Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los bienes creados son ambiguos porque en parte revelan al Creador pero en parte pueden suplantarlo.

Homilía o143006a, predicada en 20160706, con 24 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Reflexionemos queridos amigos, sobre la primera lectura, les invito. Ha sido tomada del profeta Oseas en el capítulo décimo. Si uno conoce un poco de la historia de Oseas, lo que primero recuerda son las graves dificultades que él tuvo en su matrimonio. Oseas estaba casado con una mujer llamada Gomer. Pero el problema de esa mujer no era solo el nombre feo, el problema es que era una mujer infiel, o quizás una mujer que estuvo dedicada a la prostitución y que, en todo caso, no apreció el amor de Oseas y le falló muchas veces. Oseas descubre entonces, la dureza de la infidelidad y descubre la dureza del amor ofrecido y no correspondido. Y lo mismo que otros profetas, pero de una forma quizás más dramática, Oseas se da cuenta que eso es lo mismo que sucede entre Dios y su pueblo. Para decirlo en terminología matemática, Oseas es a Gomer como Dios es a Israel. Oseas ama a Gomer como Dios ama a su pueblo. Oseas le ofrece amor, perdón y paciencia a su esposa, como Dios ha tenido amor, perdón y paciencia por su pueblo. Pero Gomer sigue siendo insistente, persistente en su infidelidad, lo mismo que el pueblo es infiel.

Esta imagen aparece en varios profetas, la desarrolla también extensamente y con un lenguaje muy rudo, el profeta Ezequiel, por ejemplo. Es una imagen que espontáneamente se va desarrollando, va creciendo. ¿Qué quiero decir con esto? Que después de identificar a Dios con el esposo amoroso y al pueblo con la esposa infiel, la siguiente correspondencia o analogía será la que salga de preguntarnos: Bueno, si Gomer es infiel con algunos hombres. ¿Cuáles son esos hombres o cuáles son los equivalentes de esos hombres en el caso del pueblo? Y la respuesta, por supuesto, es los ídolos. O sea que la analogía completa es: está Oseas, está la esposa, y están los amantes de la esposa. Y debajo debemos escribir: está Dios, está su pueblo, y están los ídolos. Y hay una correspondencia en cada una de esas columnas.

La novedad que trae el texto de hoy es que cuando se hablaba de ídolos en general, se pensaba hasta entonces en los ídolos propios de las religiones, particularmente, ese pulular de religiones de la tierra de los filisteos, en donde se daba culto a los distintos baales. Pero, si miramos el texto de hoy, nos damos cuenta que Oseas descubre otra raíz de idolatría que ya no se refiere solamente a lo religioso. Israel era una viña frondosa y daba fruto. Cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares, cuanto mejor era la tierra, mejores monumentos erigía. Es decir, Oseas nos da aquí una señal clara del peligro que tiene la prosperidad, del peligro que tiene, la abundancia del peligro que tiene que las cosas salgan como uno las desea, como uno las ha planeado, como a uno le gustan.

Esto es muy interesante, es una idea que ya aparece en el libro de los Jueces. El libro de los Jueces nos describe una situación cíclica. Recordemos que el libro de los jueces se ubica en el tiempo en que el pueblo de Dios, el pueblo hebreo, llega a la tierra prometida. Josué, antes de que crucen el Jordán ya para entrar a la tierra prometida, les hace largos sermones, severas advertencias: Cuidado, cuidado, cuidado con los ídolos que van a encontrar aquí. Pero lo que le sucede al pueblo está descrito en el libro de los Jueces. Hay una frase, sobre todo, de ese libro que resume la situación: «Cuando les iba mal, buscaban a Dios».

Y los ciclos de los que hablo, en el libro de los Jueces son bien conocidos. El pueblo era acosado por los filisteos y el pueblo clamaba a Dios. Dios respondía dándoles líderes, que podríamos llamar líderes carismáticos, con una fuerza personal, con una capacidad de convocatoria y con resultados fantásticos. Y esos líderes son, precisamente, los llamados jueces. ¿Por qué se llaman jueces? Porque son los que traen la justicia divina. ¿En qué consiste la justicia divina? En que las cosas se ajusten a su plan. O sea que los jueces son los rectificadores de la historia, son como lo que han sido los reformadores en las comunidades religiosas. En las comunidades religiosas pasa mucho eso, que vamos entrando todos como en una mediocridad, mediocridad cada vez peor, pero surgen reformas, surgen reformadores, surgen conventos reformados y como que se levanta un poco, a veces poco, a veces mucho. Ese es un poco la historia de la Iglesia y la historia de la vida religiosa.

Bueno, los jueces eran como esos líderes que reajustaban, reacomodaban la historia acercándola al plan de Dios. Entonces ¿el ciclo cómo era? Los filisteos acosaban a los hebreos. Los hebreos sufrían y clamaban al Señor. El Señor les daba un líder, un jefe, un juez. Con el liderazgo de ese juez, los hebreos vencían a los filisteos, tenían una resonante victoria. Y entonces, embriagados de su victoria y de su nueva situación de tranquilidad, se apartaban del Señor. Y cuando se apartaban del Señor, tarde o temprano volvían los filisteos y los atacaban. Y entonces, los hebreos se veían humillados. Y ¿qué hacían? Clamar al Señor y el Señor les daba otro juez. Y ahí vuelve y juega el ciclo. Uno se da cuenta que, ya en el libro de los Jueces, aparece entonces la idea de que es peligroso que a uno le vaya bien. Es peligroso, no es forzosamente algo negativo, pero entraña un peligro. Entraña un peligro porque cuando estaban tranquilos los hebreos no sentían la necesidad de orar y se apartaban de Dios. Algo parecido acontecía con los hebreos del tiempo de Oseas. La misma situación, es decir, llega la prosperidad, dice: Israel era una viña frondosa, daba fruto. Cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares. Cuanto mejor era la tierra, mejores monumentos, monumentos idolátricos, erigía.

Entonces, fíjese cómo va surgiendo en el Antiguo Testamento una contraposición dialéctica entre la prosperidad como señal de que Dios me bendice y la prosperidad como ocasión de que yo me aparte de Dios. O sea, la prosperidad, la abundancia, los bienes creados son ambiguos porque los bienes creados, por una parte, son señales del amor de Dios. Pero los bienes creados, porque tienen un bien que les es intrínseco, entonces son también un peligro que me puede apartar del bien supremo. Precisamente, porque los bienes creados o la prosperidad, está como en un estado intermedio, como los bienes creados están en la mitad, ¿la mitad entre qué y qué? En la mitad, entre mi necesidad y la infinita abundancia de Dios. Entonces, como yo soy necesitado y me llega un bien, yo puedo ver ese bien como una señal de Dios. Y en ese sentido, ese bien particular me lleva a bendecir al Señor, a darle gracias y a descubrirlo a Él mismo como bien supremo. Pero luego, como ese bien que me llega es un bien, es posible que yo me obsesione con ese bien, es posible que yo agarre, atrape ese bien, es posible que yo quiera saciarme en ese bien hasta el punto de olvidarme del bien supremo.

Entonces los bienes parciales, por una parte, son revelación del bien supremo, pero por otra parte, los bienes parciales pueden ser oscurecimiento del bien supremo, porque puedo quedarme con esos bienes parciales. O sea que las criaturas en general, hasta esa profundidad llega a San Agustín, las criaturas en general son ambiguas. Las criaturas son ambiguas porque las criaturas me revelan al Dios bueno, pero las criaturas me pueden retener lejos del Dios bueno. De ahí el famoso pasaje del Libro de las Confesiones: «Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que sin ti no existirían». Ahí está la idea. Es decir, yo me puedo aferrar tanto a un bien parcial, tanto me puedo aferrar a él que me olvide del bien total. Pero por otro lado, sí necesito de bienes parciales, porque a través de esos bienes, aunque pasajeros y aunque incompletos, yo puedo descubrir un camino para, bueno, para asomarme a la bondad infinita de Aquel que me ha enviado todos los bienes parciales.

Hay, pues, una tensión en el Antiguo Testamento, una tensión entre el que me vaya bien, como una señal de bendición o el que me vaya bien, como un peligro que me puede apartar de Dios. Y eso es lo que aparece en el texto de hoy de Oseas, eso es exactamente lo que aparece aquí. Tiene el corazón dividido. ¿Dividido entre qué? Entre los bienes parciales y el bien total, porque los bienes parciales me pueden fascinar tanto, que se me olvida el bien total. Esto no tiene una solución, no tiene una solución general, no hay un modo general de resolver este problema. ¿Cuál es la dosis de bien parcial que yo debo recibir, de tal modo que ese bien parcial, creado me rebele y no me oculte al Creador? Eso no tiene una respuesta general.

La respuesta es una respuesta que sucede en la historia y que en la teología griega tiene el nombre de hoy «oikonomia», la economía de la salvación. En la literatura occidental, en la literatura latina, tiene el nombre de Providencia, es decir, la providencia, la dispensación de los bienes creados. Dios tiene que darte la medida exacta de bienes para que tú descubras al Dios bueno, pero la medida exacta que no sea tanta, de modo que no te aferres tanto a esos bienes y te olvides del bien mayor. Por eso necesitamos del Dios providente, por eso necesitamos de la providencia de Dios. Y por eso uno tiene que encomendarse a la sabiduría de Dios, porque solamente Dios sabe cuántos, cuántos bienes he de recibir, bienes ¿en qué sentido de qué? Bienes, por ejemplo, en el sentido de la salud, bienes en el sentido de la inteligencia, de los resultados académicos, de las personas que me quieren, del éxito en mis empresas, de que yo planeo una cosa y me resulta.

O sea que Dios tiene que, tiene no como un deber, sino que Dios ha querido, ha querido tratarnos de tal manera que Él administra, Él administra tanto los bienes que son evidentes como los bienes que resultan un poco extraños. Esos bienes extraños son los que uno llama contradicciones, fracasos o incluso desgracias. Por eso, dice un texto muy bello que orábamos esta mañana: Él hiere y venda la herida. O sea, en Dios está tanto la herida como el vendaje. ¿Por qué? Porque Dios algunas veces tiene que mimarte, otras veces tiene que corregirte, a veces tiene que darte o quiere darte, estoy utilizando demasiado el verbo tener, que Dios no tiene que, pero Dios sí tiene que en el sentido de que, resuelto a salvarnos y amarnos, pues Él mismo se ha impuesto esta ley de providencia con la que tiernamente nos conduce. Entonces Dios, en orden a nuestra salvación, nos da así, cosas buenas. A veces nos salen bien las cosas y eso está bien y a veces es bueno enfermarse y a veces es bueno fracasar y a veces es bueno que le vayan a uno mal las cosas y a veces es bueno que uno no lo entiendan.

Bueno, en esto hay santos de todo el espectro, ¿no? El hombre extremo por excelencia se llama San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz es el caso extremo porque San Juan de la Cruz toma una actitud como de absoluta desconfianza frente a los bienes parciales. San Juan de la Cruz, que realmente es un caso extremo, quiere como desconfiar de todo. Precisamente, el amor a la cruz en este santo lo que indica es: Yo prefiero que de tal modo mi corazón esté desierto de todo otro bien, para que solo tú, Señor, seas mi bien. Prefiero estar tan completamente desierto de todo éxito, para que mi único triunfo sea ser tuyo. Yo quiero ser pobre de todo, de todo, para que tú seas mi única riqueza. ¿Por qué? Porque una riqueza parcial puede volverse una codicia.

Esta espiritualidad radical aparece, pero de un modo un poco más amable, en la figura de Francisco de Asís. Resulta que Francisco de Asís toma como un punto cumbre dentro de su recorrido espiritual, el momento de su desposorio con la dama pobreza. Pero es que la pobreza de Francisco es como la Cruz del famoso carmelita reformador San Juan de la Cruz. La pobreza de Francisco es la opción radical de prefiero quedarme sin nada, sin nada. Quiero desprenderme de todo. Quiero desposeer todo porque quiero poseerte solo a ti. Menos conocido es el caso de Santo Tomás de Aquino en un famoso episodio que se cuenta en su biografía. El Señor le habla, le habla, hay testigos que cuentan ese milagro que le habló el Señor. O sea, hubo quien oyera esa voz aparte de Tomás. Y qué le dijo el Señor a Tomas: «Has escrito bien de mí, Tomas. ¿Qué quieres como recompensa?» Y responde Tomás de Aquino: «Non nisi te, Domine». «Solamente tú, Señor». Lo demás es parcial, lo demás no me convence.

O sea que uno se da cuenta que el misterio de la Cruz, el misterio del desierto, el misterio de la pobreza, el misterio del despojo, el misterio del martirio, son misterios que se miran mutuamente y son misterios que están conectados. La opción por la pobreza en San Francisco de Asís, la opción por la Cruz en San Juan de la Cruz, la opción radical por Cristo y nada más que Cristo en Tomás de Aquino, la opción por la corona de espinas en aquella visión que tiene Catalina, en que se le ofrece una corona de rosas y unas espinas, ella toma las espinas, todas esas opciones y las opciones de los mártires están conectadas. En el fondo, todo es el mismo lenguaje, en el fondo, todo nos está hablando del peligro de los bienes parciales, frente a la posibilidad espantosa de perder el bien real, el bien total.

¿Qué debe hacer uno con un texto como éste? Si alguno de ustedes es heredero de San Juan de la Cruz, entonces sea valiente, sea valiente como San Juan de la Cruz y dígale al Señor: Sigo el camino del despojo absoluto. Es posible que algunos o alguno tenga esa resolución en su corazón. Prefiero, sin embargo, hacer una recomendación mucho más modesta. Yo recomiendo que cada uno de nosotros tome estas tres decisiones. Primera, voy a volverme fanático de la Providencia divina. Voy a pedirle al Señor con insistencia que sea Él quien gobierne mi vida, eso es el Padre Nuestro: Hágase tu voluntad. Entonces, voy a volverme fanático, voy a volverme adicto a la Providencia divina y voy a recibir todo, todo lo que me suceda, absolutamente todo desde la perspectiva de la Providencia Divina, todo internamente y externamente. Si hay desierto, desolación en mi corazón, lo voy a recibir como que esto viene de manos de Dios. Si otro día estoy inspirado, poeta, místico, cantante de la gloria divina, maravilloso, eso también viene de Dios. Pero voy a recibir todo lo que me sucede de las manos de Dios y voy a seguir de Su mano. Voy a entregarme completamente a Su Divina Voluntad, esa es la primera resolución.

La segunda resolución, por supuesto, tiene que ver con una sana desconfianza, sana desconfianza, que está bien clara en el capítulo sexto del Evangelio según San Lucas: «Ay de vosotros los ricos. Ay de vosotros los que reís. Ay de vosotros si todo el mundo habla bien de vosotros». Esas palabras no sobran en la Biblia, si esas palabras están ahí, por algo están ahí. O sea que yo debo tener, aunque todo está en las manos de la Providencia divina, yo debo tener una sana desconfianza, sana desconfianza, como decíamos en alguna de las predicaciones de este retiro: Todo el mundo te quiere, todo el mundo te felicita, qué bien que lo estás haciendo, como tú, no hay otro. No, no desconfíe de eso, desconfíe de eso. Eso no es bueno para mi corazón. Tanto elogio, tanto algodón perfumado, tanto cojín por todas partes, no es bueno para mí.

Por eso, Catalina le dijo lo que le dijo a Cristo: Sea en todo servida tu voluntad. Pero si me permites escoger a mí, escojo la corona de espinas. Sana desconfianza, esos ambientes demasiado cómodos, ese estarse rodeando, como dice el Papa Francisco, es que eso le pasa a uno de sacerdote, de predicador, de religioso. Uno insensiblemente empieza a rodearse solo de la gente que le cae a uno bien, la gente que lo aplaude a uno y uno empieza a predicar para el coro, todo el tiempo, es decir, predicar para los que ya creen lo que yo creo y ya me aceptan y ya están de mi parte. Entonces, la segunda es esa sana desconfianza, tener esa actitud de vigilancia, cuidado con esto, cuidado con lo que se está viviendo.

Tercero, tengan en cuenta, queridos hermanos, que ustedes como comunidad, ustedes también tienen una responsabilidad frente a la Iglesia. No solamente hay que cuidar de ídolos el corazón de cada uno, sino que también como comunidad tenemos que buscar cuál es nuestro servicio en la Iglesia, porque comunitariamente nos vamos volviendo cómodos, porque comunitariamente vamos esquivando los lugares duros de misión, porque comunitariamente nos vamos encerrando en aquellos sitios donde está más asegurada la ganancia o la prosperidad. Entonces, no solamente tenemos que vigilarnos nosotros, sino tenemos que ayudar a cuidar esa casa común que es la orden a la que pertenecemos o que es la Iglesia misma, ayudar a cuidar la Iglesia. El Papa Francisco decía: «Quiero una Iglesia pobre y al servicio de los pobres». Es decir, él descubre su propia responsabilidad en ayudar a que la Iglesia no esté sobrecargada de opulencia y de privilegios y de lujos y de todo eso que la va volviendo, finalmente, cómplice de los poderes de este mundo.

Así que esas son las enseñanzas que nos deja Oseas en esta ocasión. Primero, por favor, entusiastas, entregados completamente a la providencia de Dios. Prometo quejarme menos, prometo buscar más el querer de Dios y prometo estar dispuesto a recibir lo que venga de sus manos. Segundo, sana desconfianza frente a la comodidad, la prosperidad, el lujo, todo me sale bien, todos me quieren, todos me aplauden, por ahí no es por ahí, no es. Eso ya huele mal, eso ya huele a muerto, eso por ahí no es el Evangelio. Tercero, tenemos que ayudar entre todos para que nuestras órdenes religiosas y la Iglesia misma pues tome una ruta que sea digna de estos santos profetas a través de los cuales nos habló el Espíritu Santo.

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