Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aprendiendo de un exorcismo realizado por Jesucristo

Homilía o133009a, predicada en 20200701, con 23 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Hermanos, como hemos comentado en otras ocasiones, hay que escuchar siempre con atención y respeto lo que nos enseña la Sagrada Escritura sobre los ataques del espíritu del mal. Es una enseñanza provechosa, no para que tengamos miedo, claro que no, sino para que tengamos cómo defendernos y no nos llenemos de perplejidad frente a las estrategias o las acciones del maligno. El Evangelio de hoy nos da varias enseñanzas en esa dirección.

Primero, hay que destacar la valentía de Jesucristo, que pone pie en una tierra completamente oscurecida por el pecado y por una acción bastante patente del demonio. El texto que hemos oído, escuchado, el texto que hemos oído del capítulo 28, del capítulo octavo de San Mateo, nos muestra que, en esa región, y particularmente en ese sitio donde permanecían aquellos dos endemoniados, nadie se atrevía a entrar. Ahí empiezan las lecciones para nosotros. Nadie, nadie se atrevía a ir a ese sitio, nadie menos Cristo, Cristo sí. Y ¿por qué Cristo se va a esa región? ¿Por qué está él en ese lugar? Porque le interesan esas dos personas, porque le interesan esos dos seres humanos oprimidos. Más allá de cualquier otra consideración, Jesús va a ese sitio movido de una altísima caridad. Es un lugar peligroso, fíjate lo que se nos dice: «Eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino». ¿Qué es lo que hace que Cristo sí transite por ese camino? El amor que tiene a esas personas.

Por pasajes como éste y, especialmente por el momento de su dolor en la Cruz, encontramos expresiones muy bellas en una persona como Catalina de Siena que dice que Cristo es nuestro general en combate. Nosotros, en efecto, hemos sido y podemos, de hecho, ser vencidos muchas veces por nuestra debilidad, por nuestra imprudencia, por la seducción del pecado, podemos ser vencidos muchas veces por las tinieblas. Pero mis hermanos, Cristo, movido de amor por nosotros, da la pelea, no se amedranta, no se acobarda, ahí está presente peleando por nosotros. Y cuando tú te sientes acompañado, protegido, defendido por Jesucristo, el valor de Él quita tu miedo, el valor de su presencia espanta al enemigo, pero primero, espanta el miedo que tú tenías. Por eso hoy admiramos más a Jesucristo, hoy lo amamos más, hoy le agradecemos más, porque como dice el Credo: por nosotros y por nuestra salvación, ha entrado en este combate.

Esto quiere decir que si yo mismo, si mi vida, si mi imprudencia ha entrado bajo dominio del pecado, hay uno que tiene el valor y el amor para entrar a rescatarme. Donde nadie quería entrar, Cristo sí quiere llegar, porque le importa la gente, porque le duele que se pierdan esos que seguramente ya todos los demás daban por perdidos. Entonces, primera lección, el amor de Cristo le hace valiente y el valor de Cristo trae salvación.

Los endemoniados reconocen a Cristo, o mejor, el demonio en ellos reconoce a Cristo, reconoce el poder que tiene Cristo. Este es el grito que ellos dicen: ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? ¿Por qué hablan de tormento, por qué es un tormento Cristo, para ellos? Es tormento, porque la pretensión del demonio es lograr una porción de la creación para su dominio, para tener imperio. El demonio, en la locura de su soberbia, quiere ante todo ganar una porción, ganar algo. El demonio no tiene capacidad de crear, solo Dios es Creador. Por eso, el único espacio de acción que tiene el enemigo es tratar de secuestrar, tratar de apoderarse, tratar de adueñarse de algo de la creación, es la manera de mantener la mentira alrededor de la cual gira todo su ser.

En efecto, en guerra contra Dios y en odio hacia Dios, el demonio todo lo tiene perdido, todo, no solo ha perdido la amistad y la felicidad que solo están en Dios, sino que ha perdido toda posibilidad de lograr su proyecto demencial. Y ese proyecto es lograr algo, adueñarse de algo de la creación. A medida que el demonio es expulsado de la creación, cosa que sucede en los exorcismos muy particularmente, pero cosa que sucede también en la conversión de cada uno de nosotros, porque nuestra conversión expulsa al enemigo y ese es el tormento del enemigo, ese es el tormento del demonio, porque le obliga a enfrentar la verdad de su derrota. Derrota que tiene su fuente en su acto estúpido y demencial, el acto demencial de oponerse a Jesucristo, de oponerse a Dios, por eso el demonio habla de tormento.

Esta enseñanza todavía hay que profundizarla un poco más, porque hay un texto que me gusta mucho porque es muy claro y está en la Carta de Santiago, en tu Biblia. Dice el apóstol Santiago: «Resistid al diablo y huirá de vosotros». Y uno se pregunta ¿cómo es posible que nosotros, siendo tan frágiles, siendo tan pequeños, podamos poner en huida al demonio? Te voy a decir cómo sucede. Cuando el demonio intenta seducirte o asustarte, que son sus dos estrategias principales, y tú resistes y tú no te dejas secuestrar tu voluntad por el poder de las tinieblas, él queda humillado, es lo mismo que aquí, en este texto del Evangelio, Mateo 8, se llama atormentado. Queda atormentado porque tiene que enfrentar la verdad de su derrota.

Por eso, cuando nosotros resistimos al ataque del demonio, fundamentalmente afianzándonos en la fe y poniendo toda nuestra esperanza en el socorro divino y proclamando en voz alta su misericordia que excede cualquier medida de nuestros pecados, cuando así nos apegamos a Dios, el demonio tiene que reconocer su derrota porque no logra secuestrar tu tiempo, ni tu espacio, ni tus cosas, ni tu voluntad. Y al verse detenido por la firmeza de tu adhesión a Dios, se ve humillado, se ve torturado. Entonces, lo intenta nuevamente, pero tú perseveras y entonces se ve humillado. Y esa humillación es lo que más le duele, porque el centro de su ser es la soberbia. Entonces, dolido por ese segundo ataque, intenta un tercero y un cuarto, tal vez, pero es tanto el dolor que experimenta, dolor que solo proviene de tener que enfrentar su realidad de derrota, derrota que solo se debe a su propia obstinación, es tanto el dolor que le produce que, para evitar más dolor, ya no ataca.

Por eso, también aquella frase que he recordado varias veces de nuestra amiga de Siena. Dice Santa Catalina: Al principio en la vida espiritual el cristiano se llena de temor frente al demonio. Pero a medida que se afianza en Cristo, es el demonio el que le tiene miedo al cristiano, porque derrota tras derrota y humillación tras humillación, es demasiado dolor para su corazón soberbio. Eso explica por qué el enemigo le dice aquí: ¿Has venido a atormentarnos? Y observemos la expresión que utiliza, sobre la cual reflexioné en otra homilía, ¿has venido a atormentarnos, dice, antes de tiempo? Antes de tiempo, ¿has venido a atormentarnos antes de tiempo? Como si hubiera un tiempo para ellos, porque eso es lo que ellos quieren los demonios, tener algún pedacito que sea suyo. Sabiéndose que nada es de ellos, porque bien dijo San Pablo a aquellos cristianos: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». No hay espacio para el enemigo, pero ellos intentan asegurar algún espacio. Intentan también asegurar algún tiempo, pero ningún tiempo es para ellos, en el plan de Dios ningún tiempo es para el demonio.

Y por eso, hay que cuidarse de las expresiones que justifican el pecado diciendo, por ejemplo: Bueno, pero es que en la juventud todo el mundo es rebelde. O diciendo, por ejemplo: Bueno, pero es que como es hombre, pues es infiel. O diciendo, por ejemplo: Bueno, pues como es una persona con poder es un corrupto. No justifiques el pecado, toda justificación del pecado es tributo al demonio. Dura esa frase, la repito, toda justificación del pecado es tributo al demonio. Que tiene derecho a pecar porque es joven, o porque es niño, o porque es hombre, o porque es mujer, o porque es muy inteligente, o porque es poco inteligente, no justifiques el pecado, toda justificación del pecado es tributo al demonio y es tributo al demonio, porque es como decirle: Mira, la juventud te pertenece o los varones te pertenecen, o las mujeres, o los ricos, o los pobres, o los que han sufrido te pertenecen. Cuando se justifica, por ejemplo, la injusticia que causa el pobre en su revolución contra aquellos que le han hecho sufrir. Cuando se justifica la crueldad de esa persona, se le está dando espacio al demonio. Entonces, la única posibilidad es no negociar nada, no negociar nada.

Y, de hecho, te das cuenta que no hay espacio para ellos. Ellos piden como espacio irse donde unos cerdos y los cerdos no se aguantaron, los cerdos se suicidaron, se tiraron acantilado abajo. No hay espacio para ellos en la creación. Entonces el demonio, como decíamos en aquella otra predicación, el demonio trata de comprar tiempo, por eso le dice a Cristo: ¿Has venido antes de tiempo? Como si le estuvieran diciendo tácitamente: Déjanos otro poquito, déjanos otro poquito. Esa es la mentira en la que vive el enemigo. No hay que tener miedo, no hay espacio para el enemigo y no hay tiempo que sea bueno para él, ningún tiempo.

Finalmente, hermanos, hagamos una pequeña reflexión sobre la manera como acaba este pasaje del Evangelio, es muy triste, no es un final feliz el del pasaje de hoy. ¿Por qué digo que es triste? Porque al final de este pasaje lo que leemos es que la gente de aquel lugar le pidió a Cristo que se fuera. O sea que el problema no era únicamente de esos dos endemoniados. Le pidieron a Cristo que se fuera. Y es evidente, esto que estoy tratando de decir, que Dios me ayude, que Dios me ayude, esto que estoy tratando de decir es un poco profundo. Ven, Espíritu Santo, y que yo pueda expresarme bien. Observa esto, observa la diferencia entre los endemoniados y la gente del lugar. Los endemoniados fueron liberados por Cristo, porque efectivamente, cuando hay posesión, verdadera posesión diabólica, no simplemente atribución que se le hace al demonio, cuando hay lo que la Iglesia Católica entiende por verdadera posesión, la voluntad de la persona queda como atada. Las otras personas, los otros habitantes del lugar, no estaban endemoniados, pero estaban bajo la influencia del maligno.

Eso es lo que estoy tratando de explicar, que son dos modos de actuar del maligno. Uno es el modo del endemoniado y otro es el modo del que está bajo su engaño, bajo su influencia. No toda influencia del maligno es posesión. Posesión era lo que se daba en el caso de esos dos gerasenos, pero el resto de la población no estaba poseída. Desde su propia inteligencia y voluntad le piden a Cristo que se vaya. Y cuando le piden a Cristo que se vaya, esa petición no puede venir de Dios. Cuando quieren retirar a Cristo de sus vidas, eso no puede venir de Dios. Cuando alejan a Cristo, eso no puede venir del Espíritu Santo, eso viene del Espíritu del mal.

Entonces, ¿qué tenemos que aprender aquí? Que hay dos acciones diferentes del enemigo. Una acción es la propia de la posesión y en la posesión, que es numéricamente, estadísticamente muy escasa, esto lo dicen exorcistas famosos como el bien recordado padre Gabriel Amorth, exorcista en la diócesis de Roma. Entonces, un modo de acción es el que requiere de exorcismo porque se da posesión y la posesión supone un atar tan completamente la voluntad de la persona que ya no es dueña de sus actos, esa es la posesión. Lo otro, en cambio, es una influencia perversa del enemigo que no reemplaza ni a la inteligencia ni a la voluntad de la persona. De modo que los habitantes de aquel sitio pidieron voluntariamente a Cristo que se fuera de allí.

¿Por qué estoy tratando de hacer esta clarificación? Porque hay personas que se imaginan que toda acción del demonio tiene que ver únicamente con la posesión, y no es cierto. Muchas veces el daño mayor proviene de esa influencia perversa que aleja a Cristo. Porque ahora yo voy a hacer esta pregunta ¿qué es peor, lo que hacían esos posesos o lo que hizo la gente del lugar? Pregunta difícil. Si nosotros miramos la clase de vida, si a eso se le puede llamar vida, si nosotros miramos la clase de vida que llevaban esos posesos, pues era un desastre por supuesto, era una catástrofe, era una tragedia humana. Y uno en el principio podría pensar que era peor la condición de los posesos que la del resto de la gente. Pero los posesos no eran dueños de su voluntad, precisamente porque eran posesos. Entonces, los otros sí obraron voluntariamente y voluntariamente sacaron a Cristo de sus vidas. O sea que, aunque sea tan dramático y aunque sea tan doloroso, y aunque nos impacte tanto lo que es una posesión diabólica, lo realmente grave estaba en los otros, porque los otros sí obraban con su voluntad. El poseso no, el poseso no obra con su voluntad, que está como atada. Los otros sí obraron con su voluntad y voluntariamente sacaron a Cristo de su vida.

Entonces, no pensemos que lo peor es la posesión. Lo peor es que nuestra voluntad distraída, asustada, equivocada, seducida, o lo que sea, quiera alejar a Cristo. Eso si es grave, eso si es lo peor. Entonces, si te parece terrible la condición de los posesos, examínate, examínate en qué áreas de tu vida, en qué partes de tu ser quizás le has negado la entrada a Cristo o lo has sacado. Examínate, porque te repito, peor es la condición del que saca voluntariamente a Cristo, que la condición de los posesos, que en el fondo no son dueños de su voluntad. Por eso esta lectura, esta lectura, mis hermanos, tiene que llevarnos a una profunda humildad y a una actitud de súplica:

Señor ¿de qué parte de mi vida te he sacado? Yo quiero ser tuyo. Señor Jesucristo soy tuyo y tuyo quiero ser. Señor Jesucristo quiero que habites, quiero que reines, quiero que tu imperes en toda mi vida y hoy me arrepiento si de algún sector de mi alma, si en un rincón de mi agenda, si en un pedazo de mi casa, si en algún gesto o actitud de mi vida, si en algún rincón de mi corazón yo no te he permitido entrar, perdóname. Este es el momento para decirlo: Perdóname Jesús y ayúdame con tu misericordia. Yo no quiero echarte como te echaron los habitantes de aquel lugar. Yo no quiero echarte. Yo quiero, al contrario, recibirte y recibirte en todo mi ser. Sé que me he equivocado, sé que he caído, sé que soy frágil, hoy me arrepiento, Señor, pero yo no quiero sacarte de mi vida. Yo quiero que tú reines en todo mi ser. Yo quiero, Señor Jesucristo, que hagas tu obra, haz lo que tengas que hacer conmigo. Obra, Señor, en mi corazón. Obra, Señor, en mis pensamientos. Obra Señor, en mis proyectos. Es el momento para pedirle al Señor: Bendice el espacio en el que vivo, bendice las cosas que utilizo, bendice mi tiempo, porque si tú bendices mi espacio y mi tiempo, yo también seré bendecido en la eternidad. Amén.

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