Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La ley cumple una importante función de traer orden y de educar en la dirección del bien pero la plenitud no está en la Ley sino en la gracia y la verdad que nos han llegado por Cristo.

Homilía o141008a, predicada en 20160704, con 14 min. y 21 seg.

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Transcripción:

¿Por qué la mujer que sufría flujos de sangre se acerca de esa manera oculta? Porque esa mujer conoce la ley de Moisés. La ley de Moisés establecía que cuando la mujer estuviera en su periodo, debía retirarse de la vida social. Durante el tiempo de su sangrado debía estar recluida en su casa. Esto pertenece a las leyes de pureza que están en la ley de Moisés. El propósito general de esas leyes es bueno. Se trata de descubrir, en aquello que es relacionado con la vida, con la muerte, con la sexualidad, descubrir un límite. Son medidas de orden pedagógico que tienen ese propósito, facilitar la comprensión de un misterio que nos rebasa. El misterio mismo de la vida y en conexión con la vida el misterio de la sexualidad.

Pero ese propósito pedagógico se convierte en una tortura y se convierte en una condena abrumadora. Si pensamos en el caso de esta mujer. Resulta que como ese sangrado no paraba, esta pobre mujer si quería ser obediente a la ley de Moisés, tenía que haber vivido como una especie de reclusa. Esa mujer quedaba atrapada dentro de un régimen legal que la sustraía completamente a todo tipo de trato. Por esa razón ella obra de esa manera oculta. Ella intenta un milagro que necesita, pero intenta evitar una pregunta que no soporta y una mirada que teme que le pueda excluir. No solamente mandaba la ley de Moisés que la mujer en esa etapa de su vida o en esos momentos de su vida, tenía que apartarse, sino que también los demás debían apartarse de ella. Se suponía que esa mujer, durante ese tiempo, estuviera cerca de nadie, ni que nadie se le acercara.

Esto es interesante porque plantea una distancia y en la ley de Moisés las distancias son importantes. Hay otra distancia, la distancia frente al leproso. El leproso debe alejarse y la gente no debe acercarse. Esa legislación yo creo que es bastante conocida, eso mandaba Moisés. Digo, es bastante conocido. Y luego hay otro tema que también reclama distancia Nadie debe tocar un cadáver. Por la misma razón que hemos dicho antes. Los egipcios, por ejemplo, manipulaban cadáveres. Esto de las momias egipcias no es un hecho aislado. Muchos personajes, dependiendo fundamentalmente de su lugar en la sociedad y de sus ingresos económicos. O se mandaban momificar o momificaban a sus parientes. De manera que en la cultura egipcia había toda una manipulación de la muerte, una manipulación que en el fondo significaba una especie de magia. Se trataba como de vencer el poder de la muerte con las fuerzas de unos personajes que no eran simplemente expertos en eso de momificar, sino que tenían una fachada y una presencia religiosa en medio de Egipto. La manipulación de la muerte y el manoseo de los muertos en Egipto era una cosa impresionante. Incluyendo también situaciones de sexo con muertos. Entonces la ley de Moisés pone un freno a esas cosas y dice el muerto déjenlo muerto, respete al muerto. El muerto no es de manipularlo. La muerte pone un límite, así como la vida pone un límite. Así como el sexo pone un límite. En la ley de Moisés esta presentación y esta normatividad de límites, repito, es importante y tiene un carácter de fuerte pedagogía.

Con esos elementos sobre la ley de Moisés, volvamos al texto del Evangelio de hoy. Capítulo Noveno de San Mateo. Y nos damos cuenta que en este texto, lo mismo que en otros. Cristo parece estar rompiendo la ley de Moisés. Cristo no denuncia a la mujer que estando enferma con el tema del sangrado, lo ha tocado a Él, con el agravante de que es un hombre. Cristo no denuncia a la mujer, sino que le dice ánimo. Claramente ella está avergonzada y ella se siente culpable y Cristo le da una dosis de cariño y le da una dosis de fuerza. Ánimo hija, tu fe te ha curado. No la denuncia, no la acusa, la levanta.

No está en el pasaje de hoy, pero si lo hemos escuchado en otras ocasiones. Cómo trata Cristo a los leprosos. Un caso impresionante es el del Capítulo Segundo de San Marcos. Aquel leproso que le dice si quieres, puedes curarme. La ley de Moisés dice no puede el leproso acercarse. Pero ese leproso ya se había acercado a Jesús. No lo había tocado. Pero luego Jesús toca al leproso. Lo toca. En la ley de Moisés eso no estaba permitido. Y lo mismo sucede aquí. Hay una niña que está muerta y mira cómo sucede el milagro. Cuando echaron a la gente, entró Él, cogió a la niña de la mano. Ella se puso en pie. Es decir, para los fariseos, Cristo estaba rompiendo con la ley de Moisés porque se dejaba tocar de una mujer que tenía esa condición de sangrado, porque tocaba a los leprosos y porque aquí se ve que tocó a una muerta.

Lo que sucede es que el propósito de la ley. Lo que la ley miraba y hacia dónde la ley apuntaba, eso sí lo realiza Cristo. Por eso Cristo dice que en Él se da la plenitud de la ley. Podríamos decir el propósito de la ley, lo que se buscaba con toda esa pedagogía de la ley. Eso se da en Cristo. O sea que Cristo no es propiamente un negador o uno que rompe con la ley. Cristo no es un transgresor de la ley, no. Cristo es uno que lleva la ley a plenitud. Es como si dijera lo que la ley quería y no podía. Eso es lo que sucede ahora. Eso es lo que Cristo viene a realizar. Porque cuál era el propósito último, por ejemplo, de no tocar leprosos o de no tocar muertos.

Se entiende mejor en el caso del leproso. Es que la lepra es contagiosa. Entonces, si el sano toca al leproso, la lepra del leproso se le puede pasar al sano. La ley de Moisés no consideraba el caso contrario. Se juntan el leproso y el sano y la sanidad del sano, se le pasa al leproso. La ley consideraba el caso de que la lepra del leproso se le pasará al sano. La ley no consideraba el caso de que la sanidad del sano se le pasará al leproso. La ley consideraba el caso de que la muerte o lo que mató a la persona se le pase al que está vivo. La ley de Moisés no consideraba el caso de que alguien estuviera tan vivo que pudiera dar vida. O sea, la muerte del muerto se le puede pasar al vivo. Pensaba Moisés. Pero Cristo, de tal modo lleva vida en sí. De tal modo es la vida, que la vida del vivo se le pasa al muerto. Ese caso no lo consideraba Moisés. Entonces Cristo no está en contra de la ley, sino Cristo está en la plenitud de la ley y Cristo está en la superación, podríamos decir, de la ley.

Por esa inundación, por esa abundancia que solamente Él puede traer. Lo que ha sucedido aquí, cuando Cristo no denuncia a la mujer que tenía esa condición de sangrado. Lo que sucede aquí cuando Cristo toma de la mano a la niña es que en el acto de tomar de la mano a la niña le está dando la vida a la niña. Entonces está tocando a la muerta, pero para darle vida, no para que la muerta le dé muerte a Él. Bueno, cómo podemos relacionar esto con nuestra propia vida. Propongo dos pasos.

Primero. Necesitamos la pedagogía de la ley. Es decir, los límites, las prohibiciones, las distancias tienen un sentido y tienen un lugar. Por ejemplo, varios de ustedes están formándose para ser sacerdotes, pero el Derecho Canónico dice algo. Si usted pretende Celebrar Misa con toda la seriedad y sabiendo lo que está haciendo, y si usted pretende Celebrar Misa sin ser ordenado, es decir, si usted atenta actos propios de un ordenado sin ser ordenado. Usted comete una falta gravísima que de hecho le inhabilita para su propia ordenación, si ese era su propósito. Entonces ¿Qué está diciendo? Ahí hay una ley, ahí hay una ley que dice todavía no. Espere hay una distancia. Espere tiene que crecer.

Lo mismo sucede en una comunidad religiosa. En una comunidad religiosa hay decisiones que toman los que son profesos solemnes. Pero es que yo tengo una gran idea. Es que yo creo que debe hacerse esto. Es que ¿Por qué no apoya mi idea? ¿Por qué no votan? ¿Por qué no me dejan votar? Espere. Hay un procedimiento, hay una pedagogía. Entonces lo primero para nosotros tiene que ser valorar positivamente la pedagogía que trae la ley. Eso es bueno. Que haya una pedagogía, que haya momentos. Que haya tiempos, que haya personas. Eso es bueno. Eso no tiene que molestarnos. El hecho de que usted en este momento no pueda ordenar a otro como obispo. ¡Y él ya ordena, ahora yo te ordeno obispo! Ahora no puede, quién sabe, en el día de mañana no sabemos qué pase con usted. Eso es bueno, la pedagogía de la ley es buena.

Pero la pedagogía de la ley tiene un propósito supremo y por eso la ley no debe ser absolutizada. Hay una ley mayor que la ley. Y esa ley mayor que la ley es la que trae Cristo y es la que se manifiesta en su gracia, en su misericordia, en el bien supremo que era propósito de la Ley. Eso es lo que nos muestra Cristo. Entonces, la lección completa es apreciar y seguir la pedagogía de la ley y al mismo tiempo abrirnos al don sublime de la gracia. O como dijo San Juan, la ley nos vino por Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

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