Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo, el gran misionero, nos da lecciones básicas de lo que significa llevar el Evangelio donde nos quieren y donde nos rechazan.

Homilía o133006a, predicada en 20140702, con 4 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Una de las cosas que podemos aprender viendo la obra misionera de Jesucristo es, precisamente, cuáles suelen ser las condiciones de la evangelización y qué clase de cosas esperan a los misioneros. Qué escenarios, qué situaciones tan distintas, nos encontramos a veces con poblaciones que lo aclaman como rey. Encontramos lugares donde quieren retenerlo: No te vayas de nuestro lado. Cristo tiene que salir casi a escondidas y casi a la fuerza, porque sabe que su llamado es a evangelizar en otros lugares, o sea que en algunos sitios quieren retenerlo, pero hoy nos encontramos exactamente con la situación contraria.

Resulta que le piden que se vaya, le están diciendo a Cristo que se vaya, lo están echando. Esto tiene que llamarnos mucho la atención, cómo en algunos lugares el misionero va a ser amado y va a ser aceptado, va a ser acogido y retenido, mientras que, en otros lugares, se le va a considerar como un peligro, se le va a considerar odioso y se le va a echar, se le va a arrojar. Observemos que estos cambios son cambios en la gente, Cristo sigue siendo el mismo. Él es siempre y en todo lugar, testigo del amor de Dios, testigo de la Palabra de Dios. Pero este Cristo, que es testigo de Dios y que permanece siempre fiel a su misión en unos lugares, será tratado de una manera y en otros lugares será tratado de otra. Y una cosa que tiene que enseñarnos Cristo es que en aquellos lugares donde querían retenerlo, Él no se quedó. Y en este lugar donde querían echarlo, Él tampoco pidió: No me boten de aquí, no me arrojen de aquí. Es decir, el misionero no tiene que estar pidiendo, no tiene que estar negociando porque la fuente de su misión y el dueño de su tarea no es él mismo, sino el espíritu que lo va llevando.

Uno de los comentarios interesantes que tiene el Papa Juan Pablo II, cuando se refiere a la misión, es cómo el Espíritu Santo, nunca tanto como en la misión se manifiesta Señor y dador de vida. Sí, el Espíritu Santo es el Señor de la misión y, por consiguiente, el misionero no puede depender demasiado de que le hagan buena cara o le hagan mala cara, lo quieran mucho, lo aplaudan mucho o, al contrario, lo rechacen y lo maltraten. Por algo dijo el apóstol San Pablo, en otro contexto, que había que predicar a tiempo y a destiempo. Parece que se predica a tiempo cuando la gente manifiesta su buen gusto, su avidez por la Palabra divina, parece que se predica a destiempo, cuando las personas arrugan la cara cuando están fastidiados, cuando no les gusta lo que tienen que oír. Y hay que saber predicar a tiempo y a destiempo.

Muchas veces sucede, por ejemplo, con el Papa Francisco cuando el Papa habla de la desigualdad social y de la desigualdad económica, hay muchos dispuestos a aplaudir, pero cuando él recuerda la enseñanza muy firme y bien establecida de la Iglesia, por ejemplo, sobre el sacerdocio reservado únicamente a los varones, o el terrible crimen que es el aborto, cuando estas cosas suceden, entonces ya no es tan simpático el Papa. El Papa no puede estar dependiendo simplemente de los aplausos que le den en un lugar o que le den en otro lugar. La fuente de la misión del Papa no está en la popularidad, no debe estar en la popularidad. La fuente de la misión del Papa está en su fidelidad a Jesucristo y en ese don del Espíritu Santo que es el Señor y el dador de vida.

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