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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o143004a, predicada en 20100707, con 28 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Saludo con respeto, con gratitud y con admiración a nuestro hermano en la fe, el general Luis Mendieta, felizmente liberado por el poder de Dios, por el valor, por el heroísmo de las Fuerzas Armadas de Colombia. Por la protección, por la dulce intercesión de María Santísima que pidió, que intercedió por Él, sin duda, ante Dios nuestro Padre. Saludo igualmente con respeto a las autoridades cívicas y militares y a mis hermanos sacerdotes que nos acompañan en esta celebración. Indudablemente se trata de un día de agradecimiento y de júbilo, pero también es un día para enviar un mensaje muy fuerte. Mientras preparaba estas palabras, yo pensaba: Hoy la homilía es el general, el general liberado y sus compañeros, por supuesto, entre los cuales nos acompaña también el teniente coronel William Donato. Ustedes son la homilía hoy, ustedes son la demostración de la perseverancia en la fe.
En momentos de dolor, de angustia que muchos de nosotros no podemos imaginar, este querido hermano nuestro y sus compañeros supieron aferrarse a Dios, su instrumento de batalla en esas condiciones tan difíciles fue muchas veces el rosario, esa fue su herramienta, esa fue su arma. Es maravilloso que llegue entonces, este día y que el hijo se encuentre con la madre. Se habían saludado desde lejos, desde la selva, desde la jungla, allá se habían saludado. Y allá el hijo le prometió una visita a la mamá y hoy se la está cumpliendo. ¡Qué alegría para nosotros, qué honor estar aquí! No podemos negarle un aplauso más a la Virgen de Chiquinquirá.
El Evangelio de hoy me hace pensar en la fuerza de la bondad. El mundo que conoció nuestro Señor Jesucristo fue un mundo cargado de dolor. Puedo recordar, junto a ustedes, algunas de las características de este dolor: pobreza en muchos sitios, opresión de un gobierno extranjero, división y sectas en el judaísmo, religión de la época, explotación de los ricos hacia los pobres. Gente llena de enfermedades, se calcula que la edad promedio al momento de morir no alcanzaba los 50 de edad. Ese fue el mundo que conoció Jesucristo, esos fueron los preferidos también del Señor, los leprosos, los ciegos, los paralíticos, los posesos, los pecadores. Todas las llagas del mundo estuvieron ahí, cerca de Él. Y Él, con amor inefable, alivió tantos dolores, sus manos santísimas tocaron tantas llagas y tantos enfermos.
Pero lo más notable se condensa en esa frase del Evangelio de hoy: Jesús dio a sus apóstoles autoridad para expulsar demonios, para expulsar espíritus inmundos, para curar toda enfermedad y dolencia. Aquí hay un mensaje de esperanza muy grande, un mensaje que nuestro país necesita. Lo podemos traducir en un lenguaje de niños: El bien puede ganar. Los buenos pueden ganar, porque hay momentos en que las circunstancias nos desalientan, hay momentos en que sentimos que la adversidad se abalanza sobre nosotros. Pero hombres como William Donato, como Luis Mendieta y sus compañeros han demostrado y siguen demostrando que más allá del poder de la maldad, el bien puede ganar. Y Colombia hoy es testigo de esta realidad y si desde este púlpito puedo enviar un mensaje con toda la fuerza que soy capaz, mi mensaje es este: el bien puede ganar. Señores congresistas, hagan ganar al bien. Gobernadores, presidentes, alcaldes, hagan ganar al bien. Soldados de la patria, policías en nuestras instituciones, hagan ganar al bien.
La Operación Camaleón, desde su proceso de inteligencia hasta una realización impecable, es la demostración de que el bien puede ganar. Yo creo que es de los momentos más altos en la historia bicentenaria del ejército de este país y creo que es justo que a esos héroes, al Ejército Nacional de Colombia y a todos los que luchan, para que haya paz y libertad para todos, les demos en este lugar también un fuerte aplauso, gracias.
Y hay algo muy grande que tiene que nacer de esta celebración y de momentos tan gloriosos como la Operación Jaque o la Operación Camaleón, hay algo grande que tiene que nacer. Esto no es solamente un asunto del Ejército, de las Fuerzas Armadas, yo estoy pensando, por ejemplo, en los escritores, en los literatos, en los productores de cine. Puedo hacerles una pregunta, señores productores de cine, ustedes qué hacen películas y las venden al mundo, les voy a hacer una pregunta: ¿cuánto más se van a demorar ustedes en hacer una buena producción sobre estos héroes colombianos? ¿Por qué el rostro de Colombia en el exterior tiene que seguir tan bajo, tan sucio, tan insultado, por qué el nombre de Colombia tiene que seguir asociado en el mundo a lo más sucio, a lo más turbio, por qué? En buena parte se debe a que nosotros mismos, los colombianos, como gente acomplejada, solo hablamos de nuestra basura, eso tiene que acabarse hoy. Tenemos que aprender a hablar con la frente en alto y por supuesto, con la gratitud hacia Dios, de quien viene todo bien, tenemos que aprender a hablar de aquello que es grande en nuestro pueblo.
Tuve la experiencia de vivir varios años fuera del país. Estuve 6 años en Europa haciendo mis estudios de doctorado, una oportunidad que le agradezco a mi comunidad y una oportunidad también para ver a Latinoamérica y, en particular, a Colombia bajo una luz distinta. Durante esos 6 años salieron muchas películas de cine, ¿hablando de qué? Sicarios, ¿de qué más? Narcotráfico, ¿qué más? Corrupción, ¿qué más? Secuestro. ¿Por qué vendemos tan mal a nuestro país? Por qué no amamos este tesoro, esta hermosa patria por la que hay gente que se está haciendo matar, principalmente en las Fuerzas Armadas, pero no solo ellos. ¿Por qué vendemos tan mal a nuestro país? ¿Por qué esa ingratitud hacia Dios, nuestro Padre, que nos regaló este país tan hermoso? Por eso digo que, desde este acontecimiento, nace un mensaje para nosotros.
Nuestra gratitud hacia Dios y nuestra gratitud hacia los agentes de bondad tiene que crecer. Y repito, quizás por última vez, señores literatos, actores, directores de telenovelas y de cine y de todos estos medios que tienen tanto poder de penetración. Ustedes tienen un deber, el deber de contar y de cantar las hazañas que estamos viendo con nuestros propios ojos. Pero este día tiene también un mensaje muy grande, porque yo mismo y también mis compañeros en el sacerdocio y en el ministerio de la predicación, hemos utilizado estos micrófonos del santuario nacional para clamar muchas veces, para suplicar a Dios, nuestro Padre, por intercesión de María Santísima, la liberación de todos los secuestrados. Es una obra de Dios, pero también es un acto de sensatez que aquellos que están al margen de la ley pueden realizar y tienen que realizar. Yo no sé hasta donde puedan llegar estas palabras, pero en lo que está de mi parte, me permito unirme a esa voz que el Gobierno Nacional, en cabeza de nuestro actual presidente Álvaro Uribe, ha realizado tantas veces.
Señores de la guerrilla, ustedes tienen la oportunidad de hacer algo muy grande por este país. Con el respeto que ustedes merecen como seres humanos, con el respeto que ustedes merecen como colombianos, porque también somos colombianos todos, desde aquí formulo mi más sentida exhortación y llamado: Queremos la libertad de todos, los queremos libres y sanos, ya. Queremos que el camino de la discusión en la arena política, el camino de la mutua fiscalización, el camino de la observación y de la crítica desde la razón, sea el que abra un camino nuevo para este país, ese será el camino nuevo. El camino no puede ser el de la violencia, el camino no puede ser la agresión a la población civil, el camino no puede ser ponerle cadenas a nadie, eso no puede volver a suceder en nuestro país. Invito, con toda la fuerza de mi alma, a que haya un acto de grandeza, un acto de sensatez, señores guerrilleros, si quieren recuperar algo de credibilidad ante los ojos del pueblo colombiano, tengan la nobleza, tengan el acto de humanidad de liberar a todos los secuestrados ya, sanos y salvos los queremos.
Y ese es el mensaje que está también aquí, un mensaje para que entendamos que hay mucho que cambiar en nuestro país. Yo estoy diciendo que tenemos grande gratitud ante Dios, pero eso no significa que todo esté bien en Colombia. En los orígenes del movimiento guerrillero, hay un problema muy serio de justicia social y ese problema no lo podemos tapar con un dedo. Sabemos que antes de la violencia de las armas, está la violencia de la injusticia en la repartición de tierras, la injusticia en la repartición de oportunidades, la injusticia en la repartición del don de la sabiduría y en la educación pública, la injusticia en las vías, vías para poder distribuir los productos, esa injusticia. Por eso, en esto estamos todos, hermanos. No es únicamente decirle al ejército, sigan siendo valientes y decirle a la guerrilla, ríndanse. Es entender que todos tenemos algo que hacer por la paz.
En el momento en el que usted vende haciendo trampa, en el momento en el que usted endurece su corazón hacia el pobre, usted está creando violencia querido colombiano. En el momento en el que usted se adueña de tierras y más tierras y más tierras y deja sin nada al pobre, usted está haciendo violencia, hermano. En el momento en el que usted toma el dinero público para su provecho personal, usted está haciendo violencia, hermano. En el momento en el que usted le niega un precio justo al agricultor, al ganadero, al que el que puede vender únicamente lo poco que tiene, usted está haciendo violencia. Por eso, el mensaje que tenemos que tomar de aquí no es simplemente que haya más guerra, que haya más balas, lejos de nosotros desear algo así. Bendito Dios, que nuestras instituciones han respondido a la altura, pero el desafío que tiene Colombia no atañe únicamente a las instituciones armadas, ellas han hecho su parte y la han hecho muy bien.
Pero nos toca a los demás, nos toca a nosotros los comerciantes, nos toca a nosotros los intelectuales, nos toca a nosotros los parlamentarios. Yo le pido el favor a los señores de los Consejos Municipales y de las Asambleas Departamentales, yo le pido el favor a los señores alcaldes y gobernadores y a los congresistas, cada vez que ustedes se sienten en sus escritorios, cada vez que ustedes atiendan en sus despachos, entiendan por favor que ustedes son agentes de paz o agentes de guerra. Desde la tranquilidad de una sala de despacho, ¿ustedes están creando un país violento o un país en paz? Si la manera como ustedes obran, señores gobernantes y políticos, es de injusticia hacia los pequeños, ustedes serán responsables de la sangre que se derrame en este país en el futuro. Porque esa injusticia del gobierno de ustedes, eso es lo que ocasionará el día de mañana resentimiento y violencia, no lo justifico, simplemente lo explico.
Así que, aquellos que están en la gestión pública y hoy nos honra con su presencia el señor alcalde de esta ciudad de Chiquinquirá. Gracias por estar aquí, señor alcalde. Los que están en la gestión pública, sepan que tienen sobre sus hombros la responsabilidad de crear un país donde la paz sea viable, porque la paz empieza por una victoria, como la Operación Jaque, como la Operación Camaleón. Así empieza, pero no se consolida si no es por un gobierno justo, un gobierno que piense en la educación, que piense en la salud, que piense en las vías de comunicación, que responda a las necesidades más sentidas de nuestro pueblo. Y ustedes educadores, nuestro querido, si le puedo decir, nuestro amado General Mendieta, pertenece a una familia de educadores. Y hoy un buen número de docentes y de estudiantes se encuentra en este santuario Mariano Nacional.
Educadores, ¿son ustedes conscientes de la responsabilidad que tienen? Aunque pueda volverme un poco repetitivo, lo digo nuevamente, este no es un asunto únicamente de guerrilla y ejército. Señores educadores, ustedes son los escultores del rostro que tendrá Colombia en unos pocos años. Las palabras de ustedes son casi sacramentos, ya sea de salvación o de perdición para sus estudiantes. Señores educadores, ustedes pueden enseñar a tener una mirada crítica y a la vez creativa, tolerante, razonable, abierta a la trascendencia. O ustedes pueden crear una generación de resentidos o una generación de vagos, o una generación de incompetentes. Pero ustedes, queridos educadores, si producen una generación de incompetentes, de esa clase de seres humanos que uno duda en llamar humanos, que luego escalan a los puestos públicos únicamente para llenarse los bolsillos. Si esa es la clase de gentuza que ustedes le van a dejar a este país, mejor fuera que renunciaran el día de hoy.
Pero sé que muchos de ustedes, lejos de tener esos pensamientos ruines, dedican lo mejor de sus esfuerzos a cultivar en el campo de la mente colombiana algo grande. Y por eso mi palabra es ante todo una palabra de estímulo. Señores educadores, hagan ver la grandeza de este país y hagan ver también cómo cada uno de nosotros puede empezar a dar esos pasos necesarios para superar las lacras que nos han marcado. Voy a dar un par de ejemplos. Existe en nuestro país y lo mismo en otros lugares de América Latina, una especie de ley, ley perversa que a veces nos hace reír pero que debería hacernos llorar. Y esa ley perversa es que hay que ser avispado, avispado. ¿Qué quiere decir eso? El que se parece a una avispa, supongo yo. Avispado es el que es astuto, el que es tramposo, el que sabe sacar lo mejor de las circunstancias, el que se sale con la suya, pero se sale con la suya, burlándose de las leyes, burlándose de los demás, burlándose de los principios morales, desde la manera de conducir en la carretera, hasta la manera de obtener un puesto público, Colombia se ha caracterizado por ser un país de avispados.
Es que él tiene muy buenas conexiones y decimos, sabe mover sus fichas. Pues ese que sabe mover sus fichas, pasando por encima de los que sí tienen méritos, ese está creando un país violento. Ese que por la noche se solaza y se sonríe diciendo: ¡Qué inteligente soy! Me salí con la mía, logré lo que yo quería. Ese que se soba las manos diciendo: Me salió bien la trampa. Ese, debería más bien esconder el rostro con vergüenza y decir: Hoy ayudé a despedazar a Colombia, porque ese pequeño avispado que logró un puesto pasando por encima del que tenía mérito, dejó a esa otra persona llena de dolor, llena de resentimiento, llena de ganas de decir: ¿Para qué soy honrado si no sirve de nada?
Y por eso, real y verdaderamente tenemos que tomar en serio aquella palabra que la trae el Evangelio desde la primera página y esa palabra es conversión. Mientras Colombia siga siendo un país de avispados, seguirá siendo un país de tramposos, y en un país de tramposos, en un país donde no impera la ley, en un país donde impera únicamente el privilegio, la amistad, el soborno, el debajo de cuerda, la sonrisita, la trampa, la palmadita en la espalda: Usted y yo somos amigos, ¿verdad? Un país que funcione así, es un país que creará una excrecencia de resentimiento y de dolor. Y esos colombianos resentidos ¿a dónde van? ¿a dónde van? Yo les puedo decir a dónde van. Van al exterior a buscar un país donde las leyes sí funcionen. Se van a otra parte, donde haya jueces que sí funcionen, donde la justicia sí camine. Se van a otras partes donde haya empresas que sí respeten y sí sepan valorar el talento que tienen estos colombianos.
Desde que yo soy niño, y eso fue hace muchos años, estoy oyendo una expresión que no se ha detenido: Fuga de cerebros. Cuántos colombianos han salido decepcionados, frustrados, con el ceño fruncido, con lágrimas de desengaño en los ojos, expulsados de su propia patria porque no se les dieron las oportunidades. Gente con talento que fue pisoteada porque había un avispado, porque había alguien que tenía el amigo preciso, porque había alguien que tenía el político que estaba bien puesto. Tenemos que romper con esa cultura del avispado, tenemos que romper con esa cultura de la trampa. Tenemos que aprender a jugar el juego por sus reglas y eso se aprende desde la casa.
Y aquí llego yo a mi último punto en este día, los papás. He hablado de políticos, predicadores, militares, guerrilleros, educadores, comerciantes, pero todos ellos, es decir, todos nosotros, vamos a fracasar si no tienen éxito los papás. La mayoría de ustedes son papás y mamás. La Colombia del futuro sale de las entrañas de ustedes. El mensaje más fuerte que va a quedar grabado en los corazones de los niños, es el mensaje que ustedes le den, singularmente ustedes, mamás. Por eso, junto a la leche materna y junto a las oraciones al Ángel de la Guarda y a la Virgen de Chiquinquirá, yo les pido, inculquen en sus niños, desde la más temprana edad, sentimientos de respeto por el otro. Enseñen a sus hijos desde el principio a jugar con las reglas que son.
Llega un niño a la casa: Oiga mijo, y usted de dónde sacó ese esfero, yo no se lo compré. Ah, por ahí un compañero que se desquitó y mire, mire, lo traje, me gustó y me lo traje. Mamá, en ese momento se juega el futuro del país, en ese momento. Si la mamá dice: Ay mijito, si es muy avispado, qué cosa, ¿no? Es que así es, tremendo, no mijo. Bueno, pero ahora no se lo deje quitar. En ese momento, esa mujer ha despedazado a Colombia. En ese momento, con esa trampa, esa mamá le está diciendo a ese niño de 6, de 8 años, le está diciendo: Sea tramposo, mijo, robe, no se preocupe nadie, ocúpese de usted solo.
Pero, si la mamá se queda seria y le dice: ¿Cómo hiciste tú eso? ¿Tú acaso ves que yo le robe a alguien, hijo? ¿Cuál es ese niño? Ay, yo no me acuerdo como que fue él Sánchez, me parece. Pues nos vamos ya a la casa de ese niño y le vamos a pedir perdón a él. Ay, no, mamá, no. Ay no, vamos a salir de pelea. Nos vamos ya ¿qué horas son? Son las 8 de la noche. Nos vamos a esta hora buscar a ese niño. Y yo le voy a pedir perdón a esos papás. Te aseguro que ese niño aprende una lección que no olvidará jamás.
Papás, ustedes pueden hacer algo muy grande por Colombia. Las raíces últimas de la violencia se encuentran ahí en los hogares y se encuentran en los despachos de la administración municipal y del Gobernador. Se encuentran en los proyectos de ley que se firman o no se firman en el Congreso. Se encuentran en la manera también como predicamos y en el ejemplo que damos los sacerdotes. Colombia es de todos y Colombia tiene que ser para todos, con un mensaje, con una esperanza. La esperanza que tenemos una capitana, una generala, tenemos una reina, 91 años de la coronación de la Virgen de Chiquinquirá, los vamos a cumplir pasado mañana.
Tomemos en serio el mensaje de la Virgen. Y ¿qué es lo que nos dice la Virgen? ¿Cuál es su gran discurso? A ver ¿cuál es el gran discurso de María?: Haced lo que Él os diga. Y ese Él es con mayúscula y se llama Jesucristo. Ese es el discurso de la Santa Señora: Haced lo que Él os diga. Y esa es nuestra esperanza, tomar en serio a la Reina de Colombia. Pero tenemos también esa luz tan grande que nos ha dado el Evangelio de hoy, Jesús les dio autoridad a sus discípulos para expulsar a las tinieblas y para vencer las enfermedades. El bien puede ganar, el bien puede ganar, mis hermanos y hoy lo estamos viendo y estamos jubilosos. Gracias por estar aquí.

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