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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dos cosas indignaban a Cristo de los fariseos y escribas: su incoherencia y su modo de presentar a Dios como inalcanzable.
Homilía o142002a, predicada en 20120710, con 4 min. y 41 seg. 
Transcripción:
En tiempos de Jesús, uno de los grupos religiosos que gozaba de mayor autoridad eran los fariseos. Éstos tenían particular asociación con otro grupo que eran los escribas. Los escribas eran los grandes conocedores de la ley. La gente que había dedicado muchísimo tiempo a profundizar en la Palabra de Dios y que por eso se supone que podían acercarnos a todos a la interpretación correcta de la voluntad de Dios. Pero sucede algo que escribas y fariseos ejercían su autoridad sobre el pueblo, pero de una manera que no gustaba a los ojos de Cristo. El descontento de nuestro Señor se puede resumir en las palabras que una vez Él dijo: Ustedes lían fardos pesados y los ponen sobre los hombros de la gente, pero luego no mueven un dedo para ayudarles. Es decir, las interpretaciones de la ley que hacían los escribas y que propagaban los fariseos eran supremamente rigurosas, es decir, estaban siempre del lado de lo más difícil. Y podía parecer, según esa interpretación, que vivir la vida de Dios, estar con Dios era una cosa poco menos que imposible. Por eso Jesús también les dijo en otra ocasión: Ustedes buscan por el mundo entero donde conseguir un prosélito, es decir, alguien que siguiera sus ideas, pero luego lo hacen peor que ustedes. Es decir, esa manera de interpretar la religión tenía dos graves problemas. Primero, una especie de hipocresía porque se recarga el deber religioso sobre los demás, mientras los mismos fariseos, con su inteligencia lograban siempre encontrar la manera de escabullirse de la ley del rigor de la ley. Eran hábiles con las palabras y eran hábiles en eso de jugar con las interpretaciones. Hay un refrán que creo que se utiliza en muchas partes que dice: Hecha la ley, hecha la trampa. Entonces estos fariseos eran muy hábiles en eso, muy hábiles en encontrar la arruga en el espejo, aquello que pudiera favorecer su interpretación. De modo que la carga difícil siempre quedaba hacia afuera. Y mientras tanto cultivaban una apariencia de gran virtud. Esa hipocresía realmente reventaba el corazón de Cristo con indignidad. Pero la otra parte, y es la más grave, es que no solo eran incoherentes, sino que la imagen de Dios que ellos presentaban era la de un Dios imposible de satisfacer, un Dios imposible de contentar, un Dios con el que no se puede ser cercano, un Dios con el que es imposible ser amigo. Y resulta que Jesús lo que viene a propagar con su compasión, lo que viene a propagar con su ternura, es que ese Dios es cercanísimo, cercanísimo a nuestras necesidades más hondas. Cercanísimo a nuestros dolores, cercanísimo incluso del corazón del pecador. Porque más se duele Dios del pecador que lo que parece preocuparse del pecador por su propia condición. Ese es el Dios que se nos revela en Jesucristo. Mientras que el Dios de los escribas y fariseos es un Dios que parece que estuviera siempre buscando qué es lo peor en nosotros, qué es lo que se puede criticar en nosotros y cómo se puede llevar a la condenación al ser humano. Es inevitable la tensión entonces entre lo que plantea Jesús y lo que plantean los fariseos. Mientras que ellos no solo caen en incoherencia, sino que lo que es más grave alejan a Dios de la gente. Jesús lleva una vida de pureza y de coherencia, pero sobre todo nos revela el verdadero rostro del Padre. Cómo es de cierto lo que le dijo el Señor a Felipe: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Acerquémonos, pues, a este Cristo, y conozcamos en él dónde está la verdad de Dios.

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