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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
A pesar de haber sido infieles hay una esperanza real cuyo camino pasa por el desierto para que aprendamos a desechar nuestros ídolos y lleguemos a amar a Dios cada vez más como Él nos ama.
Homilía o141011a, predicada en 20220704, con 5 min. y 55 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del profeta Oseas. Conviene recordar un poco de la vida de este profeta. Fue un hombre que tuvo un drama personal. Él era casado, pero su mujer era una mujer infiel, dramáticamente infiel. Se conoce el nombre de ella, Gomer. Esta mujer se convirtió, por supuesto, en un motivo de profundo dolor para Oseas, porque Oseas estaba enamorado de ella. Es decir, él la seguía queriendo. Ella era infiel y le hacía sufrir, pero de alguna manera él no podía dejar de amarla. Es sufrir y es también amar. Y Oseas no sabe qué hacer, no sabe qué hacer con su sufrimiento, no sabe qué hacer con su amor. Oseas se convierte así en una imagen viva de lo que sucede a Dios con su pueblo. Y ese pueblo somos nosotros. Nosotros somos como Gomer, porque nuestros pecados, nuestras ingratitudes, nuestras rebeldías, en el fondo es nuestra búsqueda de ídolos. Cada vez que preferimos algo a Dios, estamos poniendo un ídolo por encima de Dios. Y cuando ponemos un ídolo por encima de Dios, eso se parece mucho a cuando una mujer pone al amante por encima como más importante que el esposo. Ese es el dolor de Oseas.
Y eso es lo que nos recuerda la primera lectura de hoy del Capítulo Segundo de este profeta. Ese drama nos hace pensar, nos hace pensar en el amor que Dios nos tiene. En la generosidad que Dios ha tenido con nosotros y nos hace pensar también en cuál sería la verdadera respuesta que Dios merece, porque Él ha permanecido fiel. De hecho, Oseas permaneció fiel a Gomer, aunque Gomer no era fiel con Oseas. Así también Dios permanece fiel. Mientras nosotros muchas veces hemos caído en rebeldía, hemos caído en idolatría.
Pero el texto de hoy da un paso más y es un paso hacia la esperanza. Podríamos decir que esa unión que ha tenido Oseas con su mujer ha sido un fracaso. Pero lo que está diciendo este mismo profeta que conocía el dolor, el dolor de la infidelidad, lo que está diciendo este profeta es que ese fracaso no será para siempre. Porque anuncia un matrimonio en fidelidad y en misericordia y en justicia. Y la palabra justicia, la raíz hebrea de la palabra justicia, nos conecta con lo que está hecho bien, correctamente, es decir, según Dios. La justicia para el pueblo hebreo no es tanto un concepto abstracto, sino más bien es la expresión del modo como Dios hace las cosas.
Hay un mensaje de esperanza. Y ese mensaje es que al final la fidelidad de Dios va a triunfar sobre nuestra infidelidad, hasta el punto de hacer que nosotros mismos lleguemos a ser fieles. Esto es algo fantástico. Esto es algo muy bello. Pero hay una condición y esa condición es el lugar donde el amor se va a purificar. Porque el amor de Gomer, lo mismo que el amor nuestro hacia Dios, está lleno de suciedad, está lleno de inconstancia, está lleno de impureza. Pero hay un lugar donde ese amor se purifica y ese lugar es el desierto. Allí donde los ídolos fracasan, allí donde las carencias, allí donde la soledad hacen que nosotros finalmente tengamos que volvernos de todo corazón hacia Dios. Y esto explica por qué muchas veces el momento en el que volvemos hacia Dios es el momento de la necesidad. El momento en el que los amigos que creíamos nos fallan, el momento en el que los ídolos en los que poníamos nuestra confianza nos abandonan.
El mensaje que nos da la lectura de hoy es precioso. Nos está diciendo, por una parte, que hemos sido infieles. Por otra parte, que hay una esperanza real. Y por otra parte, que el camino de esa esperanza pasa por el desierto para que nosotros aprendamos a desechar nuestros ídolos y lleguemos a amar a Dios cada vez más como Él nos ama. Que se cumpla en tu vida y que se cumpla en mi vida. Amén.

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