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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La necesidad de la Cruz.
Homilía o143003a, predicada en 20020710, con 6 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Nosotros recordamos al profeta Oseas, especialmente por aquel llamado al desierto, de él es ese texto que oíamos no hace mucho en la Santa Misa hace unos cuantos días: «Yo la llevaré al desierto, yo le hablaré al corazón». El desierto, en la enseñanza del profeta Oseas, aparece como un lugar de encuentro con Dios. Y yo puedo decir que miles de personas han tenido o hemos tenido esa experiencia, como es necesaria una distancia, como se necesita un silencio, un retiro y de los retiros y de los silencios, muchas veces vienen las grandes conversiones.
Pero el texto de hoy no nos hablaba del desierto, sino nos hablaba de lo contrario, nos hablaba de la prosperidad, nos hablaba de los tiempos de abundancia. Puede decirse que hoy, Oseas nos da como la enseñanza complementaria. Nos dijo que el desierto era lugar para encontrarse con Dios, pero ahora nos está diciendo que hay que tener cuidado porque mire lo que le sucedió a Israel, era una viña frondosa, daba fruto. Cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares. Entonces, hay como una proporción, en el desierto hay una escasez fuerte, hay una carencia grande y hay una gran presencia de Dios. Mientras tanto, cuando Israel era una viña frondosa y había mucho fruto, había mucha idolatría.
Es decir que la enseñanza funciona en los dos sentidos. El mucho fruto, la mucha abundancia, produce lo que dice aquí: tiene el corazón dividido. Cuanto mejor era la tierra, mejores monumentos se erigía, Monumentos idolátricos se entiende. Esto, que ya lo enseñaba Oseas, no es otra cosa sino la ley de la Cruz, ahí está sintetizada la ley de la Cruz. Me explico, la abundancia fácilmente produce idolatría. La carencia fácilmente produce pureza, purificación. El desierto fácilmente produce escucha. El ruido, la congestión, el rumor incesante de la ciudad, fácilmente produce distracción, relativismo, distancia de Dios.
Y por eso, pues queda una enseñanza para nosotros. ¿Somos mejores que los israelitas, estamos hechos de una materia distinta? Tal vez no, creo que estamos hechos del mismo barro. Y por eso la ley de la Cruz vale también para nosotros. Necesitamos, no es una elección caprichosa, no es un agregado decorativo, necesitamos desierto, necesitamos contradicciones, necesitamos carencia, necesitamos cruz. Sin la cruz, sin la carencia, sin la contradicción, seguramente nos pasará lo de Israel. Cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares. Cuanto mejor era la tierra, mejores monumentos erigía. La gran diferencia entre un cristiano y otro hombre no está en los sufrimientos, porque sufrimientos tenemos todos, no está en las alegrías, porque alegrías tenemos todos. La gran diferencia está en que el cristiano conoce la ley de la Cruz, si es cristiano de veras, conoce la ley de la cruz y sabe que necesita para no malcriarse, para no dañarse, necesita cruz, necesita desierto, necesita contradicción.
Por eso, le decía Santa Catalina de Siena a Dios nuestro Señor, después de un tiempo relativamente tranquilo, le decía a ella: ¿Qué hice mal? ¿Por qué te olvidas de mí? ¿Por qué me desechas? Habían pasado unos días sin tribulaciones, sin grandes tentaciones. Y esta santa, como verdadera enamorada del desierto y de la cruz, como verdadera conocedora de la naturaleza humana, ella entendía: Yo no soy mejor que los israelitas. Dios, perdóname si te he ofendido, pero no me vayas a dejar sin cruz.

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