sobriedad. La sobriedad significa la capacidad de decirse con frecuencia y con sabiduría la palabra no. No puedo comer todo lo que se me antoje, no puedo comprar todo lo que se me antoje, no puedo pagar todo lo que se me antoje simplemente porque hay dinero en el banco, no. La sobriedad implica ponerse un límite, un límite, precisamente para que el placer, que puede ser el simple placer de tener, el placer no se adueñe de mí. Entonces, primera condición primer bautismo de las cosas de este mundo, agradecerlo todo a Dios. Segundo elemento que hay que tener en cuenta, es necesario practicar la sobriedad.

Entonces, ponte límites. Tú no puedes vivir en medio de un torrente de placeres y decir que sigues a un Dios crucificado. No te digas mentiras. Esta expresión, dicha con otras palabras, es de San Luis Bertrán, no puedes llenarte de placeres y creer que estás sirviendo a Dios. No te engañes, es falso, es mentira, no te engañes. Entonces hay que poner límites. Límites en la cantidad de placer, límites en cuanto como, cuánto duermo, cuánto bebo, cuánto descanso, hay que poner límites. Y esos límites muy pronto nos llevan a la práctica saludable de algunas formas de penitencia. Esto lo practicaron grandes y poderosos hombres y mujeres, cómo olvidar aquí, por ejemplo, a una Santa Isabel de Hungría o a una santa Margarita, princesa de Hungría, que entró a un convento de clausura finalmente. Cómo olvidar, por ejemplo, a un San Luis. San Luis IX, rey santo de Francia. Son personas, digo son porque no solo fueron, existen en la presencia de Dios y en la gloria del cielo, son personas que supieron poner límite.

Entonces, agradecimiento, sobriedad. Y lo tercero, recuerda siempre que eres administrador, tienes inteligencia, bendito sea Dios. Pero, hay también criminales que tienen inteligencia. Cuidado, entonces, que la inteligencia esté al servicio de Dios. Por eso todo hay que agradecerlo, todo se agradece y se pone en la presencia de Dios. Estoy vigilando sobre mí mismo y practico la sobriedad y la penitencia. Y, además, soy consciente de que lo que he recibido en términos de salud, en términos de talentos, en términos de dinero, en términos de cosas, es simplemente para que yo lo administre, porque todo lo tendré que dejar. No importa qué tan abultada sea tu billetera o qué tan voluminosa sea la cuenta bancaria que tengas, ahí se quedará cuando tú te mueras. Entonces, a ti se te ha dado el privilegio de administrar, administrar lo que tienes para bien de otros.

En resumen, tanto la pobreza como la riqueza, si las vivimos en la presencia de Dios, pueden ayudar a nuestro progreso espiritual. Pero debe afirmarse, sin embargo, que son mayores los riesgos de la riqueza, porque la riqueza nos empuja en la dirección de la soberbia, que es la columna vertebral del alma de Satanás, cuidado con eso. Sin embargo, podemos hacer buen uso de los bienes de esta tierra y de otros dones y talentos que Dios nos haya otorgado, si practicamos las tres cosas que hemos dicho constante gratitud hacia Dios, sobriedad y penitencia, y uso inteligente de los bienes para ayudar al prójimo, entonces hay que tener en cuenta eso.

Y mientras tanto, ¿qué oración debemos hacer? Señor, dame la sabiduría para administrar lo que me has dado. Señor, dame confianza, cuando sienta que mis recursos escasean. Y Señor, dame la plena fe de que es tu Providencia, quien me lleva por el camino que tú me llevas. En la medida en que oramos más o menos con estas palabras, más o menos en este sentido, podremos también repetir esa frase bendita que dijo el apóstol San Pablo: «Sé vivir en la pobreza, sé vivir en la riqueza». Ese tiene que ser el cristiano, ni la pobreza me desespera, ni la riqueza me atrapa. Ese es un cristiano. ¿Por qué? No me desespero porque creo en la Providencia y no soy idólatra porque adoro al único Dios verdadero. Amén.

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