Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La compasión abre tus ojos: a la necesidad del hermano, y a la realidad de lo que sí se puede hacer.

Homilía o142004a, predicada en 20140708, con 4 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Tal vez los dos elementos más sobresalientes del pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo nueve de San Mateo. Los dos elementos que más se destacan son cómo Cristo se compadece de las multitudes y por otra parte, cómo nos invita a orar para que Papá Dios envíe operarios a su mies. La compasión de Cristo y la mirada de Cristo. Creo que estos dos elementos nos ayudan a captar algo muy profundo en el pasaje de hoy, porque seguramente están relacionados estos dos; la compasión y la mirada. Observemos que la compasión da ojos. La compasión permite reconocer, mientras que el egoísmo, la mezquindad, la egolatría enceguecen.

Siempre me ha llamado la atención el comienzo de la vocación de servicio a los más pobres entre los pobres por parte de aquella mujer a la que todos admiramos. La beata Madre Teresa de Calcuta. Esta mujer empieza a ver lo que otros no veían. Los más excluidos de la sociedad en la India, usualmente pertenecientes a una clase que es llamada la de los parias. Estas personas literalmente se mueren en las calles como si fueran basura. Son desechos de la sociedad y por supuesto, las demás personas no las ven. Para los demás, un paria que esté muriéndose, que quizás está revolcándose en su dolor y en sus llagas, es invisible, es algo que no importa, es algo que no cuenta. No se le ve, no se le descubre. Fíjate cómo cuando estamos encerrados en nuestro mundo, en nuestros intereses, cada vez vemos menos. Por contraste, cuando una persona empieza a llenarse de la mirada de Jesús es porque se ha llenado primero de la compasión de Jesús.

Si le preguntamos a esa persona que anda muy ocupada por las calles de Calcuta, ¿has visto ese indigente que se está muriendo allí? Él diría no vi nada y además no tengo tiempo, no tengo tiempo. Mi tiempo lo invierto en mí mismo, lo invierto en mis cosas. Ya tengo bastante de qué ocuparme conmigo. Pues bien. La persona que tiene compasión empieza a descubrir esos otros dolores, mientras que el que está metido en su egoísmo siente que no hay nada que hacer. El que llega a la compasión no solamente descubre al necesitado, sino que descubre lo que sí se puede hacer. Descubre que sí se puede obrar, que sí hay algo que se puede hacer. La gran disculpa nuestra siempre es, que nuestra pequeña obra, nuestro pequeño esfuerzo, jamás va a marcar una diferencia. Pero el que tiene compasión sabe que si se hace una diferencia y que esa diferencia no solamente es todo para la persona que ha sido tratada de un modo humano y de un modo caritativo, sino que esa diferencia se vuelve contagiosa.

Qué hermoso descubrir que la compasión nos da ojos. Ojos para ver la necesidad y ojos también para empezar a ver la respuesta. Y créeme que la respuesta no empieza muy lejos de ti. Está exactamente a la distancia de tus manos.

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