Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o141004a, predicada en 20100705, con 29 min. y 56 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos. La primera lectura de hoy es tomada de un profeta cuyo nombre tal vez no nos resulta tan familiar el profeta Oseas. Este profeta llevaba un drama en su propia vida, y lo que él vivió se parece a lo que Dios tiene que vivir muchas veces con nosotros. Me explico. Resulta que Oseas estaba muy enamorado de una mujer que se llamaba Gomer. Sugiero que no le pongan ese nombre a ninguna de sus hijas. Esta mujer, además de tener ese nombre que suena un poco feo en español, llevaba una vida fea. Era una mujer infiel, casquivana, superficial De hecho, parece que era una mujer prostituta. Pero Oseas estaba perdidamente enamorado de esa mujer. Entonces el drama que vivía Oseas era tratar de mostrarle a esta mujer dos cosas. Primero, que él sí la amaba realmente. Y segundo, que lo mejor para ella era dejar toda esa liviandad, dejar toda ese vagabundeo y más bien formar un hogar estable. Ese era el drama de Oseas, porque estaba demasiado enamorado.

Resulta que a veces en la Biblia se compara al pueblo de Israel como si fuera la novia y el novio entonces es Yahvé Dios. Y Dios está perdidamente enamorado de su novia, es decir, de este pueblo, de este Israel. Dios está enamorado de esta novia que es su iglesia, pero la iglesia muchas veces comete infidelidad y la infidelidad de la iglesia es el pecado. Así como una mujer infiel busca otros hombres, así también el corazón que es infiel a Dios busca ídolos. Y entonces los pecados nuestros, las idolatrías nuestras, vienen a ser como las heridas que nosotros le causamos al corazón de Dios. Así como las infidelidades de Gomer eran heridas en el corazón de Oseas, ese es el contexto que nos ayuda a comprender mejor la primera lectura de hoy. En esa primera lectura viene una promesa, una promesa muy bella porque es promesa de victoria de parte del Señor. El Señor dice: Yo la cortejaré. O sea, sabía muy bien de esto del cortejo, de tratar de ganarse el corazón de su amada. Pero esta vez no es Oseas hablando de su propia historia, sino es el Señor hablando del amor increíble que tiene por nosotros.

Yo sé que a uno le puede parecer absurdo que un hombre siga enamorado de una mujer que le ha sido infiel muchas veces y que no da trazas de cambiar su estilo de vida. Uno diría a ese hombre le diría no sea tonto, hombre, qué hace usted perdiendo tiempo con esa mujer de mala vida. Pero lo mismo tendríamos que decirle a Dios: No seas tonto, Señor, ya no pierdas más tiempo con tu pueblo. Ya no esperes más a tus elegidos. Y sin embargo, uno se da cuenta que esa aparente tontería, entre comillas de Dios, es la que nos salva. Porque la obstinación de Dios en amarnos es la que resulta venciendo sobre la obstinación de nosotros en pecar. Si nosotros somos tercos apartándonos de Dios, más terco es el Señor esperándonos, llamándonos, infundiendo su gracia, haciendo esto que dice el profeta Oseas Cortejándonos queriéndose ganar nuestro corazón. Por supuesto, la primera aplicación que tiene este texto a nuestra vida es la siguiente: Si Dios me está buscando, si Dios me ha perdonado tantas veces, si Dios me ha tenido tanta paciencia. Pues ya no lo voy a hacer esperar más. Volveré hacia él. Cada uno puede decir en este día aquella frase tan hermosa, tan perfecta, del hijo pródigo: Sí, me levantaré, volveré a la casa de mi padre. Y muchos de ustedes, queridos peregrinos, han venido aquí ya con esa disposición, con ese corazón. Muchos de ustedes saben que una peregrinación está incompleta si uno no se confiesa. Porque muchas veces en el santuario, el tesoro más grande que le está esperando a uno es el abrazo de paz, el abrazo de reconciliación con Dios nuestro Padre. Por eso creo que este lenguaje es muy significativo en este día y en este lugar.

Pero hay una cosa que hay que destacar. ¿De qué manera se libera ese pueblo de Israel de sus ídolos? ¿De qué manera va a lograr Dios su propósito? ¿Cómo va a tener en realidad el corazón de su pueblo? Oseas nos lo cuenta: Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Son tres cosas. La cortejaré, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Cómo nos corteja Dios, cómo nos consiente, cómo nos mima. Respondiendo a nuestras peticiones, adelantándose a nuestras necesidades, guardándonos de males y peligros. Y también con tantos bienes visibles e invisibles que continuamente experimentamos. Quizás lo que sucede es que no los agradecemos lo suficiente. Pero piensa, por ejemplo, en lo que significa la salud. A uno le parece la cosa más natural del mundo despertarse, levantarse, funcionar, jugar, estudiar, reír, preguntar, hacer negocios.

Hasta el día en que algo falla, algo falla en tu cerebro, algo falla en tu corazón. Un dolor que no tenías. Y ese día arrugamos la frente y decimos ¿Qué es lo que me está pasando? Le ponemos mucha atención y eso no está mal. Al día de la enfermedad. Pero antes del día de la enfermedad han pasado cientos o miles de días de buena salud que quizás ni siquiera hemos agradecido. Dar gracias. Esa salud es regalo, es cortejo de Dios. Cuántas cosas salen bien y a uno le parece la cosa más natural del mundo. Nosotros tomamos todo como si fuera deber de Dios. A Dios le toca. Dios tiene que hacer que las cosas salgan bien. ¿Y por qué? ¿Por qué tienen que salir bien? Por ejemplo, las personas que hacen sus estudios y los culminan y se gradúan y todas estas cosas y reciben sus títulos. Dale gracias a Dios. No todo el mundo tiene esa dicha. Una persona se casa y tiene un hijo. Así nació mi primer hijo, a nació una niña, nacieron otros. Oye que cada niño es un milagro, que cada niño es expresión de la ternura de Dios. Es que cada niño que Dios te ha dado es una caricia para tu alma. Nosotros apreciamos quizás demasiado poco los regalos naturales y sobrenaturales que Dios nos da.

Se levanta uno Si yo soy católico, lo normal, lo que es todo el mundo católico. Creo en Dios, lo normal. ¿Cómo que normal? ¡La fe es un regalazo, hermano! Hay una cantidad de personas en todo el mundo que no creen en Cristo. Hay una cantidad, millones y millones de personas. De hecho, la mayoría de la humanidad no cree en Jesucristo. No invocan su nombre, no aprecian sus milagros, no agradecen sus palabras, no lo llaman en el peligro, no ponen su confianza en Él. Tú sí puedes hacerlo. Llega el domingo y uno allá, atendido en su cama. ¿Será que voy o que no voy a misa? Voy a pensarlo. ¿Cuántas iglesias tiene cerca? Muchos de nosotros tenemos iglesias, varias para escoger. Son regalos de Dios. Son caricias de Dios. Cristo se está entregando a ti, Te está cortejando, Te está diciendo: Eres importante para mí. Un amigo mío estuvo una vez en China. Y no tenía una sola iglesia en trescientos kilómetros a la redonda. Ahí sí valoró lo que es tener la misa cada ocho días, porque no tenía ni una sola iglesia en trescientos kilómetros. Entonces esa es la primera parte. Cuenta tus bendiciones. Lleva la cuenta de tus bendiciones. A mí me parece que hay una frase que hay que desterrar del vocabulario. La cantidad de gente dice: es que yo soy de malas. ¿Cómo va a decir eso, hombre? Yo no soy de malas. De malas ¿Por qué no? Porque llegué y preciso se había ido el bus que tenía que coger. Hombre, eso es una tontería comparado con todos los bienes que usted ha recibido. Mire su salud, mire su familia, su inteligencia, mire la naturaleza, mire la fe que puede tener. Usted está repleto de bendiciones. Por favor, hermanos, llevar la cuenta de nuestras bendiciones. Eso es importante y es bueno para las arrugas.

Porque resulta que la persona que lleva cuenta de las bendiciones vive agradecido, tiene el rostro sereno. En cambio, la persona que solo lleva cuenta de los problemas, inmediatamente se le forma la arruga trágica aquí el entrecejo, porque vive amargado, vive llevando cuentas. Ahora me la hicieron. Esto no funcionó, Esto me salió mal. Soy de malas, vivimos amargados siendo hijos del Rey eterno, vivimos como esclavos habiendo recibido libertad de hijos. No es justo. Lo primero es eso, lleva cuenta de tus bendiciones y agradécelas. Sonríe, sonríe. Aquí nadie sonríe en esta iglesia. No sé qué pasa. A ver, sonría, por favor. Ahí algunos hacen como cara de ¿que pretenderá este padre? A ver, trataremos de ver. Sonriamos. A ver. A ver ustedes, por favor. Los del lado derecho, regálenme una sonrisita a los del lado izquierdo. Miren allá. Halla sonrían. Si podían sonreír. Había allá la niña. Voltee, voltee la carita. Usted Sí, la de negro sonría. Mire para allá. Mire a los de allá. A eso mire una sonrisa linda que le dio mi Dios. A ver, ustedes sonrían, por favor. Sonrían a los de allá. Hay que quitar esa amargura como si fuéramos unos condenados. Yo soy de malas, de malas. Somos gente bendecida. Mire, por ejemplo, la sonrisa del padre Carlos. Mira a, quien no quiere, al padre Carlos. Todo el mundo lo quiere. Eso es lo primero. Lleva la cuenta de tus bendiciones. Déjate, déjate mimar por Dios. Agradécele cada instante de tu vida, porque además no sabes cuánto va a durar.

Porque resulta que, como todas las cosas de este mundo, pasan. Entonces uno tiene salud, pero la salud no va a ser infinita, ¿cierto? En algún momento la salud se daña. Entonces, dentro de cien años, la mayoría de nosotros estaremos muertos. O sea que en algún momento se nos va a dañar la salud. Hay que agradecer las bendiciones cuando las tenemos. Agradecer la familia que tenemos. Disfruten a sus padres, disfruten a sus hijos. Hay papás que tratan a esos hijos como si fuera un estorbo. No. Disfrútenlos, aprendan a disfrutarlos. Déjenles no solo buenos principios, sino sobre todo buenos recuerdos. Pero el profeta Oseas nos dice tres cosas de parte de Dios para su pueblo: Yo la cortejaré, esa es la primera. La llevaré al desierto, esta segunda parte ya es un poquito más dura. Por qué Dios quiere llevar a su novia, es decir, a su pueblo al desierto. ¿Por qué? Porque en el desierto es donde no hay ídolos. Pero fíjate que es por amor, por amor, por lo que Dios nos lleva a veces al desierto. Es su amor el que nos llama al desierto. ¿Por qué? Porque en el desierto todas esas alianzas mentirosas que tenemos se acaban. ¿Qué significa el desierto? En el caso de una persona como tú o como yo, un desierto puede ser, por ejemplo, un problema grave que uno no sabe cómo resolver. Pero sobre todo un desierto. Es una decepción que uno tiene cuando algo realmente no se da y ahí es cuando uno está tentado de decir: Dios no me quiere y yo soy de malas, Dios no me ama.

Y puede que sea el momento del mayor amor de Dios, porque fíjate lo que dice a Oseas yo la cortejaré, eso va de primero. Yo la llevaré al desierto, ese es el segundo paso. El mismo amor que hace que Dios nos corteje. Es decir, nos muestre con regalos su amor. Ese mismo amor es el que hace que Dios también tenga que llevarnos al desierto. ¿Y por qué tiene que llevarnos al desierto? Para quitarnos falsas seguridades. Por eso hay crisis. Hay momentos de crisis que en realidad son momentos de bendición. Y en esto es muy fácil recordar las historias de los santos. Uno de ellos es el famoso Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Este hombre parece que todo le salía bien en la vida, pero en una batalla, la batalla de Lepanto, él fue gravemente herido y tardó muchísimo tiempo en convalecencia y como que no se curaba y no se curaba. Por supuesto, era una situación dolorosa, incómoda, aburrida, cuestionante. Pero esa enfermedad, esa convalecencia le sirvió a San Ignacio de Desierto, porque él cambió totalmente de vida. El Ignacio que estaba, que existía antes de esa crisis, no es igual al Ignacio que salió de esa crisis. Es decir, la crisis lo cambió, lo mejoró. En la crisis, en esa dificultad se encontró con el señor. Resulta que Ignacio tenía grandes ídolos. Por ejemplo, el ídolo de la gloria humana. Él era un militar.

Y suele suceder a los militares que son muy atraídos, que están casi obsesionados con su gloria, es decir, con la opinión que la gente tenga de ellos, con la fama, que se ganen, con la respetabilidad que inspiren. Y así era Ignacio de Loyola, obsesionado con su propia gloria. En cambio, después de esa enfermedad en la cual conoció tanto del amor de Dios y después de una muy buena confesión que hizo San Ignacio, ya no pensaba tanto en su gloria. Pensaba en la gloria de Dios y por eso es tan hermoso el lema de los jesuitas: Todo lo hacen o todos están llamados a hacerlo para la mayor gloria de Dios. Eso es lo que significan esas cuatro letras que aparecen en tantas obras de los jesuitas. A M D G ad maiorem dei gloriam para la mayor gloria de Dios. Eso viene de la vida de San Ignacio de Loyola. Este hombre, en medio de su crisis, cambió como que abrió los ojos. A veces uno tiene que pasar por una dificultad para abrir los ojos, para despertar, para darse cuenta qué es lo que estoy haciendo. ¡Dios mío! Entonces ese es el papel del desierto. Fíjate que el desierto no es en este caso una manera de castigar, sino una manera de salvar. O si lo quieres poner de otro modo, una manera de salvar con algo de castigo, de corrección.

Por algo la carta a los Hebreos dice: Dios corrige a los que ama. Es un acto de amor. ¿Por qué destaco esto por otro pasaje de la Biblia? Tú te acuerdas en el Génesis, cuando Dios saca a nuestros primeros padres tradicionalmente llamados Adán y Eva, los saca del paraíso. Y yo creo que muchos de ustedes tienen la misma sensación que yo tuve cuando yo era niño. Cuando yo leía esa historia del Génesis y que Dios había sacado a Adán y Eva del paraíso, lo que yo sentía era ¡Uy! Se puso bravo Dios, ahora sí se puso bravo Dios. Pero resulta que sacar del paraíso y lanzar a Adán y Eva a la dureza de la vida es lo mismo que le pasó a San Ignacio. Sacarlo de su paraíso de glorias militares y tirarlo en una cama a que se aburriera, tirarlo en una cama, a que sufriera, pero sobretodo tirarlo en una cama, a que encontrara el verdadero amor. A través de la purificación, a través del sufrimiento llega la luz. A través del castigo uno se corrige.

Resulta que ahora hay la idea de que los papás no pueden regañar nunca, los hijos ni los pueden corregir ni nada. Y entonces estamos criando una generación de caprichosos, narcisistas, hedonistas y otras palabras que no debo pronunciar en una iglesia. Entonces, hermanos, a través de la corrección, Dios nos está mostrando su amor. Dios no sacó a Adán y Eva del Paraíso porque estaba bravo con ellos. Dios estaba muy bravo y dijo: Ahora me desquito, Ahora verás qué. Ahora les quitó lo que ellos quieren. No fue por rabia, fue por amor. Por eso fíjate lo que repetimos en el salmo: El Señor es clemente y misericordioso. Lo que sucede es que la misericordia uno como que no la descubre cuando está pasando por el tiempo difícil. Y uno dice ¿Y por qué no sucede esto? ¿Por qué en mi casa pasa esto? ¿Por qué si nosotros hemos sido buenas personas? ¿Por qué si yo nunca le hago mal a nadie? ¿Por qué a mí me pasa esto? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Cuando llega el momento de la dificultad uno siempre se pregunta ¿por qué? Pero resulta que Dios a través de ese camino, muchas veces prepara sus mejores bendiciones. Y aquí llega la tercera parte me la llevaré al desierto, había dicho. Y ahora añade: Le hablaré al corazón. Es que sucede, mis hermanos, que el corazón humano está envuelto en tantas mentiras.

Resulta que nos hemos puesto tantas máscaras y resulta que vivimos tan asustados detrás de tantas rejas y aduanas para protegernos de toda la gente. Como cuentan de un niño en una escuela. Creo que fue aquí en Boyacá un niño supremamente desconfiado. Dicen que algunas personas en Boyacá son así, recelosos, desconfiados, suspicaces. Y entonces la profesora le dice al niño: A ver, Juanito, ¿quién descubrió América? Y el niño nada más mira, así dice cómo para qué sería profesora, niño desconfiado, receloso. Así somos nosotros, desconfiados, recelosos. ¿A ver este, qué se trae aquí? ¿A ver si trae un puñal debajo de la ruana o qué? Venga a ver. Es una desconfianza. Es un recelo. Eso no sabe uno de quien fiarse. Uno nada más mira, no. Nada más vigila. Se cuida. A ver aquí. ¿Quién sabe qué estará pasando? ¿Pa dónde va esto? ¡Cuidado! A ver. Ojo, ojo, que nunca se sabe. En esa desconfianza vivimos y por eso tenemos muralla tras muralla, reja tras reja, aduanas y peajes. Todo eso lo tenemos adentro, de manera que nadie nos toque el corazón, que nadie se meta conmigo. Venga, a ver. Cuidado aquí, nadie se meta conmigo. Yo ya he aprendido a desconfiar de los hombres. Y cuidado con las mujeres. Eso hay que tener cuidado, no creerle nada a nadie, vivir uno desconfiado. Y así vive la gente, llena de desconfianza, llena de miedo, llena de inseguridad, llena de suspicacia. Y en medio de toda esa suspicacia y de todo ese miedo, el corazón queda bien protegido y también bastante muerto.

Imaginémonos que un papá quiere proteger a su niño y entonces dice: Bueno, voy a rodear a este niño de unas murallas muy altas para que nadie le pueda hacer daño. Entonces voy a construir unas murallas de veinticinco metros de alto. Lo cierro con una cerca electrificada, pongo cuatro guardaespaldas con ametralladoras y ahí queda protegido el niño. Si queda muy protegido, pero también queda muy solo. Queda muy protegido, pero queda muy triste. Queda muy protegido, pero queda enterrado en vida. Y eso es lo que le pasa al corazón de mucha gente. Los dolores por los que han pasado, las decepciones que han tenido, las frustraciones que les han llegado, hacen que su corazón sea así, receloso ¿como para qué sería? ¿Qué hora es? No tengo reloj. No sé, no me pregunten, Váyase. Vivimos en una desconfianza total y cuando no vivimos desconfiando del hermano, vivimos también presentándole máscaras a la gente.

Yo, por ejemplo, soy un entusiasta de un grupo donde evangelizó continuamente en Facebook. Yo me llamo Fray Nelson. Así me pueden buscar en Facebook y para mi Facebook es de los fenómenos sociales más interesantes del mundo entero. Bueno, en Facebook resulta que tengo bastantes amigos. Pues amigos según la terminología de Facebook tengo, pero muchos amigos. Mejor dicho, tengo tantos amigos que ya casi llego al límite de los amigos que se puede tener en Facebook, que son cinco mil. O sea que tengo bastantes amigos y los amigos publican sus fotos y los amigos cuentan sus historias. Y Facebook es maravilloso. Bien utilizado. Creo que es maravilloso para la evangelización. Y uno mira el contraste tan grande entre las fotos y las actualizaciones de estado. Eso para mí es maravilloso. Yo disfruto Facebook, como ustedes no se imaginan. Para mí es un experimento de evangelización increíble. En las fotos todo el mundo sale sonriendo. La fiesta que hicimos, las vacaciones que pasamos. Y ahora hay una palabra que no existía en mis tiempos y que utilizan todos los muchachos el Desparche. ¿Qué será Desparche? Estoy tratando de aprender poquito a poquito. ¿Qué es Desparche? Me parece que desparche es algo parecido, como un desorden, como algo desprogramado de gente que no tiene oficio, pero sí tiene cámara fotográfica, el desparche. Entonces en el desparche sale la gente posando caras por aquí, caras por allá de para arriba, para abajo. Todos se ríen en las fotos. Las actualizaciones de estado como son. No se puede creer en nadie. El amor verdadero no existe. Otra vez me abandonó el desgraciado ese. Los hombres no se qué más. Y las fotos. Yo paseando. Yo disfrutando. ¿Ustedes qué deducen de ese contraste entre las fotos y las actualizaciones de estado? Lo que yo deduzco es que la gente utiliza muchas máscaras o no estaban tan felices cuando se tomaron las tales fotos o no estaban tan amargados cuando escribieron. Es que no se puede creer en nadie.

Cuando Dios nos va llevando por este proceso de purificación del que nos habla el profeta Oseas, se nos van cayendo las máscaras y se nos van cayendo las aduanas y vamos encontrando la libertad y la transparencia. Y aprendemos a sonreír, pero no la sonrisa de la pose. Y aprendemos a llorar, pero no el llanto de la manipulación. Aprendemos a sonreír con gratitud hacia Dios y hacia los hermanos y aprendemos a llorar por nuestras faltas y por los dolores del mundo. Este es el camino que nos propone Oseas y a través de este camino el Señor quiere unirse a nosotros. El Señor quiere nuestro sí, pero no un sí forzado, sino un sí libre, un sí enamorado, un sí agradecido. Hoy te invito, hermano, a que tú le des ese sí a Dios. A que tú le digas al Señor hoy te recibo y te acepto como mi Señor y mi Salvador. Hoy vuelvo agradecido a ti. Amén.

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