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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Muchos pecados que consideramos como asunto de carnalidad, rebeldía o codicia, son en su raíz faltas contra la fe.
Homilía o133005a, predicada en 20120704, con 64 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Hermanos amados, ¿cómo estamos? Gracias a Dios estamos bendecidos. Estamos bendecidos porque la Palabra del Señor ha sido pronunciada sobre nosotros. Somos bendecidos porque pronunciamos el nombre de Jesús. Somos bendecidos, ante todo, porque hay una puerta que hemos cruzado y es la puerta de la fe. La fe es el principio de toda genuina y duradera bendición en nuestra vida. Y en esta semana tenemos estas reuniones especiales para restaurar, para formar, para reanimar, para encender ese don precioso que es el que sirve de puerta para todos los demás dones, el don de la fe. Y queremos que se fortalezca en nosotros ese don, porque lo necesitamos y también porque somos gente obediente a la voz del dulce Cristo en la tierra, así llamaba Santa Catalina al Papa.
Nuestro querido Benedicto XVI ha convocado un año de la fe. Ese año de la Fe empieza el 11 de octubre del presente año 2012 y terminará a fines de noviembre del 2013. Pero nosotros no hemos esperado a que llegue el 11 de octubre, sino que desde ya queremos prepararnos y disponernos para que cada uno de los días de ese año de la fe, sea un día de poderosa, de vigorosa bendición. Esta, entonces, es una semana especial de predicación, fruto de la invitación que los servidores y también mis hermanos dominicos de aquí de la mansión, han querido hacer a este, que es servidor de todos ustedes. Y así estamos durante esta semana, alimentándonos, reanimándonos en ese don bendito, el don de la fe. Pero no hemos cambiado las lecturas de la Santa Misa, hemos querido seguir el calendario litúrgico de nuestra Iglesia Católica, solo que la predicación la miramos, la buscamos desde ese prisma especial de la fe.
Hoy tenemos un texto que resulta un poco extraño, se trata de Jesús que enfrenta al enemigo. El lenguaje, tanto en la primera lectura como en el Evangelio, es un lenguaje de combate. Y ahí empieza la primera enseñanza para nosotros hoy. La vida de la fe es una vida de combate, es una vida propia de aquel que tiene que defender un tesoro y de aquel que tiene que asaltar una muralla y de aquel que tiene que vencer a un adversario. La vida de la fe, mis hermanos, no es una vida simplemente de tranquilidad. Necesitamos diferenciar estas dos palabras, la palabra tranquilidad y la palabra paz. La vida cristiana es una vida en la paz, la paz que da Cristo, esa paz que el mundo no nos puede quitar, pero la vida cristiana no es una vida necesariamente tranquila.
La tranquilidad significa ausencia de perturbación, por ejemplo, cuando vemos un lago, cuando vemos un estanque y esa superficie está como un espejo, decimos que el agua está tranquila. La tranquilidad es la ausencia de toda perturbación, de toda interferencia, de toda influencia extraña. Y la vida cristiana tiene tiempos de tranquilidad, pero la tranquilidad no es lo mismo que la paz, porque a veces llegan las interferencias, las tentaciones, las acusaciones, las calumnias y todo eso significa que no hay tranquilidad. Pero por dentro el cristiano permanece en paz. Y ¿por qué puede permanecer en paz? Porque está cimentado sobre la roca firme, porque tiene a Cristo, su Señor, que reina dentro.
Pensemos en el caso de los mártires que, por supuesto, son el espejo grande de la vida cristiana. ¿Qué crees tú? Una persona a la que le quitan todas sus posesiones, lo meten en una cárcel inmunda, se le juzga y se le condena en pocas horas y lo único que tiene para esperar es una muerte horrorosa, por ejemplo, en las fauces de las fieras. Eso es perturbación, que le quiten a uno los bienes legítimamente adquiridos, que lo arranquen a uno de la familia tan amada, que lo metan a una cárcel, que lo acusen, que lo insulten, que lo torturen, que lo maten. Eso no es tranquilidad. Pero esos hombres y esas mujeres en medio de esa persecución, en medio de acusaciones, calumnias, torturas, insultos, dolor, sabían permanecer en profunda paz. Y hay unos testimonios realmente impresionantes de lo que fueron esos mártires.
Recordemos el caso, por ejemplo, de un anciano, el santo obispo Policarpo, obispo en la ciudad de Esmirna, la antigua Esmirna, en lo que se llamaba entonces Asia Menor y que hoy corresponde a Turquía. Policarpo de Esmirna, un anciano, un hombre de más de 80 años, un hombre condenado al suplicio espantoso de ser quemado vivo. Y este hombre que se ve frente a semejante castigo, semejante dolor, semejante perturbación, cuando lo iban a amarrar a la columna, porque esa era la costumbre para realizar esa ejecución, se amarraba al condenado a la columna para que no intentara, por supuesto, huir. Se ponía a su alrededor abundante material combustible, se encendía la hoguera y entre la asfixia y el calor moría ese pobre infeliz. Pues este es un anciano, este es un hombre de 80 años o más, y lo van a amarrar a la columna. Y he aquí las palabras que dice Policarpo: No es necesario que me aten. El mismo que me ha dado la gracia del martirio, hará que yo permanezca firme. Y efectivamente, encienden el fuego, se levanta esa terrible llamarada y él permanece sereno. Y la última imagen que aquellos cristianos, los fieles que habían seguido siempre la palabra de su obispo y que ahora lo veían entregar el supremo testimonio, ellos contemplaron cómo este hombre, convertido como en una hostia viva, impávido ante la tortura del fuego, impávido ante la asfixia que causa ese humo espantoso, soportaba ese martirio hasta que fue completamente consumido. Tenía paz, no tenía tranquilidad.
No me vengan a decir que uno está tranquilo. No, tranquilidad no había, porque estamos definiendo la palabra tranquilidad como ausencia de problemas, ausencia de perturbación. Y Cristo nos ha prometido una vida en paz, no nos ha prometido una vida tranquila. Cristo no ha dicho que no vamos a tener problemas, Cristo ha dicho que Él va a estar a nuestro lado para vencer junto con nosotros nuestros problemas, eso es lo que ha dicho Cristo. Y por eso, es muy importante entender que la vida cristiana tiene un menú, un menú muy largo, un menú muy complicado de problemas. Y están los problemas de la salud y están los problemas de los hijos y los que están casados tienen problemas con su pareja y hay problemas con los mayores y hay problemas con el gobierno y hay problemas con la economía y hay problemas para los que vivimos en comunidad, hay problemas en la comunidad y hay problemas y hay calumnias y hay problemas y hay malos entendidos y hay problemas y hay murmuración y hay problemas y hay acusaciones. Y en medio de todos esos problemas es muy fácil perder la paz. Pero Jesús nos dice: La paz les dejo, mi paz les doy. Y es propio del verdadero creyente saber permanecer firme.
Cómo no recordar aquí a ese otro mártir relativamente reciente, en la época de la Segunda Guerra Mundial, el famoso franciscano Maximiliano María Kolbe. Tanta ansia tenía este hombre de servir a Cristo y de expresar y donar su amor al prójimo, que sin que le tocara, se ofreció a reemplazar un condenado a muerte en el campo de concentración de Auschwitz. Y en ese campo de concentración, este hombre tenía que entregar la vida. No se trataba de las fieras, espantosa muerte la de las fieras en el circo romano, pero siendo espantosa, es una muerte que dura muy poco, apenas unos cuantos segundos o minutos. Muy pronto, esos animales hambrientos y crueles trituran, desangran, desgarran y todo termina. En cambio, la muerte a la que fue condenado, la muerte que abrazó voluntariamente Maximiliano María Kolbe, era una muerte muy distinta, pero no menos dura. Una muerte en la que la desesperación es la tentación permanente.
¿Sabes cómo murió Maximiliano María Kolbe? Estos agentes de Satanás, los nazis, los nazis que diseñaron esos campos de concentración junto con ellos, diseñaron un sistema de penas y castigos, precisamente, para desalentar a los rebeldes. Y en el caso de Maximiliano María Kolbe, él y sus compañeros, porque otros también fueron condenados, tenían que morir de hambre y de sed, literalmente fueron enterrados vivos, se les metió en lo profundo de un calabozo para que allá, sin recibir una gota de agua y sin recibir un gramo de pan, se fueran extinguiendo día por día en la más espantosa desesperación. Es una tortura que no solamente quiere destrozar el cuerpo, sino que quiere atenazar y desgarrar el alma. Y nadie me va a decir que eso es tranquilidad. Ver cómo tu cuerpo, hora por hora, te demanda una gota de líquido y no lo recibe. Ver cómo el hambre te tortura hasta hacerte alucinar. Ver que no puedes descansar en la noche y que padeces todo el día. No es solamente una tortura para el cuerpo, es una manera de hollar la dignidad misma del alma.
Pero, ¿saben una cosa? En medio de esa desesperación hubo una lámpara de paz y el testimonio se conserva. Hubo un faro de serenidad, hubo uno que pudo dar testimonio y ese fue Maximiliano María Kolbe. A medida que llegaba ese destino espantoso, a cada uno de los compañeros de celda, Maximiliano les iba aconsejando. Su voz era débil porque él mismo, sin beber agua, sin comer ningún alimento, él mismo estaba terriblemente débil. Pero con el susurro de su voz infundía todavía consuelo y algo de serenidad en esos desgraciados condenados a una muerte tan horrorosa. Y Maximiliano María Kolbe fue ayudando a bien morir a cada uno de sus compañeros, a cada uno. Y moría uno y lo sacaban y moría otro y lo sacaban. Iban quedando cada vez menos, cada vez los nervios más crispados, cada vez los cuerpos más débiles. Y ahí estaba él, como una columna de paz, porque Cristo vivía en él, porque todo era turbación, porque todo era ataque del enemigo, porque todo hablaba de crueldad, porque todo parecía reino de Satanás, menos la mirada serenísima de Maximiliano, menos la palabra oportuna y consoladora de este bendito franciscano.
Finalmente, ayudó a morir al último de sus compañeros. Lo retiraron de aquella celda y quedó él solo, él solo. Y en esa soledad, que ya tenemos que llamar enloquecedora, alcanzó a permanecer horas, sino días, tiene algo de extraño, tiene algo de prodigioso o milagroso que este hombre no terminaba de morir. Y entonces, exasperados porque no se moría, decidieron acabar con esa existencia, le inyectaron veneno en las venas y así entregó su vida este testigo de Jesucristo, este enamorado de la Santísima Virgen. Eso es tener serenidad, eso es tener a Cristo adentro, eso sí es vencer a Satanás, eso es vencer a Satanás, eso, permanecer firme, permanecer fiel, eso es vencer a Satanás.
Ahora vamos a conocerle el estilo al adversario. Ya tenemos la primera lección de hoy. La primera lección de hoy es que la fe no es un adorno. Óyelo bien, la fe no es un adorno, la fe no es un adorno que tú le das o no le das a tus hijos. Óiganme, papás, óiganme papás, porque tendrán que responder ante el tribunal de Cristo por esta pregunta que les voy a hacer ¿ustedes están transmitiendo íntegro el Evangelio de Dios a sus hijos? Porque les digo una cosa, la fe no es un adorno. Si dejas que tu hijo crezca sin el regalo de la fe, qué mal preparado, qué mal preparado está ese muchacho, qué mal preparada está esa jovencita para salir a la vida, qué cosa tan terrible. Mandarías a tu hijo en medio de una sierra llena de abismos espantosos, en una noche sin luna, para que fuera sin conocer el camino, para que se despeñara por cualquier abismo, ¿no sería eso odio a tu hijo? Pues eso es lo que hacen los papás cuando mandan sus hijos a la vida y los mandan sin proveerlos del necesario conocimiento de Jesucristo, el único que les puede dar victoria sobre los pecados propios y ajenos, sobre las tentaciones, sobre las estrategias del enemigo. Por eso, es necesario que entendamos que la fe no es un adorno.
La fe es indispensable, es una herramienta, pero es mucho más que una herramienta. Hoy, ante las lecturas que hemos escuchado, tenemos que decir la fe es arma, es un arma para defenderte del adversario y vamos a conocer un poquito del adversario en el texto de hoy. Dice aquí: «Jesús llegó a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos. Fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran feroces, eran tan feroces que nadie podía pasar por ese camino. Comenzaron a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, hijo de Dios, has venido aquí para amonestarnos antes de tiempo?».
Varias cosas podemos aprender del enemigo en esta presentación de lo que él hace en esos pobres endemoniados. Hay una descripción parecida, quizás se trata del mismo episodio en otra tradición oral. Otra descripción que no nos habla de dos, sino de no de uno. El número en este caso no es tan importante, la descripción es muy semejante, pero en esa otra descripción que ustedes pueden leer, por ejemplo, en Marcos, la cosa interesante es que se nos dice que el endemoniado o los endemoniados se la pasaban en los sepulcros gritando, aullando e hiriéndose con piedras. Hiriéndose con piedras, gritando en los sepulcros. ¿Qué nos dice eso? No nos quedemos únicamente en el impacto emocional, ¿qué nos dice eso sobre la manera de obrar y sobre las pretensiones del enemigo? Nos dice varias cosas.
En primer lugar, que el imperio de Satanás es el imperio del miedo. Y he aquí la importancia de tener una fe robusta, formada y madura, la que no te va a dejar caer en el miedo. Dice la Escritura, y es palabra que está en labios de Jesucristo: «No tengáis miedo, soy yo, no temáis», dice Cristo. No tengáis miedo, el que cae en el miedo ya está próximo a rendirse al imperio de las tinieblas. Y nos dice también la carta a los Hebreos que Cristo vino a salvar a todos aquellos que por temor, y el temor por excelencia es el temor a la muerte, a todos aquellos que por temor a la muerte vivían como esclavos del demonio.
Entonces, aquí hay una segunda enseñanza para nosotros, necesitamos de la fe, necesitamos de la certeza de la presencia de Cristo. Necesitamos la certeza de que el amor preside nuestras vidas, porque si tú no tienes la certeza de que el amor preside tu vida, entonces ¿quién, quién? Si no es el amor de Dios, si no es la sabiduría de Dios, si no es la misericordia de Dios la que preside mi vida, entonces ¿quién? Y si tú no tienes una respuesta a esa pregunta y el que tiene miedo no tiene respuesta o tiene la respuesta equivocada. Si tú no tienes respuesta a esa pregunta, ¿quién es el que preside mi vida? Si tú no estás convencido, pero convencido hasta el centro del núcleo, de la médula, del tuétano de tus huesos, si tú no estás convencido hasta el centro, del centro, del centro de tu alma, que el amor de Dios preside tu vida, entonces vas a empezar a cometer tonterías. Y aquí es necesario dar unos cuantos ejemplos.
Mira esto, una persona empieza a sentir que se está quedando sola. Quiere afecto, es normal. Los seres humanos hemos sido hechos para amar y para ser amados, quiere afecto. Vamos a pensar en una joven, es una joven que quiere ser amada, es una joven que quiere tener una relación, seguramente una relación de pareja. Ella quiere, ella sueña con un hogar, ella quiere ser feliz, ella siente que tiene derecho a ser feliz. Ese es el plan que ella tiene en su cabeza, pero las cosas parece que no se están dando. Y entonces, ella empieza a bordear el peligro: Tal vez, estoy siendo demasiado estricta, demasiado pudorosa, demasiado recatada, demasiado casta. Tal vez, tengo que ofrecer un poco mejor los atributos. Y entonces, ella empieza a ofrecer atributos y miradas y coqueteos, y empieza a permitir cierto grado de abuso con el amigo, con el cortejo, con el novio y empieza a faltar a su conciencia. Y cualquiera diría es un pecado de sexo. Me permito corregir, no es tanto un pecado de sexo, aunque seguramente a ella le gustan esas caricias, no es un pecado de sexo, es un pecado contra la fe.
Cómo, ¿por qué dice que es un pecado contra la fe? Si únicamente estamos ante el caso de una mujer que se deja manosear, se deja tocar, ¿por qué dice usted que es un pecado contra la fe? Porque esa muchacha ha llegado a esa condición por una sola razón, porque ella no cree, ella no cree que, si permanece fiel a Dios, Dios le va a dar lo mejor a ella. Ella no cree eso, en el fondo del alma no se lo cree. Ella tal vez aplaude, canta, goza, alaba, danza, pero ella no cree hasta el fondo de su alma. Ella no cree hasta el fondo de su alma que Dios le va a dar lo mejor y por eso cree que puede separarse un poco, un poquito. A ver, este es Dios. Entonces, yo me puedo, a ver cuánto da el hábito. A ver, yo me puedo separar un poquito y yo todavía estoy con Dios, pero vamos a ver hasta dónde llego, pero todavía estoy con Dios.
Y esto es lo que nosotros hacemos, porque no tenemos el corazón plena, plena, plena, plena y absolutamente en Dios. El que tiene el corazón en Dios es fiel, gozosamente fiel a Dios, porque tiene una certeza, Dios me va a dar lo que es mejor para mí. Pero esa muchacha no cree eso, ella cree que ella puede más o menos hacer esta operación y entonces, yo todavía estoy con Dios que estoy con Dios. Y estiramos la fe y estiramos la moral y estiramos las costumbres y empezamos a hacer trampa y creemos que Dios no se fija. Y el lema de Dios es: Corazones partidos, yo no quiero. El lema de Dios es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, ¿con qué? Con todo, con todo. Y eso le pasa a esa joven. Y cuando ella está bien tocada, más tocada que el himno nacional, cuando ya está bien tocada, que ya eso se llama tocata y fuga, en re menor, cuando ya está bien, bien tocada, entonces decimos, es un pecado contra la castidad, es un pecado contra la modestia, es un pecado de la carne. Cuidado, quizás sí, por supuesto que sí. Pero antes de ser pecado contra la carne, fue pecado contra la fe, contra la fe.
Y el funcionario público que sabe que está firmando un papel que va a hundir a un inocente, pero piensa: Si yo no firmo este papel, el gobierno se viene contra mí y me quita mi puesto. Ese funcionario que se convierte en cómplice de una persecución contra un inocente. ¿Por qué? Por no perder su puesto. Cualquiera dice: Has cometido pecado de complicidad, de prevaricación, todos esos términos técnicos que tienen los abogados. Pero antes de cometer ese pecado de injusticia y de persecución al inocente, ese que firma el papel para hundir a alguien, ése, ese que firma ese papel, primero ha pecado contra la fe, porque él, el que firmó ese papel, no ha creído hasta el fondo, hasta el fondo, hasta el fondo de su alma. No ha creído que, si él permanece con su conciencia recta, inmaculada, fiel a Dios y a sus principios, Dios lo va a defender. No se lo ha creído, no ha creído que Dios es lo suficientemente sabio, poderoso, misericordioso, justo para sacarlo adelante. No lo ha creído, como no lo ha creído, entonces hace el mismo ejercicio. Por favor, aprender aeróbicos conmigo. Hace el mismo ejercicio de la niña. A ver, este es Dios. Yo todavía aquí con la puntica del dedo estoy tocando a Dios. Y yo aquí, ahí todavía alcanzo allá a darle el piecito a Satanás, a darle el piecito a Satanás.
Y eso nos pasa a todos. Le pasa al sacerdote, sí, claro que le pasa al sacerdote. Cuántas veces le pasa al sacerdote que tiene una relación que no es la mejor, no es la más conveniente, quizás no es pecado, pero no es la más conveniente. Padrecito, no le sirve esa relación, esa amistad que usted tiene con ese hombre o con esa mujer, porque hoy toca preguntar por activa y por pasiva. Esa relación que usted tiene con ese hombre o con esa mujer, que no, Padrecito, que no le conviene. Y entonces, a veces nosotros, los padrecitos, nos hacemos también el mismo ejercicio: Espere, aquí está mi sacerdocio. Yo no he perdido mi sacerdocio, pero yo allá, allá me alcanza.
Si el sacerdote llega a creer con toda su alma: Jesús me ama tanto. Jesús es tan poderoso. Jesús es tan providente. Jesús es mi lote y mi heredad. Si el sacerdote, que hay unos cuantos, esos seres humanos existen, los demás tenemos que entrar en proceso de conversión, yo el primero. Si el sacerdote de verdad, de verdad, de verdad se cree, cree con todo su ser la Palabra de Dios. Y él cree que Jesús es su lote y su heredad. Y eso implica sus necesidades económicas, sus necesidades afectivas, sus llamadas necesidades sexuales, sus necesidades emocionales, sus necesidades de autonomía, sus necesidades de libertad, todas las necesidades que tiene el padrecito. Si el padrecito llega a creer totalmente en Dios, ese padre se convierte como en un misil lanzado desde el corazón de Cristo para conquistar naciones enteras. Ese es el poder de un sacerdote unido a Dios.
¿Esto qué demuestra? Que este que les está hablando ha pecado contra la fe. Yo he pecado contra la fe, porque hay momentos en que no me he creído hasta el fondo que verdad, verdad, verdad Dios va a sostenerme. Eso se llama pecar contra la fe, no he creído. Lamentable y dolorosamente estoy bien acompañado, porque resulta que en los matrimonios hay muchos que no creen. Después de que tú me has fallado. Ah, pero tú también me fallaste. Sí, pero tú fallaste primero. No, tú fallaste primero. Esas son las peleas, después de que ambos han fallado, después de que se miran a la cara y cada uno ha fallado, quizás no es lo mismo. Porque hay pecados que son más característicos de los hombres, pecados más característicos de las mujeres. Después de que ambos han fallado, cada uno a su manera, después de que ambos han traicionado no solamente cada uno al otro, sino ambos a Cristo, a ver cómo es que es el matrimonio.
Matrimonio consiste en que llegan, se dice ante el altar. Pero realmente quienes administran el sacramento del matrimonio, son los mismos novios. Ahí lo importante no es tanto el altar, ni siquiera el ministro, porque el ministro no es el que administra el sacramento en el matrimonio, el ministro es simplemente un testigo cualificado de parte de la Iglesia, ese es el sacerdote, por ejemplo, o el diácono, los importantes son los contrayentes. Pero te digo una cosa, el testigo cualificado, por ejemplo, el sacerdote, no está obrando ahí de manera individual, está obrando ahí como testigo cualificado de la Iglesia, que es un modo de decir: ojos de Cristo para esta pareja. Eso ¿qué quiere decir? Que en el matrimonio se han comprometido ante Cristo. A ver, hay parejas aquí. A mí me encanta cuando vienen las parejas juntas, me hace tan feliz, me llena tanto. Yo amo el sacramento del matrimonio. Las parejas tómense de la mano. ¿Dónde están las parejitas? Tómense de la mano, pónganse de pie un momentito para poder regañarlos más cómodamente. Por favor, pónganse de pie las parejas. Mire qué lindo, qué lindo esto, qué lindo. Mira, ahí están las parejas. Antes de seguir, como toca regañarlos, démosles primero ánimo con un fuerte aplauso a las parejitas, por favor. Parejas, por favor, permanecer de pie.
Mire esto, cuando ustedes se casaron, queridos amigos y amigas, ¿saben lo que ustedes estaban diciéndole a Cristo? Quizás no se acuerdan porque en un matrimonio pasan tantas cosas. Hoy estaba viendo en Facebook las fotos del matrimonio de una amiga mía y eso tiene tantos arreglos y tantas cosas y la recepción y no sé qué y los pajecitos y la comida y la fiesta y el vals y no sé qué. Yo creo que, en medio de toda esa barahúnda, a veces se pierde el sentido central, lo fundamental del matrimonio, ¿qué es? Lo fundamental del matrimonio es que el hombre le dice a la mujer: Pongo a Dios por testigo que te amo y pongo a Dios por testigo que no quiero sino lo mejor para ti. Y con la ayuda de Dios, yo quiero ser instrumento del Señor para que tú llegues a tu plenitud en Cristo, y para eso voy a estar cerca de ti. Y entonces, la mujer dice: Y yo quiero que sepas algo, amado mío, Clodoveo. Quiero que sepas, mi amado Clodoveo, que yo también te amo. Eres tan importante para mí. Yo pongo a Dios por testigo que yo sí te amo, que yo solo quiero lo mejor para ti. Y Dios ha de darme fuerzas para que yo bendiga tu existencia y para que podamos servir al Señor. Ese es el matrimonio, el matrimonio es para servir a la gloria de Cristo.
Perdónenme la vulgaridad que le voy a decir, pero para tener sexo y harto sexo no hay que casarse. Si su propósito, si su obsesión era tener sexo, que dé gusto, para eso no hay que casarse. De hecho, el matrimonio se convierte en un estorbo y en un problema si usted es un obseso con el sexo, el matrimonio no es para usted. El matrimonio es otra cosa, el matrimonio es para la santidad. El matrimonio es para que usted ayude, usted caballero, tenga la gentileza de ayudar a esa dama para que ella sea santa. Usted ayude a ese hombre para que él sea santo. Por eso, el primer deber de los esposos es orar el uno por el otro, buscar cómo servir a Dios juntos. Estuvo suave el regaño, pueden sentarse. Entonces mire, si ese es el matrimonio, después de que han llegado los problemas y han llegado las ofensas y vienen las recriminaciones: Y tú me dijiste, tú me prometiste. Mi mamá sí me había dicho. Ah, pero a mí también me advirtieron? Después de todas esas heridas, después de tanto maltrato, hay personas que dicen: El amor ya se acabó, el amor se acabó. Se los encuentra uno por la calle oyendo boleros, ya el amor se acabó, ya no queda nada, no queda nada.
El cristiano se da cuenta de un detalle, si ha venido a la mansión, si ha venido a orar, si sabe quién es Jesucristo, sabe que esa frase no puede existir en un matrimonio celebrado válidamente. ¿Qué es eso de que el amor se acabó? ¿Sabe lo que eso significa? Significa, Cristo ya no puede nada con nosotros. La frase: el amor se acabó, es un escupitajo en la cara de Cristo, oiga lo que estoy diciendo. La frase: El amor se acabó quiere decir, Cristo ya no puede hacer nada por nosotros. La frase: el amor se acabó quiere decir que el amor que nos teníamos era lo que tú como mujer y yo como hombre pudiéramos construir. Y pregunto yo, ¿no se suponía que era un matrimonio cristiano? ¿No se suponía que, como matrimonio cristiano y católico, ese matrimonio tenía que tener la presencia de Cristo en primer lugar? Por eso, yo te digo una cosa, la gran mayoría de las crisis matrimoniales, antes que ser una ofensa a la mujer, antes que ser una ofensa al hombre, son ofensas a Jesús, son ofensas a Jesucristo y son pecados contra la fe.
Ay Padre, no diga eso, pues es verdad que yo la insulté a ella, le dije unas palabras inconvenientes. Ella también, para qué, ella también me insultó, pues yo le di unas cuantas trompadas, pero ella pega más duro, pero eso fue entre nosotros. No, no, no, no puedes ofender a tu pareja sin lastimar la carne de Cristo. No puedes, no puedes ofender a tu pareja, ni tu hombre puedes ofenderla a ella, ni ella a él, no puedes. Entonces, ahí hay un pecado contra la fe. Y resulta que todas las telenovelas que había un padrecito que las llamaba las tele-ovelas, todas las telenovelas tienen ese tema. El amor se acabó. Yo sí lo amé, pero ofensa tras ofensa, el amor se acabó. Y yo le pregunto: Y ¿usted de dónde sacaba el amor? ¿Cómo así, Padre? Es decir, ¿de qué pozo sacaba usted el amor para su pareja? Pues no sé, Padre, de mi corazón, pero se me acabó porque él me insultaba, porque él hacía. Se me acabó, Padre, porque ella se volvió la mujer de todas las efes, era fea, flaca, floja, fregona, frágil y fría. Se me volvió la mujer de todas las efes, Padre. Entonces, el amor se me acabó. Es que llegó un punto en el que no me inspiraba ni un mal pensamiento y ahí sí me asusté. Se acaba el amor cuando lo sacas del pozo hondo de tu corazón.
El amor que se saca del pozo infinito del corazón de Cristo, ese no se acaba. Ese no se acaba porque hay que amar, porque hay que amar a tu pareja con el amor que sale de él, ¿no dijimos que eso es el matrimonio? Ese es el matrimonio. Entonces, la pareja que dice, el amor se acabó, lo que está diciendo es, Cristo ya no puede hacer nada por nosotros. Es decir, yo no creo que Cristo nos pueda restaurar, es pecado contra la fe. Esto, todo esto que estamos diciendo, ¿qué nos enseña? Que los hombres y las mujeres de fe son hombres y mujeres en victoria. Por eso usted tiene que ir preparando una canción que vamos a necesitar después, una que dice que hay victoria en la sangre de Jesús, esa la va a necesitar, necesitamos que esto retumbe porque eso es verdad. El que tiene su fe en Jesucristo, tiene victoria.
El sacerdote que tiene la fe en Jesucristo tendrá tentaciones, resbalones, caídas, ¿quién no los ha tenido? Mire, yo cumplí 20 años de sacerdocio. Yo quiero agradecer a todos los amigos de la mansión que me felicitaron, que en este momento no sé cuántos fueron, creo que ninguno, pero bueno, en todo caso yo cumplí 20 años de sacerdote y, por supuesto, que yo tengo que humillarme. Yo por eso me confieso. Yo, antes de venir para esta misión, yo me confesé, yo le pedí perdón a Dios, traté de hacer una buena confesión porque como sacerdote, lo mismo que ustedes, yo necesito confesarme, ni más faltaba. El sacerdote que vive en la fe, es un sacerdote que realmente tiene victoria. El matrimonio que vive en la fe, es un matrimonio que tiene victoria. El joven, la joven que vive en la fe, tiene victoria.
Y es tan clara esa victoria que, con solo llegar Jesucristo, ya el que estaba temblando era el demonio. Por eso, le preguntan a Cristo: ¿Qué quieres de nosotros, has venido para atormentarnos antes de tiempo? Estaban asustaditos, estaban asustaditos y ahí queda demostrado lo que ya dijimos una vez, en este mismo lugar, el demonio no es más que un pobre diablo. El demonio quiere asustar y en las liberaciones y en los exorcismos quiere asustar y la gente convulsiona, hay gritos destemplados, hay cosas, eso se llama efectos especiales. El demonio le pone efectos especiales. Yo no sé si ustedes han visto, por ejemplo, cuando un gallo va a pelear, ¿si han visto pelear un gallo alguna vez por televisión por lo menos? Y ustedes han visto cómo el gallo se empina y trata de parecer grande y levanta la cresta y trate de ser grande y va uno a ver y es un miserable gallo que con una patada sale. Pero él trata de hacerse el grandote, así es el demonio. El demonio también trata de asustarnos, se presenta así todo así, como si fuera grandote. Y llega Jesús y dice: ¡Ay, ay, ay! ¿Me vas a atormentar? ¿Me vas a atormentar?
Y eso no vale únicamente para este Evangelio, mi aliada santa, la que le debo tanto, que ya ustedes saben quién, es Santa Catalina de Siena, asegura lo siguiente: Cuando una persona ha crecido y madurado en la fe, no solo no le tiene miedo al diablo, sino que el diablo le tiene miedo a ella, el diablo le tiene miedo a ella. En nuestra orden dominicana, tenemos el caso extraño de una monja exorcista, Santa Inés de Montepulciano, que vivió a comienzos del siglo XIV. Santa Inés de Montepulciano era religiosa y era exorcista, bueno, exorcista no, hoy diríamos, ella hacía oraciones de liberación. Y la hermosura de las oraciones de liberación de Santa Inés de Montepulciano, monja de clausura, consistía en esto, le llevaban los posesos al monasterio, ella no podía salir porque era de clausura y los demonios, a medida que se iban acercando al monasterio de Santa Inés, empezaban a temblar, lo que dice el Evangelio, se sentían atormentados.
Pero como yo sé que muchos de ustedes han estudiado teología porque los servidores de la mansión se preparan de una manera óptima, la mejor posible, eso espero. Entonces, ustedes pueden hacer esta pregunta teológica, que es válida, ¿qué es lo que teme el demonio? Por ejemplo, con una monjita como Santa Inés de Montepulciano. Santa Inés era una monjita más bien bajita, más bien flaquita, más bien humilde, orante, como ella sola, con una fe que no la rompía nadie, ¿por qué el demonio le tiene miedo a esas personas? ¿Por qué el demonio brama muchas veces cuando se pronuncia el nombre de María en un exorcismo? Por qué, si María uno se pone a pensar María, la madre de Jesús, María es una criatura humana y los demonios son ángeles, y los ángeles tienen una fuerza de inteligencia que trasciende completamente lo que alcanza la mente humana y tienen un vigor en su voluntad, que es mucho más grande que la suma de los actos voluntarios de un ser humano en toda su vida. ¿Por qué el demonio le tiene miedo a la Virgen? ¿Por qué el demonio le tenía miedo a Santa Inés de Montepulciano? ¿Cuál es el miedo que el demonio tiene en esos casos? Gracias a Dios, los buenos teólogos nos ayudan a responder esa pregunta que es interesantísima.
¿Sabes qué pasa? Es qué pasa que el demonio tiene como columna vertebral de su miserable existencia la soberbia. Y lo que más teme el demonio es verse humillado, es verse humillado. Le voy a dar esta comparación, imagínese que yo le dijera a usted: Vamos a presentarles al señor Robinson Pérez, que es el hombre más fuerte del mundo en el último campeonato de fuerza extraordinaria que se realizó en Polonia. Y aparece aquí un tipo que mide dos metros con cinco centímetros, un tipo que pesa 140 kilogramos de puro músculo. Un hombre con un portento de fuerza increíble, de esos tipos que agarran una moneda con dos dedos y la doblan. Un tipo con una fuerza fantástica. Un hombre de esos que uno dice de una trompada, puede perfectamente derribar a un burro porque entre ellos se entienden. Oiga y entonces aparece el tipo este gigante. Y aquí lo estamos exhibiendo. Mire, ahí está el señor Robinson Pérez, nombre que me acabo de inventar, por supuesto. Señor Robinson, aquí está, tipo gigante. Y en eso sale una cucaracha y Robinson dice: Uy, me escondo. Una cucaracha, sería el ridículo más grande. Cómo así que un tipo que tiene tanta fuerza, le sale corriendo algo tan pequeño que se supone que debería poder aplastar.
Esa es la ira del demonio con la Virgen. La ve tan pequeña, la ve tan humilde, la ve tan sencilla. Quisiera que la Virgen fuera como una cucaracha y quisiera poder aplastarla, pero el demonio nunca logró nada con María. Y eso es lo que le da ira y eso es lo que lo humilla y esa es la rabia y esa es el tormento y ese es el dolor que él tiene. El demonio no puede nada con las almas humildes, con las almas creyentes, con las almas afianzadas en Dios, aquellas que tienen puro corazón, es decir, que son transparentes, que son resplandor del Señor. El demonio no puede nada contra ellas, y eso le da rabia, porque él quisiera poder aplastar a todos y no puede y nunca pudo, y jamás podrá, nada con la Inmaculada, con ella no puede nada. Entonces, esa es la victoria sobre Satanás. Esa es la victoria que no puede nada el demonio y más bien siente temor y más bien siente miedo porque va a salir humillado.
En cuanto el demonio vio llegar a Jesús de Nazaret, y Santo Tomás de Aquino enseña que no tenía claridad de que fuera el Hijo de Dios. Solo veía en él un justo sin ninguna grieta, un justo sin ninguna fisura. Uno que estaba completamente unido a la voluntad de Dios, eso sí lo veía el demonio. Pero el demonio no tenía claro que Jesús fuera el Hijo eterno igual al Padre. Solo veía en Cristo, enseña Santo Tomás de Aquino, solo veía en Cristo un justo, sin ninguna grieta, sin ninguna fisura. Pero de solo ver ese manantial de luz, de solo ver ese espectáculo de humildad, de solo sentir el resplandor de la pureza en la carne de Cristo, de solo percibir la unión, la perfectísima unión entre Cristo y la voluntad del Padre, ya el demonio que es inteligentísimo, porque eso sí lo es, ya sintió esta batalla está peor que perdida. Por eso le dice a Jesús: ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Porque se dio cuenta que la victoria estaba perdida, completamente perdida.
Bueno, vamos llegando al final de esta reflexión. Los demonios le dicen a Cristo: Envíanos donde los cerdos. Cristo se lo permite, sobre todo por una razón, porque era necesario que quedara patente, que quedara clarísimo a ojos de todos lo que vamos a decir, la naturaleza, los seres que incluso consideramos más repugnantes, no aguantan lo que nosotros aguantamos, la presencia del mal, la presencia de las tinieblas. Dicho de otra manera, tolerar el pecado en tu vida es algo que te vuelve peor que el más repugnante de los animales. El animal repugnante por excelencia, para los judíos, el animal repugnante entre los repugnantes era el cerdo, ese era el cerdo. Por eso no se podía comer la carne de cerdo, según la ley de Moisés. El animal repugnante era el cerdo y entonces Cristo envía a los demonios donde los cerdos y los cerdos repugnantes no soportaron la presencia del demonio.
Yo pregunto ¿por qué nosotros sí, por qué nosotros nos volvemos peor que los cerdos? ¿Por qué nosotros abrimos espacio en nuestro corazón, por qué abrimos espacio en el afecto, por qué abrimos espacio en el cuerpo, por qué abrimos espacio en la sala de la casa, por qué abrimos espacio en nuestro computador, por qué abrimos espacio en nuestro teléfono celular para que habiten las cosas que desagradan a Dios, por qué, por qué retamos así a Dios, por qué desafiamos así al Altísimo? ¿Quiénes somos nosotros para oponernos al Omnipotente, somos acaso más fuertes que él?, pregunta San Pablo. Mis hermanos, la enseñanza de hoy es alentadora, pero también es muy seria.
El Señor hoy nos llama a verdadera conversión. El Señor hoy nos llama ¿a qué? Lleguemos a una conclusión. Nos llama, en primer lugar, a reconocer que la fe nos envía al combate y nos da la victoria en el combate. Queda como enseñanza que hay un adversario y que ese adversario quiere llamarnos a rebeldía contra Dios y que la rebeldía tiene muchos aspectos y muchos pecados que uno cree que son pecados de la carne, pecados de codicia, pecados, no señor son pecados contra la fe, porque si uno de veras empieza a creer que Dios preside con su amor la vida de uno, le advierto que la vida cambia completamente. Y, por último, hemos visto, no podemos tolerar que ese enemigo habita en nosotros.
Yo les quiero contar una última cosa. Es muy importante, las oraciones de liberación son muy importantes porque son proclamaciones del señorío de Cristo. Yo eso lo afirmo, lo subrayo y lo destaco. Las oraciones donde nosotros proclamamos el señorío de Jesús son muy importantes, mucho. Son oraciones que exaltan la grandeza, la majestad, la hermosura de Jesús. Eso está muy bien, pero cuidado con algo, cuidado con algo. Mira, el hecho de que tú saques al enemigo por una puerta, de nada vale si dejas las ventanas de la casa abiertas. Se entra un ladrón a tu casa. Se encuentra contigo. Tú estás en una actitud valiente. Y tú le dices a ese ladrón: Afuera. Y el ladrón se sale por la puerta y tú dices: Ya gané. Abran las ventanas y la puerta de la cocina. Abran el techo, ya se fue. Ya se fue es que vuelve por la otra puerta. Jesús mismo lo dice en el Evangelio, Jesús habla en el Evangelio de la condición de aquel de quien se sacó un demonio, y ese demonio aprovechó su salida para escoger otros siete demonios peores y volver.
¿Con esto qué quiero decir? Que yo tengo fe en la necesidad y en la oportunidad de las oraciones de liberación. Pero, cuidado mis hermanos, las oraciones de liberación no son magia. O sea, tú puedes hacer una oración de liberación aquí y en esa oración de liberación, tú le dices al demonio que se vaya y que se vaya lejos. Él no tiene ningún problema en irse. Pero si tu casa espiritual, si tu corazón sigue con puertas abiertas para el enemigo, estás jugando un juego muy peligroso. Entonces, tú le dices al enemigo: Sálgase por esa puerta. Y él dice: Si, me salgo por esa puerta. Pero si encuentra luego otra puerta en tu alma que está abierta, viene y viene a tomar venganza y viene a tomar venganza.
Por eso, las oraciones de liberación solamente tienen sentido, y eso fue lo que aprendimos, entre otras cosas, de los grandes precursores aquí de la mansión, el Padre Cris, el Padre Daniel, eso fue lo que aprendimos. Las oraciones de liberación tienen sentido si ese arrojar al espíritu de tinieblas va acompañado de una resolución, de no dejarle ninguna puerta ni ventana. Porque si tú sacas al enemigo por esa puerta, pero dejas abierta la ventana, por ejemplo, de la codicia, estás jugando un juego muy peligroso. Tú sacas al enemigo que era el que te llevaba, por ejemplo, al vicio de consultar tu suerte en los horóscopos y lo sacaste afuera y él se va porque él obedece a la palabra de Cristo.
Pero ¿qué nos dice el Evangelio de San Lucas cuando habla de las tentaciones? ¿Te acuerdas del pasaje de las tentaciones de Cristo? Y te acuerdas que Cristo hace una oración de liberación y le dice al demonio: Apártate. Y el demonio obedece. Pero fíjate lo que nos dice Lucas, y esta es advertencia para todos, porque si esa advertencia para Cristo, esa advertencia para todos los cristianos, que somos nosotros, ¿qué dice el evangelio de Lucas? Que cuando terminan la tercera tentación, Cristo arroja el demonio y el demonio se va. Pero Lucas anota lo siguiente: Se fue a esperar la ocasión propicia. Y eso pasa también en el pahuichi y eso pasa en los grupos de oración. Entonces, muy bonito, y yo estoy de acuerdo con eso y yo siempre me uno a las oraciones de liberación que se hacen aquí. Y aquí se le ordena a Satanás: Afuera. Y yo sé que esas oraciones son eficaces, pero, hay una condición. Esa oración tiene sentido si va unida a un compromiso de parte tuya, de parte mía y de parte de todos los que estemos en esa oración, la oración de no dejar ventanas abiertas para que luego entre por otro lado, o puertas abiertas para que entre por otro lado.
¿Qué sacamos con salir de un pecado para caer en otro pecado? Y es que el demonio sabe mucho de esos juegos. Y le voy a decir uno que me duele en el alma y usted no sabe de qué voy a hablar yo. El demonio es capaz de quitarte un pecado que te humillaba, por ejemplo, el alcoholismo, para meterte en otro pecado que a ti no te humilla, pero que sí humilla a Cristo, la división de los cristianos. Te saca del alcohol y te mete en una secta y el demonio feliz, feliz. Y hay gente que dice: No, pero ¡qué maravilla, qué maravilla! Cristo lo liberó del alcohol. Sí, eso es verdad, pero la persona no cayó en cuenta que iba de camino a otro pecado. Sí, así como se oye así. Y ábrame más los ojos y se lo repito, estar en división con la Iglesia es pecado, así como se oye. Negar la Eucaristía no puede ser virtud, no puede venir del Espíritu Santo. Negar el sacramento de la confesión no viene del Espíritu Santo. Negar el primado del apóstol Pedro y del sucesor de Pedro no viene del Espíritu Santo.
Y el demonio es tan astuto que es capaz de quitarte un vicio con tal de arrojarte otra cadena. Y esos son negocios muy buenos que el demonio sabe hacer. Y entonces, hay gente que dice: El demonio me quitó ese pecado horroroso de pornografía en el que yo estaba metido y el demonio me quitó y el demonio me quitó. Y uno tendría, uno tendría que preguntarle si el demonio, efectivamente, el demonio le quitó eso, pero el demonio le puso otra cosa. Entonces, no llames conversión simplemente a dejar de caer en un pecado, que ya yo dejé el alcohol, entonces ya Cristo vive en mí. Cuidado, dejaste el alcohol y ¿qué pasó contigo? A cuántos dejan el alcohol, se meten en otro grupo y entonces empiezan a hacer estas cuentas: Cristo me dio un trabajo mejor. Cristo me dio un carro mejor. Cristo me dio una casa mejor. ¿No será que Cristo quiere darme una esposa mejor? Ah, y yo no estoy hablando inventado, yo no estoy hablando inventado, esta es una realidad.
Entonces, las oraciones de liberación y las oraciones de fe y de poder: Amén son poderosas ¡Aleluya! El Señor libera, totalmente cierto. Pero si tú quieres que esa liberación sea real, verdadera, firme y no sea un juego, un juego satánico, ten presente que cada oración de liberación tiene un compromiso, que es el compromiso que está en Juan capítulo 8: Vete y no vuelvas a pecar. Meterse a una secta es caer en pecado. Ese pecado se llama herejía o cisma, según el caso. Ese es un pecado, ese es un pecado. Y entonces hay mamás que dicen: Bueno, mi hijo era drogadicto, era terriblemente drogadicto, pero ya el Señor lo liberó y ahora está en un grupo, es un grupo, es como de Nueva Era. No sé, ellos tienen ahí unas prácticas, pero el Señor lo liberó de la droga. Sí lo liberó de la droga y lo encadenó ¿a qué? Lo liberó de la droga. Y lo encadenó ¿a qué? Para ver si ese fue Cristo o quién fue. Usted no se deje, no se deje engañar.
La liberación de Cristo es liberación, como dice la carta a los Efesios, para que seamos santos e irreprochables en su presencia por el amor. La verdadera liberación no es simplemente salir de este vicio o de este otro vicio. La verdadera liberación es camino de ser santos e irreprochables en su presencia por el amor, santos e irreprochables en su presencia. Vamos a hacer una pequeña oración en este momento.
Jesús, Jesús, Jesús, ven a liberarnos. Ven, Señor. Ven, Señor, a quitar de nosotros el poder de las tinieblas. Ven, Señor, a darnos la verdadera fe. Señor, la verdadera fe, que Tú seas el que reina en todas las áreas de mi vida. Por favor, repetir después de mí. Esta sencilla oración son cuatro frases: Señor Jesucristo, creo vivamente en ti. Ven a reinar en todas las áreas de mi vida. Tuyo soy y tuyo quiero ser. Vamos a repetir esa última frase: Señor Jesús, tuyo soy y tuyo quiero ser. Señor Jesús, tuyo soy y tuyo quiero ser. Amén.

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