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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor y el dolor van juntos.
Homilía o141001a, predicada en 20000710, con 8 min. y 57 seg. 
Transcripción:
La historia del profeta Oseas seguramente la conocemos muchos. Oseas fue un hombre que se casó con una mujer infiel, probablemente una mujer dedicada a la prostitución. Y este matrimonio, que indudablemente fue infeliz y que estuvo marcada, marcado por el dolor, la traición, la infidelidad. Se convirtió en un mensaje. Me explico. Dios le hizo ver a Oseas y luego a través de Oseas, le hizo ver al pueblo que así como duele que la mujer traicione a su esposo y es dolor que muchos no pueden soportar, así también duele. Duele en el amor que nosotros seamos como somos con Dios. Duele porque hay amor. El dolor y el amor van juntos. Y precisamente porque Dios nos ama. Por eso duele que nosotros seamos los que somos con Él, que le exijamos tantas pruebas de su amor y que estemos tan poco dispuestos a darle pruebas de nuestro amor. Queremos que siempre esté y que nunca falle, pero nosotros queremos estar cuando queremos y queremos siempre el permiso para fallar. Que él sea una roca y nosotros ser veletas. Amor y dolor van juntos. Esa manera nuestra de querer amar y ser amados rasga el corazón del profeta, así como su esposa es variable. Un día le quiere y al otro día le desecha. Así somos nosotros con Dios. Este fue Oseas y por eso en la profecía de Oseas, el lenguaje del amor tiene siempre como esa referencia de la pareja. No nos extraña el texto de hoy. Es el estilo de él. Esto dice el Señor: Yo la cortejare, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Dios toma el lugar de un novio o de un esposo mil veces traicionado, airado, indignado, dolido, pero que más allá de lo que pueden los esposos humanos, tiene la capacidad, tiene la fuerza para volver fiel a su prometida o a su esposa. Sin embargo, el lugar para reconquistar ese amor se llama el desierto. De manera que si el amor y el dolor van juntos, cuando se dan las traiciones, el amor y el dolor también van juntos cuando se da la reconciliación. Y por eso el mensaje grande de la primera lectura de hoy es; así como hemos causado dolor con nuestras faltas en el amor, así también hay un dolor de amor y un dolor con amor que nos llevará hacia Dios y que nos reconciliará. Catalina de Siena dice que cuando este pensamiento se afianza en el alma, la persona siente deseo de padecer por Dios, deseo de hacer algo por Él. Creo que es un sentimiento que ya no nos va a parecer tan extraño si lo comparamos con lo que también nosotros sentimos cuando hemos traicionado, cuando hemos lastimado a las personas que amamos, que no quisiéramos hacer por ellas. Aún en las cosas pequeñas, cuando los hijos se han portado mal con el papá o con la mamá, después no hallan qué hacer si llevarle el desayuno a la cama, si ponerle el programa preferido, si llevarlo al restaurante que le gusta. Se esfuerzan en hacer felices. Nosotros que hemos pecado, debemos pedirle a Dios esta gracia. Dame el deseo de padecer por ti. Muchos santos lo tuvieron. Luis Beltrán, por ejemplo, apóstol de nuestra Colombia en tiempos de la conquista, le pedía eso a Dios: Tú moriste por mí. Solo una gracia te pido morir por ti. Y por eso le pedía Luis Beltrán. Le pedía a Dios: Mira aquí en esta tierra, en este camino. Corta lo que tengas que cortar. Quema, cauteriza lo que tengas que quemar y que aterrizar. Aquí, aquí, no perdones, no perdones error. No perdones defecto. Para que allá en el cielo. Para que allá en esa otra existencia, en esa otra vida. Para que allá sea solo perdón. Aquí no me perdones errores, corrígeme todo para que allá me perdones todo. Así oraba Luis Beltrán. Nos parecen quizá excesivas estas oraciones, pero son las oraciones que nacen cuando el amor verdaderamente visita el alma. Hay que entender que si el amor y el dolor estuvieron en el camino por el que nos alejamos de Dios, lo normal es que el amor y el dolor estén de nuevo en el camino por el que nos acercamos a él. Y ese dolor de amor es lo que se llama en la tradición cristiana penitencia. Esa es la penitencia, ese es el deseo de la penitencia. Unas veces, con lágrimas en los ojos, le decía Catalina al Señor: Mira, si tú ves que tengo que hacer penitencia, si son necesarios azotes para que yo me corrija, pues yo misma me los doy. Yo voy a ser la primera en darlos. Si ese es el camino, yo soy la primera. Dolor y amor unidos. Dice el Señor, la llevaré al desierto. Eso tiene cara de castigo. Dice el Señor. Le hablaré al corazón. Eso tiene cara de declaración amorosa. Bueno, ¿y qué es entonces esta lectura? ¿Es una declaración amorosa o es un castigo? Las dos cosas se juntan el amor y el dolor. Desde luego, en el lenguaje humano eso no funciona. En el lenguaje humano lo que hay es solamente el dicho aquello de que porque te quiero te aporrio, que dice nuestro pueblo sencillo, pero aquí no es esa la idea. Es porque te quiero, te amo, te amo, te constituyo en verdadera pareja para mí. Tú no puedes levantarte donde yo estoy, pero yo puedo hacerte a mi semejanza. Sucede aquí como cuando un príncipe de muy alta alcurnia se casa con una plebeya de poca cultura, de poca educación. En la forma, la levanta, hace de ella una reina. Entonces así dice Dios: Tú no puedes salir de donde estás, pero yo sí puedo hacer de ti, de ti que te has prostituido, de ti, que te has alejado de ti, que me has cambiado por cualquier cosa. De ti puedo hacer mi esposa, de ti puedo hacer la reina de este reino. Tú vas a ser mi princesa. Yo puedo hacer eso contigo. Uno quiere oír la parte bonita, le hablaré al corazón. Uno no quiere oír la parte dura, la llevaré al desierto. Pero las dos se necesitan. Pidámosle a Dios, nosotros, los que queremos que Dios nos hable al corazón, pidámosle que nos dé la docilidad para cuando Él diga: Te llevaré al desierto, porque allí Él nos va a hacer dignos de Él.

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