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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres grandes bienes trajo el desierto al pueblo de Israel y puede traer a nosotros: (1) Separación incluso física de los ídolos; (2) Recuerdo vivo de las promesas y la voluntad de Dios; (3) Necesidad sentida de apegarse y depender de Dios.
Homilía o141010a, predicada en 20200706, con 25 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, acerquémonos con el corazón atento a la primera lectura de hoy. Está tomada del libro del profeta Oseas. La semana pasada estábamos escuchando textos del profeta Amós. Hoy nos acercamos al profeta Oseas. Tanto Amós como Oseas pertenecen a ese grupo de profetas llamados profetas menores. Son en total doce. Hay doce libros de la Biblia que llevan nombre de estos respectivos profetas menores. Así como está el libro de Amós en la Biblia. Tenemos también el libro de Oseas. Y así otros libros, como por ejemplo Nahúm, Sofonías, Zacarías y otros. Estos profetas son llamados menores no porque sus oráculos, sus mensajes de parte de Dios tuvieran menos importancia. No son menores en ese sentido, sino se llaman menores, porque los libros de la Biblia que llevan su nombre son menores en extensión. O sea que debe haber unos profetas mayores. Efectivamente. Son aquellos de los que se conserva un mayor número de mensajes. ¿Cuáles son los profetas mayores? Jeremías, Ezequiel, Daniel y por supuesto Isaías, que es el más extenso de todos. Estos son los cuatro profetas mayores. Así vamos aprendiendo, así vamos conociendo un poquito más de la Biblia.
Estamos entonces con el profeta Oseas. Desde el principio, el mensaje de Oseas nos llama la atención por la comparación que hace entre el amor de Dios y el amor humano. Concretamente entre el amor de Dios y el amor de pareja. Si vamos a ser más específicos, Dios se compara al amor que puede tener un novio profundamente enamorado de su novia o un esposo increíblemente amoroso con su esposa. Esta comparación entre el amor de Dios y el amor que se da en una pareja no es exclusiva de Oseas. En otros profetas se utiliza la misma comparación que llegó incluso a ser frecuente. Así, por ejemplo, hay varios capítulos de Ezequiel en donde se habla del amor de Dios como un amor apasionado, semejante al amor que tiene un hombre por su mujer. Pero en el caso de Oseas, hay algunas características que vamos a ir encontrando en los textos de esta semana, si Dios permite.
Lo primero que llama la atención es que ese amor, que es amor de pareja, tiene un escenario que no es ciertamente romántico. Cuando se piensa en un lugar romántico, se piensa en un lugar amable, bello, con cierta abundancia, un lugar que regala placer a los sentidos. Por eso la gente cuando va a su luna de miel, que así se le conoce, buscan sitios que tengan esas características, sitios que sean amables a la vista, sitios que tengan seguramente lugares muy vistosos, atractivos, buenas comidas, buen servicio. La gente cuando busca ese lugar para el amor, busca un lugar que sea amable, incluso lujoso. Pero Oseas nos cambia completamente la perspectiva. Nos habla de amor y nos habla de amor de pareja y nos presenta un Dios enamorado. Pero este es un Dios que no declara su amor, que no manifiesta su amor principalmente en los lugares lujosos. El escenario para el amor no es el paraíso, sino, y esto es una gran sorpresa, el desierto. El lugar para manifestar el amor de Dios es el desierto. Vaya sorpresa. Es muy extraño este amor. Siempre los que se aman procuran los lugares amables y no lugares inhóspitos como el desierto. Quieren lugares que sean gratos a la vista, no lugares que nos abruman con un resplandor enceguecedor y con un calor fatigante como el desierto. Pero eso es lo que dice el texto de hoy.
Esto dice el Señor. Así empezó la primera lectura de hoy, tomada del Capítulo Segundo de este profeta Oseas. Esto dice el Señor Yo la cortejaré, la enamoraré, la seduciré. Puro lenguaje de amor. Yo la cortejaré. Pero aquí empieza la sorpresa. Me la llevaré al desierto. ¿Qué hay en esa palabra? En esa palabra hay dos cosas. Hay un recuerdo y hay una profunda verdad. Veamos cuál es el recuerdo. Y después descubramos esa verdad. Porque el recuerdo inevitablemente va quedando en el pasado, mientras que la verdad que aquí aparece tiene un valor permanente. El recuerdo es el recuerdo de lo que sucedió cuando el pueblo fue liberado de esclavitud saliendo de Egipto. Dice me responderá allí, en el desierto, como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto.
Observa esto, que puede ser un poco extraño en nuestra lengua castellana. Está hablando del pueblo, pero dice el día en que la saqué de Egipto. Efectivamente, en la Biblia, el pueblo, la multitud del pueblo siempre se refiere en femenino. La multitud obra como una mujer que tiene que ser enamorada. Y Dios está diciendo a través del profeta Oseas la voy a enamorar. Entonces el recuerdo se refiere a lo que sucedió a esa multitud del pueblo cuando fue llevada por el desierto, porque en ese desierto hubo un encuentro de amor. En ese desierto, Dios mostró su amor y el pueblo respondió con amor. No fue perfecto el amor del pueblo. Hubo muchas infidelidades, hubo muchas rebeldías, pero también hubo momentos que fueron momentos de verdadera unión. Pensemos sobre todo en lo que sucedió en el Monte Santo, el Sinaí. ¿Qué sucedió allí? Fue como una declaratoria de amor. Dios le habla al pueblo y quiere hacer alianza con el pueblo y el pueblo en el día del Sinaí respondió y respondió con una sola voz, haremos todo lo que dice el Señor. Es decir, el pueblo respondió con amor. Eso fue muy hermoso. El pueblo respondió con amor. Este amor del pueblo y este amor de Dios queda expresado de una manera resumida pero perfecta en una frase que atraviesa toda la Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Como una pareja de enamorados. Tú eres para mí, yo soy para ti. Esa es la razón de esta comparación. Dios, el Dios que nada necesita y nada le falta, el Dios que todo lo puede y que es eterno, le dice a este pueblo Quiero ser su Dios y quiero que ustedes sean mi pueblo. La iniciativa en la Biblia siempre es de Dios.
Entonces, mis hermanos, las palabras de Oseas están hablando del desierto como un recuerdo, un recuerdo de ese tiempo en que el pueblo caminó y en su camino selló alianza con Dios. La palabra alianza es clave, porque la palabra alianza entre Dios y el pueblo es la palabra equivalente al matrimonio entre el hombre y la mujer. Alianza entre Dios y el pueblo, matrimonio entre hombre y mujer. Y esa alianza, esa unión de amor, es la que Oseas recuerda. Y como esa alianza se dio en el desierto, entonces en la palabra desierto hay una dimensión de recuerdo. Por eso dice me responderá, la multitud del pueblo me responderá, como en los días de su juventud. Se refiere al pasado, se refiere a la salida de Egipto.
Pero hemos dicho, mis hermanos, que en la palabra desierto no solo hay un recuerdo, sino que hay una verdad muy profunda. ¿Qué verdad es esa? Para descubrirla, volvamos al relato histórico, pero esta vez buscando un valor permanente. ¿Qué es lo que sucedió allí? Observemos, recordando la historia del pueblo de Dios. Observemos cómo se dieron las cosas. Dios le habló a Abraham. Por ahí empezamos. Génesis Capítulo Doce. Dios le habla a Abraham y le dice De ti sacaré un gran pueblo. Esa será la multitud que después vamos a encontrar cuando la salida de Egipto. De ti voy a sacar un gran pueblo. Esa es una promesa de descendencia. También le dice Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y tú mismo serás una bendición. Ahí hay una relación especial, una relación de bendición. Y luego también le dice que le va a dar una tierra. De hecho, Abraham se estableció en esa tierra. La tierra de Canaán, ahí se estableció Abraham.
¿Pero qué sucedió? Antes de que llegara a esa abundante descendencia. Abraham tuvo un hijo, Isaac. Isaac tuvo dos hijos, Esaú y Jacob. Jacob tuvo doce hijos que dan origen a las tribus de Israel. ¿Y qué sucedió? Que tuvieron que salir de la tierra que Dios les había dado y tuvieron que ir a Egipto por una terrible escasez que se presentó en toda la tierra. No murieron de hambre porque la providencia de Dios había enviado primero a un hombre llamado José, uno de los doce hijos de Jacob. ¿A dónde voy con esto? A que Dios les había hecho unas promesas, empezando por Abraham. Pero cuando ellos fueron a Egipto y se establecieron en Egipto y allí duraron ciertamente más de cuatrocientos años. En cuatrocientos años, el recuerdo de las antiguas promesas que Dios le había hecho a Abraham se fue disolviendo y la fe de ellos se fue disolviendo, de manera que prácticamente se habían adaptado a los dioses de Egipto. Habían olvidado las promesas. ¿Qué fue lo que les trajo el desierto? El desierto dejó atrás los ídolos de Egipto. El desierto despertó su memoria de las antiguas promesas hechas a los patriarcas, empezando por Abraham y el desierto. Además, les hizo reconocer cuál es el verdadero Dios. Porque dependían de Dios.
El desierto hizo tres cosas: los separó de los ídolos, les despertó la memoria y les hizo depender de Dios. Repito, ¿Cuáles fueron los bienes del desierto? Los separó de los ídolos que quedaron atrás, Ídolos muertos que ya no tienen poder de fascinación. Los separó de los ídolos. Quedaron atrás. ¿Qué más hizo el desierto? Les despertó la memoria. Dios nos hizo promesas. ¿Qué más hizo el desierto? Les hizo depender de Dios. Porque, de hecho, el desierto no es lugar donde se pueda vivir fácilmente. Es más un lugar para sobrevivir que un lugar para vivir y en esas condiciones ásperas y difíciles, dependiendo completamente de Dios, ellos se apegaron a aquél de quien dependían.
Ahora que el recuento histórico nos ayuda a entender cuáles fueron los bienes del desierto, también entendemos por qué Dios llama al amor llevando al desierto. Efectivamente. En el paraíso, donde hay tanta abundancia y tanto regalo para los sentidos y tanta comodidad, es difícil no caer en idolatría, difíciles. ¿Y por qué es difícil? Porque los placeres, especialmente los placeres del cuerpo, tienen mucho poder para adueñarse de nosotros y en su fascinación fácilmente nos conducen hacia la idolatría. ¿Qué más tuvo el desierto? Memoria, logró que el pueblo recordara las antiguas promesas. Por eso, en los primeros mensajes que Dios da a través de Moisés, dice Quiero llevarmelos tres días por el desierto como a un retiro espiritual, para que hagan memoria, para que recuerden quiénes son.
En el Paraíso, la memoria no importa mucho. La intensidad del placer presente, la intensidad del bienestar actual hace que uno fácilmente se olvide de dificultades que tuvo o de promesas que oyó. El paraíso no es lugar de salvación. En el desierto, el pueblo dependía completamente de Dios. En el paraíso, en la típica luna de miel no se depende tanto de Dios. Por supuesto que en todo dependemos del Señor, pero que uno lo descubra es más difícil cuando está en condiciones de absoluta comodidad, cuando basta llamar, y aparecen los empleados, los servidores, los meseros, los camareros. Es muy difícil ahí sentir uno que depende solamente de Dios.
Al hacer este análisis, esta comparación entre el desierto y el paraíso, descubrimos dos cosas. Descubrimos por qué Dios sacó a Adán y Eva del Paraíso. En contra de lo que dicen las calumnias. No fue por odio, por rabia, por desquite. No fue por un ataque de mal carácter. No. Dios sacó a nuestros padres del paraíso por amor. Porque el paraíso no es lugar de salvación. O como hemos dicho muchas veces, porque la serpiente sigue en el paraíso. Entonces el desierto si es lugar de salvación, ¿por qué? Esto es lo segundo que descubrimos. Porque si en el paraíso estamos sujetos a tantas distracciones e idolatrías, en el desierto, en cambio, también nosotros podemos experimentar las tres cosas que experimentaron los israelitas. ¿Cuáles son esas tres cosas? Las repito con mucho gusto. En primer lugar, distanciarse de los ídolos. En segundo lugar, recordar las promesas del Señor. Y, en tercer lugar, aprender a depender más de Dios.
Por eso hay una verdad permanente, una verdad siempre válida sobre el desierto. Y esa verdad siempre válida, por consiguiente, se aplica también a nosotros. Es esa la explicación por la cual, a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido grandes santos que han buscado activamente el desierto. Así, por ejemplo, encontramos que los primeros monjes por allá en los tiempos de San Antonio Abad, siglo tercero, los primeros monjes literalmente vivían en el desierto y literalmente dependían, casi diríamos de un milagro continuo. Luego pensemos en los monasterios. Un monasterio en buena parte es como un desierto. Porque de lo que se trata es de alejar muchos ídolos, llevar una vida de oración y de contemplación, y además aprender a depender de Dios. Las renuncias propias de los votos monásticos son renuncias que preparan efectivamente para depender solo de Dios. De eso se trata.
Y bueno, quien no tiene vocación de monje o de monja, ¿Cómo podrá vivir el desierto? Lo podrá vivir, por ejemplo, durante ciertos momentos de su vida, que pueden cambiarle completamente el rumbo para mejor. Ese fue el propósito de San Ignacio de Loyola cuando él pensó aquellos ejercicios espirituales. Ignacio, en ese tiempo de su vida, era un laico, un laico con un hambre insaciable de la gloria divina, con un hambre insaciable de adoración y de santidad. Y los Ejercicios espirituales de San Ignacio, ¿Qué son? Si se hacen bien, no siempre se hacen bien por distintas razones, pero bien hechos. Los ejercicios de San Ignacio son una especie de desierto. Es un mes, no es una vida, es un mes, pero es un mes que puede cambiar muchas cosas para bien en la vida de mucha gente. Otros ejercicios espirituales tienen esa misma estructura, aunque sean menos extensos y tengan otra metodología, por darle un nombre, son también desiertos. Por eso, típicamente en un retiro espiritual no es el tiempo para estar mirando televisión o estarse distrayendo con Netflix o con lo que sea. El retiro espiritual pone lejos los ídolos. Aquello que te pueda distraer en el retiro espiritual. Seguramente habrá buenas lecturas o buenas predicaciones y en todo caso tendrás silencio para recordar quién eres tú, para recordar que eres un bautizado, para recordar que eres hijo de Dios, para recordar tus pecados y dolerte por ellos, para recordar la obra de la gracia y darle alabanza al Señor. Esos son desiertos.
Entonces el mensaje de este profeta, el profeta Oseas, tiene una relevancia y una actualidad impresionante, porque en buena parte lo que necesitamos y quizás esta pandemia puede facilitarlo, es una especie de desierto. Lo que necesitamos es un poco, un poco de parar ese ruido, parar esa música a todas horas, parar ese torrente de películas y películas y películas y juegos y videojuegos y videojuegos Para un momento, para. Entra un poco en el desierto. El Señor te aguarda, te aguarda su amor, te aguarda su bendición. Él te dice quiero enamorarte, quiero tocar tu corazón y enamorarlo. Es una palabra que vale para nosotros hoy. Hermanos, no dejemos perder esa palabra, no dejemos al Señor que está llamando a la puerta. Estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. No le dejemos esperando más tiempo. Aprovechemos estas circunstancias para un encuentro más profundo, sobre todo más amoroso y fiel con el Dios que es fiel y que es amor. Amén.

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