Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Seguir el capricho y la ambición conduce a la idolatría y a la desobediencia al Señor, lo que termina en terrible desastre para tu vida. Solo el camino de Dios lleva a la verdadera plenitud humana.

Homilía o142012a, predicada en 20260707, con 6 min. y 26 seg.

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Transcripción:

La primera lectura en este día está tomada del profeta Oseas. Este profeta realizó su ministerio en el reino del norte. Es algo que estamos recordando con frecuencia en este tiempo que el pueblo de Dios se dividió entre el reino del norte que se llamó Israel y el Reino del Sur que se llamó Judá. Esa división se consumó en tiempos del hijo de Salomón, hijo que se llamaba Roboam. Pero siguieron su camino. Por una parte, el reino de Israel y por otra parte, el reino de Judá. Ambos siguieron su camino bien. Con una característica, y es que el reino del Norte empezó mal y siguió peor. ¿Por qué? Porque resulta que el reino del Norte, el reino de Israel, empezó con un hombre llamado Jeroboam y Jeroboam no había sido elegido por Dios. Jeroboam simplemente quería ser rey. Y por eso el Reino del Norte nace simplemente de una codicia humana. Nace de un deseo puramente humano. Yo quiero ser rey. Quería dominar. Tenía una ambición de poder y llegó a ser rey Jeroboam. Eso lo logró. Esa parte la logró.

Pero no llegó a constituirse una auténtica dinastía. Porque si tú miras la historia de los reyes de Israel, resulta que cada dos o tres reyes de una misma familia venía como otra especie de golpe de estado. Y entonces venía otro rey. Otra familia. Es decir, así como Jeroboam llegó a ser rey por obra y gracia de su ambición, la ambición de otros produjo otras familias que llegaron al trono. Y fue por lo tanto, el capricho, y fue por lo tanto, la ambición lo que determinó cómo iban dándose esos reyes en Israel. Distinto el caso de Judá. Después de David vino Salomón, después de Salomón vino Roboam. Roboam era hijo de Salomón. Salomón era hijo de David y después de Roboam viene una serie ininterrumpida de sucesores. Es decir, que en obediencia a una promesa que Dios había hecho en obediencia a un oráculo divino. En el Reino del Sur, el reino de Judá. Pues había una razón para esos reyes.

Bueno, uno podría discutir el tema de si era razonable o no que hubiera esos reyes, pero tú me entiendes lo que estoy diciendo. Había un motivo para esos reyes. Estaban bajo la promesa que Dios le había hecho a David y eran sucesores legítimos, lo cual no significa que fueran hombres santos, con la posible excepción de Ezequías y Josías. La gran mayoría de los reinos del sur de los reyes del reino del Sur fueron bastante infieles a Dios. Pero es que la situación del norte, la del reino de Israel, era muchísimo peor, porque no solo fueron infieles a la Alianza, sino que fueron caprichosos y ambiciosos, y por eso se rapaban el trono unos a otros. Y eso es lo que denuncia a Oseas, te has dejado llevar por el capricho, te has dejado llevar por la ambición y ahora vienes a ofrecer sacrificios, a ofrecer sacrificios.

Pero es que había llegado a tanto la corrupción en el Reino del norte que aunque ellos decían que ofrecían los sacrificios a Yahvé, seguían utilizando lo mismo que se nos cuenta en el libro del Éxodo, es decir, novillos de oro, imágenes a las que les daban culto identificando a Dios con una imagen hecha por un escultor. Y ahí es donde Oseas dice: Mira, no va a funcionar. No va a funcionar. Esto va a acabar mal. ¿Por qué va a acabar mal? Va a acabar mal porque a ti no te gobierna la obediencia a Dios. A ti te gobierna el capricho. A ti no te gobierna el amor a Dios. A ti te gobierna la ambición. A ti no te gobierna la voluntad del Señor. A ti te gobierna tu solo deseo. Eso va a acabar mal. Y efectivamente, poco después del ministerio del profeta Oseas, las cosas acabaron muy mal.

Enseñanza para nosotros. El camino del propio deseo. El camino del capricho. El camino de la ambición va a acabar mal porque te va a llevar a la idolatría, te va a llevar a la desobediencia a Dios, va a terminar en desastre. Que no te suceda a ti. No tiene por qué sucederte. Y que no me suceda a mí. Amén.

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